El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Alba colocó el plano en el centro de la mesa mientras Elena terminaba de abrir el portátil.

Javier se sentó a su derecha. Habían regresado del monte hacía menos de una hora y todavía llevaba barro seco en las botas.

En la pantalla aparecían las capas que Elena había preparado después de la medición: las referencias estables, las tres áreas atribuidas al segundo incendio y las dos versiones topográficas.

No era una reconstrucción completa del replanteo. Tampoco pretendía serlo.

Servía para plantear una pregunta mucho más concreta.

—Empieza por lo que puedas defender —dijo Alba.

Elena amplió el primer sector.

—Ya sabíamos que ninguno de los tres focos recientes coincide con un lugar especialmente favorable para la combustión. Lo nuevo es la relación con las versiones topográficas. En los tres sectores, las áreas quemadas coinciden con los tramos donde ambas soluciones dejan de superponerse.

Pasó al segundo y después al tercero, sin detenerse más de lo necesario. Alba observó la pantalla antes de mirar a Javier.

—¿Desde el punto de vista del fuego?

—No hay ninguna particularidad del combustible que explique esa selección —respondió él—.

Cerca de los tres focos hay zonas con material igual o incluso mejor para arder que no resultaron afectadas por el segundo episodio.

Además, la relación se mantiene aunque reduzcamos los perímetros a lo que podemos atribuir con más seguridad a combustión nueva.

Alba señaló la caseta en el plano.

—¿Y esto?

Elena cambió la vista.

—La caseta no forma parte de la divergencia geométrica, pero sí del trabajo de Tomás.

Sabemos que utilizaba el lugar para guardar planos, copias y material de campo.

El daño reciente se concentró en el interior, especialmente alrededor del armario donde aparecieron restos de documentación y material técnico.

Alba volvió a mirar el conjunto.

—Tres sectores donde los planos no dicen lo mismo y un lugar de trabajo.

—Sí.

—¿Qué hipótesis manejas ahora?

Elena dejó visibles todas las capas.

—Que el segundo fuego no seleccionó combustible. Seleccionó lugares vinculados al trabajo topográfico.

La formulación era más concreta que las que había utilizado durante los primeros días. Ya no hablaba solo de varias igniciones aisladas ni de una posible intención de ocultar algo. La relación entre las áreas quemadas y los puntos en disputa permitía acotar mejor el posible propósito.

Alba tomó el bolígrafo.

—¿Destruir estacas?

—Quizá destruir marcas de campo. Las estacas son una posibilidad fuerte porque tenemos fragmentos compatibles, algunas alteraciones del suelo que podrían corresponder a ellas y el testimonio de Mateo.

Pero no puedo afirmar que en cada uno de los tres puntos hubiera una estaca de Tomás en el momento del segundo incendio.

—Entonces no escribimos que destruyeron tres estacas.

—No.

—¿Qué sí podemos escribir?

Elena señaló el plano.

—Que las áreas del segundo incendio coinciden con los tres sectores de divergencia entre versiones y que el patrón es compatible con una selección intencional de puntos relacionados con el replanteo.

Alba anotó la frase.

—Eso sí me sirve.

Elena ocultó momentáneamente una de las capas.

—Hay otra cuestión.

—Dime.

—En el monte había más señales. Si alguien actuó específicamente sobre estos tres sectores, no bastaba con saber que los topógrafos utilizaban estacas naranjas. Tenía que distinguir estos puntos de los demás.

Javier cruzó los brazos.

—Saber cuáles importaban.

—O, como mínimo, saber que Tomás estaba haciendo algo distinto precisamente allí.

Alba miró el mapa.

—¿Quién podía saberlo?

Era la pregunta que Elena esperaba y para la que todavía no tenía una respuesta suficientemente estrecha.

—Depende del nivel de conocimiento. Un propietario podía ver una estaca y entender que allí se había medido algo.

Un trabajador forestal podía cruzarse con marcas.

Mateo conocía el conflicto de la cerca. Irene sabía que había distintas versiones documentales y Celia que Tomás estaba retrasando la operación para hacer comprobaciones.

Nicolás, por su trabajo, conocía el proyecto con mucho más detalle.

—Eso sigue dejando bastante gente.

—Como posibles conocedores de alguna parte, sí. Lo que no sabemos todavía es quién podía relacionar precisamente estos tres sectores con las tres diferencias entre versiones.

Javier señaló uno de los puntos.

—Yo habría podido encontrar esa estaca trabajando allí y no tener ni idea de si era importante.

—Exacto. Una señal de campo no explica por sí sola qué representa. Puede ser un vértice provisional, una comprobación, una marca auxiliar o una posición que después se descarte.

—Pero alguien que hubiera visto a Tomás trabajar varias veces en los mismos lugares podría sospechar que eran importantes —dijo Alba.

—Sí.

—O alguien con acceso a los planos.

—También.

Alba dejó el bolígrafo un instante.

—Entonces tenemos una diferencia entre acceso al monte y conocimiento de lo que significaban las marcas.

Elena asintió.

Cualquiera con una llave, un mando o una ruta conocida podía entrar. Eso no explicaba cómo seleccionar tres lugares concretos entre todas las señales que podía haber en un trabajo topográfico.

—Necesito los datos brutos de Tomás —dijo.

—¿Para qué exactamente? —preguntó Alba.

—Porque estamos empezando a tratar esas marcas como si demostraran algo. Antes de preguntarnos quién podía necesitar destruirlas, debemos saber qué estaba comprobando Tomás y qué resultado obtuvo.

Amplió el tercer sector.

—Las estacas podrían señalar una corrección legítima, una solución provisional o un replanteo que él todavía no hubiera validado. La coincidencia con el fuego hace importantes los lugares, pero no nos dice qué conclusión técnica había alcanzado Tomás.

Javier asintió.

—El fuego nos señala los puntos.

—Sí. Ahora necesitamos saber qué contenían.

Alba escribió:

DATOS brUTOS DE TOMÁS.

—¿Y cualquier documentación de campo que pudiera conservar?

—También. Croquis, listados, referencias, exportaciones, fotografías... cualquier cosa que permita saber de qué medición procedían esas posiciones.

—Parte pudo quemarse en la caseta.

—Probablemente.

—Pero Tomás hacía copias.

—Eso es lo que espero.

La puerta se abrió poco después.

Nicolás entró acompañado por un agente. Alba le indicó la silla del extremo de la mesa. Habían acordado que respondería a unas preguntas técnicas concretas sobre los replanteos, y Elena dejó únicamente visible el plano general, sin las anotaciones internas de trabajo.

Nicolás miró la pantalla.

—Me dijeron que queríais aclarar cosas de Valdorna.

—Sí —respondió Alba—. Necesitamos entender cómo funcionaban las marcas utilizadas durante los trabajos de campo.

—¿Qué marcas?

Elena señaló los tres sectores de forma general.

—Las que se colocaron durante los replanteos anteriores al incendio.

Nicolás observó el plano.

—Había bastantes.

—Precisamente. ¿Quién podía verlas?

Pareció sorprenderle la pregunta.

—Cualquiera que pasara cerca.

—¿Propietarios?

—Sí.

—¿Trabajadores forestales?

—Claro.

—¿Ganaderos?

—Si entraban por esos sectores, también.

Alba intervino.

—¿Y cualquiera que viera una de esas estacas podía saber qué significaba?

Nicolás pensó un momento.

—No necesariamente. Si preguntaba, quizá.

—¿A quién?

—A Tomás o a mí.

Elena tomó nota.

—¿Las señales llevaban códigos?

—Algunas.

—¿Un código comprensible para alguien ajeno al trabajo?

—No demasiado.

—¿La misma clase de estaca podía utilizarse para un vértice definitivo, una posición provisional o una comprobación?

—Sí.

—¿Se distinguía visualmente una cosa de otra?

—No siempre.

Aquello reforzaba una distinción que Elena necesitaba mantener. Ver una señal no equivalía a saber qué representaba.

—Entonces alguien podía encontrar una estaca y no saber si tenía importancia.

Nicolás se encogió ligeramente de hombros.

—Depende de quién fuera.

—Eso es lo que intentamos determinar.

Volvió a mirar el plano.

—Si alguien conocía el problema de los lindes, podía imaginar qué zonas eran sensibles.

Alba aprovechó la respuesta.

—¿Los tres puntos?

—No lo sé.

—¿Tú conocías cuáles eran?

Nicolás sostuvo la mirada de la sargento.

—Conocía el trabajo.

—Eso no responde a la pregunta.

—Sabía que había discrepancias en varios sectores.

Elena intervino.

—¿También en estos tres?

Nicolás dirigió la atención al mapa.

—Sabía que había correcciones en distintos puntos. No recuerdo si precisamente esos tres seguían abiertos cuando ocurrió el incendio.

—¿Tomás te había dicho que estaba comprobándolos?

—Tomás comprobaba muchas cosas.

La respuesta no era nueva.

—¿Sabías que estaba revisando referencias en esta zona? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Sabías dónde había colocado cada señal?

—No. No estaba pendiente de todas sus estacas.

—¿Podías reconocer sus códigos de campo?

—Sí.

—¿Y los tuyos?

—Claro.

—¿Utilizabais siempre códigos distintos?

—No. Dependía del trabajo.

Elena anotó la respuesta y dejó la cuestión donde estaba. Que Nicolás pudiera interpretar el trabajo de su socio era completamente normal para alguien que compartía empresa con él. El dato solo sería útil si podían relacionarlo con información que no fuera esperable por su profesión.

Alba abrió otra línea.

—Mateo afirma que observó dos replanteos distintos en esa zona. Uno anterior que asocia contigo y otro posterior en el que vio trabajar a Tomás.

Nicolás se volvió hacia Elena.

—Mateo lleva años diciendo que esa cerca está mal.

—No estamos utilizando su opinión sobre la cerca —dijo ella—. Queremos saber si en algún momento existieron comprobaciones con posiciones diferentes.

—Sí, hubo comprobaciones.

—¿Con resultados distintos?

—En algunos puntos, sí.

—¿Por qué?

—Porque se estaban revisando.

—¿A partir de qué información?

—De los levantamientos y de la documentación disponible.

La respuesta era técnicamente razonable y demasiado general para resolver nada.

—¿Dónde están los registros brutos de esas comprobaciones?

—En la empresa debería haber copias.

—¿También de las que hizo Tomás?

Nicolás dudó antes de responder.

—Si las sincronizó, sí.

Elena recordó La Brañuca. Continuaba siendo un lugar habitual de apoyo y no tenía ninguna razón nueva para transformarlo en algo más.

—¿Y si no sincronizó una medición?

—Podía quedarse en el controlador. O podía exportarla y enviársela por correo.

—¿Trabajaba así?

—A veces.

Alba tomó nota.

—Ese material tendrá que preservarse.

—Ya os he dicho que podéis revisar lo que corresponda.

—Lo revisará quien corresponda —dijo Alba.

Nicolás asintió.

Elena volvió al mapa.

—Una última cuestión técnica. Imagina que una persona ajena a la empresa quisiera localizar únicamente los tres puntos donde las versiones no coincidían. ¿Le bastaría con recorrer el monte y mirar las estacas?

Nicolás estudió la pantalla.

—No necesariamente.

—¿Qué necesitaría?

—Saber qué estaba comparando Tomás o disponer de los planos.

—¿Solo con los planos bastaría?

—Si supiera trabajar con las coordenadas, podría identificar los puntos.

—¿Y encontrarlos con precisión aquí?

—Tendría que saber replantearlos o haber visto dónde estaban marcados.

La respuesta se acercaba mucho a la idea que Elena había formulado la noche anterior: la selección podía exigir conocimiento documental y capacidad para trasladarlo al terreno, o haber presenciado directamente el trabajo de Tomás.

La coincidencia no individualizaba a Nicolás. Él era precisamente una de las personas de las que cabía esperar ese conocimiento.

Alba cerró la carpeta.

—Eso es todo por ahora.

Nicolás se levantó, pero antes de dirigirse a la puerta volvió a mirar el plano.

—¿Creéis que alguien quemó las estacas?

Alba no contestó.

Elena sí.

—Sabemos que el segundo fuego afectó tres lugares que no parecen elegidos al azar.

Nicolás frunció ligeramente el ceño.

—Eso no demuestra que fueran a por las estacas.

—No.

Era importante no conceder a la hipótesis más de lo que habían demostrado.

El agente lo acompañó fuera y la puerta volvió a cerrarse.

Javier fue el primero en hablar.

—Tiene el tipo de conocimiento que estamos buscando.

—Es topógrafo y era socio de Tomás —respondió Alba—. Lo extraño sería que no lo tuviera.

Elena agradeció la precisión. Ese era exactamente el peligro en aquel punto de la investigación: convertir una competencia profesional normal en un indicio de culpabilidad.

—Todavía no podemos reducirlo a una persona —dijo—. Pero sí podemos acotar mejor qué necesitaba saber quien provocó el segundo incendio.

Alba la miró.

—Acceso físico no basta.

—No. Tampoco basta con saber que había una venta o un conflicto de lindes. Si estos tres lugares se seleccionaron por lo que representaban, quien actuó tenía que saber que tenían un valor distinto al resto de las señales.

—¿Valor probatorio?

Elena hizo un pequeño gesto de duda.

—Potencialmente. Antes tenemos que saber qué demostraban.

Javier se acercó a la pantalla.

—Entonces el siguiente paso no es averiguar quién podía quemarlas.

—Todavía no.

Elena volvió a mostrar las dos versiones y las tres áreas del segundo incendio.

—Primero tenemos que reconstruir qué estaba comprobando Tomás.

Alba miró la anotación que había hecho minutos antes.

—Sus datos brutos.

—Sí. Y cualquier copia de campo que haya sobrevivido fuera de la caseta.

La reunión terminó sin que ninguno de los nombres ganara una marca nueva en la lista de Alba.

A Elena no le pareció un retroceso. Durante varios días habían acumulado accesos, intereses y mentiras que servían para demasiadas personas. Ahora tenían una pregunta que exigía algo más preciso.

Antes de decidir quién podía necesitar que aquellos tres puntos desaparecieran, tenían que averiguar qué habría demostrado Tomás si hubieran seguido allí.