Capítulo 23
Mateo no se movió cuando Alba guardó las fotografías.
La pista secundaria quedaba a pocos metros, todavía húmeda en las zonas donde la sombra retenía el agua de la noche.
Elena se había apartado lo suficiente para no convertir la conversación en un interrogatorio a tres voces.
La admisión de Mateo —había entrado en la zona restringida después del primer incendio— pertenecía ahora a Alba.
La sargento esperó.
—¿Por qué entraste?
Mateo miró hacia los prados.
—A recoger cosas mías.
—¿Qué cosas?
—Un pastor y unas herramientas.
—Explícalo.
El ganadero se pasó una mano por la nuca.
—Tenía un pastor eléctrico portátil más arriba. Lo había puesto porque las vacas se me metían hacia la franja del monte. Después del incendio dijeron que no se podía entrar y pensé que, si lo dejaba allí, acabarían retirándolo o lo perdería.
Alba le pidió que situara cuándo había entrado y por qué acceso. Mateo dio una franja aproximada y señaló la misma pista secundaria por la que habían caminado aquella mañana.
—¿Fuiste solo?
—Sí.
—¿Qué herramientas recogiste?
—Un rollo de cordón, un martillo, dos aisladores, unas tenazas... Lo que tenía en una caja de plástico.
El cordón verde y blanco encontrado en la rama adquiría así una explicación sencilla. Elena recordó el mismo material en las reparaciones de los cercados. No individualizaba a Mateo, pero tampoco necesitaba hacerlo si él reconocía haber pasado por allí.
—¿Llevabas las mismas botas que hoy? —preguntó Alba.
Mateo miró al suelo.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Tengo dos pares casi iguales.
Alba lo anotó.
—¿Entraste después de que se restringiera formalmente el acceso?
Mateo tardó un poco más.
—Sí.
—Entonces sabías que no debías hacerlo.
—Sí.
—¿Por eso mentiste?
—Sí.
La respuesta llegó sin rodeos.
La explicación no convertía a Mateo en inocente de nada más, pero daba a aquella mentira un motivo concreto y contrastable: había accedido por una pista restringida para retirar material ganadero que no quería perder.
La huella, el cordón y su propia admisión podían formar una secuencia sin necesidad de relacionarla con Tomás ni con el segundo incendio.
Otra verdad secundaria que podía quedarse en su sitio.
Alba continuó.
—¿Subiste hasta la caseta?
—No.
—¿Fuiste a alguno de los tres puntos que ardieron después?
—No sabía ni cuáles eran.
—¿Viste a alguien?
—No ese día.
Alba levantó la vista.
—¿Ese día?
Mateo apretó los labios.
Elena reconoció el cambio. No había nacido de una pregunta especialmente incisiva, sino de una precisión innecesaria. Mateo estaba delimitando demasiado su respuesta y acababa de abrir otra posibilidad.
Alba no se apresuró.
—¿Qué viste otro día?
Mateo miró a Elena.
—Esto no tiene que ver con haber entrado.
—Eso ya lo decidiremos nosotros —dijo Alba.
El ganadero tardó unos segundos.
—Antes del incendio vi a Tomás por aquí.
Elena se acercó un paso, aunque todavía no abrió el cuaderno.
—¿Cuánto antes? —preguntó Alba.
—Dos días. Puede que tres.
—Intenta situarlo mejor.
Mateo pensó.
—Fue cuando subí las vacas al prado de arriba. Por la mañana. El incendio vino después... serían dos días.
Alba anotó.
—¿Estaba solo?
—Cuando yo lo vi, sí.
—¿Qué hacía?
—Marcando.
Elena abrió entonces el cuaderno.
Alba la miró y asintió. Aquella parte volvía a entrar en el terreno técnico.
—¿Qué estaba marcando? —preguntó Elena.
Mateo señaló hacia la ladera.
—Ponía estacas.
—¿Naranjas?
—Sí. Como las que encontrasteis.
—¿Cuántas viste?
—Dos seguro. La tercera no sé si la vi ese día o después.
Elena no intentó completar el recuerdo por él.
—¿Dónde estaban?
Mateo empezó a señalar desde la pista.
—No desde aquí —lo interrumpió ella—. Vamos hasta los sitios.
Alba cerró la carpeta y los acompañó.
Elena volvió a pedirle a Mateo que caminara sin consultar planos. Quería registrar primero su recuerdo y compararlo después con la documentación. El ganadero protestó por tener que repetir el procedimiento de la mañana, pero terminó obedeciendo.
Subieron hasta el primer tramo de cerca. Mateo se apartó unos metros hacia el interior.
—Una estaba por aquí.
—¿Qué margen le das a «por aquí»?
—Cinco metros arriba o abajo.
—Eso es bastante para lo que estamos intentando reconstruir.
—Pues no voy a inventarme un centímetro.
—Mejor.
Elena marcó un área, no un punto.
Continuaron hasta un cambio de pendiente. Allí Mateo señaló una segunda zona, próxima a una de las referencias que Elena había considerado útiles durante el recorrido anterior.
—Aquí vi otra.
—¿La viste ya colocada o viste a Tomás ponerla?
—Esta sí se la vi poner.
Elena anotó la diferencia.
—¿Y la primera?
—Ya estaba cuando pasé.
—Entonces puedes asegurar que viste a Tomás colocar una. La otra solo que estaba allí.
—Sí.
La precisión reducía el alcance del testimonio, pero lo hacía más útil. Elena prefería una afirmación limitada que pudiera defenderse a una reconstrucción demasiado completa nacida de la memoria.
Alba permanecía unos metros atrás.
—¿Hablaste con Tomás aquel día?
—Sí.
—¿De qué?
Mateo bufó.
—De lo mismo de siempre. La cerca.
—¿Discutisteis?
—No ese día.
—¿Qué te dijo?
Mateo observó el terreno antes de responder.
—Que estaba comprobando unas referencias.
Elena levantó la vista.
—¿Te dijo cuáles?
—No.
—¿Dijo que alguien las hubiera cambiado?
—No.
—¿Mencionó a Nicolás?
Mateo negó.
—No cuando habló conmigo.
Elena dejó pasar la respuesta.
Había algo más en la forma en que Mateo describía las marcas. Durante el recorrido de la mañana había insistido en que Tomás estaba señalando una línea distinta de la cerca actual, pero hasta entonces lo había presentado como su interpretación.
—Antes has dicho que las marcas de Tomás iban por una línea distinta de la que habías visto anteriormente.
Mateo tardó un instante.
—Porque Nicolás había marcado por otro sitio unos días antes.
Elena dejó el bolígrafo quieto.
—Eso necesito que me lo cuentes despacio.
Mateo regresó hacia la cerca actual.
—Nicolás vino primero. Yo lo vi desde abajo. No sé si estaba solo o con alguien. Trabajó más cerca de aquí.
Indicó una franja que, a simple vista, se aproximaba a la línea representada en la versión posterior que Elena llevaba guardada.
—¿Viste estacas?
—Sí.
—¿También naranjas?
—Sí.
—¿Cuántas?
—No las conté.
—¿Viste a Nicolás clavarlas?
—Vi alguna ya puesta y lo vi moverse con el equipo. No puedo decirte cuáles puso él con su mano.
Elena escribió exactamente esa limitación.
—¿Y después viste trabajar a Tomás?
Mateo señaló más hacia el interior.
—Días más tarde. Por ahí.
—¿Qué distancia había entre ambas zonas?
—Dependía del tramo. En algunos sitios, unos metros.
Elena siguió sin mirar el plano.
—¿Llegaste a ver marcas de las dos líneas al mismo tiempo?
Mateo dudó.
—Creo que sí.
—Eso no puedo tratarlo como un hecho.
El ganadero se irritó.
—Yo no sabía que luego iba a venir gente preguntándome por cada palo naranja que hubiera visto.
—Precisamente por eso necesito que distingas lo que recuerdas con seguridad de lo que ahora reconstruyes.
Mateo miró la ladera.
—Recuerdo que primero había marcas más cerca de la cerca. Y después vi a Tomás poniendo otras más hacia dentro. Eso sí.
Elena dibujó en el cuaderno dos bandas sencillas: una próxima al cierre actual y otra desplazada hacia el interior. No pretendían representar dos lindes ni tenían valor de medición; eran únicamente la forma más honesta de conservar un recuerdo cuya precisión Mateo no podía dar.
—¿La separación era igual en todo el tramo?
—No. Había sitios donde estaban más cerca.
—¿Y otros donde se alejaban?
—Sí.
Podía corresponder a dos replanteos distintos. También podía ser una reconstrucción imperfecta de alguien que había observado desde fuera y sin ninguna razón para memorizar posiciones.
Elena lo dejó en ese nivel.
—¿Qué pensaste cuando viste trabajar a Tomás?
—Que por fin se había dado cuenta.
—¿De qué?
—De que la linde no iba por donde la estaban llevando.
Aquello sí era interpretación de Mateo.
—Eso es lo que tú entendiste.
—Sí.
—¿Tomás te dijo que la línea que estaba marcando fuera la correcta?
—No con esas palabras.
—¿Qué dijo?
Mateo tardó en recordar.
—Que estaba comprobando con referencias viejas y que no quería cerrar nada hasta que cuadrara.
La frase encajaba demasiado bien con los documentos que habían encontrado en el archivo de Tomás. Elena no tomó esa coincidencia como una confirmación; precisamente porque encajaba, necesitaba comprobarla por una vía independiente.
—¿Te lo dijo ese mismo día?
—Sí.
—¿Había alguien más delante?
—No.
Alba intervino.
—¿Se lo contaste a alguien después?
—No.
—¿Ni cuando Tomás murió?
Mateo negó.
—¿Por qué?
—Porque ya había discutido con él otras veces. Estaba lo de la cerca y no quería que me metieran en medio.
Alba señaló con la mirada la pista por la que había reconocido haber entrado.
—Y porque después accediste a una zona restringida.
Mateo bajó la vista.
—También.
Elena siguió con los ojos la franja donde Mateo situaba las marcas de Tomás.
No necesitaba creerlo para que el testimonio resultara útil.
Si la información era correcta, el terreno y los datos deberían permitir reconstruir algo semejante sin depender de su palabra.
Si no, aquella segunda línea quedaría reducida a la memoria interesada de un hombre que llevaba años discutiendo por el mismo lindero.
—Cuando entraste después del primer incendio a recoger tus cosas, ¿viste alguna de esas estacas?
—No lo sé. No subí hasta aquí.
—¿Ninguna?
—No.
—¿Y después del segundo fuego?
—Solo vi que la zona estaba quemada.
Elena cerró el cuaderno.
Alba miró a Mateo.
—Tu entrada después del primer incendio explica una parte de los rastros que encontramos. Lo que acabas de contar sobre el replanteo es una cuestión distinta y habrá que comprobarla.
—Ya os he dicho lo que vi.
—Sí.
—¿Entonces ya está?
—Por ahora.
Mateo dio la impresión de que iba a marcharse, pero Elena todavía tenía una pregunta.
—Cuando viste a Nicolás trabajando unos días antes, ¿puedes saber qué documentación llevaba?
Mateo soltó una risa breve.
—¿Cómo voy a saber eso?
—Bien.
Era exactamente la respuesta que necesitaba. No había ningún motivo para llenar ese hueco.
Mateo se alejó hacia sus prados.
Alba esperó hasta que estuvo fuera de alcance.
—¿Cuánto valor le das?
Elena abrió de nuevo el cuaderno y miró las dos franjas que había dibujado.
—Como reconstrucción, todavía poco. Pero nos da algo que podemos comprobar: que pudo haber dos replanteos distintos en ese tramo, separados en el tiempo.
—Uno que Mateo asocia con Nicolás y otro con Tomás.
—Según Mateo.
—Sí.
Elena abrió entonces los planos.
La banda que el ganadero atribuía a Nicolás se aproximaba a la versión modificada. La que asociaba con Tomás parecía quedar más cerca de una versión anterior y de algunas de las referencias físicas que Elena había registrado por la mañana.
También comparó la zona donde Mateo aseguraba haber visto trabajar a Tomás con la zanja antigua y el quiebro del muro de piedra.
La relación era plausible, pero todavía demasiado imprecisa.
Si existía realmente una reconstrucción alternativa apoyada en referencias estables, una medición independiente debía mostrarla sin necesidad de aceptar el relato del ganadero.
Eso era lo importante: que el testimonio produjera una comprobación, no una conclusión.
Si Mateo estaba equivocado por interés o por memoria, la medición lo pondría de manifiesto. Si acertaba, el valor no estaría en haberle creído, sino en que referencias físicas y datos condujeran por separado al mismo resultado.
Elena volvió a observar las dos versiones del plano. Había una antigua, otra posterior con los tres puntos modificados y, ahora, un testimonio que situaba marcas diferentes sobre el terreno en momentos distintos.
Las piezas empezaban a aproximarse demasiado bien.
Por eso aún no quería unirlas.
—La pregunta ya no es solo quién modificó un archivo —dijo.
Alba la miró.
—¿Cuál es entonces?
—Qué posición sale si reconstruimos esos puntos sin utilizar la versión que estamos cuestionando.
Elena dobló el plano.
Las cercas podían desplazarse. Los recuerdos podían deformarse. Y ya sabían que las coordenadas de un archivo también podían cambiar.
Necesitaba que varias referencias independientes llegaran al mismo sitio.
—Quiero volver a medir los puntos desde referencias estables.
—¿Hoy?
—Esta tarde, si Javier puede acompañarme.
Alba asintió.
—Lo coordino.
Elena volvió la vista hacia la ladera.
Mateo había dado una explicación comprobable para su mentira y, al mismo tiempo, había abierto otra línea que seguía dependiendo demasiado de su memoria. No necesitaba decidir qué clase de hombre era ni cuánto confiar en él.
Si habían existido dos replanteos diferentes, la siguiente medición tenía que demostrarlo por sí sola.