El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

A primera hora, la ladera estaba húmeda y fría, con una niebla fina pegada a las zonas más bajas del monte. Elena había preferido empezar antes de que aumentara la actividad en la zona y de que el sol, si conseguía abrirse paso entre las nubes, modificara algunas condiciones superficiales.

Javier montó el equipo junto al afloramiento rocoso identificado como referencia estable.

Alba permanecía algo más atrás, con la documentación preparada.

La Guardia Civil no dirigía aquella reconstrucción técnica; su presencia serviría para que quedara claro qué se había medido, con qué datos y en qué condiciones antes de incorporar los resultados a la investigación.

Lo que necesitaban ahora era convertir esa información en posiciones reproducibles sobre el terreno, sin recurrir a la memoria de Mateo ni utilizar como guía la versión final que estaban cuestionando.

Javier terminó de fijar la antena y comprobó la recepción.

Elena consultó una vez más la fotografía de la libreta de Tomás.

No disponían todavía del archivo bruto completo, pero la combinación de los valores conservados, la distancia respecto a AF-R1 y la geometría de los puntos próximos permitía acotar el vértice con una precisión suficiente para aquella comprobación.

Trabajaron despacio. Repitieron las medidas y anotaron los márgenes de error en lugar de ocultarlos bajo una cifra aparentemente exacta.

Cuando obtuvieron la primera posición, Elena no abrió la versión final.

Marcó el lugar con una piqueta provisional y pidió a Javier que repitiera la lectura desde una segunda configuración. La diferencia quedó dentro del margen esperado.

—Me sirve.

Alba consultó su copia de las notas.

—¿Podemos decir que este era el punto de Tomás?

—Podemos decir que esta es la posición que se reproduce a partir de sus datos y de la referencia física que dejó anotada. No necesito llamarla la posición verdadera para que la comparación tenga valor.

Alba asintió.

Ese era precisamente el nivel de precisión que Elena quería conservar.

Pasaron a V-21.

La referencia era allí el quiebro de un muro antiguo que habían documentado durante el recorrido anterior. El incendio apenas había afectado a aquel tramo y su geometría seguía siendo suficientemente clara como para utilizarlo como control.

Elena volvió a trabajar únicamente con los datos de Tomás.

La reconstrucción los llevó varios metros hacia el interior respecto a la línea que conocían de la versión entregada para la compraventa, aunque Elena no abrió todavía ese plano.

Javier colocó la segunda piqueta.

—Aquí la diferencia se va a notar.

Elena observó la posición en relación con el relieve y la cerca actual. Varios metros podían parecer insignificantes en una ladera de aquel tamaño, pero trasladados a la geometría de una parcela afectaban a superficie y límites.

—Nos falta V-34.

No quería interpretar nada hasta disponer de los tres.

El tercer punto era más delicado. La zanja proporcionaba una referencia lineal, no un elemento aislado como la roca o el quiebro del muro, de manera que primero tuvieron que determinar qué tramo correspondía a Z-1.

Elena cotejó la anotación de Tomás con las fotografías de los días anteriores y localizó un cambio de dirección compatible con la referencia. Javier hizo una segunda lectura desde el extremo opuesto. Cuando ambas soluciones convergieron dentro del margen previsto, colocaron la tercera piqueta.

Solo entonces Elena sacó la versión final.

La diferencia se veía con claridad suficiente sin necesidad de exagerarla.

Los tres puntos reconstruidos a partir de los datos de Tomás formaban una geometría coherente con las referencias físicas que acababan de utilizar. La línea presentada en la operación se separaba precisamente en V-17, V-21 y V-34 y volvía a aproximarse después.

Javier apoyó el portátil sobre el capó del vehículo y cargó ambas soluciones.

—Quiero hacer una comprobación más —dijo Elena—. Intenta obtener la versión final a partir de estos datos sin modificar individualmente los tres vértices.

Javier la miró.

—Ya sabes lo que va a pasar.

—Sí. Pero quiero documentarlo.

Empezaron aplicando una transformación común.

Los puntos de control próximos se desplazaban junto con los tres vértices, algo que no ocurría en el archivo final.

Después probaron una diferencia de precisión en la exportación y un redondeo más agresivo.

Los cambios producidos eran demasiado pequeños y seguían un patrón uniforme.

Por último, Javier recalculó el trazado conservando las observaciones de campo y las referencias físicas.

La solución regresó a los tres puntos que acababan de marcar sobre el terreno.

Elena observó las geometrías superpuestas.

Ya habían realizado comparaciones similares en el ordenador, pero aquella mañana la comprobación tenía otra fuerza metodológica: habían reconstruido primero las posiciones sin utilizar la versión final y habían intentado después reproducirla mediante operaciones generales.

No podían.

—La versión entregada no sale de estos datos —dijo Alba.

—No sin sustituir de forma puntual los valores de V-17, V-21 y V-34.

Elena señaló los puntos de control cercanos mientras explicaba la consecuencia.

Si se respetaban las observaciones conservadas por Tomás y las referencias estables, obtenían la línea que acababan de marcar.

Una transformación general capaz de llevar esos tres vértices hasta las posiciones finales habría desplazado también otros puntos.

Eso no había ocurrido.

Alba repasó la tabla.

—Entonces ya no estamos ante una posible diferencia de cálculo.

—No. Técnicamente podemos sostener que esos tres vértices fueron modificados de forma individual. Otra cuestión es quién introdujo los valores nuevos, cuándo y con qué intención.

La distinción seguía siendo necesaria. Demostrar la intervención sobre los datos no permitía atribuirla automáticamente a Nicolás ni convertirla por sí sola en homicidio o incendio provocado.

Javier se agachó junto a V-21 y comprobó una vez más la posición.

—Con el punto de la versión final ganas superficie aquí.

Elena señaló V-17 en el plano.

—Y este desplazamiento mantiene el corredor de acceso.

V-34 completaba la geometría necesaria para que ambos efectos pudieran convivir.

La reconstrucción física confirmaba lo que los documentos habían empezado a mostrar: no eran tres correcciones independientes con consecuencias distintas.

Las tres contribuían a que la representación final siguiera cumpliendo las condiciones de acceso, superficie y continuidad exigidas por la operación.

Alba contempló durante unos segundos las piquetas.

—¿Alguien que pasara por aquí habría notado la diferencia?

—No necesariamente. Una marca de topografía aislada no dice qué comparación hay detrás. Para entender lo que significaban estos puntos había que conocer los datos o saber qué estaba comprobando Tomás.

—Pero quien conociera la versión final sí podría entenderlo.

—Si conocía también la revisión de Tomás, sí.

Elena caminó hasta V-17.

A cierta distancia podía distinguir el terreno afectado por el segundo incendio. Habían decidido deliberadamente no utilizar todavía aquellas superficies en la reconstrucción, y Elena no quiso alterar ese orden ahora que las posiciones ya estaban marcadas.

La prueba debía sostenerse aunque el segundo fuego no hubiera existido.

Ese era el punto fundamental.

Habían llegado a V-17, V-21 y V-34 desde la documentación de Tomás y desde referencias físicas independientes.

Solo después añadirían la geometría del incendio.

Si hubieran utilizado previamente las manchas quemadas para decidir dónde debía caer cada vértice, toda la comprobación habría quedado contaminada por la respuesta que esperaban obtener.

El procedimiento permitía además mantener separadas dos líneas distintas.

La primera era documental: los valores cambiaban de manera progresiva entre versiones hasta quedar fijados en el archivo final.

La segunda era física: al regresar al monte con los datos de Tomás, las referencias estables conducían a posiciones distintas de las utilizadas en esa versión.

Que ambas líneas produjeran la misma diferencia sin depender una de otra reforzaba mucho más el resultado que cualquier documento aislado.

Javier volvió desde el equipo.

—Ha sido buena idea no cargar el incendio antes.

—Tenía que hacerse así.

Alba miró a ambos.

—Entonces, ¿qué puedo afirmar a partir de esta mañana?

Elena había pasado las últimas horas construyendo precisamente esa respuesta.

—Que V-17, V-21 y V-34 pueden reproducirse a partir de los registros conservados por Tomás y de referencias físicas estables.

Que la geometría de la versión final no se obtiene desde esos datos mediante una transformación global, redondeo o recalculado automático.

Y que para alcanzar las posiciones entregadas hay que modificar de forma puntual los tres vértices.

Alba esperó.

—Además, esas tres modificaciones producen conjuntamente un resultado funcional: mantienen las condiciones de acceso, superficie y continuidad de la operación.

—Entonces el mecanismo de la manipulación está demostrado.

Elena miró las tres piquetas.

—La modificación técnica de los tres puntos, sí.

Todavía faltaba la autoría. También faltaba conectar aquella intervención con la muerte de Tomás y con el segundo incendio sin utilizar una línea para completar artificialmente la otra.

Pero una parte importante del caso acababa de quedar cerrada por sí misma.

Documentaron las tres piquetas desde varios ángulos y registraron las coordenadas obtenidas, el equipo utilizado, las referencias de control y los márgenes de precisión.

Javier propuso dejar las marcas provisionales hasta completar la comparación con el incendio y Alba pidió que no se manipularan mientras aquella fase estuviera pendiente.

Elena completó después la tabla preparada la noche anterior.

Referencia estable. Dato de Tomás. Posición reconstruida. Posición de la versión final.

Las tres filas mostraban el mismo patrón que habían visto en los archivos, pero esta vez el resultado estaba físicamente reproducido sobre la ladera.

—¿Quieres ir ahora a la caseta? —preguntó Javier.

Elena consultó la hora.

—Primero quiero cerrar los registros y duplicar los datos.

Alba estuvo de acuerdo.

La Brañuca tampoco era necesaria para lo que acababan de demostrar. Seguía pendiente de una actuación formal y podía contener material útil o no contener nada. En cualquiera de los dos casos, la reconstrucción de aquella mañana conservaría su valor.

Cuando terminaron de hacer las copias, el sol había abierto algunos claros entre las nubes. La humedad persistía en las zonas de sombra y las tres piquetas nuevas destacaban demasiado limpias en un terreno castigado por el fuego, la lluvia y los trabajos de extinción.

Elena las contempló desde la pista.

Para cualquiera que no conociera el expediente eran tres señales de campo sin importancia especial.

Precisamente ahí estaba una parte del problema: su valor no residía en el plástico o en el lugar que ocupaban de forma aislada, sino en la comparación que permitían establecer entre los datos de Tomás y la versión final.

Alba se acercó con la carpeta bajo el brazo.

—¿Hemos terminado?

—La reconstrucción, sí.

—¿Y ahora?

Elena señaló las tres posiciones y después las zonas ennegrecidas que se distinguían en la ladera.

—Ahora podemos añadir el segundo incendio.

No necesitaba decir más.

V-17, V-21 y V-34 estaban otra vez sobre el terreno, reconstruidos sin depender de la versión final, de Mateo ni de ninguna copia que pudiera aparecer en La Brañuca.

Solo ahora tenía sentido comprobar qué relación guardaban con los lugares que alguien había vuelto a quemar.