El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Celia había reunido la documentación de la compraventa en dos archivadores y una carpeta azul.

No recibió a Elena en el salón, sino en una habitación pequeña que utilizaba como despacho. Había una mesa de madera, una impresora, un armario bajo y varias cajas con papeles de la explotación familiar. En la pared seguía colgado un calendario del año anterior, abierto por noviembre.

—Todo lo de la venta está aquí —dijo Celia—. Lo que pidió el comprador, lo que enviamos y lo que se fue corrigiendo después.

Elena dejó el cuaderno sobre la mesa.

Alba había autorizado la revisión de la documentación relacionada con la operación.

Eso no convertía aquella visita en un registro ni le permitía buscar nada que Celia no pusiera voluntariamente a su disposición.

Su objetivo era mucho más concreto: entender qué podía haber llevado a Tomás a comprobar los tres puntos y cuánto sabía su hermana de aquella revisión.

—Quiero empezar por las condiciones de la venta.

Celia abrió el primer archivador.

—Ribera Alta Patrimonial quería comprar el bloque completo. No parcela por parcela. Si fallaba alguna de las piezas importantes, podían replantearse toda la operación.

—¿Qué consideraban importante?

—La superficie total y el acceso.

—¿Qué acceso?

Celia buscó una hoja y se la acercó.

Era un resumen de condiciones técnicas. La compraventa quedaba supeditada a que el conjunto alcanzara una superficie mínima y a que existiera una franja de acceso continuo sin atravesar terrenos de terceros.

Elena volvió a leer la cláusula.

—Esto puede depender de diferencias relativamente pequeñas en un lindero.

—Sí. Por eso Tomás estaba dando tantas vueltas. Si una línea se desplazaba lo suficiente, el acceso dejaba de quedar como estaba planteado.

—¿Y entonces?

—Había que renegociar, buscar otra solución o asumir que el comprador podía echarse atrás. Ya habían avisado de que no querían eternizar la operación.

—Daniel Ordóñez.

—Sí.

El nombre del intermediario apareció sin esfuerzo.

—¿Presionaba mucho?

Celia hizo una mueca.

—Lo suficiente para llamar casi todos los días.

—¿A ti?

—A mí y a veces a Nicolás. Dependía del asunto.

—¿También a Tomás?

—Supongo que sí. Aunque con Tomás eso servía de poco.

—¿Por qué?

—Porque cuando se metía con algo no había manera de hacerle correr.

No sonó a una crítica nacida de aquellos últimos días. Era el mismo Tomás que Elena había encontrado en las carpetas de la empresa y en la documentación municipal: alguien dispuesto a ralentizar un trabajo si un dato no le parecía suficientemente explicado.

—¿La venta era importante para ti?

Celia se apoyó en el respaldo de la silla.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Mucho.

No intentó rebajar la respuesta.

Abrió otra parte del archivador y mostró un cuadro de pagos pendientes: trabajos forestales, cuotas de varios propietarios y dos préstamos vinculados a fincas con escaso rendimiento.

—No me iba a arruinar al día siguiente si la venta no salía —dijo—, pero había deudas, gastos que seguían corriendo y familiares que querían desprenderse de unas fincas que daban más problemas que dinero. Si el comprador se retiraba, tocaba empezar otra vez y aguantar varios meses más.

—¿Dependías de que se firmara pronto?

—Sí.

—¿Daniel conocía esa situación?

—Claro. Para eso estaba metido en la operación. Sabía quién tenía prisa y quién podía esperar.

Era normal que un intermediario conociera el margen de presión de las personas implicadas. Por sí mismo, aquel dato no convertía a Daniel en nada distinto de lo que ya parecía: alguien interesado en que la compraventa llegara a término.

La presión de Celia, en cambio, era concreta. Cada retraso podía costarle dinero, y Tomás era precisamente quien estaba impidiendo que el expediente avanzara al ritmo que ella necesitaba.

—¿Qué ocurría si él concluía que la documentación no era correcta?

—La operación se paraba.

—¿Entera?

—Como mínimo se retrasaba.

—¿Y si determinaba que no se cumplía la condición del acceso continuo?

Celia miró la hoja.

—Entonces el comprador podía retirarse.

La escala del problema quedaba más clara. No hacía falta imaginar una operación extraordinaria ni una cantidad imposible de dinero. Unos metros representados de una manera u otra podían decidir si se cumplía una condición contractual que afectaba a todo el bloque.

—¿Discutiste con Tomás por eso?

Celia tardó un poco en contestar.

—Discutí muchas veces con mi hermano.

—Por esta venta.

—Sí.

—¿Cuándo fue la última vez?

—La semana antes del incendio. Y volvimos a discutir dos días antes.

—¿Qué te dijo?

—Que había diferencias que no estaban bien explicadas.

—¿Habló de tres puntos concretos?

—No conmigo.

—¿De coordenadas?

—No entiendo de coordenadas.

Elena no necesitaba que las entendiera. Lo relevante era qué había sabido de las consecuencias.

—¿Te dijo que quisiera detener la venta?

—Dijo que no pensaba dar por bueno algo que no entendía.

Elena anotó la frase casi literalmente.

Celia abrió entonces la carpeta azul.

—Pero luego cambió de opinión.

Elena no respondió.

Celia sacó una hoja suelta protegida por una funda transparente y la dejó entre ambas.

—Esto es lo que llevo diciendo desde que empezó todo.

La página contenía una tabla resumida de superficies, una referencia a la operación y, en la parte inferior, una firma de Tomás.

Elena la observó antes de tocarla.

—¿Qué es exactamente?

—Una conformidad.

—¿Con qué versión?

—Con la que iba a utilizarse para cerrar.

Elena se puso los guantes finos que llevaba en su carpeta de trabajo. La hoja no estaba bajo custodia penal, pero prefería mantener la misma disciplina cada vez que examinaba documentación que podía adquirir relevancia.

—¿Puedo?

—Claro.

La firma se parecía a las que había visto en las solicitudes y en los documentos conservados en el archivo de Tomás. Eso no la sorprendió tanto como la fecha.

Era posterior a la petición de versiones anteriores que Tomás había enviado al ayuntamiento y también a algunas de sus anotaciones de comprobación.

—¿Cuándo te dio esta página?

—Después de revisar lo que faltaba.

La respuesta salió muy deprisa.

—¿Estabas presente cuando la firmó?

—Sí.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Había alguien más?

Celia hizo una pausa.

—Creo que no.

Elena levantó la vista.

—¿Crees?

—Fue una semana complicada.

—Una conformidad que permitía desbloquear una venta importante parece bastante fácil de recordar.

Celia se tensó.

—No he dicho que no la recuerde.

—Entonces, ¿estabais solos?

—Sí.

La corrección no aclaraba demasiado.

Elena regresó al documento.

—¿Qué acompañaba a esta página?

—El resumen de la versión final.

—¿Lo tienes?

Celia abrió el segundo archivador y empezó a buscar hasta sacar otro conjunto de hojas.

—Aquí.

La versión era similar a la que Elena había visto en el ayuntamiento. Incluía superficies y una representación resumida del bloque de parcelas.

—¿Esta hoja firmada formaba parte de este documento?

—Sí.

—¿Está numerada?

—No todas las páginas lo estaban.

—¿Compartían membrete o alguna referencia común?

—Creo que sí.

Elena comparó los márgenes, la tipografía y la disposición.

La página firmada no terminaba de parecer integrada en el conjunto, aunque una observación visual no le permitía ir más lejos.

Podía haberse impreso en otro momento, pertenecer a una copia separada o haber pasado por varias carpetas antes de acabar allí.

Comprobó el reverso y la perforación. Nada le permitía sostener una manipulación.

Tampoco podía sostener que aquella página perteneciera a esa versión concreta.

Necesitaba localizar el documento completo del que procedía.

—¿Tomás te explicó por qué daba finalmente su conformidad?

—Porque las diferencias se habían corregido.

—¿Quién las corrigió?

—Nicolás.

El nombre quedó sobre la mesa sin necesidad de subrayarlo.

—¿Eso te lo dijo Tomás?

—Me dijo que Nicolás estaba cerrando la parte técnica.

—No es exactamente lo mismo.

Celia apretó los labios.

—Yo no estaba dentro de su cabeza.

—No te estoy preguntando qué pensaba. Te pregunto qué te dijo.

Apartó la mirada.

—Que no podíamos seguir retrasándolo todo por unos ajustes que tenían solución.

La frase no encajaba con facilidad con el rastro que Elena llevaba dos días reconstruyendo. Sin embargo, tampoco era imposible. Tomás podía haber recibido una explicación satisfactoria, aceptar unas correcciones y decidir cerrar la revisión.

La cuestión era otra: si eso había ocurrido, tenía que existir algún rastro coherente con aquel cambio.

Hasta el momento, Elena solo había encontrado lo contrario.

—¿Conservas correos posteriores en los que confirme que está de acuerdo?

Celia buscó entre los documentos.

—Aquí no.

—¿Mensajes?

—Tendría que mirar un teléfono antiguo.

—Eso tendrás que comentárselo a Alba. Yo no voy a pedirte comunicaciones privadas.

Celia asintió con cierta rigidez.

Elena volvió a observar la hoja firmada.

Si la página era auténtica y correspondía realmente a la versión final, modificaba de manera importante lo que sabían. Tomás podía haber terminado aceptando las correcciones, lo que debilitaba la idea de que estuviera a punto de detener la compraventa.

Pero abría otra dificultad: después de la fecha de aquella supuesta conformidad seguían apareciendo señales de que comprobaba versiones y trabajo de campo.

—¿Cuándo discutisteis por última vez?

—Dos días antes del incendio.

—¿Antes o después de esta firma?

Celia vaciló.

—Antes.

—Entonces discutís, después firma y tú das por solucionado el problema.

—Sí.

—¿Se lo comunicaste a Daniel?

—Sí.

—¿Y dio por desbloqueada la operación?

—Cuando se lo dije, sí.

—¿Nicolás?

—Él ya estaba terminando el trabajo.

Elena tomó nota.

La secuencia que Celia ofrecía era sencilla: presión económica, discusión, correcciones, conformidad y cierre. Después habían llegado el incendio y la muerte de Tomás.

Precisamente porque la secuencia resultaba tan limpia, necesitaba comprobarla antes de adoptarla.

—¿Por qué esta hoja no apareció antes?

Celia frunció el ceño.

—Porque nadie me la pidió.

—Tomás muere durante el incendio, la operación queda bloqueada y después aparece un segundo fuego en puntos que él había estado revisando. Esta página sostiene que ya había aceptado las correcciones. ¿No te pareció relevante?

—Para la venta, sí. Para su muerte, no.

—¿Y cuando se decidió revisar su muerte?

Celia bajó ligeramente la voz.

—No sabía qué podía significar.

—¿Y ahora?

—Ahora significa que mi hermano había aceptado la versión.

No dijo que lo creyera. Lo afirmó.

Elena volvió a mirar la firma. Podía ser auténtica y la fecha podía ser perfectamente correcta. Eso no bastaba para demostrar que el documento significara lo que Celia sostenía.

—Necesito una copia de esta página y del conjunto al que dices que pertenecía.

—De acuerdo.

—Y Alba tiene que conocer su existencia.

Celia cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—¿Ahora soy sospechosa porque mi hermano firmó un papel?

—No he dicho eso.

—Pero es lo que estás pensando.

Elena se tomó un segundo antes de responder.

—Estoy pensando que necesitabas que la venta saliera, que discutiste con Tomás porque sus comprobaciones la estaban retrasando y que ahora aparece un documento según el cual había dado por resuelto el problema. Necesito comprobar qué documento firmó exactamente y cuándo.

—No falsifiqué nada.

—Tampoco he dicho eso.

—Parece que todo lo que hago acaba convertido en algo sospechoso.

—No. Tener prisa por vender no demuestra nada. Discutir con tu hermano tampoco. Lo que necesito explicar es por qué después de esta supuesta conformidad siguió haciendo comprobaciones.

Celia negó.

—Podía seguir revisando cosas aunque ya hubiera aceptado cerrar.

—Podía.

—Entonces no hay ninguna contradicción.

—Puede haberla. Todavía no sabemos si es real ni qué significa.

Celia no respondió.

Cuando estuvieron preparadas las copias autorizadas, Elena las guardó con el resto de la documentación.

Antes de marcharse volvió a mirar la hoja firmada.

No le resultaba extraño que Tomás hubiera podido cambiar de opinión. Un profesional riguroso también podía aceptar una explicación correcta y dar por terminada una revisión. Lo que necesitaba comprender era por qué, si eso había ocurrido, su actividad posterior no parecía haberse detenido.

Había seguido pidiendo y comparando documentación. Había continuado trabajando sobre el terreno. Y, después de su muerte, tres de aquellos puntos y la caseta habían ardido de nuevo.

La firma introducía una posibilidad nueva, pero antes de utilizarla había que responder una cuestión mucho más sencilla.

Elena salió del despacho sabiendo cuál era la siguiente comprobación: localizar la versión original de aquella página y averiguar a qué documento había pertenecido realmente