Capítulo 19
Irene había preparado una carpeta nueva.
La dejó sobre la mesa del archivo municipal, junto al ordenador donde Elena había comparado las primeras versiones dos días antes.
Esta vez no había planos extendidos ni copias parcelarias, sino correos, registros de entrada, listados de modificaciones y una hoja con nombres de archivos que apenas se diferenciaban por una fecha o un par de letras.
—He intentado reconstruir el recorrido —dijo Irene—. Hasta donde puedo.
Elena dejó el abrigo en el respaldo de la silla.
—¿Qué significa «hasta donde puedo»?
Irene se sentó.
—Que el sistema no funciona como un gestor de versiones. Hay archivos de trabajo, adjuntos de correo, copias locales y documentos que después se sustituyen en la carpeta común.
—Eso ya lo sabemos. Lo que necesitamos averiguar es qué ocurrió con esta versión.
Elena señaló la referencia que había copiado de la documentación aportada por Celia. Era la primera versión posterior al borrador firmado por Tomás y una de las candidatas a contener ya las tres coordenadas modificadas.
Irene se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—No puedo asegurarte quién la subió a la carpeta municipal.
—Todavía no te he preguntado quién.
Irene volvió a ponerse las gafas.
—De acuerdo.
Desde la reunión con Celia, la cuestión había quedado mucho más acotada.
Ya no se trataba de averiguar quién tenía prisa por vender ni quién había mentido para mantener viva la operación.
Elena necesitaba seguir una secuencia documental: determinar cuándo aparecieron por primera vez los tres cambios y reconstruir por qué manos había pasado el archivo antes de convertirse en la versión de referencia.
—Empecemos por la entrada.
Irene abrió un correo archivado.
—La empresa de topografía envió una corrección desde una de sus cuentas.
—¿Cuándo?
Irene indicó la fecha y Elena la anotó.
Era posterior al borrador firmado por Tomás y anterior a la última versión que el ayuntamiento había acabado aceptando.
—¿El correo tenía adjunto?
—Sí.
—¿Se conserva?
Irene vaciló.
—Se conserva el correo. El archivo que ahora abre el sistema es la copia guardada en la carpeta del expediente.
Elena levantó la vista.
—¿No necesariamente el adjunto original que llegó con el mensaje?
—No necesariamente.
—Explícamelo.
Irene respiró hondo.
—Si guardas un adjunto en la carpeta compartida y después alguien sustituye ese archivo manteniendo el mismo nombre, el correo puede terminar remitiendo a la ruta donde se guardó. No te garantiza que lo que abras después sea una copia inmutable de lo recibido aquel día.
—Eso dificulta bastante la trazabilidad.
—Sí.
—¿Es una práctica habitual?
—No debería serlo.
La rapidez de la respuesta no necesitaba interpretación. Elena volvió al hecho concreto.
—¿Crees que ocurrió aquí?
Irene miró la pantalla.
—Sí.
—¿Fuiste tú quien hizo la sustitución?
—No sé si fui yo quien guardó la primera copia.
—No te pregunto eso. ¿Reemplazaste después un archivo manteniendo el mismo nombre?
Irene apretó los labios.
—Sí. Sustituí una copia de trabajo.
Elena no escribió todavía.
—¿Por qué?
—Porque recibimos una versión corregida.
—¿Por el cauce ordinario?
La pausa fue suficiente.
—No exactamente.
—Cuéntamelo.
Irene abrió otro correo.
—Primero llegó a una dirección de trabajo, no al registro general. Me la reenviaron diciendo que era una corrección técnica y que después se formalizaría.
—¿Quién te la reenvió?
Irene señaló el encabezado.
Era un mensaje interno de una compañera de administración.
—¿Y quién se la había enviado a ella?
—La empresa.
—¿Desde la cuenta general?
—No.
Elena acercó la silla.
La dirección pertenecía a la empresa de Tomás y Nicolás, pero no coincidía con la que figuraba en la entrada oficial.
—¿Sabes de quién era?
—No de memoria. Puedo comprobarlo.
—Hazlo.
Irene consultó la libreta de contactos archivada.
La dirección estaba asociada a Nicolás Ferrera.
Elena se limitó a anotarlo.
Que Nicolás hubiera enviado una corrección no resultaba extraño por sí mismo. Era uno de los dos socios, solía encargarse del cierre técnico y ya sabían que preparaba muchas de las versiones finales. El correo demostraba que el archivo había pasado por él, no que hubiese modificado las coordenadas.
—¿Qué hiciste cuando recibiste esa copia?
—La abrí, comprobé que correspondía al expediente y vi que llevaba una indicación de corrección.
—¿Comparaste las coordenadas?
—No una por una.
—¿Qué comprobaste?
—La estructura general, las superficies globales, las referencias catastrales y los nombres de los propietarios.
—¿Todos los vértices?
—No.
La sustitución que describía Irene no requería ninguna operación sofisticada.
Bastaba con recibir una versión que se presentaba como corregida, asumir que era la adecuada y colocarla donde los demás esperaban encontrar el archivo vigente.
Precisamente por eso su mala práctica podía haber destruido parte de la trazabilidad sin que ella hubiera participado necesariamente en la modificación técnica.
—¿Debías conservar la versión anterior?
—En la carpeta de trabajo, sí. O al menos dejar registrada claramente la sustitución. En el expediente formal, los documentos que entran por registro tienen otro tratamiento.
—Pero aquí se mezclaron ambas cosas.
—Sí.
Irene no intentó rebajar la respuesta.
El fallo era real y suficientemente serio sin necesidad de convertirlo en algo más elaborado: había tratado una modificación como una corrección menor y no había preservado de forma adecuada la secuencia documental.
—¿Cuándo hiciste la sustitución?
Irene abrió el registro de modificaciones.
—Aquí.
Elena copió la fecha y la hora.
—Fue después del plazo ordinario de subsanación.
—Sí.
—Y antes de que Tomás pidiera las versiones anteriores.
Irene revisó el registro.
—Sí.
Eso encajaba con la secuencia que ya conocían. El archivo cambia, Tomás detecta diferencias y solicita versiones previas; Irene, que sabe que la carpeta de trabajo no conserva una cadena limpia, retrasa la respuesta mientras intenta entender qué documentación puede enviarle.
—¿Por eso no le contestaste enseguida?
Irene apartó la mirada.
—En parte.
—¿Qué otra parte había?
—No quería mandarle un archivo y descubrir después que no era exactamente el que había entrado por el cauce formal.
—Eso, por sí mismo, sería prudente.
—No si yo había contribuido a que ya no estuviera claro cuál era cuál.
Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.
Irene ya no parecía buscar una explicación que la protegiera, sino distinguir su mala gestión de algo que podía ser bastante más grave.
—¿Temes que esto se interprete como colaboración en una manipulación?
Irene tardó en responder.
—Sí.
—¿Colaboraste?
—No sabía que había tres coordenadas cambiadas.
—No te he preguntado exactamente eso.
Irene cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos.
—Acepté una corrección fuera del cauce normal. Sustituí un archivo de trabajo sin conservar bien la versión anterior y, cuando Tomás pidió las copias, no pude reconstruir la secuencia de inmediato.
—¿Alguien te pidió que borraras una versión?
—No.
—¿Que ocultaras algún cambio?
—No.
—¿Que evitaras responder a Tomás?
—No.
Elena anotó las tres respuestas. Tendrían que contrastarse, pero servían para delimitar la irregularidad que Irene reconocía.
—¿Por qué aceptaste aquella corrección?
—Porque procedía de la empresa que llevaba el trabajo y se presentó como una versión técnica corregida. No era raro que algunas cosas llegaran primero por una vía de trabajo y se formalizaran después.
—¿Había presión para terminar?
Irene soltó una risa breve.
—Todo ese expediente tenía prisa.
—¿Daniel?
—La operación entera. Daniel llamaba, los propietarios preguntaban, había plazos… No sabría decir quién presionaba más.
Elena dejó ahí esa línea. Daniel seguía siendo el intermediario interesado en cerrar la operación; no había nada en aquella documentación que justificara atribuirle un papel distinto.
Irene abrió después una tabla de registros.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
Señaló una fila con una fecha anterior a la sustitución que acababa de admitir.
Elena acercó la silla.
La tabla recogía accesos y previsualizaciones de archivos dentro de una carpeta compartida. No era un historial completo, pero conservaba algunas marcas temporales de apertura.
—¿Qué documento es?
—Tiene el mismo nombre.
—¿Y esta apertura es anterior a tu sustitución?
—Sí.
También era anterior al correo interno por el que Irene había recibido la corrección.
—¿Puede ser otro archivo con el mismo nombre?
—Sí.
—¿La versión anterior?
—También.
—¿Hay alguna forma de distinguirlos?
Irene abrió las propiedades conservadas en el registro.
Había un tamaño de archivo asociado.
Después comprobó el tamaño de la versión que permanecía actualmente en la carpeta.
No coincidían.
—Entonces no eran exactamente el mismo fichero —dijo Elena.
—No.
Elena evitó avanzar más deprisa de lo que permitía el dato. Un tamaño diferente no decía qué contenido había cambiado. Podía corresponder a una exportación distinta, a una portada añadida, a imágenes con otra compresión o a cualquier otra modificación.
—¿Tenemos una copia, un hash o algún respaldo de ese archivo anterior?
—Aquí no.
—¿En las copias de seguridad del servidor?
—Puede que sí.
—Eso tendrá que pedirlo Alba.
Irene asintió.
Elena volvió a la marca de acceso.
—¿Quién abrió el archivo?
Irene consultó la columna correspondiente.
—Una cuenta de consulta del expediente.
—¿Personal?
—Compartida.
—Entonces tampoco identifica a una persona.
—No.
Otra pieza útil, pero incapaz por sí sola de sostener una acusación.
Elena pidió ver el historial de nombres de la carpeta.
Había accesos repetidos, referencias que ya no estaban presentes y dos cambios de nombre realizados en días distintos.
Nada permitía recuperar el contenido perdido, aunque sí confirmaba que aquel documento había tenido más de una forma antes de quedar fijado como versión definitiva.
—¿Era normal trabajar así? —preguntó.
Irene negó.
—No para un expediente que después iba a sostener una operación como esta.
—¿Lo advertiste en aquel momento?
—Vi archivos con nombres muy parecidos. No pensé que estuviera mirando una secuencia que algún día necesitaríamos reconstruir.
La explicación tenía precisamente la mediocridad de muchas malas prácticas reales: nadie había tratado aquellos documentos como futuras pruebas.
—Pero esto sí demuestra una cosa —dijo Elena—. Ya existía un archivo con ese nombre antes de que tú hicieras la sustitución.
—Sí.
—No sabemos si contenía ya las tres coordenadas modificadas.
—No.
—Tampoco quién lo creó.
—No.
—Pero tu sustitución no es necesariamente el principio de la cadena.
Irene bajó la vista. El dato parecía aliviarla y preocuparla al mismo tiempo.
—Eso es lo que intentaba explicarte.
—Hasta ahora estabas explicándome que no sabías cómo había empezado.
Irene aceptó la corrección con un pequeño movimiento de cabeza.
Elena cerró el cuaderno durante unos segundos.
La dirección del razonamiento resultaba evidente y, por eso mismo, debía frenarla.
Si un archivo había circulado antes de la sustitución municipal y Nicolás había enviado posteriormente una corrección desde su dirección profesional, era tentador situar el origen de las modificaciones dentro de la empresa de topografía.
Todavía no podían hacerlo.
El fichero previo podía contener coordenadas distintas. La versión enviada por Nicolás podía haber llegado hasta él ya modificada. Incluso si había preparado personalmente aquella exportación, seguiría faltando demostrar quién había introducido los tres cambios.
—Quiero que esta carpeta se quede exactamente como está —dijo Elena.
—No voy a tocar nada.
—Ni siquiera para intentar ordenar o reconstruir el historial por tu cuenta.
Irene se tensó.
—¿Crees que voy a borrar algo?
—Creo que ahora existe una investigación penal y que cualquier intento de arreglar el expediente puede destruir la información que necesitamos conservar.
La técnica asintió.
—Entendido.
Elena llamó a Alba antes de documentar la pantalla. La sargento confirmó que podía fotografiar la marca temporal dentro de su trabajo pericial y pidió que Irene no realizara ninguna modificación adicional hasta que el soporte quedara identificado y pudiera hacerse la copia correspondiente.
Cuando Elena colgó, Irene seguía mirando la tabla.
—¿Esto me saca del problema?
—No.
La respuesta no necesitaba dureza.
—Has admitido una irregularidad real. Eso seguirá existiendo.
Irene asintió.
—Pero puede ayudar a separar esa irregularidad del origen de las coordenadas modificadas —continuó Elena.
Irene se quitó las gafas.
—Con eso me basta.
Elena recogió las copias autorizadas y volvió una última vez a la marca temporal.
No demostraba quién había modificado el archivo ni permitía saber todavía si aquella versión anterior contenía ya los tres cambios. Lo que sí hacía era eliminar una explicación demasiado cómoda.
La cadena de las coordenadas no empezaba cuando Irene sustituyó la copia municipal. Había que seguirla más atrás.