El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 18
47%

Capítulo 18

La página firmada no pertenecía a la versión final.

Elena lo sabía antes de sentarse, pero dejó que Alba colocara sobre la mesa las dos copias completas.

A la izquierda estaba el borrador anterior que habían recuperado del archivo de Tomás. A la derecha, la versión que Celia aseguraba que su hermano había aprobado. Entre ambas, dentro de una funda transparente, descansaba la hoja con la firma.

Eva llegó unos minutos después y ocupó la última silla libre.

—¿Qué tenemos?

Alba miró a Elena.

—Explícalo tú.

La reunión se celebraba en la misma sala donde habían ordenado el caso el día anterior. Esta vez no había mapas del incendio ni fotografías de la ladera, solo documentos.

Elena acercó el borrador anterior.

—Ayer no podía sostener que esta página estuviera manipulada. La firma parece auténtica y, vista por separado, la hoja podía pertenecer a más de una versión. Lo que faltaba era comparar el contenido completo.

Señaló el párrafo situado inmediatamente encima de la firma.

—Esta cláusula aparece exactamente así en el borrador anterior.

Eva leyó unas líneas.

—¿Y en la versión final?

Elena pasó la página correspondiente.

—Cambia.

No era una diferencia estética. En el borrador, Tomás daba conformidad a una revisión provisional de superficies que seguía pendiente de comprobaciones sobre accesos y lindes. La versión posterior transformaba aquella redacción en una aceptación global del documento corregido.

La página firmada conservaba el texto antiguo.

Había además otra coincidencia menos visible.

En el borrador, el apartado anterior terminaba con una referencia a la comprobación de accesos que desaparecía en la versión posterior.

La hoja de Celia mantenía esa referencia en su primera línea.

No hacía falta estudiar tintas ni firmas para situarla: el propio texto indicaba de qué versión procedía.

—¿Podría haberse impreso una página antigua y haberse firmado después? —preguntó Eva.

—En teoría, sí —respondió Elena—. Pero no cambiaría el problema. Esa página solo expresa conformidad con lo que lleva impreso, no con una versión posterior cuyo contenido es distinto.

Alba señaló la copia recuperada del archivo de Tomás.

—Y esta demuestra que esa redacción ya existía antes de la versión definitiva.

—Exacto. Además, el orden de los apartados coincide con el borrador. En la versión final se añadió un bloque antes de la firma y cambió la referencia de la operación. Esta hoja no puede proceder de ese documento tal como está.

Alba abrió otra carpeta. Contenía la copia sin firmar de aquella misma versión anterior, encontrada entre los papeles de Tomás.

Elena puso ambas hojas juntas.

—No estamos ante una firma imitada.

Eva entendió enseguida.

—Han utilizado una firma auténtica en otro contexto.

—Sí.

Alba reordenó las copias para dejar la hoja firmada sobre el borrador y separar la versión posterior.

—Quiero que esto quede bien expresado —dijo—. No se ha falsificado gráficamente la firma de Tomás. Se ha utilizado una página que él firmó para atribuirle una conformidad diferente de la que realmente dio.

Celia, sentada al otro extremo de la mesa, apretó los labios.

Había llegado con la misma tensión del día anterior, aunque esta vez no llevaba archivadores.

—¿Quieres explicarlo tú? —preguntó Alba.

Celia miró las copias.

—Yo no fabriqué la firma de mi hermano.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces no entiendo por qué habláis como si lo hubiera falsificado.

—Porque presentaste una página firmada de un borrador anterior como si demostrara que Tomás había aprobado la versión final.

Celia bajó la mirada.

—No era tan distinta.

Alba mantuvo el tono.

—No te he preguntado si a ti te parecía distinta. Te he preguntado qué hiciste.

Durante unos segundos solo se oyó la ventilación de la sala.

Celia apoyó las manos sobre las piernas.

—Tomás había firmado ese borrador.

—Sí.

—Y las diferencias que quedaban eran técnicas.

—Eso pensabas tú.

—Eso me dijeron.

Elena levantó la vista.

—¿Quién te lo dijo?

Celia vaciló.

—Nicolás.

El nombre no resultaba extraño. Nicolás era quien solía preparar las versiones finales y cerrar la parte técnica. Que Celia hubiera confiado en él era coherente con lo que ya sabían, aunque no permitía ir más lejos.

—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó Elena.

—Que las diferencias podían corregirse. Que no cambiaban el fondo de la operación y que Tomás estaba alargando todo porque quería volver a comprobar puntos que ya estaban medidos.

—¿Te dijo que Tomás había aprobado la versión final?

La pausa de Celia fue suficiente.

—Dijo que no había motivo para que no la aprobara.

—No es lo mismo.

—No.

Alba tomó nota.

—Sigue.

Celia respiró hondo.

—La parte compradora había dado un plazo. Daniel me llamaba continuamente, los gastos seguían corriendo y cada día aparecía un problema nuevo. Tomás no quería firmar la última versión hasta terminar unas comprobaciones.

Elena recordó lo que Celia le había dicho el día anterior: su hermano no pensaba dar por bueno algo que no entendía.

—Así que utilizaste la página anterior.

Celia asintió.

—La adjunté a la documentación corregida.

Eva se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Para qué?

—Para mantener viva la oferta.

—¿La enviaste al comprador? —preguntó Alba.

—La incorporé a la documentación que estaba circulando.

—¿Sabías que podía hacer creer que Tomás había dado una conformidad que en realidad no había dado?

Celia apretó la mandíbula.

—Sí.

Elena anotó la admisión. Aquello resolvía una mentira concreta, pero no resolvía la muerte de Tomás ni el segundo incendio.

—¿Pensabas corregirlo después? —preguntó.

—Creía que Nicolás terminaría la parte técnica y que Tomás acabaría aceptándola. Habían trabajado juntos durante años. Discutían, revisaban y después cerraban los trabajos.

—¿Y si Tomás no aceptaba?

Celia tardó.

—Entonces tendría que haber dicho la verdad.

Alba la observó.

—¿Cuándo?

—Antes de firmar la compraventa.

—Eso pertenece a lo que dices que pensabas hacer. A mí me interesa lo que hiciste.

—Ya te lo he contado.

—Y quedará documentado por el cauce correspondiente.

Celia asintió.

Elena volvió a las hojas. La reutilización de la firma explicaba por qué Celia se había mostrado tan defensiva, por qué insistía en que Tomás había aceptado la operación y por qué había intentado presentar la venta como prácticamente resuelta antes del incendio.

También daba una forma concreta a la presión económica que ya conocían.

Pero seguía sin explicar por qué alguien había regresado días después para actuar sobre la caseta y tres puntos concretos del terreno.

—Necesito preguntarte algo más. Cuando reutilizaste esa página, ¿sabías qué puntos estaba revisando Tomás?

—Sabía que estaba con problemas de lindes.

—¿Sabías que había tres coordenadas que cambiaban entre versiones?

—No.

—¿Conocías la posición de las estacas que había colocado?

—No.

—¿Sabías qué documentación concreta guardaba en la caseta?

—Papeles de trabajo. Nada más.

Elena no tenía motivos para aceptar esas respuestas por simpatía ni para rechazarlas únicamente porque Celia ya hubiera mentido sobre otra cosa.

Miró a Alba.

—Esto es lo que quería separar.

La sargento esperó.

—El interés económico de Celia explica la reutilización de la página. Explica por qué necesitaba aparentar que la operación seguía adelante y por qué ocultó lo que había hecho.

Eva asintió.

—Pero no explica, por sí mismo, quién sabía qué significaban los tres puntos que ardieron —continuó Elena.

Alba tomó el bolígrafo.

—¿La estás descartando?

—No. Estoy descartando una razón que no sirve para esa parte del caso.

Eva sonrió apenas.

—Eso suena mejor.

Elena recordó el peso que había dado el día anterior a la aparición de la página. No había acusado a Celia, pero la combinación de presión económica y una supuesta conformidad dudosa había encajado con demasiada facilidad en una historia mayor.

—Ayer traté este documento como si pudiera acercarnos también al segundo incendio.

No tenemos base para hacerlo. La manipulación del contexto de la firma es real, pero su objetivo era mantener la compraventa.

Para relacionarla con las estacas necesitaríamos demostrar que Celia sabía qué significaban esos puntos o que tuvo acceso a información que, de momento, no aparece en su documentación.

Alba escribió unas líneas.

Celia levantó la mirada.

—Entonces crees que yo no maté a Tomás.

Elena tardó un instante en responder.

—Creo que has admitido haber utilizado una firma auténtica en un contexto distinto para aparentar una conformidad que tu hermano no había dado. Y también creo que eso no demuestra que supieras qué estaba comprobando sobre el terreno.

—Pero...

—No voy a convertir una cosa en otra.

Alba intervino.

—Y tampoco significa que quedes fuera de la investigación. Tus movimientos y tu oportunidad siguen revisándose. Lo que cambia es el valor de esta página respecto a la muerte y al segundo incendio.

Celia bajó otra vez la vista.

—Entiendo.

No parecía aliviada.

Alba regresó a la secuencia documental.

—¿Quién te entregó la versión a la que adjuntaste esta página?

—Nicolás.

—¿Por correo?

—Creo que una parte llegó por correo y otra me la dieron en la oficina.

—Necesito algo más preciso.

—Lo buscaré.

—Lo comprobaremos por los canales que correspondan.

Celia asintió.

Elena observó la versión final.

La página firmada pertenecía a un borrador anterior y Celia la había reutilizado por iniciativa propia. Pero la versión posterior, la que contenía las tres modificaciones que Tomás estaba comprobando, había llegado hasta ella desde la cadena técnica.

Eso no convertía automáticamente a Nicolás en el origen de los cambios. Antes necesitaban reconstruir cómo había circulado el documento.

—Quiero localizar la primera copia que ya contenga las tres coordenadas modificadas —dijo Elena.

Alba levantó la vista.

—Trazabilidad.

—Sí.

Eva señaló la versión final.

—¿Desde Celia hacia atrás?

—Hasta donde podamos llegar sin saltarnos ninguna versión.

—Ayuntamiento, empresa, correos...

—Y fechas.

Alba lo anotó.

—Eso nos devuelve a Irene.

—En parte.

—¿Por qué solo en parte?

Elena señaló las copias.

—Irene puede decirnos cuándo recibió cada archivo y qué hizo después con él. Pero si las coordenadas ya habían cambiado cuando el documento llegó al ayuntamiento, su irregularidad administrativa no será el origen de esas modificaciones.

Alba asintió.

—Será otra mentira con una causa distinta.

—Exactamente.

Celia dejó escapar una respiración larga.

—Todo esto por tres puntos.

Elena la miró.

—Tres puntos que alguien consideró suficientemente importantes como para volver a un monte que ya había ardido.

Después continuó ordenando la documentación, sin dar a la frase más peso del necesario.

Antes de terminar, Alba dejó separadas formalmente las dos cuestiones.

La reutilización de la página firmada quedaría documentada y seguiría el cauce que correspondiera.

La investigación sobre la muerte de Tomás y el segundo incendio continuaría sin utilizar aquella mentira como sustituto de una prueba.

Elena agradeció la separación. El caso empezaba a exigirla una y otra vez.

Bruno había manipulado un horario para esconder una probable negligencia.

Celia había utilizado una firma fuera de contexto para sostener una compraventa.

Irene había ocultado una mala gestión documental.

Cada una de aquellas verdades podía resultar grave por sí misma, pero ninguna debía ocupar el lugar de los hechos que todavía faltaban por explicar.

Cuando salieron de la sala, Eva caminó junto a Elena por el pasillo.

—Ayer Celia parecía encajar demasiado bien.

—Sí.

—¿Te molesta haber perdido esa explicación?

Elena negó.

—Me preocuparía más conservarla después de que dejara de explicar los hechos.

Eva asintió.

Elena guardó la copia del borrador en su carpeta. La página firmada ya no servía para acercarlos al autor del segundo incendio. En cambio, había permitido distinguir una mentira secundaria de la línea que todavía seguía abierta.

La siguiente comprobación sería documental y mucho más concreta: averiguar dónde apareció por primera vez la versión que contenía las tres coordenadas modificadas.