Capítulo 20
La copia recuperada no llevaba el nombre de Irene.
Alba dejó el informe de extracción sobre la mesa y abrió en el portátil de trabajo dos versiones del mismo plano. Irene se inclinó hacia la pantalla sin tocar nada. Elena permaneció a su lado con las notas del día anterior.
Era última hora de la tarde. Fuera del despacho municipal casi toda la actividad había terminado y, en el pasillo, las puertas cerradas devolvían cada sonido con una claridad incómoda.
—Esta es la copia anterior —dijo Alba—. La que se ha recuperado del respaldo del servidor.
Irene comprobó la fecha.
—Es anterior a mi sustitución.
—Sí.
—¿Y podemos fiarnos de ella?
Alba giró ligeramente el portátil.
—La copia se ha obtenido por el cauce correspondiente. No necesitamos entrar ahora en el procedimiento técnico. Lo importante es que podemos compararla con la versión que quedó después en la carpeta de trabajo.
Elena acercó su copia del plano municipal y buscó el primero de los tres códigos.
La coordenada ya estaba modificada.
Pasó al segundo.
También.
En el tercero comprobó primero la tabla y después la representación gráfica. El mismo desplazamiento aparecía en ambos lugares.
Elena revisó además varios puntos próximos para asegurarse de que no estaban ante una alteración general del sistema de referencia. Los valores numéricos de la copia recuperada contenían ya los tres cambios mientras el resto del conjunto permanecía estable.
—¿Podría ser una transformación de coordenadas mal aplicada? —preguntó Alba.
—No con este patrón. Una transformación incorrecta afectaría a un conjunto más amplio o produciría un desplazamiento sistemático. Aquí cambian tres posiciones concretas y los puntos de control alrededor permanecen coherentes.
Irene volvió a acercarse a la pantalla.
—Entonces no es un problema de cómo se exportó el plano.
—No. La modificación está en los datos, no solo en el dibujo.
Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.
Irene seguía mirando la copia recuperada.
—Entonces ya llegaron así.
Alba no respondió por ella.
—Lo que podemos afirmar —dijo Elena— es que esta versión ya contiene las tres modificaciones antes de que tú reemplazaras el archivo municipal.
Irene se quitó las gafas.
Durante dos días había intentado separar su mala gestión documental de la posible manipulación técnica. Por primera vez tenían una línea temporal que permitía hacerlo.
—Yo no cambié esas coordenadas.
—Esta copia demuestra que ya estaban cambiadas antes de tu intervención —dijo Alba.
Irene se apoyó en el respaldo.
—Pero fui yo quien hizo que la versión anterior dejara de estar visible en la carpeta.
—Contribuiste a perder la trazabilidad —dijo Elena—. No es lo mismo que haber originado los cambios.
Irene bajó la vista.
—Ya.
Elena abrió el cuaderno.
—Quiero reconstruir otra vez el orden, pero ahora con esta copia delante.
Irene volvió a ponerse las gafas.
—De acuerdo.
Alba dejó una hoja en blanco junto al portátil.
—Empecemos por lo que sabemos.
Elena señaló la pantalla.
—Existe una versión anterior a la sustitución de Irene que ya contiene las tres coordenadas modificadas.
Alba escribió.
—Segundo.
—Ese archivo ya estaba en el entorno municipal antes de que Irene reemplazara la copia de trabajo.
—Tercero.
Irene intervino:
—La versión que recibí después también llevaba esos cambios.
—Sí —dijo Elena—. Y tú la trataste como una corrección técnica menor.
—Porque pensé que lo era.
—¿La comparaste punto por punto con la anterior?
Irene negó.
—No. La carpeta de trabajo mostraba una versión que asumí como vigente.
Elena entendía mejor ahora cómo se había perdido la cadena. Una modificación importante podía atravesar un expediente con apariencia de rutina si nadie preservaba correctamente la versión precedente y la comparación se limitaba a los elementos más visibles.
—¿Qué cambió exactamente cuando hiciste la sustitución?
Irene abrió su registro.
—Formato de presentación, algunas superficies resumidas, fecha de revisión y varias notas.
—¿Y los tres vértices?
—Ya estaban como los vemos ahora.
—¿Segura?
—Con esta copia delante, sí.
Elena comparó ambas versiones. Había cambios posteriores, pero ninguno afectaba al núcleo que estaban investigando. Las tres posiciones problemáticas ya aparecían desplazadas en el archivo recuperado.
—Entonces tu sustitución no creó esas modificaciones.
Irene apretó los labios.
—No.
—Creó otro problema.
—La pérdida de trazabilidad.
—Sí.
Alba miró a Irene.
—Y después retrasaste la respuesta a Tomás.
La técnica asintió.
—Cuando pidió las versiones anteriores me di cuenta de que ya no podía reconstruir con claridad cuál había sido la referencia en cada momento.
—¿Qué temías?
Irene tardó en contestar.
—Que me abrieran un expediente. Que pareciera que había aceptado documentación fuera de plazo y luego había arreglado la carpeta para ocultarlo.
—¿La arreglaste para ocultarlo?
—No de manera deliberada.
Alba esperó.
Irene respiró hondo.
—Sustituí el archivo sin dejar constancia suficiente. Cuando Tomás empezó a preguntar, no quise reconocer que no tenía una secuencia limpia y fui retrasando la respuesta mientras intentaba reconstruirla.
—Eso sí fue deliberado —dijo Alba.
—Sí.
Elena anotó la diferencia. Irene no había modificado las coordenadas, pero sí había ocultado durante un tiempo su propia irregularidad administrativa.
—¿Tomás llegó a decirte que esos tres puntos estaban mal?
—No con esas palabras.
—¿Qué te dijo?
Irene miró la mesa.
—Que la versión que tenía no coincidía con otra que había visto y que necesitaba saber cuál había entrado primero.
—¿Habló de manipulación?
—No.
—¿De fraude?
—Tampoco.
—¿Te pidió que detuvieras el expediente?
—Me pidió que no diera por cerrada la documentación hasta que pudiera comprobarlo.
Alba levantó la vista.
—¿Y qué hiciste?
Irene tragó saliva.
—No moví nada más.
—Pero tampoco formalizaste la incidencia.
—No.
—¿Por miedo a la sanción?
—Sí.
Elena volvió a mirar la copia recuperada.
Tomás no había llegado al ayuntamiento con una acusación hecha. Había llegado con una discrepancia que quería entender. Era coherente con todo lo que habían aprendido de su método: primero comprobaba la procedencia de los datos y solo después decidía qué significaban.
—¿Quién te hizo llegar la versión que sustituiste? —preguntó.
Irene señaló el correo que ya habían revisado.
—La cadena procedía de la empresa. El mensaje que recibí estaba reenviado internamente, pero el origen era la dirección asociada a Nicolás.
Alba intervino antes de que el dato ganara más peso del que podía sostener.
—Eso demuestra quién envió esa versión, no quién modificó el archivo.
—Exacto —dijo Elena.
Irene miró a ambas.
—Pero salió de su correo.
—Sí. Eso sí podemos afirmarlo.
Nada más.
Una versión podía haber sido preparada por Nicolás, recibida de Tomás, generada desde una carpeta compartida o exportada por uno de los dos antes de ser enviada por el otro. La dirección estrechaba la cadena documental, pero todavía no identificaba a la persona que había cambiado los tres puntos.
—¿Sabemos quién tenía acceso a esa cuenta? —preguntó Alba.
Irene negó.
—No.
La empresa era pequeña, pero Elena no quiso sustituir un dato que faltaba por una suposición razonable.
—Habrá que comprobarlo allí.
Alba lo anotó.
Elena pasó al historial de fechas.
—Quiero saber cuándo recibe Tomás la versión que luego empieza a cuestionar.
Irene abrió una copia de correo recuperada.
—Aquí.
La fecha era posterior a la llegada del archivo conflictivo al circuito municipal.
Elena comparó ambas.
—Entonces, cuando Tomás empieza a pedir versiones anteriores, las tres modificaciones ya están circulando.
—Sí.
—Y no aparecen por tu sustitución.
—No.
Irene respondió esta vez sin vacilar.
La cronología empezaba a quedar más limpia.
Primero circulaba una versión técnica que ya contenía los tres cambios.
Después llegaba al entorno municipal. Más tarde Irene sustituía una copia de trabajo por otra corrección creyendo que se trataba de una subsanación menor y, solo entonces, Tomás empezaba a pedir versiones anteriores porque algo dejaba de coincidir con lo que él conocía o estaba comprobando.
La mentira de Irene estaba al final de esa secuencia, no al principio.
Elena volvió al correo que había introducido el archivo en el circuito.
El adjunto estaba identificado como revisión técnica, sin una explicación específica de por qué habían cambiado precisamente aquellos tres puntos.
No había una nota de campo, una memoria de nueva medición ni una justificación individualizada.
—Si hubieras comparado los vértices uno por uno, ¿esto te habría obligado a pedir una explicación? —preguntó.
Irene pensó unos segundos.
—Sí.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—Y por eso pasó como una corrección menor.
Irene asintió.
La ausencia de una justificación técnica no demostraba por sí sola una manipulación deliberada, pero eliminaba otra explicación sencilla. Los cambios no habían llegado acompañados de la documentación que normalmente permitiría entender por qué se había corregido una posición de campo relevante.
Elena dibujó cuatro fechas en el cuaderno y las unió con una línea.
—Esto era lo que nos faltaba.
Alba se inclinó.
—¿Qué?
—Separar el momento en que aparecen las modificaciones del momento en que se pierde su trazabilidad.
Irene miró la línea.
—Yo ayudé a perderla.
—Sí.
—Pero no cambié los puntos.
—No según esta copia.
Irene respiró despacio.
Elena no intentó consolarla. Su actuación seguía siendo una irregularidad real y tendría consecuencias que no le correspondía valorar. Lo importante para la investigación era que aquella conducta dejaba de ocupar el lugar equivocado.
Bruno había alterado una hora para esconder una probable negligencia.
Celia había reutilizado una firma para mantener viva una compraventa.
Irene había ocultado una mala gestión documental.
Cada una de esas conductas tenía su propia explicación y ninguna respondía todavía a las dos preguntas principales: quién había golpeado a Tomás y quién había regresado después a quemar los tres puntos y la caseta.
Alba cerró la carpeta de Irene.
—A partir de aquí, tu parte queda bastante más delimitada.
Irene levantó la vista.
—¿Eso significa que ya no tendré que declarar?
—Significa que sabemos mejor qué necesitamos preguntarte. No que desaparezcas de la investigación.
Irene aceptó la respuesta.
Elena volvió al correo de origen.
—Necesito una copia de esta cabecera y de la versión recuperada, por el cauce que corresponda.
—La tendrás —dijo Alba.
—Y quiero comparar este archivo con lo que conserve la empresa.
—También.
Irene empezó a recoger sus papeles, aunque dejó abierta la carpeta.
—Hay algo que sigo sin entender.
—¿Qué? —preguntó Elena.
—Si esas coordenadas ya estaban cambiadas antes de que yo tocara nada, ¿por qué Tomás no se dio cuenta en cuanto vio el plano?
Elena pensó en el archivador del topógrafo, en las solicitudes de documentación y en las estacas que había colocado sobre el terreno.
—Porque una diferencia pequeña no parece necesariamente una manipulación la primera vez que la encuentras.
Irene frunció el ceño.
—Pero él era muy meticuloso.
—Precisamente por eso. Antes de pensar que alguien había alterado nada, tenía que descartar un cambio de versión, una transformación, una referencia antigua, una corrección legítima o un error de trabajo.
—Y cuando esas explicaciones no bastaron...
—Volvió al terreno para medir otra vez.
Irene miró la pantalla.
—A comprobar los puntos.
—Sí.
Esa secuencia conectaba por fin los archivos con lo que habían encontrado en el monte sin necesidad de añadir una intención que todavía no podían demostrar. Tomás había detectado una discrepancia, había intentado rastrear su origen y había vuelto a medir los lugares afectados.
Después de su muerte, esos mismos puntos habían ardido.
Elena cerró el cuaderno.
La irregularidad de Irene quedaba explicada y, al mismo tiempo, reducida a su verdadero alcance. Había contribuido a borrar una parte de la trazabilidad documental, pero los tres cambios ya existían antes de que el archivo llegara a sus manos.
La siguiente pregunta ya no pertenecía al ayuntamiento.
Alba cerró el portátil.
—Entonces volvemos a la empresa.
—Sí.
—¿Con qué pregunta exactamente?
Elena miró las cuatro fechas alineadas en su cuaderno.
—Quién generó la primera versión que ya contiene esos tres cambios, a partir de qué datos y con qué justificación técnica.
Alba asintió.
Por primera vez, podían seguir la cadena sin apoyarse en una mentira secundaria.