Capítulo 28
El nombre de Daniel Ordóñez aparecía en la documentación desde el principio, aunque hasta entonces había ocupado un lugar lateral en el caso: llamadas, plazos, presión para cerrar la operación, correos reenviados y la presencia constante de un intermediario cuya remuneración dependía de que la compraventa llegara a término.
Aquella tarde estaba sentado frente a Elena y Alba en una sala pequeña de la comandancia.
Sostenía una carpeta de cartón sobre las rodillas y tenía el aspecto cansado de quien llevaba varias horas descubriendo que un acuerdo privado podía adquirir un significado muy distinto cuando se examinaba dentro de una investigación por homicidio.
Elena no estaba allí para valorar contratos ni movimientos bancarios. Alba había querido que escuchara una explicación concreta porque afectaba al móvil que empezaba a relacionarse con la alteración técnica.
—Cuéntaselo como me lo has contado a mí —dijo la sargento.
Daniel miró primero a Alba y después a Elena.
—Nicolás iba a cobrar una comisión si la operación salía.
Elena esperó.
—¿De Ribera Alta Patrimonial?
—No exactamente. Era un acuerdo conmigo.
Alba abrió una carpeta y puso sobre la mesa varias copias de documentación obtenida por el cauce correspondiente: un contrato privado, justificantes de transferencias y algunos mensajes impresos. Acercó la primera hoja a Elena.
La cantidad figuraba con claridad.
Setenta y dos mil euros.
—¿Por qué pagar una comisión así a un topógrafo que ya cobraba por su trabajo? —preguntó Elena.
Daniel se acomodó en la silla.
—Porque no era por medir. Era por sacar adelante la parte técnica de una operación complicada. Había muchos propietarios, documentación antigua, superficies que no cuadraban y un acceso que tenía que quedar resuelto. Necesitaba a alguien que cerrara ese frente.
—¿Tomás conocía este acuerdo?
Daniel negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque lo pacté con Nicolás.
La respuesta era sencilla, pero cambiaba el peso económico de la operación.
Elena leyó la cláusula principal. El pago completo estaba condicionado a que la compraventa llegara a cerrarse.
También constaba que se había entregado un adelanto, aunque la cuantía concreta no era necesaria para entender lo esencial: Nicolás no tenía únicamente el interés profesional de terminar un encargo.
Una cantidad importante de dinero propio dependía del resultado.
—¿Qué esperaba que hiciera a cambio? —preguntó.
—Resolver los problemas técnicos.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Porque había muchos problemas.
—¿Incluía cambiar coordenadas?
Daniel levantó la cabeza.
—No.
—¿Modificar la representación para que las parcelas cumplieran unas condiciones que en realidad no cumplían?
—No.
—¿Sabía que existían discrepancias en tres vértices concretos?
—Sabía que había problemas de lindes y superficies. No los detalles técnicos.
Alba intervino antes de que la existencia de aquella comisión arrastrara la conversación más lejos de los documentos.
—Daniel ha aportado sus comunicaciones y la documentación del acuerdo. De momento no tenemos nada que demuestre que conociera la modificación concreta de V-17, V-21 y V-34.
Elena asintió.
Era importante mantener aquella frontera. Una comisión privada podía resultar irregular, imprudente o comprometida por muchas razones sin convertir automáticamente a Daniel en participante de una manipulación topográfica.
—¿Por qué pactarlo en privado? —preguntó Elena.
Esta vez Daniel tardó más.
—Porque mi propia comisión dependía del cierre. Yo cobraba si la operación avanzaba. Nicolás me dijo que podía encargarse de los problemas técnicos y que, si conseguía desbloquearlos, quería participar del resultado.
—¿Con setenta y dos mil euros?
Daniel bajó la mirada.
—La operación era importante.
—No le he preguntado eso.
Respiró hondo.
—Sí. Era mucho dinero.
—¿Le pareció normal?
—Me pareció caro.
—No es exactamente lo mismo.
Daniel miró la carpeta sobre sus rodillas.
—Pensé que sabía lo que hacía.
Elena dejó la hoja sobre la mesa.
Podía ser cierto y seguir sin responder a cuánto había querido saber Daniel sobre la manera en que Nicolás pensaba conseguirlo.
Aquella tarde, sin embargo, no necesitaba resolver su responsabilidad en el acuerdo.
Lo relevante era que la alteración técnica que estaban reconstruyendo encontraba por primera vez un beneficio personal documentado en alguien que participaba directamente en la preparación de la versión final.
—¿Nicolás le dijo alguna vez que Tomás se oponía a cerrar la operación?
—Dijo que Tomás era muy rígido con las revisiones.
—¿Que estaba bloqueándola?
—En algún momento, sí.
—¿Le habló de una posible manipulación?
—No.
—¿De que Tomás pudiera detener la entrega?
Daniel negó.
—No con esas palabras.
—¿Qué le dijo?
—Que estaba volviendo a medir cosas que ya estaban resueltas y que eso podía retrasarlo todo.
Elena anotó la frase. Coincidía con la descripción que Nicolás había repetido desde el principio: Tomás como profesional meticuloso, lento y dispuesto a comprobar más de lo que otros consideraban necesario.
Esa explicación podía resultar perfectamente creíble para Daniel y, al mismo tiempo, beneficiar a quien la ofrecía.
Alba pasó a otra hoja.
—El adelanto se hizo antes del primer incendio.
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Y el resto del pago?
—Solo si se firmaba la compraventa.
La consecuencia era clara.
Si Tomás detenía la documentación porque no aceptaba las modificaciones, Nicolás podía perder la mayor parte de una comisión privada de setenta y dos mil euros que su socio ni siquiera conocía.
Eso constituía un interés económico personal concreto.
No demostraba que hubiera manipulado las coordenadas, golpeado a Tomás o provocado el segundo incendio.
Elena volvió al contrato. La comisión no recompensaba una medición concreta ni un número de horas. Dependía del éxito final de la operación. Por tanto, cualquier objeción técnica capaz de impedir el cierre podía afectar directamente al beneficio de Nicolás.
—¿Tiene algo más que añadir sobre las mediciones? —preguntó Alba.
Daniel negó.
—No sé hacer ese trabajo. Si me hubieran puesto delante dos planos diferentes, no habría sabido decir cuál estaba bien.
Elena lo observó unos segundos.
—Pero sí conocía las condiciones del comprador.
—Claro.
—Superficie mínima y acceso continuo.
—Sí.
—Y se las había explicado a Nicolás.
—Formaban parte del encargo.
Eso cerraba una relación económica sin convertirla todavía en una relación criminal. Nicolás conocía el resultado funcional que necesitaba la operación y tenía una remuneración extraordinaria condicionada a que aquella operación se completara.
Daniel abandonó la sala después de terminar su comparecencia.
Cuando la puerta se cerró, Alba dejó el contrato sobre la mesa.
—Ahora tenemos un móvil.
Elena negó ligeramente.
—Tenemos un interés económico personal documentado.
—¿Te parece tan importante la diferencia?
—Sí.
Alba sonrió sin humor.
—De acuerdo. Un interés económico personal documentado.
Antes de que Elena pudiera ordenar sus notas, llamaron de nuevo a la puerta.
Ramiro Cuesta entró con una carpeta transparente y una hoja impresa doblada por la mitad.
—Me pedisteis los accesos registrados entre el primer incendio y el segundo.
Alba le indicó que se sentara.
Ramiro desplegó la hoja.
—Aquí están las aperturas que conserva el sistema. Cuando se utiliza uno de los mandos identificados queda registrado su código y la hora. Las aperturas hechas con llave física no aparecen.
Elena recordó aquella limitación desde el primer día. Precisamente por eso nunca habían tratado la barrera como un registro completo de quién entraba y salía del monte.
Alba recorrió la lista con un dedo.
—Esta apertura.
Ramiro miró la fila.
—Corresponde al identificador que utilizaba la empresa de topografía.
Elena comprobó la hora.
La apertura se encontraba dentro de la franja nocturna compatible con el segundo incendio.
—¿Ese identificador corresponde a una persona concreta? —preguntó.
—No. Era de la empresa.
—¿Lo utilizaban Tomás y Nicolás?
—Sí. Según quién entrara.
—Después de la muerte de Tomás, ¿quién lo utilizaba habitualmente?
Ramiro se pasó una mano por la barbilla.
—Nicolás seguía viniendo por temas del trabajo y para recoger material.
Elena levantó la vista.
—¿Eso lo sabes por este registro?
—No. Porque alguna vez lo veía o me avisaba.
—Entonces esta apertura concreta no puede atribuirse a él.
—No.
Ramiro respondió sin vacilar.
Alba subrayó la fila.
—Lo que sí podemos decir es que el sistema registró una apertura con el identificador asociado a la empresa durante esa franja.
—Eso sí.
Elena pidió ver las aperturas anteriores y posteriores. Había registros diurnos compatibles con trabajos conocidos y otros periodos sin anotaciones. Eso tampoco significaba que nadie hubiera accedido, porque las llaves físicas permitían abrir sin generar una entrada en el sistema.
El historial servía para demostrar determinadas aperturas, no para reconstruir todas.
—¿El mando podía pasar de una persona a otra sin que el sistema lo distinguiera? —preguntó Elena.
—Sí. Solo guarda el identificador.
—¿No hay fotografía, nombre del usuario ni otro dato personal asociado?
—No.
La apertura nocturna tenía valor porque demostraba que alguien que disponía del acceso de la empresa había abierto la barrera en un momento compatible con el segundo incendio. No permitía convertir ese alguien en Nicolás.
—¿Había alguna razón de trabajo para entrar a esa hora? —preguntó Alba.
Ramiro negó.
—Que yo supiera, ninguna.
—¿La comunidad había autorizado algún trabajo nocturno?
—No.
—¿Una emergencia?
—Nada que me conste.
Elena anotó con cuidado la formulación correcta.
Apertura nocturna registrada con identificador compartido de la empresa de topografía.
No escribió el nombre de Nicolás.
Ramiro permaneció unos minutos más para explicar el funcionamiento del sistema. Confirmó que no había cámaras asociadas a la barrera y que los datos almacenados permitían conocer el identificador utilizado y la hora, no quién llevaba físicamente el mando.
Cuando salió, Alba colocó la hoja junto al contrato de comisión.
Eran dos documentos distintos que aportaban información de naturaleza también distinta.
—Conocimiento técnico —dijo Alba.
—Sí.
—Interés económico personal.
—Sí.
—Y un acceso de la empresa utilizado durante la noche del segundo incendio.
—Una credencial compartida —precisó Elena.
Alba la miró.
—Lo sé.
—Tiene que seguir siendo compartida también cuando resumamos el caso.
—De acuerdo.
Alba apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué te falta para dejar de proteger a Nicolás de la hipótesis?
Elena sostuvo su mirada.
—No lo estoy protegiendo.
—Sabes a qué me refiero.
—Precisamente por eso intento no saltarme el último tramo.
Abrió el mapa de trabajo.
Los tres focos del segundo incendio aparecían superpuestos a los tres sectores de divergencia. La caseta quedaba apartada, pero pertenecía a la misma posible lógica de destrucción de información.
—Nicolás reúne ahora tres cosas que antes estaban separadas —dijo Elena—.
Tiene el conocimiento técnico necesario para entender qué significaban los puntos.
Tiene un interés económico personal documentado en que la operación llegue a cerrarse.
Y existe una oportunidad compatible porque un acceso compartido de su empresa se utilizó esa noche.
Alba esperó.
—Pero cada una de esas líneas tiene un límite. Su conocimiento es esperable por su trabajo. La comisión no demuestra que alterara los datos. Y el registro de la barrera no demuestra que llevara él el mando.
—Juntas pesan más.
—Sí.
Era la primera vez que Elena lo admitía con esa claridad.
No porque una prueba hubiera señalado directamente a Nicolás, sino porque varias fuentes independientes empezaban a converger sobre él sin perder por ello sus limitaciones.
Alba observó el mapa.
—¿Qué necesitas ahora?
—Cerrar mejor la relación entre el segundo fuego y lo que Tomás estaba comprobando.
—Pensaba que eso estaba bastante claro.
—Sabemos que los focos coinciden con los vértices modificados y que Tomás había conservado datos propios. Quiero saber qué podía seguir demostrando el terreno aunque los archivos desaparecieran.
—¿Para qué?
—Porque si construimos una historia demasiado buena alrededor de Nicolás antes de demostrar cada pieza, podemos acabar usando una sospecha para completar lo que todavía falta.
Alba se recostó.
—Quieres volver al monte.
—Sí.
Elena guardó la copia del registro junto a las notas de acceso y mantuvo aparte la documentación financiera.
Por primera vez, Nicolás ya no era únicamente el socio que, por razones profesionales, aparecía cerca de casi todos los elementos técnicos del caso.
Había también setenta y dos mil euros condicionados al cierre de la operación y un acceso de su empresa registrado durante la noche en que el monte volvió a arder.
La hipótesis se había estrechado mucho.
Todavía necesitaba convertirse en prueba.