El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

A primera hora de la tarde, la reconstrucción seguía ocupando una franja de la ladera como si el trabajo de la mañana no hubiera terminado del todo.

Alba quería ordenar en una sola secuencia lo que podían sostener sin saltos.

Elena entendía la necesidad. A esas alturas había demasiadas piezas como para confiar en que adquirieran sentido únicamente por estar unas junto a otras.

La modificación de las coordenadas, el conocimiento técnico de Nicolás, la comisión pactada con Daniel, la apertura nocturna mediante la credencial compartida de la empresa, la compra de combustible compatible y la distribución del segundo incendio procedían de investigaciones diferentes.

Su fuerza estaba precisamente en que convergían sin depender unas de otras.

—Quiero separar lo que sabemos de lo que inferimos —dijo Alba.

Elena dejó la carpeta sobre el capó.

—Mejor.

—Empezamos por la parte técnica.

Repasaron la secuencia.

Tomás había conservado información de campo sobre V-17, V-21 y V-34.

Esas posiciones podían reproducirse mediante referencias estables y no dependían de la cerca actual ni del recuerdo de Mateo.

La versión final se apartaba de ellas precisamente en aquellos tres vértices, y ninguna transformación global, redondeo o recalculado automático permitía obtener esa geometría sin alterar también los puntos próximos.

Para llegar al plano presentado en la operación había que modificar individualmente los tres valores.

Y los tres cambios producían conjuntamente el mismo resultado: conservar acceso, superficie y continuidad.

Alba esperó a que Elena terminara.

—Después está quién podía entender la importancia de esos cambios.

—Eso ya no es topografía solamente. Es conocimiento y acceso.

—Lo sé.

Elena señaló el mapa.

Una persona podía conocer la existencia de la venta e incluso saber que Tomás estaba retrasándola sin comprender qué significaban aquellas tres posiciones.

El valor de las señales de campo exigía información mucho más concreta: conocer la versión final, los datos que Tomás estaba contrastando o, al menos, qué intentaba demostrar con su revisión.

—Nicolás tenía ese conocimiento por su trabajo —dijo Alba.

—Sí. Conocía el replanteo, manejaba las versiones finales y podía interpretar las marcas de campo.

—Y tenemos la comisión.

Elena asintió.

El acuerdo privado de setenta y dos mil euros aportaba un interés económico personal distinto del que tenían Celia o los demás propietarios.

Daniel había admitido el pacto y, hasta donde alcanzaba la documentación, no aparecía como conocedor de la modificación de las coordenadas.

Su interés era cerrar la operación; el beneficio particular ligado a la resolución de los problemas técnicos correspondía a Nicolás.

Alba pasó después al acceso nocturno.

La barrera había registrado durante la franja compatible con el segundo incendio una apertura mediante el identificador compartido de la empresa topográfica. El sistema no identificaba al usuario, y las llaves físicas ni siquiera quedaban registradas.

—Eso tiene que seguir formulándose así —dijo Elena—. La credencial de la empresa abrió la barrera. No sabemos quién la llevaba.

—Sí.

Con el combustible ocurría algo semejante.

Javier había confirmado residuos compatibles con un acelerante hidrocarbonado corriente en las tres zonas exteriores y en la caseta.

Una tarjeta de la empresa había pagado un pequeño envase de producto compatible la tarde anterior al segundo incendio, pero la compra tampoco permitía saber quién había usado la tarjeta ni relacionar químicamente ese envase concreto con las muestras del monte.

Alba cerró un momento la carpeta.

—Por separado, ninguna de esas cosas identifica a una persona.

—No.

—Juntas con lo demás, pesan de otra manera.

Elena observó el mapa.

Pesaban porque se incorporaban a una estructura que ya existía.

La compra y el acceso nocturno no habían creado la hipótesis del segundo incendio deliberado; llegaron después de que el comportamiento del fuego mostrara cuatro igniciones que no podían explicarse razonablemente como una reproducción natural.

La comisión tampoco demostraba que Nicolás hubiera matado a Tomás.

Añadía un interés personal a una cadena técnica que ya lo situaba cerca de la versión modificada.

—Las líneas convergen —dijo Elena—. Pero cada una conserva su límite.

Alba asintió y pasó a la siguiente cuestión.

—La Brañuca.

El refugio había ganado importancia desde que encontraron la anotación de Tomás, pero Elena seguía sin tratarlo como una solución pendiente de aparecer.

La nota asociaba La Brañuca con una «copia campo / rev.

» y Ramiro había confirmado que se utilizaba habitualmente para dejar controladores, baterías, planos o carpetas cuando los trabajos duraban varios días.

Eso justificaba asegurar el lugar.

No justificaba imaginar qué iban a encontrar.

—Si hay una copia —preguntó Alba—, ¿qué nos aporta?

—Dependerá de lo que sea. Puede corroborar datos de campo, versiones, fotografías o simplemente la rutina de trabajo de Tomás. Lo importante es que no la necesitamos para demostrar que los tres vértices fueron modificados ni para relacionar esos sectores con el segundo incendio.

—Eso sí quiero que quede claro.

—Si dependiéramos de lo que aparezca allí, significaría que todavía estamos esperando una prueba que construya por primera vez la historia. No es así.

Javier se acercó con la cámara.

—Mirad estas dos.

En una de las imágenes aparecían únicamente los tres vértices reconstruidos y las referencias de control. En la siguiente se había superpuesto la huella del segundo incendio. La escala y la orientación eran idénticas.

Elena las comprobó.

—Guarda las dos y haz otra con la leyenda completa.

Javier regresó al equipo.

Alba observó un momento las fotografías antes de cerrar la carpeta.

—Con esto puedo justificar que La Brañuca se proteja como posible fuente de material relacionado con Tomás sin afirmar que sabemos qué hay dentro.

—Exacto.

La sargento hizo una llamada.

Elena se apartó unos metros y revisó con Javier la ficha de V-34. Cuando Alba regresó, explicó únicamente que la actuación sobre el refugio seguía tramitándose y que se realizaría por el procedimiento correspondiente.

No hacía falta que Elena conociera más.

Durante la siguiente media hora continuaron documentando la reconstrucción. El trabajo recuperó un ritmo casi rutinario: fotografías de control, comprobación de medidas, posición de las piquetas y referencias suficientes para permitir que otra persona repitiera el procedimiento.

Elena agradecía aquella normalidad. La reconstrucción ganaba valor precisamente porque podía repetirse sin depender de una revelación ni de una interpretación brillante.

Ramiro apareció por la pista cuando Javier empezaba a guardar una de las antenas. Venía deprisa, con el teléfono en la mano.

—Alba.

La sargento levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—He estado revisando el registro de la barrera, como quedamos. Hay una apertura nueva con la credencial de la empresa de topografía.

Elena dejó el bolígrafo.

Ramiro se acercó hasta el vehículo y mostró la pantalla. No era una alerta automática ni identificaba a ninguna persona. El registro mostraba el código del mando, la hora y el acceso utilizado.

Era el mismo identificador compartido que aparecía en la apertura nocturna relacionada con el segundo incendio.

Alba comprobó la hora.

—¿Cuándo se ha producido?

—Hace poco. He vuelto a consultar el registro antes de venir para asegurarme.

—¿Es el mismo código?

—Sí.

—¿Hay alguna otra apertura reciente con esa credencial?

—No.

Elena observó los datos sin sacar conclusiones que el sistema no permitía.

Alguien con acceso al mando compartido de la empresa había abierto la barrera.

Eso era todo.

Desde allí no podían saber quién conducía, si iba solo, qué ruta había tomado después ni cuál era su destino. Las llaves físicas seguían permitiendo además otros accesos que no aparecerían en aquel historial.

El contexto, sin embargo, había cambiado.

La empresa había recibido el requerimiento formal para conservar y entregar originales, historiales y soportes relacionados con Valdorna.

La actuación destinada a asegurar La Brañuca estaba en marcha porque una anotación de Tomás permitía pensar que podía haber dejado allí una copia de campo.

En esas circunstancias, una nueva entrada utilizando la credencial de la empresa creaba un riesgo objetivo que no había existido unas horas antes.

Alba tomó el teléfono.

Esta vez Elena oyó únicamente referencias a la apertura reciente, al identificador y a La Brañuca. No necesitaba más para entender que la prioridad policial había cambiado.

Cuando terminó la llamada, la sargento se volvió hacia Ramiro.

—¿Cuánto se tarda desde la barrera hasta el desvío del refugio?

Ramiro calculó.

—Desde el acceso, no mucho si la pista está bien. Desde aquí, algo más de veinte minutos en coche.

Alba miró a Elena.

—Necesito una valoración concreta. Si hubiera material de Tomás fuera de la oficina, ¿La Brañuca es un lugar que debamos proteger ahora?

Elena evitó entrar en la intención de quien acababa de cruzar la barrera.

—Sí. Tomás vinculó el refugio con una copia de campo, sabemos que allí dejaban material y la empresa ya conoce el requerimiento de preservación.

Si existe algo relacionado con Valdorna, podría quedar expuesto.

Eso justifica actuar con rapidez. La apertura no nos dice quién ha entrado ni qué piensa hacer.

—Me vale.

Alba guardó la carpeta.

Ramiro preguntó si debía acompañarlos hasta el desvío.

—Coordínate con los agentes —respondió ella—. Y no toques el sistema ni hagas comprobaciones por tu cuenta. Conserva el registro tal como está.

—De acuerdo.

La actividad cambió alrededor de Elena sin que su propia función cambiara con ella.

La policía tenía ahora una razón para moverse con rapidez hacia La Brañuca.

Elena ya había explicado por qué el lugar podía contener material relevante y por qué cualquier hallazgo tendría carácter corroborador.

A partir de ahí, quién debía acudir, cómo se aseguraba el refugio y qué se hacía si encontraban a alguien allí pertenecía a Alba.

La sargento se volvió hacia ella.

—Tú te quedas aquí.

—Sí.

No había nada que discutir.

Javier levantó la vista desde el equipo.

—Nos quedan las fotografías finales y cerrar las fichas.

—Terminaremos eso —dijo Elena.

Alba asintió.

—Si necesito alguna comprobación técnica, te llamo.

—De acuerdo.

Ramiro bajó unos metros para esperar instrucciones junto a la pista. Alba se alejó con el teléfono en la mano mientras coordinaba la salida de su equipo.

Elena volvió a V-21.

Comprobó que las fotografías incluyeran la escala y la referencia correcta y después revisó la ficha correspondiente. La apertura reciente de la barrera introducía urgencia en otra parte de la investigación, pero no modificaba nada de lo demostrado aquella mañana.

Los tres vértices seguían donde los datos de Tomás permitían reconstruirlos.

La versión final seguía necesitando modificaciones puntuales.

Y el segundo incendio seguía coincidiendo con los lugares donde aquella discrepancia podía comprobarse físicamente.

Javier se acercó con la cámara.

—¿Seguimos?

—Sí.

Trabajaron durante unos minutos sin hablar demasiado. Elena terminó las anotaciones de campo y comprobó que las copias de los datos estuvieran completas. Lo que pudiera estar ocurriendo en otra parte del monte permanecía fuera de su alcance hasta que Alba pudiera comunicarlo.

No necesitaba llenar ese hueco con una suposición.

Cuando los vehículos de la Guardia Civil dejaron la zona de reconstrucción, Elena continuó trabajando junto a Javier.

La actuación en La Brañuca podía aportar una pieza nueva o no aportar ninguna.

La policía ya tenía una hipótesis antes de dirigirse hacia allí, y Elena tenía una reconstrucción que se sostenía sin depender de lo que encontraran en el refugio.

Por el momento, eso bastaba.