El corazón de Cañadulce Capítulo 3
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Capítulo 3

La cata la montó Yaiza como se monta un plató, que es una cosa que yo no había visto hacer nunca en el salón de plenos y que consiste básicamente en mover a las personas.

Movió la mesa del fondo un metro hacia la ventana.

Apagó los dos fluorescentes de la izquierda y dejó los de la derecha.

Puso a Merche de pie y no sentada. Le pidió a Charo que se quitara el abrigo, y Charo dijo que hacía frío, y Yaiza dijo que en cámara el abrigo puesto dentro de un edificio da sensación de prisa, y Charo se quitó el abrigo.

A mí me puso detrás de la mesa con la bandeja dorada en las manos.

—Tú no mires a cámara. Tú mira a la persona que va a comer.

—Es que soy la que se los da.

—Por eso. Mira a la persona.

Los primeros seis fueron rápidos. Un matrimonio de Olvera que había venido por el cartel, una chica del ayuntamiento, dos de la Comisión y el señor del IBI.

De los seis, cuatro se quedaron quietos con la mirada en ningún sitio y dos no.

A los dos que no les pasó nada Yaiza no los grabó.

No hizo falta que lo dijera nadie, ella simplemente movió la cámara.

Ahí es donde deberíamos habernos parado a pensar, y no nos paramos.

La séptima fue Loli Bornes.

Loli tiene sesenta años, es hija de Aurelio, lleva la papelería y es de las que se ponen guapas para todo, incluso para ir al ayuntamiento un jueves.

Llevaba un pañuelo azul y se había pintado los labios.

Cogió el corazón con dos dedos, dijo qué bonito, y le dio un mordisco pequeño de los que dan las mujeres que llevan los labios pintados.

Y se paró.

Es difícil de contar porque no pasa nada. No se le pone cara de nada. Es más bien que se le va la cara, como cuando alguien está escuchando una cosa por teléfono y tú estás delante. Duró siete u ocho segundos. Yo los conté sin querer, porque llevo veinte años contando tiempos de horno.

Luego se le llenaron los ojos y se rio.

—Ay, qué tontería.

—¿Qué? —dijo Yaiza, con la cámara ya encima.

—Que qué tontería. Que es del año ochenta y nueve.

—Cuéntenoslo, Loli.

Loli se limpió debajo del ojo con el nudillo, con cuidado, para no llevarse nada.

—Que me saqué el carné. Que me lo saqué en Ronda a la segunda y que mi padre me dejó el Renault y me fui sola hasta la playa, a Barbate, y no se lo dije a nadie. Y me comí un bocadillo en el coche mirando el agua y volví. Y no pasó nada más. Ese día no pasó nada más.

Hubo uno de esos silencios que se rellenan solos.

—Qué bonito —dijo alguien.

—Es que era la primera vez que yo iba sola a algún sitio —dijo Loli, y se rio otra vez, y esta vez sí se le corrió el rímel—. Mira que es tontería.

Yaiza bajó la cámara y le dijo a Merche, muy bajito, la frase que yo llevo oyéndole desde entonces:

—Esta es la pieza.

Charo se acercó a Loli con un vaso de agua y con la carpeta, que es como se acerca Charo a todo, y le preguntó si le importaba que lo usaran. Loli dijo que claro que no. Charo le puso el papel delante y Loli firmó sin leerlo, apoyada en la mesa, con el rímel corrido.

Yo estaba pensando en otra cosa. Estaba pensando en que Loli lleva casada treinta y cinco años con Paco el de la papelería y que el día más feliz de su vida es una tarde que se fue sola.

Y me acordé de que en el folleto que reparte el ayuntamiento pone que el corazón es el dulce de los enamorados.

No dije nada. Repartí los siguientes.

A las ocho y cuarto quedaban cuatro corazones, los de la bandeja del pósit, y Yaiza dio dos palmadas.

—Falta el fundador.

Manolo llevaba una hora y media de pie junto a la puerta con la gorra puesta. Lo he visto en esa postura en todas las romerías desde que tengo memoria: entra, mira, dice dos cosas y se va. En cuarenta y dos años yo no lo he visto sentarse en un acto ni comerse nada.

—Yo voy de paso —dijo.

—Manolo, hombre. —Charo ya iba hacia él con la bandeja—. Que esto lo montaste tú.

—No me gustan los dulces.

—Un mordisco.

—Que me lo tiene prohibido el azúcar.

—Un mordisco no es azúcar, es cortesía.

Y ahí es donde la cosa dejó de ser una broma de pueblo. Porque Charo lo dijo delante de treinta personas, y Yaiza tenía la cámara puesta, y Merche puso la cara de alcaldesa que significa colabora, y Diego dijo, encantado y sin saber nada:

—Sería la imagen perfecta. El fundador de la romería probando el dulce en el acto de la marca.

Manolo miró la bandeja.

Miró a Charo, que no se iba a mover. Miró a la cámara. Miró la puerta, que estaba a dos metros y medio.

Y alargó la mano.