Capítulo 5
A las seis de la mañana del viernes hice la segunda hornada de la temporada, cuarenta piezas, sola, porque Rocío los viernes entra a las nueve.
Salieron bien. Color, peso, punto. Las conté, las pasé a las rejillas y las tapé, y no volví a pensar en ellas.
A las nueve menos cuarto abrí y a las nueve ya estaba el pueblo entero en la plaza contándome lo que había pasado la noche anterior en una habitación en la que yo estaba.
Aquí funciona así. La versión no la fabrica nadie. Se hace sola, como la nata.
La primera en llegar fue Encarna, que abre la iglesia a las ocho y a las nueve ya no tiene nada que hacer en toda la mañana.
—Pobre Manolo.
—¿Tú qué oíste?
—Lo que oyó todo el mundo. Que se mareó.
—No se mareó.
—Se puso malo, hija.
—Encarna, dijo una frase.
Encarna se quitó el abrigo en dos tiempos, que es como se lo quita siempre, y se sentó en la mesa del fondo.
—A esa edad se dicen cosas.
Y con eso quedó cerrado, para Encarna, el asunto.
A las diez vino Charo con la carpeta. Charo redacta las actas de la Comisión desde 2004 y las redacta bien, y eso hay que decirlo, porque en veinte años no le he visto poner una fecha mal ni un apellido torcido.
Me leyó lo que había escrito.
—«En el turno de degustación, don Manuel Cabañas Nieto sufrió una indisposición pasajera, siendo atendido por los presentes. La Comisión le agradece su asistencia y su papel fundacional en la romería.»
—Ahí no pone lo que dijo.
—Es que no dijo nada, Candela. Se puso malo.
—Dijo que la niña de la leyenda no quería a ese hombre. Lo oyeron treinta personas.
Charo cerró la carpeta con la palma de la mano, sin ruido.
—Un acta no recoge lo que dice una persona indispuesta. Un acta recoge acuerdos.
—Ya.
—Si mañana está bien y quiere que conste algo, lo pide y consta. —Y me miró un momento más de lo necesario—. Yo no le he quitado nada a nadie.
Y lo peor es que tenía razón. Eso es lo que hay que entender de Charo Vega para entender este pueblo. No mintió. No borró. Redactó. Y no hay ninguna ley que obligue a meter en un acta la frase que suelta un hombre mayor cuando se le van los ojos.
A las once vino Yaiza a enseñarme el montaje en el móvil.
Un minuto y cincuenta segundos. Las estufas, la sala llena, Diego diciendo lo del municipio y no la familia, la foto de la partida, tres personas quedándose quietas con el corazón en la mano, y Loli.
Loli entera. Los cuarenta y cinco segundos de Loli, el carné, el Renault, Barbate, el bocadillo mirando el agua, el rímel. Con música por debajo y todo.
Y luego el cierre, con el logo del ayuntamiento.
—¿Y Manolo?
—Manolo no.
—Manolo estuvo.
—Manolo lloró, Candela. —Yaiza guardó el móvil—. Yo no voy a publicar a un señor mayor llorando delante de tres mil personas sin preguntarle. Eso no se hace.
Me quedé con eso un rato, porque no me lo esperaba.
—¿Y lo has borrado?
—No he borrado nada. El bruto está entero, con los cuarenta minutos. —Se encogió de hombros—. El bruto no se toca nunca. Eso es lo primero que te enseñan.
A la una pasó Merche por delante del escaparate, me vio y entró sin quitarse los guantes.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Lo de anoche fue un susto. He llamado a su hija y me ha dicho que está perfectamente, que se tomó dos cafés y se fue a jugar al dominó. —Se apoyó en el mostrador—. Fue una bajada de azúcar.
—No comió azúcar en dos años y anoche se comió un corazón entero.
Merche se quedó callada dos segundos, y en esos dos segundos vi que se le había ocurrido lo mismo que a mí y que había decidido no seguir por ahí. No es tonta. Es alcaldesa, que es distinto.
—Candela, el jueves que viene sale la campaña. Tenemos el expediente en marcha, tenemos la subvención justificada con ese expediente y tenemos ochenta personas de este pueblo que sacan jornadas en seis semanas. —Se puso bien un guante—. Un hombre de esa edad se emocionó en un acto. Es lo que hay.
Y se fue.
Cerré a las dos y me quedé fregando el mármol más tiempo del que hace falta para fregar un mármol.
Lo que me tenía dando vueltas no era la frase. Era el mandil.
Porque yo he oído contar la romería del ochenta y cuatro cuatrocientas veces.
La cuentan en la ruta, la cuenta el folleto, la contó mi abuela.
Y en las cuatrocientas versiones que yo he oído, Aurora Berrocal estaba en la plaza aquel día repartiendo corazones con las dos manos, orgullosa como una madre.
Y anoche un hombre que estuvo allí se acordó de que le dijo que no.
Saqué el cuaderno de encargos, el de tapas de hule que está siempre junto a la caja, y pasé a la primera hoja en blanco. Y escribí, con letra de lista de la compra:
Jueves 8 enero. 20:16. Manolo Cabañas, en el salón de plenos, delante de 30 personas: «La niña de la leyenda no quería a ese hombre.»
Antes: romería 1984, cuatro autobuses, el banco del olmo. Le llevó un corazón a mi abuela. Ella dijo que no.
Lo leí. Lo dejé escrito.
Y luego pasé la hoja y apunté la hornada del día, que es lo que hago todas las mañanas desde hace tres años: fecha, cantidad y quién.
9 de enero. 40. Yo.