El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Las tres diferencias no podían proceder de una transformación automática.

Elena había dedicado buena parte de la mañana a comprobarlo porque no quería convertir una impresión visual en una conclusión técnica.

Sobre la mesa tenía las fotografías que Tomás se había enviado a sí mismo, la versión anterior del proyecto, la final y una exportación intermedia conservada dentro de la cadena documental.

En otra ventana del ordenador había cargado únicamente los puntos que podían reconstruirse con suficiente seguridad a partir de las referencias de campo.

Alba entró cuando Elena repetía la misma comparación por tercera vez.

—¿Sigues con eso?

—Hasta que deje de darme la misma respuesta.

—¿Y ha dejado?

—No.

La sargento dejó una carpeta junto al portátil y se sentó sin interrumpirla.

Elena trabajaba siempre sobre copias. Los originales preservados no se tocaban.

La primera comprobación había sido la más sencilla: descartar que los dos conjuntos de coordenadas estuvieran expresados mediante sistemas diferentes o que una conversión incorrecta explicara los desplazamientos.

Si ese fuera el problema, las diferencias no afectarían solo a tres vértices aislados mientras los puntos próximos permanecían prácticamente estables.

Una transformación global produciría un patrón reconocible en el conjunto.

Allí no lo había.

V-17 se desplazaba en una dirección determinada. V-21 presentaba una diferencia de otra magnitud. V-34 completaba después una geometría que permitía mantener la continuidad de la representación final.

Los puntos vecinos no acompañaban esos movimientos.

—Enséñamelo desde el principio —dijo Alba.

Elena ocultó las capas auxiliares y dejó visibles únicamente dos conjuntos.

—Estos son los tres puntos que podemos reconstruir a partir del material de Tomás.

—Los de las fotografías.

—Sí. No tenemos todavía su proyecto bruto completo, pero en estos tres hay información suficiente y referencias físicas que permiten comprobar las posiciones de forma independiente.

Activó la segunda capa.

—Y esta es la versión final.

Alba observó las dos geometrías.

—A simple vista las diferencias parecen pequeñas.

—Lo son en términos del conjunto.

—Entonces, ¿qué las hace importantes?

Elena amplió V-17.

—Que son selectivas. Si todo el levantamiento estuviera desplazado por un problema de sistema de referencia, estos puntos de alrededor también se moverían según la misma transformación. No ocurre.

—¿Y un redondeo?

—Tampoco explica esto.

Abrió una tabla con los valores comparados.

—El redondeo puede introducir pequeñas diferencias dependiendo de cómo se exporten o presenten los datos. Aquí tenemos desplazamientos de varios metros en puntos concretos. Además, ni la magnitud ni la dirección son comunes a los tres.

Alba recorrió las cifras.

—¿Una corrección hecha después en campo?

—Sería posible si existiera información que la justificara: una nueva medición, una incidencia, una referencia sustituida, algo que explique por qué esos valores dejan de ser los anteriores.

—¿Y existe?

—No en la documentación que tenemos.

Elena prefirió formularlo así. No encontrar una justificación no significaba todavía poder afirmar que nunca hubiera existido.

Abrió después la exportación intermedia.

—Esto es lo que más me interesa.

En aquella versión, dos de los tres vértices todavía coincidían con los datos conservados por Tomás. El tercero ya aparecía desplazado.

Alba se inclinó hacia la pantalla.

—¿Qué implica?

—Que los tres cambios no aparecen juntos como resultado de una nueva solución completa. Se incorporan en momentos distintos.

—¿Manualmente?

Elena tardó un instante.

—Lo que puedo defender es que son modificaciones puntuales.

—Explícame la diferencia.

—No vemos un conjunto recalculado mediante una operación común.

Vemos valores concretos que van siendo sustituidos en vértices determinados mientras el resto permanece estable.

Para llegar desde los datos de Tomás hasta la versión final, esos puntos tuvieron que recibir valores nuevos de manera individual.

—En la práctica, alguien los cambió uno por uno.

—Sí. O aplicó una operación específica únicamente sobre cada uno de esos vértices. Técnicamente, el resultado es el mismo: no salen de una transformación global, ni de un redondeo ni de un ajuste general del proyecto.

Alba escribió unas líneas.

Era la primera vez que podían sostener una intervención concreta sobre los tres puntos sin depender de la sospecha sobre una persona.

—¿El programa podría haberlos cambiado solo? —preguntó.

—No espontáneamente y con este patrón. Tendría que existir una operación aplicada específicamente a esos puntos. Seguiríamos teniendo una selección individual de los vértices.

—¿Podemos llamarla deliberada?

Elena levantó la vista.

—Deliberada en sentido técnico: alguien tuvo que seleccionar o aceptar valores distintos para esos puntos. Eso no nos dice todavía con qué intención se hizo ni quién fue.

—Bien.

La precisión importaba. Ya habían visto demasiadas veces que una conducta intencional podía ocultar una causa distinta de la que parecía sugerir al principio.

Elena volvió a V-17.

—Mira el efecto del primero. La posición final mantiene la representación del corredor de acceso.

Pasó a V-21.

—Este evita una pérdida de superficie útil dentro del bloque.

Después señaló V-34.

—Y este permite que las otras dos modificaciones mantengan una geometría continua.

Alba permaneció mirando el conjunto.

—Tres cambios distintos que producen un resultado coherente.

—Sí.

—¿Eso ya permite hablar de fraude?

Elena pensó la respuesta.

—Permite hablar de una alteración técnica demostrable respecto a los datos de campo que Tomás había conservado.

Para llamarlo fraude con todas sus consecuencias tenemos que integrar quién lo hizo, con qué finalidad y qué sabía al hacerlo.

Lo que ya puedo excluir es que estos tres cambios sean el resultado accidental de una conversión general o de un simple redondeo.

—Eso reduce bastante las posibilidades.

—Sí.

Elena abrió la tabla de trazabilidad que había preparado.

Cada versión ocupaba una fila con la fecha conocida, el origen, el nombre del archivo y las diferencias respecto a la anterior.

La primera modificación aparecía antes de que Irene sustituyera documentación en el ayuntamiento. Otra se incorporaba en una versión generada dentro del circuito de la empresa. Los tres valores quedaban finalmente consolidados en el archivo utilizado para la operación.

Alba señaló la última fila.

—¿Quién preparó esta versión final?

—Según la documentación y según lo que él mismo nos ha contado, Nicolás solía encargarse del cierre. En Valdorna, esta versión pasó por su circuito de trabajo.

—¿Podemos decir que la hizo él?

—Podemos decir que la preparó o gestionó como versión final.

—Pero no que introdujera los tres cambios.

—No.

Alba apoyó el bolígrafo.

—¿Qué falta para saberlo?

—La trazabilidad interna de la empresa. Las versiones de trabajo, usuarios, equipos desde los que se editaron, copias intermedias y cualquier registro que permita saber cuándo apareció cada valor y quién tenía capacidad real para modificarlo.

—La preservación de ese material ya está pedida.

—Lo sé.

Elena miró de nuevo la tabla.

Nicolás aparecía cada vez más cerca de las distintas capas técnicas del problema. Conocía el proyecto, sabía interpretar los datos, había trabajado en el terreno, manejaba las versiones finales y conocía las rutinas de Tomás.

Pero todas esas circunstancias podían explicarse también por algo mucho más sencillo: era su socio.

No podía convertir una acumulación de actividades profesionales normales en una atribución solo porque ahora todas quedaran próximas a la misma anomalía.

—¿Dónde quedan los demás? —preguntó Alba.

—Celia no aparece en la capacidad técnica para introducir estos cambios. Irene recibió archivos donde las coordenadas ya estaban modificadas. Mateo conoce el territorio y el conflicto de la linde, pero no la cadena digital. Bruno no aparece en esta parte del expediente.

Alba repasó mentalmente los nombres.

—Entonces el círculo se reduce.

—El círculo técnico, sí.

—¿A la empresa?

—Principalmente al entorno que manejaba tanto los datos originales como las versiones de cierre.

Alba no forzó una concreción mayor.

Elena abrió otra vez el mapa e incorporó los tres perímetros del segundo incendio. Dentro de aquellas zonas estaban registrados los fragmentos naranjas encontrados durante las primeras inspecciones.

Hasta ese momento, esas señales habían podido representar muchas cosas: un replanteo provisional, una comprobación, una línea correcta o una que después debía descartarse.

Ahora el contexto era distinto.

—Esto cambia también el valor de los restos naranjas —dijo.

—¿Por qué?

—Porque ya sabemos que los tres sectores no corresponden simplemente a diferencias entre dos documentos. La posición final solo se obtiene modificando de forma puntual los valores que Tomás había conservado.

Señaló V-17.

—Si Tomás volvió al terreno y dejó aquí una marca correspondiente a su comprobación, esa señal hacía visible una posición distinta de la utilizada en la versión final.

Pasó a V-21 y después a V-34.

—Lo mismo ocurriría en los otros dos puntos.

Alba observó las tres zonas.

—Tres referencias físicas frente a tres cambios digitales.

—Potencialmente. Seguimos sin poder identificar cada fragmento como una estaca concreta de Tomás.

—Siempre dejas una salida.

—Mientras exista, sí.

Sin embargo, el patrón permitía entender mejor por qué unas marcas de campo podían resultar incómodas para quien hubiera intervenido en el archivo.

Un documento podía sustituirse; una versión podía dejar de estar visible en una carpeta; una coordenada nueva podía presentarse como una corrección.

Una marca física vinculada a referencias estables permitía regresar al terreno y repetir la comprobación.

Alba señaló la caseta.

—Entonces el segundo incendio...

Elena no terminó la frase deprisa.

—Es compatible con un intento de eliminar la comparación que Tomás estaba construyendo entre los datos y el terreno.

—Eso es bastante más concreto que decir que intentaban ocultar algo.

—Sí.

—¿Qué tendría que saber quien lo hizo?

Elena miró las capas.

—Que existían diferencias entre los datos que Tomás estaba comprobando y la versión final, o saber exactamente qué estaba haciendo él en esos puntos.

—¿Eso deja fuera a los propietarios?

—No de manera absoluta. Tomás pudo hablar con alguien, alguien pudo ver documentación o recibir una explicación. Pero hace más difícil que baste con conocer la venta o haber visto estacas en el monte.

Alba repasó sus notas.

—¿Daniel?

—Hasta ahora no tenemos nada que demuestre que conociera las mediciones concretas.

—Nicolás sí tenía ese conocimiento.

—Por su trabajo, sí.

La sargento la observó.

—Y sigues sin colocarlo como autor.

—Nicolás está en el núcleo técnico de la cadena. Eso podemos decirlo. Que fuera él quien introdujo los valores todavía no.

Alba aceptó la respuesta.

Elena volvió a las fotografías de Tomás.

V-17, V-21 y V-34 existían en su documentación antes del incendio. Después aparecía una secuencia de versiones en la que aquellos valores iban cambiando de forma puntual hasta quedar fijados en el plano final. Más tarde, los tres sectores correspondientes ardían durante el segundo episodio.

La secuencia seguía sin atribuir una acción a una persona concreta, pero cada vez dejaba menos espacio para una explicación técnica inocente.

La caseta encajaba también mejor dentro del mismo patrón. Si Tomás conservaba allí croquis, comparaciones o referencias que permitieran relacionar sus datos con las señales físicas, destruir solo las marcas del terreno habría dejado intacta otra parte de la comprobación.

El segundo fuego parecía haber afectado a los dos soportes de la misma revisión: los lugares marcados fuera y el material que podía documentarlos dentro de la caseta.

—Quiero dejar esto por escrito hoy —dijo Elena.

—¿Qué exactamente?

—Que las diferencias entre los datos conservados por Tomás y la versión final no son compatibles con una transformación global, un redondeo ni un ajuste sistemático.

Para obtener la versión final son necesarias modificaciones puntuales sobre V-17, V-21 y V-34.

Y esos tres vértices se corresponden con los sectores seleccionados por el segundo incendio.

—Sin autoría.

—Sin autoría.

—¿Y sin vincularlo todavía a un móvil económico?

—Sabemos el efecto sobre la operación. Todavía no quién tuvo interés concreto en producirlo.

Alba asintió.

Elena empezó a redactar la nota técnica y vigiló especialmente los verbos. No escribió que alguien hubiera falsificado el plano, sino que los valores habían sido modificados. No atribuyó los cambios a Nicolás ni convirtió la finalidad funcional en un móvil penal.

Antes de terminar añadió otra cautela: la secuencia documental mostraba que las modificaciones aparecían de manera progresiva, pero todavía no permitía fijar el momento exacto en que se introdujo cada una ni el equipo desde el que se hizo.

Alba leyó la última parte por encima de su hombro.

—Eso deja completamente abierta la autoría.

—Tiene que dejarla abierta.

—Aunque Nicolás gestionara la final.

—Precisamente. Eso indica dónde debemos comprobar. No quién lo hizo.

Alba asintió y no volvió sobre ello.

Cuando Elena guardó la nota, las tres zonas seguían visibles sobre el mapa.

Los restos naranjas que el primer día habían parecido poco más que fragmentos difíciles de identificar empezaban a adquirir un contexto mucho más preciso. No demostraban todavía quién había actuado ni permitían reconstruir cada señal perdida.

Pero pertenecían a tres lugares donde alguien había modificado previamente la representación digital y donde Tomás había vuelto a comprobar el terreno.

Eso era lo que podían sostener.

La autoría tendría que venir de otra parte.