Capítulo 32
La superposición no necesitó explicación al principio.
Solo entonces tenía sentido comprobar qué relación guardaban entre sí.
Javier se colocó junto al portátil, apoyado sobre el capó del vehículo.
Alba permanecía al otro lado con la carpeta de campo abierta.
Las tres piquetas nuevas seguían visibles ladera arriba y, desde aquella distancia, parecían marcas insignificantes.
Elena sabía, sin embargo, que reproducían posiciones que la versión final había desplazado de forma puntual.
Activó primero la capa del incendio.
Aparecieron las tres zonas afectadas por el segundo episodio y, algo más abajo, la caseta.
Después mostró V-17, V-21 y V-34.
La relación se veía de inmediato.
No porque cada vértice coincidiera matemáticamente con el centro de una mancha quemada.
Exigir algo así habría ignorado cómo se comportaba un fuego y cómo podían alterar su huella la extinción, el agua o los días transcurridos.
Lo importante era que las tres superficies afectadas envolvían o rozaban precisamente los lugares donde la reconstrucción de Tomás se separaba de la versión utilizada en la compraventa.
El resto de la ladera ofrecía combustible semejante, pendientes comparables y muchos otros puntos en los que una reactivación natural habría resultado, como mínimo, igual de plausible.
—Vamos uno por uno —dijo Elena.
Amplió V-17.
Javier consultó las fotografías y la delimitación realizada durante las inspecciones anteriores. La zona reciente rodeaba el vértice reconstruido sin seguir una lengua de propagación procedente de otro lugar ni corresponder a una acumulación excepcional de combustible.
—No hay nada en el comportamiento del fuego que haga preferible este sitio —dijo—. Tenemos material parecido a ambos lados y, además, el control térmico anterior al segundo episodio no detectó aquí un foco residual.
Elena pasó a V-21.
La segunda área quemada coincidía con el tramo donde la posición reconstruida desde los datos de Tomás se separaba de la final. Había combustible fino, pero nada que explicara por qué la ignición había aparecido allí y no unos metros más allá.
En V-34, la relación era todavía más visible. La divergencia entre ambas soluciones era mayor y la zona del segundo fuego ocupaba precisamente la franja donde el vértice final se apartaba de la posición reproducida desde Z-1 y los datos conservados por Tomás.
Javier se inclinó hacia la pantalla.
—Si quitas los puntos, vuelven a parecer tres incendios pequeños sin una lógica común.
Elena ocultó la capa topográfica.
Las manchas quedaron otra vez aisladas.
—Y cuando los muestras —continuó Javier—, aparece el patrón.
Elena volvió a activar los vértices.
—Lo que podemos defender es que las tres áreas seleccionadas por el segundo incendio coinciden con los tres sectores donde la versión final se aparta de los datos de campo de Tomás. No hace falta decir que el fuego fue directamente a por tres estacas concretas.
Alba señaló la caseta.
—Y aquí tenemos el cuarto foco.
La caseta completaba el patrón de una forma distinta.
Allí no había un vértice que reconstruir, pero sí un lugar utilizado por Tomás para trabajar, guardar planos, hojas de campo y material técnico.
El daño reciente se había concentrado dentro de la construcción, especialmente alrededor del armario metálico, en vez de iniciarse en la vegetación exterior como habría sido más lógico si el propósito hubiera sido provocar otro incendio forestal.
Elena alejó la imagen hasta mostrar los cuatro lugares.
Tres sectores donde la discrepancia podía comprobarse físicamente.
Y un lugar donde parte de aquella comprobación podía haberse conservado por escrito.
La relación no dependía de atribuir todavía ninguna intención concreta a una persona. Surgía de comparar dos conjuntos obtenidos por vías independientes: la geometría del segundo fuego y las posiciones reconstruidas desde los datos de Tomás.
—¿Puedes afirmar que el segundo incendio fue selectivo? —preguntó Alba.
—Sí.
—¿Y que pretendía destruir pruebas?
Elena se tomó unos segundos.
—Puedo decir que los cuatro focos coinciden con elementos capaces de conservar la comparación que Tomás estaba haciendo: los tres sectores sobre el terreno y la caseta.
Si añadimos que no existe continuidad entre los focos, que el barrido térmico anterior no detectó calor residual suficiente y que esas zonas tampoco eran las más favorables para una reactivación natural, el patrón es compatible con una destrucción selectiva de evidencias relacionadas con el trabajo topográfico.
—Compatible.
—Desde mi parte, sí. Es la formulación correcta.
Javier no discutió el matiz. El análisis del incendio permitía excluir mecanismos y reforzar una hipótesis, pero no leer una intención humana directamente en la ceniza.
Alba cerró un momento la carpeta.
—Quiero la cadena completa.
Elena entendió lo que pedía.
No una acusación.
Una secuencia.
Después del primer incendio, el barrido térmico no había detectado focos capaces de explicar las cuatro zonas que ardieron más tarde. La distribución tampoco mostraba una continuidad de propagación ni una lógica basada en mejores condiciones de combustible.
Posteriormente habían aparecido restos naranjas compatibles con material de señalización topográfica y habían comprobado que los tres sectores correspondían a puntos que Tomás había estado revisando.
La investigación documental había demostrado después que las versiones del plano no coincidían.
Irene había ocultado una mala gestión, pero la copia recuperada del servidor probaba que los tres cambios ya existían antes de que ella sustituyera documentación.
Las fotografías enviadas por Tomás a su propia cuenta aportaron una fuente independiente con V-17, V-21 y V-34, asociados a referencias físicas estables.
Aquella mañana habían reconstruido esos puntos sobre el terreno sin utilizar como guía la versión final ni las manchas del segundo incendio.
Por otra parte, el análisis de los archivos había descartado que las diferencias surgieran de una transformación global, un redondeo o un recalculado automático.
Para llegar a la geometría presentada en la operación era necesario modificar puntualmente los tres vértices, y los tres cambios contribuían al mismo resultado funcional: preservar acceso, superficie y continuidad.
Elena explicó la secuencia sin convertir cada dato en una conclusión separada. El valor estaba precisamente en que unas fuentes se apoyaban en otras sin depender de una única pieza.
Cuando terminó, Alba señaló el mapa.
—Y los tres puntos modificados son los tres sectores que ardieron.
—Sí. Los sectores correspondientes a esos tres puntos.
—Más la caseta.
—Sí.
Alba guardó silencio unos instantes.
—Entonces quien provocó el segundo incendio tenía que saber qué estaba intentando comprobar Tomás.
Elena miró el mapa.
—Eso es lo que realmente reduce el círculo.
El acceso al monte había sido amplio. Propietarios, técnicos, trabajadores y empresas habían utilizado las pistas en distintos momentos.
Tampoco bastaba con haber visto una estaca.
Nicolás había explicado él mismo que una señal podía corresponder a un vértice provisional, una comprobación o una posición definitiva y que desde fuera no siempre era posible distinguirlas.
Seleccionar precisamente V-17, V-21 y V-34 exigía algo más que haber pasado por allí.
Había que comprender que esos tres puntos formaban parte de la comparación con la versión final.
—¿Quién podía saberlo? —preguntó Alba.
Elena repasó las diferencias sin necesidad de volver a empezar desde cero.
Celia sabía que Tomás estaba retrasando la operación, pero nada demostraba que conociera las coordenadas ni las posiciones exactas.
Irene había visto circular versiones distintas, aunque recibió los cambios ya incorporados y carecía del conocimiento de campo necesario para interpretar los tres sectores.
Mateo conocía la disputa del lindero y había visto marcas, pero observaba el trabajo desde fuera.
Bruno seguía ligado a la negligencia que había originado el primer incendio, no a la cadena topográfica.
Nicolás ocupaba otra posición.
Compartía empresa con Tomás, conocía el replanteo, había trabajado en aquellos sectores, manejaba las versiones, entendía los códigos y podía interpretar las marcas de campo.
La versión final había pasado además por su circuito profesional y la investigación había documentado un interés económico personal en que la operación se cerrara.
Elena eligió con cuidado la formulación.
—Nicolás encaja en el conjunto técnico mejor que los demás. Tiene acceso a los datos, conoce el terreno, puede interpretar las señales y participó en la cadena de la versión final.
Alba esperó.
—¿Eso basta para atribuírselo?
—No.
—¿Qué falta?
—Una atribución directa de los cambios o una conducta que solo tenga sentido si conocía la comprobación concreta de Tomás. Ahora tenemos una convergencia fuerte, pero todavía no una identificación única.
Alba contempló otra vez el mapa.
—Ya no es un nombre más.
—No.
Elena no pretendió rebajarlo artificialmente. Nicolás había pasado de ser el socio cuya presencia podía explicarse por su trabajo a convertirse en la persona que reunía de manera acumulativa el conocimiento técnico, la capacidad y un interés propio en que aquellas discrepancias desaparecieran.
Eso justificaba concentrar comprobaciones sobre él.
No permitía aún atribuirle la muerte de Tomás ni el segundo incendio.
Javier señaló V-34.
—Y el fuego reduce todavía más el tipo de persona que pudo hacerlo. No basta con querer que la venta salga. Hay que saber qué tres lugares tienen importancia.
—Exactamente —dijo Elena—. Esa es la aportación ambiental.
Alba pasó una página.
—Quiero que me lo formules como lo harías en una exposición conjunta.
Elena observó los cuatro focos del mapa.
—El primer incendio tiene una explicación accidental independiente.
El segundo no reproduce su patrón, no muestra continuidad entre focos y no se concentra en lugares con condiciones naturales especialmente favorables para una reactivación.
Sus cuatro zonas coinciden con la caseta utilizada por Tomás y con los tres únicos sectores donde la versión final se aparta de los datos de campo que él había conservado.
Los tres vértices fueron modificados puntualmente y esos cambios favorecen las condiciones necesarias para la operación.
Por tanto, el segundo incendio es compatible con una destrucción selectiva de los elementos que permitían demostrar esa discrepancia.
Alba tomó nota.
—Y después entraría la parte policial.
—Sí. Accesos, movimientos, móvil económico, comunicaciones, trazabilidad de la empresa y cronología de Tomás.
Elena evitó absorber en su conclusión elementos que no pertenecían a su peritaje. No necesitaba resolver toda la investigación para que la parte ambiental fuera decisiva. Su trabajo consistía en explicar qué le había ocurrido al lugar y qué función podía haber tenido el segundo incendio.
Javier señaló el tramo próximo a V-34.
—¿Quieres documentar también la superposición desde aquí?
—Sí, pero guarda dos juegos. Uno con la reconstrucción sola y otro con las áreas quemadas encima.
—Para que quede claro el orden.
—Exactamente.
La precaución podía parecer excesiva, pero Elena quería que la independencia entre ambas capas quedara visible en la documentación final. Primero habían reconstruido V-17, V-21 y V-34. Solo después habían añadido el incendio.
Mientras Javier preparaba las exportaciones, Alba recibió una llamada y se alejó unos metros.
Elena no intentó escuchar.
Aprovechó para recorrer con la vista la ladera, desde V-17 hasta V-34. La humedad oscurecía los bordes de las superficies quemadas y hacía más visibles algunos cambios de textura.
No necesitaba encontrar nada más.
La parte ambiental del segundo incendio estaba cerrada en lo esencial.
Alba regresó con el teléfono todavía en la mano.
—Tengo que volver a coordinación dentro de poco.
—¿Ha pasado algo?
—Nada que cambie lo que estamos haciendo aquí.
Elena aceptó la respuesta. Si había otra diligencia policial en marcha, Alba la compartiría cuando correspondiera.
—Antes de irnos quiero dejarte la secuencia por escrito.
Se sentaron en el vehículo y Elena redactó una síntesis mucho más breve que la explicación oral.
No incluyó sospechosos ni intenciones personales.
Describió la ausencia de una causa natural suficiente para el segundo episodio, la separación entre focos, la coincidencia con los tres vértices alterados y la caseta, la reconstrucción independiente de los datos de Tomás y el efecto técnico de las modificaciones.
Alba la leyó dos veces.
—Con esto puedo trabajar.
—Esa es la idea.
—Si mañana no apareciera nada más, ¿seguirías sosteniendo esta conclusión?
Elena pensó en La Brañuca y en la posible copia todavía pendiente de comprobar.
—Sí. Lo que pueda aparecer en el refugio servirá para corroborar. No hace falta para demostrar el patrón.
Alba guardó la hoja.
Eso era importante para Elena. Desde que había reaparecido el nombre de La Brañuca se había cuidado de no convertirlo en la pieza que explicaría todo al final. Si allí había una copia de Tomás, reforzaría una reconstrucción que ya podía sostenerse sin ella.
Antes de desmontar el equipo, Elena se detuvo junto a V-21.
A pocos metros estaba la franja afectada por el segundo incendio. La distancia recordaba por qué no debía hablar de centros exactos de ignición ni de una estaca localizada al centímetro. El fuego deformaba, ensanchaba y consumía.
Lo que conservaba era un patrón.
Tres vértices modificados, tres sectores quemados y una caseta vinculada al trabajo de Tomás.
La combinación no identificaba por sí sola una mano concreta. Sí exigía un nivel de conocimiento mucho mayor que el de alguien que simplemente hubiera pasado por el monte.
Cuando regresaron hacia los vehículos, Alba llevaba ya el mapa y la síntesis dentro de su carpeta.
Elena no necesitó volver a pronunciar el nombre de Nicolás.
A partir de aquel momento, la investigación policial tendría que comprobar si la convergencia técnica podía convertirse también en atribución.