El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

La cerca empezaba recta y dejaba de serlo unos veinte metros más arriba.

Mateo Suárez caminaba por delante de Elena sin mirar el plano que ella llevaba doblado bajo el brazo.

Se detenía junto a piedras, cambios de pendiente y árboles que, a simple vista, no parecían distintos de los demás.

Cada parada venía acompañada de una explicación que se remontaba a mucho antes de la cartografía que ahora discutían.

—La línea siempre fue por aquí.

Elena no respondió.

Era la tercera vez que Mateo utilizaba la palabra siempre en menos de diez minutos.

Habían quedado a primera hora en uno de los prados colindantes con el Monte de Valdorna. La humedad cubría la hierba y oscurecía la madera de los postes. Al otro lado de la cerca, el terreno ascendía hacia la zona arbolada donde Tomás había trabajado antes del incendio.

Elena le había explicado que quería recorrer primero la linde sin que él le indicara cuáles eran, en su opinión, los puntos correctos. Necesitaba registrar referencias físicas y escuchar su interpretación después. Mateo había aceptado a regañadientes, aunque le costaba mantenerse al margen.

—Ese fresno no cuenta —dijo al verla fotografiarlo.

—No he dicho que cuente.

—Lo plantaron mucho después.

—Estoy registrando lo que hay.

Mateo resopló y continuó andando.

Elena anotó la posición aproximada, la orientación de la cerca, el tipo de postes y el estado del alambre.

No pretendía fechar nada mediante una simple inspección visual.

Su objetivo era distinguir entre elementos capaces de permanecer estables durante años y otros que podían haberse desplazado o sustituido sin dejar demasiada historia.

La cerca, por sí sola, servía de poco.

Había tramos con postes viejos de madera, otros sostenidos por varillas metálicas y al menos dos reparaciones recientes. Junto a una vaguada, el alambre dibujaba una curva que parecía responder más al relieve y al paso del ganado que a una línea geométrica precisa.

—¿Cuándo se cambió este tramo? —preguntó Elena.

—No se cambió.

Ella señaló una varilla galvanizada que todavía conservaba brillo.

Mateo se acercó.

—Bueno, ese poste sí. El otro se rompió.

—¿Y el alambre?

—Se volvió a tensar.

—Entonces el cierre pudo desplazarse.

—Un palmo, como mucho.

Elena anotó la respuesta.

—Un palmo sigue siendo un desplazamiento.

—No para saber por dónde iba la linde.

—Para medirla, sí.

Mateo la miró con fastidio.

—Vosotros medís todo como si el monte hubiera empezado a existir el día que alguien puso coordenadas.

Elena cerró el cuaderno un momento.

—Y tú estás haciendo lo contrario. Estás tratando un recuerdo como si fuera una coordenada.

Mateo sostuvo la mirada unos segundos y después siguió caminando.

No necesitaban prolongar la discusión. Los dos tenían razón en una parte distinta del problema: las coordenadas no podían borrar la historia física de una finca, pero la memoria tampoco podía sustituir una medición.

Unos cincuenta metros más arriba, Mateo se apartó de la cerca y caminó hacia una piedra baja, casi cubierta por hierba y musgo. Una de sus aristas permanecía visible; la otra se hundía en el terreno.

—Esta sí.

Elena se agachó sin tocarla.

—¿Qué es?

—Un mojón.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo he visto toda la vida.

—Eso me dice desde cuándo lo conoces, no qué es.

Mateo señaló una de las caras.

—Tenía una marca.

Elena apartó unas hojas húmedas con un palo fino y examinó la superficie. Había una incisión, aunque no podía determinar a simple vista si era deliberada, antigua o una fractura natural.

—¿Existe documentación de este mojón?

—Que yo sepa, no.

—¿Fotografías antiguas?

—No.

—¿Alguien más puede identificarlo como referencia de linde?

—Mi hermano. Y gente de aquí.

Eso le daba valor como testimonio local, no como referencia independiente.

Elena tomó varias fotografías con escala y registró la posición aproximada. Después observó la relación con la cerca actual. La piedra quedaba ligeramente desplazada respecto al cierre.

—Según tú, la linde pasaría por aquí.

—Por aquí y hacia aquel roble.

—Todavía no me lleves al siguiente punto.

Mateo frunció el ceño.

—¿Entonces para qué hemos venido?

—Para que primero pueda ver qué referencias existen sin que tú me digas cuáles deberían convencerme.

La paciencia del ganadero empezaba a agotarse.

—A este paso nos da la noche.

—Tenemos toda la mañana.

Elena continuó despacio siguiendo la pendiente.

Encontró dos piedras que podían haber sido colocadas por personas, pero ninguna presentaba por sí sola características suficientes para considerarla un mojón.

Un tocón viejo podía servir como referencia visual, aunque resultaba poco útil como punto estable a largo plazo.

Más arriba descubrió una depresión estrecha que seguía durante varios metros una dirección diferente de la cerca.

Mateo consiguió guardar silencio hasta que Elena la fotografió.

—Eso era el cierre antiguo.

Ella levantó la vista.

—¿La zanja?

—Ahí había un seto.

—¿Cuándo desapareció?

—Hace años.

—¿Cuántos?

—Quince, veinte... No lo sé.

Elena recorrió varios metros de la depresión. Aquella referencia le interesaba más que la primera piedra, no porque Mateo la defendiera, sino porque presentaba continuidad y podía contrastarse con fotografías históricas o cartografía antigua.

—¿Llega hasta la parte alta?

—Casi.

—Entonces habrá que comprobarla.

Mateo pareció interpretar la frase como una concesión.

—Te lo llevo diciendo desde el principio.

—He dicho que hay que comprobarla.

Siguieron avanzando.

A media mañana Elena tenía registradas varias referencias con distinto valor. La zanja, dos cambios en un viejo muro de piedra y un afloramiento rocoso podían resultar útiles. Los árboles, los postes sustituidos y las piedras aisladas sin contexto ofrecían mucho menos.

Solo entonces desplegó sobre el capó del vehículo las dos versiones antiguas que llevaba impresas.

Mateo se colocó a su lado.

—Esa es la buena.

Señaló una antes incluso de que Elena terminara de orientarla.

—¿Por qué?

—Porque sigue la línea de antes.

Elena comparó el trazado con las referencias que había registrado.

La correspondencia no era perfecta, pero tampoco podía descartarla.

En uno de los tramos, la línea que Mateo defendía se aproximaba claramente más a una versión antigua que a la posterior con las coordenadas modificadas.

En otro, la relación era demasiado imprecisa para sacar todavía ninguna conclusión.

Elena señaló tres lugares sobre su copia.

—Aquí hay una correspondencia posible.

Mateo asintió.

—Y aquí todavía no puedo decirlo.

—También coincide.

—Todavía no lo he medido.

—No hace falta medirlo para verlo.

—A mí sí me hace falta para escribirlo después.

Mateo se apartó del capó.

—Pues mide.

—Lo haré.

Elena dobló los planos.

La mañana estaba dando exactamente lo que buscaba: algunas referencias prometedoras y otras que solo parecían sólidas porque Mateo llevaba décadas convencido de que lo eran. Su memoria podía orientar la comprobación, pero no decidir su resultado.

Caminaron después hacia un segundo tramo, más próximo a la pista secundaria que bordeaba el monte.

Allí el suelo estaba más alterado por antiguos pasos de vehículos y labores ganaderas.

En una curva, la vegetación se abría hacia el interior de la zona cuyo acceso se había restringido después del primer incendio.

Elena se detuvo.

—¿Entraste por aquí después del fuego?

Mateo negó.

—No.

—¿Ni una vez?

—Ya te dije que no entré.

—Me dijiste que no tenías nada que hacer dentro.

—Que viene a ser lo mismo.

—No exactamente.

Mateo la miró.

—Pues no entré.

Elena dejó ahí la pregunta.

No había surgido de nada que acabara de encontrar sobre el terreno. Alba le había pedido que volviera a plantearla porque, al revisar fotografías y material recogido tras el primer incendio, la policía había localizado indicios de paso reciente por aquella pista.

Elena aún no conocía qué valor acabarían teniendo.

Y, sobre todo, no quería apropiarse de una evidencia policial ni utilizarla para conducir una conversación que no le correspondía.

Continuaron hasta un muro bajo.

Mateo señaló una piedra de mayor tamaño encajada entre las demás.

—Ahí tienes otro.

Elena se agachó para examinarla.

Esta vez el contexto era distinto. La piedra formaba parte de una estructura antigua y el muro cambiaba de dirección justo allí. Además, unos metros más arriba, el afloramiento rocoso que había documentado durante el recorrido quedaba aproximadamente alineado con aquel quiebro.

Anotó la relación.

—¿Este muro aparece en algún plano antiguo?

—En los viejos, sí.

Elena consultó una de las copias. La representación carecía de precisión suficiente para utilizarla directamente como una medición, pero mostraba un cierre antiguo en una posición compatible.

—Esto tiene más interés.

Mateo sonrió por primera vez.

—Ya.

—Más interés. No una conclusión.

La sonrisa desapareció.

Elena tomó la orientación aproximada y fotografió el conjunto.

Si dos o tres referencias suficientemente estables permitían reconstruir el mismo eje, podrían compararlo después con las coordenadas de las distintas versiones.

Para convertir aquella impresión en una medición defendible necesitaría instrumental adecuado y controles independientes.

—Tomás estuvo aquí —dijo Mateo.

Elena dejó de escribir.

—¿Cuándo?

—Antes del incendio.

—Eso ya me lo habías contado.

—Entonces ya lo sabes.

—Sé que dijiste que trabajó en esta zona. No sé qué hizo exactamente.

Mateo miró hacia la ladera.

—Medir.

—Eso sigue sin decirme qué midió.

—No estaba haciendo otra cosa.

Elena no insistió.

Mateo podía tener información útil, pero su valor dependía de cuánto pudiera comprobarse sin utilizarlo a él como única fuente. Además, seguía pendiente la contradicción sobre su presencia después del incendio.

Un vehículo apareció por la pista.

Alba aparcó junto al borde y bajó con una carpeta fina. Saludó a Elena y después a Mateo.

—Necesito aclarar una cosa contigo.

El ganadero permaneció quieto.

—Ya me está preguntando ella.

—Esto es distinto.

Alba abrió la carpeta.

—Después del primer incendio dijiste que no habías entrado en la zona restringida.

—Y no entré.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Alba sacó una fotografía.

Elena se acercó lo suficiente para verla sin tocarla. La imagen correspondía a la pista secundaria durante una revisión posterior al incendio. Junto al borde se distinguía una huella parcial de calzado en barro seco. Algo más adelante, una pequeña fibra había quedado enganchada en una rama baja.

Mateo miró la fotografía.

—¿Qué se supone que demuestra eso?

—Por separado, poco —respondió Alba—. La huella no identifica a una persona y la fibra tampoco. Lo que muestran es que hubo paso reciente por un lugar donde tú aseguraste no haber estado.

Mateo se encogió de hombros.

—Por aquí pasa gente.

—Sí.

Alba sacó una segunda fotografía. Mostraba la fibra ampliada: un filamento sintético trenzado de color verde y blanco.

—¿Te resulta familiar?

Mateo la observó y apartó después la vista.

—No.

Elena recordó el cordón verde y blanco que había visto en uno de los postes unos metros atrás. Se utilizaba en reparaciones ganaderas y no tenía nada de excepcional. Podía encontrarse en muchas explotaciones de la zona.

Precisamente por eso no intervino.

Alba tampoco exageró su valor.

—Hemos comprobado que utilizas cordón de este tipo —dijo—. Y que la suela de tus botas de trabajo es compatible con el dibujo parcial de la huella.

Mateo miró sus botas.

—Compatible no significa que sea mía.

—Correcto.

—Entonces no tenéis nada.

—Tengo una contradicción que necesito aclarar.

El ganadero fijó la vista en la pista.

Elena se mantuvo al margen. A partir de ahí la conversación pertenecía a Alba.

—Te lo pregunto otra vez —dijo la sargento—. ¿Entraste en la zona restringida después del primer incendio?

Mateo tardó en responder.

Elena advirtió que la rigidez con la que había sostenido la negativa durante toda la mañana empezaba a ceder. No necesitaba decidir si era miedo, cansancio o simplemente la certeza de que continuar negándolo iba a resultar más difícil que explicar la entrada.

—No fui por Tomás —dijo.

Alba no cambió de expresión.

—No te he preguntado eso.

Mateo apretó la mandíbula.

—Entré.

Elena miró la pista secundaria.

Aquella admisión cambiaba una parte del valor de su testimonio, pero no aclaraba todavía la otra. Mateo había mentido sobre su presencia en la zona restringida; seguían sin saber por qué había entrado ni qué relación, si alguna, tenía esa entrada con lo que Tomás había estado midiendo.

Eso sería lo siguiente que tendrían que separar.