El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

A la mañana siguiente, Valdorna parecía haber recuperado una normalidad que no existía.

La lluvia nocturna había oscurecido las cunetas y las rodadas de los vehículos, y una niebla baja cubría parte de las laderas superiores. Elena llegó temprano a la sala donde habían trabajado durante los últimos días con la intención de cerrar el informe antes de marcharse.

No esperaba nuevas revelaciones.

La situación de Nicolás pertenecía ya a la investigación penal y a la autoridad competente. Por primera vez desde el inicio de la peritación, el trabajo de Elena consistía en ordenar lo demostrado sin añadir nada que los datos no necesitaran.

Alba había dejado sobre la mesa varias comunicaciones breves.

La compraventa quedaba paralizada y la documentación topográfica de Valdorna no podía continuar utilizándose como soporte técnico de la operación. Cualquier intento de retomarla exigiría un nuevo levantamiento independiente.

Aquello no resolvía los conflictos de lindes ni establecía derechos de propiedad. Retiraba, sencillamente, una documentación cuya fiabilidad había quedado comprometida.

Elena leyó la comunicación dos veces y la dejó aparte.

Era una consecuencia técnica y administrativa de lo descubierto, no una resolución judicial definitiva. Su informe debía conservar la misma distinción.

La primera en llegar fue Celia.

Entró sin el tono defensivo de los días anteriores. Parecía haber dormido poco y llevaba una carpeta fina entre las manos.

—Me han dicho que la venta se ha parado.

—Con esta documentación no puede continuar —respondió Alba—. El resto seguirá los cauces que correspondan.

Celia miró a Elena.

—¿Por las coordenadas?

—Por la falta de fiabilidad del trabajo técnico que se estaba utilizando para sostener la operación. Las mediciones tendrán que rehacerse de forma independiente.

Celia permaneció unos segundos en silencio.

La página firmada por Tomás ya no ocupaba el centro de la investigación, pero eso no borraba lo que había hecho con ella. Había utilizado una firma auténtica, perteneciente a un borrador anterior, para presentar como aprobada una versión que Tomás no había validado.

Aquella conducta tenía su propia explicación y también sus propias consecuencias.

—Yo no sabía lo de Nicolás —dijo.

Elena no intentó decidir cuánto había sabido Celia más allá de lo demostrado.

Alba respondió:

—Eso no cambia lo que hiciste con la página. Tampoco vamos a atribuirte lo que no hayas hecho.

Celia apretó la carpeta.

—Creí que Tomás estaba retrasándolo todo porque nunca consideraba nada suficientemente revisado.

—Esta vez estaba comprobando un problema real —dijo Elena.

No añadió más.

No tenía sentido convertir aquella última conversación en un juicio sobre la relación entre dos hermanos.

Celia había actuado para mantener viva una operación que necesitaba cerrar.

Esa mentira ya estaba delimitada y no debía seguir utilizándose para explicar la muerte de Tomás ni el segundo incendio.

Celia abrió la carpeta.

—Tengo más copias del expediente. ¿Sirven para algo?

Elena reconoció documentos que ya estaban preservados.

—Guárdalos. Si te requieren alguno, entrégalo por el cauce que te indiquen. Nosotros ya tenemos las versiones que necesitábamos para la comparación.

Celia volvió a guardarlos.

Antes de marcharse preguntó:

—¿La nueva medición decidirá entonces quién tenía razón, Mateo o nosotros?

—No necesariamente.

Celia frunció el ceño.

—¿Después de todo esto tampoco?

—Un nuevo levantamiento puede determinar posiciones y documentar referencias con independencia de las versiones cuestionadas. Eso no convierte automáticamente una medición en una resolución jurídica de un conflicto de propiedad. Si sigue habiendo una disputa de lindes, tendrá su procedimiento.

Celia aceptó la respuesta con menos resistencia que otros días.

La segunda conversación fue más breve.

Bruno llegó acompañado de un abogado y ya no intentó sostener el horario consignado en el parte original.

La reconstrucción de la reparación, el registro de actividad de la máquina y el testimonio de Óscar habían dejado suficientemente claro que el trabajo con generación de chispas se produjo mucho más cerca del inicio del incendio de lo que Bruno había declarado al principio.

Alba explicó que las responsabilidades derivadas de aquella negligencia y de la alteración del parte seguirían una vía distinta de la investigación contra Nicolás.

Elena intervino únicamente para fijar lo que aparecería en su informe.

—La evidencia disponible hace altamente compatible el origen del primer incendio con la reparación realizada por su cuadrilla y con la ignición de material vegetal fino próximo a la pista. También constará que la hora inicialmente declarada no coincide con la secuencia reconstruida.

Bruno permaneció en silencio unos segundos.

—Pero eso no tiene que ver con el segundo incendio.

—Mi informe diferencia claramente ambos episodios —respondió Elena—. No voy a utilizar lo ocurrido durante el primero para explicar el segundo cuando son fenómenos distintos.

Bruno asintió.

Su mentira seguía siendo grave, pero había adquirido un perímetro preciso. Elena llevaba días intentando conseguir precisamente eso con todas las líneas secundarias: que cada conducta respondiera por lo que realmente había sido.

Irene llegó después.

Traía una relación escrita de las versiones que recordaba haber recibido y de las actuaciones realizadas al sustituir el archivo municipal.

Había formalizado por fin lo que inicialmente trató de ocultar: aceptó documentación por una vía de trabajo fuera del circuito ordinario, reemplazó un archivo sin conservar correctamente la versión previa y retrasó después la respuesta a Tomás porque temía que su propia gestión quedara expuesta.

—He presentado también la incidencia interna —dijo.

Elena revisó el documento.

—Esto ayudará a reconstruir el recorrido administrativo. También deja claro que los valores alterados ya existían antes de la sustitución que hiciste tú.

—Sí.

Irene respondió sin intentar matizarlo.

—Yo no sabía qué habían cambiado.

—Esa es otra cuestión y debe quedar separada —dijo Alba.

Irene observó sus propias notas.

—Si hubiera conservado bien todas las versiones, quizá Tomás no habría tenido que insistir tanto.

Elena negó ligeramente.

—No puedes saber qué habría ocurrido. Lo que sí puedes hacer ahora es dejar documentada con precisión tu parte.

Irene asintió.

La conversación terminó sin aportar nada nuevo.

Elena lo agradeció.

Durante días, cada reunión había parecido capaz de desplazar la investigación hacia otro lugar. Aquella mañana servía para lo contrario: reducir el ruido y devolver cada hecho a la línea que le correspondía.

Mateo no acudió a la sala.

Elena lo encontró más tarde junto a la pista baja, donde habían quedado para hablar unos minutos antes de que ella terminara el informe. Seguía desconfiando del nuevo levantamiento que tendría que realizarse, aunque ya no discutía que los datos de Tomás habían sido alterados.

—Entonces mi cerca estaba mal.

—No puedo decirte eso.

Mateo frunció el ceño.

—Pero la línea de Tomás iba más por donde yo decía.

—En algunos tramos se aproximaba más a las referencias que tú señalabas. Eso no convierte tu recuerdo en una resolución de lindes.

Elena indicó el viejo muro.

—Algunas de las referencias que nos diste fueron útiles para comprender el terreno y orientar comprobaciones.

Otras no podían utilizarse con suficiente precisión.

El nuevo levantamiento tendrá que empezar con independencia de todo esto y distinguir entre la medición técnica y cualquier discusión jurídica posterior.

Mateo masculló algo sobre los años que llevaba diciendo lo mismo, pero no insistió.

—¿Y lo de que entré después del incendio?

—Eso no depende de mí.

—Ya.

Antes de marcharse le hizo otra pregunta.

—¿Al final Tomás tenía razón?

Elena pensó unos segundos.

La respuesta fácil habría sido decir que sí. No era la más precisa.

—Se ha demostrado que sus datos de campo no coincidían con la versión final y que los tres valores fueron modificados.

Mateo asintió despacio.

A Elena le bastaba con eso.

Cuando regresó a la sala, Javier estaba preparando su propia documentación. Sobre la mesa tenía los esquemas del primer incendio y los resultados correspondientes al segundo episodio.

Trabajaron juntos durante un rato para que el lenguaje técnico de ambos informes no generara contradicciones innecesarias.

Elena estructuró el suyo en tres bloques.

El primero correspondía al fuego inicial.

Describía la reparación de maquinaria con generación de partículas calientes, la presencia de combustible vegetal fino, las condiciones de propagación y la secuencia horaria reconstruida.

La conclusión separaba la probable negligencia que había originado aquel incendio de cualquier intencionalidad relacionada con el fraude o con la muerte de Tomás.

El segundo bloque se ocupaba del segundo episodio.

Incluía el barrido térmico previo, la ausencia de puntos calientes en las futuras zonas de combustión, la discontinuidad entre los cuatro focos, la falta de una propagación natural que los conectara, los residuos compatibles con el uso de un acelerante y la coincidencia espacial entre las tres áreas exteriores, V-17, V-21 y V-34.

La caseta aparecía como el cuarto elemento: un lugar de trabajo de Tomás en el que la afectación reciente se había concentrado en el interior, junto a la zona donde almacenaba material técnico y documentación.

La conclusión era más firme que en los primeros borradores del informe.

El segundo incendio había sido deliberado y selectivo. Su distribución era compatible con la destrucción de elementos de campo y documentación capaces de conservar la discrepancia topográfica.

El tercer bloque explicaba precisamente esa discrepancia.

Elena incorporó los datos conservados por Tomás, la reconstrucción independiente de los tres vértices desde referencias estables y la imposibilidad de obtener la geometría final mediante una transformación global, un redondeo o un recalculado automático.

Añadió después la corroboración proporcionada por los registros brutos recuperados en La Brañuca.

La trazabilidad que relacionaba las ediciones con la cuenta profesional y el equipo de Nicolás figuraba de forma claramente diferenciada: era información procedente de la investigación competente, no una conclusión obtenida por Elena mediante su propio análisis informático.

Javier leyó una parte por encima de su hombro.

—Lo has separado mucho.

—Tiene que estar separado.

—Se entiende mejor.

Elena quería exactamente eso.

No un documento que ofreciera una historia perfecta, sino uno en el que cada afirmación permitiera saber de dónde procedía y hasta dónde llegaba.

El primer incendio tenía una causa propia.

El segundo, otra.

La muerte de Tomás formaba parte de la investigación penal, pero eso no convertía a Elena en forense médica ni en instructora del caso. Su trabajo explicaba qué le habían hecho al territorio y cómo ese daño posterior se relacionaba con la destrucción de las huellas topográficas.

Alba entró poco antes del mediodía.

—Nicolás sigue a disposición de la autoridad competente. No hay nada nuevo que necesites incorporar a tu informe.

—Mejor.

—Daniel ha entregado toda la documentación relativa al acuerdo económico y sigue colaborando. Con lo que tenemos ahora, no aparece como conocedor de la alteración técnica, de la muerte ni del segundo incendio.

Elena incorporó únicamente la referencia necesaria al contexto económico. No tenía sentido extender una peritación ambiental hacia responsabilidades mercantiles que no le correspondían.

—¿Y la venta?

—Paralizada. Si quieren retomarla, tendrán que partir de documentación nueva y de una medición independiente.

Elena guardó la última versión del informe y la imprimió.

Leyó las conclusiones despacio.

La primera establecía un origen del incendio inicial altamente compatible con una negligencia durante la reparación y dejaba constancia de la inconsistencia del horario declarado al principio.

La segunda calificaba el segundo episodio como deliberado y selectivo a partir del conjunto de evidencias ambientales y de la distribución de los focos.

La tercera establecía que los sectores afectados coincidían con los tres puntos modificados y que el patrón era compatible con un intento de eliminar elementos capaces de demostrar la discrepancia entre los datos de campo de Tomás y la versión final.

No había ninguna frase que dijera quién había matado a Tomás.

No debía haberla.

Aquella atribución dependía de una cadena diferente: la lesión previa a la caída, la reconstrucción de la escena, la cronología, el fraude, el conflicto inmediato, el interés económico y la conducta posterior.

Alba leyó las conclusiones.

—¿Lo entregas así?

—Sí.

—¿Cambiarías algo si Nicolás confesara mañana?

Elena negó.

—No.

—¿Y si cambia su declaración?

—Tampoco. El informe describe lo que puedo demostrar independientemente de lo que él diga.

Eso era lo que Elena necesitaba comprobar antes de firmarlo.

Puso su nombre y la fecha.

Después separó las copias destinadas a la aseguradora, a la comunidad de propietarios y a la investigación, cada una con el contenido y los límites de acceso que correspondían. Javier hizo lo mismo con su documentación.

La mañana había servido para cerrar varias líneas sin fundirlas artificialmente en una sola.

Celia tendría que responder por haber utilizado una firma auténtica en un contexto que no le correspondía.

Bruno, por la negligencia del primer incendio y por la alteración posterior del horario.

Irene, por su gestión irregular de las versiones municipales.

Mateo seguiría discutiendo la linde por otra vía y tendría que responder, si correspondía, por su entrada en la zona restringida.

Daniel quedaba ligado al acuerdo económico, sin que los datos disponibles permitieran situarlo dentro del fraude técnico ni de los hechos posteriores.

Nicolás pertenecía ya a otra parte de la investigación.

Elena recogió el cuaderno y dejó sobre la mesa de Alba la copia firmada.

Por primera vez desde que había llegado a Valdorna, ninguna de sus conclusiones necesitaba una frase añadida para parecer más firme.

El trabajo estaba cerrado.