El corazón de Cañadulce Capítulo 4
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Capítulo 4

Cogió el corazón con la mano izquierda, que me llamó la atención porque Manolo es diestro para todo, y se lo quedó mirando un momento como se mira una factura.

Después se lo comió. No un mordisco. Entero, en tres veces, de pie, sin quitarse la gorra.

Al principio no pasó nada y Yaiza empezó a bajar la cámara.

Entonces se le fue la cara.

Con Loli habían sido siete u ocho segundos. Con Manolo fueron veintidós. Los conté, otra vez sin querer, mirando el segundero del reloj del salón de plenos, que es un reloj eléctrico de los antiguos y hace un clic en cada segundo. Veintidós clics.

Durante veintidós segundos, un hombre de setenta y nueve años estuvo de pie en medio del salón con la boca un poco abierta y la mano izquierda todavía levantada a la altura del pecho, sujetando algo que ya no estaba.

Y sonrió.

Eso es lo que nadie ha contado bien después, y es lo que yo no me he podido quitar. Sonrió. Fue una sonrisa entera, de las que le salen a la gente cuando le enseñas una foto de un nieto. Se le puso una cara de felicidad tan completa que dos o tres personas se rieron de puro contagio.

Luego se le rompió.

—Ochenta y cuatro —dijo.

—¿Cómo? —dijo Merche.

—El ochenta y cuatro. La primera. —Tenía la voz normal, esa es otra cosa que se me quedó. La voz completamente normal—. Los autobuses. Vinieron cuatro autobuses. Cuatro. Yo había dicho dos en el pleno y me dijeron que estaba loco, y vinieron cuatro.

Nadie dijo nada, porque cuando un hombre mayor se emociona en público lo único que sabe hacer un pueblo es esperar a que termine.

—Estaba todo el mundo en la plaza. Todo el mundo. Y yo me subí al banco del olmo para contarlos y no me bajé en toda la mañana. —Se le movió la boca—. Ese día yo salvé este pueblo.

—Y lo salvaste, Manolo —dijo Charo.

Manolo no la oyó. Estaba en otro sitio y se le notaba en los ojos, que los tenía abiertos y mirando hacia la ventana, hacia la plaza, que a esas horas estaba negra.

—Aurora estaba en la esquina —dijo.

Y ahí sí se me movió algo a mí.

—Estaba en la esquina de la mercería, con el mandil todavía puesto. Y yo le llevé uno. Yo mismo se lo llevé, con el plato y todo, porque era el suyo, porque lo hacía ella. —Se paró—. Y me dijo que no.

—Manolo —dijo Merche, y dio un paso.

—Me dijo que no y no me miró. —Ahora sí estaba llorando, sin ruido, con la cara quieta—. Cuarenta y dos años he estado sin acordarme de eso.

Se le doblaron un poco las rodillas y Charo lo cogió del codo. Alguien acercó una silla. No se sentó.

Y entonces dijo la frase.

La dijo en voz alta y clara, mirando al frente, a nadie en particular, con treinta personas delante y una cámara encendida:

—La niña de la leyenda no quería a ese hombre.

Silencio.

—Manolo —dijo Charo.

—No lo quería.

—Anda, siéntate.

—Que no lo quería, Rosario.

Y se calló. Se calló él solo, cerró la boca como se cierra una puerta y no volvió a abrirla. Se quitó la gorra, se pasó la mano por la cabeza, se la volvió a poner y dijo que se iba, que era tarde.

Diego se había quedado con el vaso de plástico a media altura. Merche miró a Yaiza y Yaiza ya había bajado la cámara. Charo miró la carpeta.

Yo miré el reloj del salón de plenos por tercera vez esa noche.

Las ocho y cuarto pasadas. Las ocho y dieciséis, para ser exactos, porque el reloj marcaba y dieciséis cuando él dijo lo de la niña de la leyenda, y yo eso lo sé porque estaba mirando el reloj para contar los segundos.

Aquí es donde tengo que explicar una cosa y no sé explicarla bien.

Todo el mundo en aquella sala decidió, en el mismo momento y sin hablarlo, que a Manolo Cabañas le había dado una bajada.

Lo decidieron con el cuerpo, antes que con la cabeza.

Se relajaron los hombros. Volvieron las conversaciones.

Alguien fue a por más vino. Fue una decisión colectiva y tardó menos de un minuto.

Y yo también la tomé. Yo también pensé, durante unos segundos, pobre hombre, qué disgusto, el azúcar.

Y después me acordé de que se había comido el corazón entero y de que le había funcionado como no le ha funcionado a nadie que yo haya visto, y de que había dicho una fecha exacta, y cuatro autobuses, y el banco del olmo, y el mandil de mi abuela.

Un hombre que se acuerda de un mandil no está desvariando.

Eso fue lo que pensé, de pie detrás de una mesa con una bandeja de cartón dorado en las manos, mientras a mi alrededor sesenta personas volvían a hablar de otra cosa.

Y desde ese momento ya no estuve con ellos.