Capítulo 21
Elena dejó las botas junto a la puerta antes de encender el portátil.
Había regresado al alojamiento con barro seco en los bajos del pantalón y una carpeta demasiado llena para lo poco que, en apariencia, había cambiado el caso aquel día.
Sobre la mesa colocó el cuaderno de campo, las copias autorizadas de los planos y una libreta más pequeña en la que anotaba únicamente fechas.
Después abrió la ventana unos centímetros. Entró aire húmedo y frío.
No necesitaba otra hipótesis. Tenía suficientes.
Lo que necesitaba era ordenar cuáles seguían en pie.
Creó una carpeta nueva en el ordenador y empezó a pasar a limpio las últimas notas.
Lo hizo despacio, deteniéndose cada vez que una observación escrita a mano parecía volverse más rotunda al teclearla.
Conocía bien ese efecto. Una frase anotada en el campo como posibilidad podía adquirir apariencia de certeza solo por quedar integrada en un documento limpio.
En una hoja separó tres nombres:
Bruno. Celia. Irene.
No porque hubieran dejado de importar, sino porque sus mentiras ya tenían una explicación propia.
Bruno había desplazado la hora de una reparación para alejar a su empresa del origen probable del primer incendio. Había intentado ocultar una negligencia capaz de costarle dinero, contratos y responsabilidades. Era grave, pero podía entenderse sin necesidad de introducir la muerte de Tomás.
Celia había reutilizado una firma auténtica de su hermano para hacer parecer que había dado una conformidad que no correspondía a la versión final.
Necesitaba mantener viva una compraventa de la que dependía económicamente y había confiado, o decidido confiar, en que las diferencias técnicas terminarían resolviéndose.
Irene, por su parte, había sustituido documentación de trabajo sin conservar adecuadamente la trazabilidad y después había retrasado la respuesta a Tomás para ocultar su propia mala gestión.
La copia recuperada del servidor demostraba que las tres coordenadas ya estaban modificadas antes de aquella sustitución.
Eran tres mentiras con tres causas distintas. Ninguna explicaba por qué alguien había regresado a un monte que ya había ardido para afectar precisamente tres puntos y una caseta.
Elena apoyó las manos sobre la mesa y observó la pantalla.
Aquella era una parte del trabajo que desde fuera podía parecer poco productiva. No consistía en encontrar nada nuevo, sino en retirar explicaciones que habían parecido prometedoras y ya no servían. A veces avanzar significaba eso: dejar de utilizar una verdad para explicar algo que no explicaba.
Abrió el plano con las tres zonas del segundo incendio.
La primera quedaba junto a un tramo replanteado.
La segunda correspondía a una zona donde las líneas parcelarias dependían de referencias físicas menos evidentes.
La tercera era la que Mateo había señalado como conflictiva por la antigua cerca y por la estaca naranja que recordaba haber visto antes del primer fuego.
Las tres coincidían con coordenadas modificadas entre versiones. Eso ya podía tratarlo como un hecho.
También sabía que Tomás había solicitado documentación anterior, había continuado trabajando sobre el terreno y utilizaba señales físicas para fijar posiciones.
Lo que todavía no sabía era cuánto de aquella comprobación podía reconstruirse sin depender de los archivos cuya trazabilidad estaban intentando desentrañar.
Buscó otra página de notas.
Había escrito:
Mojones. Cerca. Piedras. Desniveles. Referencias estables.
Aquellas palabras procedían de las conversaciones con Mateo y de los primeros recorridos con Nicolás. Hasta entonces habían funcionado como contexto normal de cualquier replanteo en un terreno donde convivían cartografías de distintas épocas, cierres desplazados y referencias poco precisas.
Ahora podían servir para otra cosa.
No demostrarían quién había cambiado las coordenadas, pero quizá permitirían comprobar si el terreno conservaba una respuesta independiente de los archivos.
Elena se recostó en la silla.
Tampoco quería idealizar las referencias físicas. Una cerca podía haberse movido. Un mojón podía haber sido recolocado. Una piedra podía desaparecer y una zanja podía modificarse con el tiempo. La tierra no proporcionaba certezas automáticas; había que saber qué elementos eran estables y cuáles no.
Pero algunas referencias existían antes de la operación, antes de las últimas versiones digitales y antes de que Tomás muriera. Si varias convergían, podían permitir reconstruir una línea sin depender por completo del mismo documento que estaban intentando verificar.
Abrió la fotografía de una de las cabezas de estaca parcialmente quemadas.
El plástico no le decía por sí mismo cuál era la posición correcta.
Lo importante era que aquella señal había estado en un lugar concreto antes del segundo incendio.
Si Tomás la había colocado durante una comprobación independiente y alguien había vuelto después para destruirla, el interés de la estaca no estaba en su color ni en su material, sino en la posición que señalaba.
Volvió al plano.
Durante los últimos días habían aparecido dos tipos distintos de conocimiento.
Por una parte estaba el documental: saber que existían varias versiones, que tres coordenadas cambiaban entre ellas y que Tomás había empezado a cuestionarlas.
Por otra, el de campo: conocer dónde se encontraban físicamente esos tres puntos, qué referencias había utilizado Tomás y qué señales suyas podían seguir siendo reconocibles después del primer incendio.
Una persona podía recibir un archivo alterado sin ser capaz de localizar con precisión tres vértices en aquella ladera. Del mismo modo, alguien podía conocer perfectamente el monte y no entender la importancia de una variación entre dos tablas de coordenadas.
El segundo incendio parecía exigir alguna conexión entre ambos conocimientos.
Elena escribió en el cuaderno:
Posible exigencia de conocimiento doble: documental + campo.
Debajo añadió:
Por comprobar.
Así estaba mejor. Una hipótesis útil, no una conclusión.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Su hermana preguntaba si seguía en Asturias y si pensaba volver a Madrid durante el fin de semana. Elena miró la hora. Habían pasado de las diez.
Respondió:
Sigo aquí. Caso largo. Te llamo cuando vuelva.
La contestación llegó casi inmediatamente.
Come.
Elena sonrió.
Fue hasta la pequeña cocina y abrió la nevera. Quedaba media tortilla que había comprado aquella mañana. La calentó mientras el portátil seguía encendido y, durante unos minutos, dejó los planos donde estaban.
La pausa le vino bien. Llevaba demasiadas horas enlazando documentos con personas y personas con posibilidades. Cuando regresó a la mesa con el plato, la necesidad de encontrar una respuesta aquella misma noche había desaparecido.
Abrió las notas de Mateo.
El ganadero sostenía desde el principio que una de las cercas se había desplazado respecto a la linde antigua. También había hablado de piedras que consideraba referencias históricas y de una estaca naranja que había visto poco antes del primer incendio.
Nada de eso estaba verificado.
Mateo tenía un interés directo en aquella disputa y su recuerdo podía estar condicionado por años de conflicto. Incluso podía mentir. Pero que su testimonio necesitara comprobación no volvía falsas automáticamente las referencias que señalaba.
Elena dividió una página en dos columnas.
Lo que Mateo afirma
— Cerca desplazada. — Mojones antiguos. — Estaca anterior al incendio. — Línea tradicional.
En la segunda escribió:
Lo que puede comprobarse sin Mateo
— Posición actual de piedras y mojones. — Características y antigüedad aparente de la cerca. — Relación geométrica entre referencias. — Comparación con documentación anterior. — Correspondencia con los puntos replanteados por Tomás.
La lista no resolvía nada y esa era precisamente su utilidad. La obligaba a separar lo verificable de aquello que todavía dependía de un recuerdo interesado.
Revisó después las fotografías tomadas durante los primeros días. En varias aparecía la cerca discutida. En otra se distinguía una piedra grande, parcialmente cubierta de musgo, junto a un cambio de pendiente. Amplió la imagen hasta que empezó a perder definición.
No podía saber desde allí si era uno de los mojones de los que hablaba Mateo.
Anotó su posición aproximada y dejó la comprobación para el terreno.
Después volvió a los archivos.
La copia recuperada con las tres coordenadas ya modificadas había estrechado la cadena técnica, pero seguía sin identificar quién las había alterado.
El correo asociado a Nicolás demostraba que había enviado una de las versiones, no que hubiera introducido los cambios.
La empresa era el siguiente lugar lógico para seguir la trazabilidad digital.
Elena, sin embargo, no quería llegar a esa comprobación dependiendo únicamente de metadatos.
Si aquellas coordenadas habían desplazado una línea real, necesitaba saber qué línea.
Y si Tomás había intentado corregirla sobre el terreno, necesitaba reconstruir ese trabajo con referencias que no procedieran del mismo archivo cuestionado.
Buscó una anotación de los primeros días. Nicolás había explicado entonces, en un contexto completamente rutinario, que las referencias estables permitían reconstruir posiciones incluso cuando una señal provisional desaparecía.
En aquel momento la frase apenas había tenido importancia.
Ahora sí.
Elena pensó en la caseta, en el armario recalentado y en las hojas de campo o copias que Tomás podía haber dejado allí.
También recordó La Brañuca, el refugio que Nicolás había mencionado como un lugar donde a veces guardaban temporalmente equipos o documentación cuando trabajaban varios días en la zona alta.
Seguía sin haber ninguna razón para convertirlo en un lugar especial.
Lo dejó fuera.
El caso ya tenía suficientes elementos reales como para empezar a fabricar otros por anticipación.
Cerró las fotografías de la caseta y volvió a la cronología del primer incendio y de la muerte de Tomás.
La franja crítica continuaba abierta para varias personas.
Nicolás tenía proximidad profesional y una oportunidad posible.
Mateo se movía habitualmente por las inmediaciones del terreno en disputa.
Bruno conservaba un hueco anterior al momento en que varios trabajadores empezaban a situarlo de forma continuada en la zona baja.
Celia e Irene, en cambio, parecían cada vez peor colocadas para explicar un conocimiento tan preciso del trabajo de campo.
Aquella noche, sin embargo, Elena no quería ordenar nombres.
Prefería ordenar requisitos.
Abrió una página nueva.
Para la muerte de Tomás hacían falta oportunidad y una razón suficiente para enfrentarse a él.
Para el segundo incendio hacía falta, además, saber qué debía desaparecer.
Ambas acciones podían corresponder a la misma persona. Los datos todavía no obligaban a que así fuera.
Esa separación seguía siendo útil.
Elena escribió:
Primer incendio: causa accidental muy probable.
Muerte de Tomás: traumatismo anterior a la caída; motivo pendiente.
Segundo incendio: igniciones selectivas; posible finalidad de destrucción u ocultación; objeto exacto pendiente.
Debajo añadió:
No usar una verdad secundaria como puente automático hacia las otras dos.
La idea resumía bien lo ocurrido durante los últimos días.
Bruno había ganado importancia porque había mentido.
Celia, porque reunía presión económica y un documento manipulado.
Irene, porque su gestión había borrado una parte de la trazabilidad.
Cada línea había terminado conduciendo a una verdad, pero ninguna era todavía la que explicaba la muerte de Tomás o el segundo incendio.
Terminó de cenar y apartó el plato.
La humedad empezaba a empañar el cristal de la ventana. Al otro lado ya no se distinguían las montañas, solo algunas luces dispersas.
Volvió al croquis de Mateo.
Al día siguiente no quería recorrer la linde mientras el ganadero le indicaba qué debía mirar.
Prefería documentar primero el terreno y escuchar después su interpretación.
Piedras, cierres, cambios de pendiente, viejas referencias y cualquier señal que pudiera situarse sin depender de una memoria reciente.
Luego compararía.
Si aquellas referencias coincidían con la posición que Tomás parecía haber estado reconstruyendo, los tres cambios dejarían de ser únicamente una anomalía en documentos digitales. Tendrían una consecuencia física que podía medirse de manera independiente.
Y si el terreno no respaldaba esa reconstrucción, tendría que aceptar que quizá estaban atribuyendo a las coordenadas una importancia que no tenían.
Elena cerró el archivo de notas.
Antes de apagar el portátil escribió en la agenda de campo del día siguiente:
Recorrer lindero con Mateo. Registrar primero. Interpretar después.
Leyó la frase una vez y cerró el cuaderno.
Aquella noche no había encontrado ninguna revelación nueva. Tampoco la necesitaba.
Sabía qué debía comprobar cuando volviera al monte.