El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Alba había dibujado una línea horizontal en una hoja grande y escrito cinco nombres debajo.

Bruno. Mateo. Celia. Irene. Nicolás.

No estaban ordenados por importancia.

—Quiero verlos dentro del mismo intervalo —dijo—. Sin motivos, sin el segundo incendio y sin lo que ahora sabemos de las coordenadas. Solo dónde estaba cada uno mientras Tomás seguía vivo.

Era última hora de la tarde. La luz que entraba por la ventana de la sala de coordinación empezaba a apagarse y las lámparas del techo dejaban sobre la mesa un tono demasiado blanco.

Elena había pasado buena parte del día entre el archivo de Tomás y la documentación que Alba iba reuniendo por su cuenta.

A esas alturas agradecía que la sargento redujera el problema a algo tan concreto como una cronología.

Las personas podían cambiar una versión. El tiempo resultaba más difícil de desplazar cuando alrededor empezaban a acumularse testigos, registros y trayectos.

—Empieza por el incendio —dijo Elena.

Alba señaló a la izquierda la hora del primer aviso de humo y, algo antes, la franja en la que Javier situaba la ignición probable.

—Tenemos la reparación en la pista inferior, el avance del fuego ladera arriba y una ventana antes de que permanecer en la zona alta empezara a ser peligroso.

—No necesitamos un minuto exacto.

—No lo tenemos.

—Entonces no lo fabriquemos.

Alba sombreó una parte de la línea.

—Esta es la franja crítica que podemos defender por ahora.

Tomás estaba trabajando arriba antes de que el fuego alterara la zona.

Sonia sostiene que recibió el golpe antes de caer.

Y quien estuviera con él necesitaba tiempo para llegar, encontrarse o discutir con él y marcharse antes de que el incendio complicara los movimientos.

Elena señaló el extremo final.

—O quedar atrapado también.

—Sí. No quiero excluir a nadie porque nos convenga imaginar una salida limpia.

Empezaron por Bruno.

Alba tenía delante dos hojas con movimientos de la cuadrilla, el registro de la cuba, una relación de llamadas y varias declaraciones breves.

—Sabemos que estuvo en la zona baja durante una parte importante del intervalo. Lo sitúan allí Óscar y dos trabajadores.

—¿Durante todo?

—No.

Elena levantó la vista.

—Entonces todavía no es una coartada completa.

—No.

Alba marcó un tramo junto al nombre de Bruno y dejó un espacio sin cubrir antes.

—Hay un hueco previo a que varias personas lo sitúen de forma continuada con la reparación. Puede no significar nada, pero quiero cerrarlo.

—¿Sabemos cuánto habría tardado en subir hasta Tomás?

—Depende del punto exacto de partida.

—No pongamos una cifra si no podemos defenderla.

—De acuerdo.

Bruno seguía siendo incómodo por motivos que ya conocían: había mentido, había discutido con Tomás por mediciones y superficies y su empresa podía perder dinero si el primer incendio quedaba ligado a la reparación.

Pero Elena también había aprendido en esos días que una mentira podía ocultar una negligencia relativamente sencilla y nada más.

—Su motivo aparente está demasiado a la vista —dijo.

Alba sonrió apenas.

—Eso no lo hace falso.

—No. Solo impide que me convenza más por ser evidente.

Pasaron a Mateo.

La información era menos limpia. Había estado en sus prados durante buena parte de la mañana; un vecino lo había visto con el ganado y otro lo situaba cerca de una nave antes de que se detectara el incendio.

—¿Eso lo deja lejos de Tomás? —preguntó Elena.

—No necesariamente. Sus fincas están junto a uno de los sectores que Tomás revisaba.

—Y conocía el conflicto del lindero.

—Además de tener interés en que una medición le favoreciera.

Elena miró el nombre. Mateo había sido directo respecto a la cerca, las piedras viejas y la estaca naranja. Su interés era evidente, aunque funcionaba de manera distinta al de Bruno: si Tomás confirmaba que el lindero histórico estaba donde Mateo sostenía, podía beneficiarlo.

—Matar a quien quizá está a punto de darte la razón sería extraño.

—Si Mateo sabía que iba a dársela.

—Eso todavía no lo sabemos.

Alba dejó también incompleto su tramo.

—No sabemos qué le dijo Tomás.

—Ni siquiera si llegó a contarle algo.

Aquello empezaba a dibujar una segunda variable detrás de la oportunidad: no bastaba con estar cerca. Importaba saber qué creía cada persona que Tomás estaba a punto de demostrar.

Celia parecía más sencilla sobre el papel.

—No estaba en el monte cuando empezó el incendio —dijo Alba—. Tenemos una gestión fuera de la zona y alguien que la vio.

—¿Durante toda la franja?

—Durante una parte. Después hay desplazamiento.

—¿Podría llegar a tiempo?

Alba se tomó unos segundos.

—En teoría, dependiendo de cuándo saliera y desde dónde. Pero poder hacer un trayecto por carretera no significa que estuviera en esa ladera.

—Bien.

Celia tenía el interés económico más evidente: la operación necesitaba avanzar, Tomás estaba retrasando el cierre con nuevas comprobaciones y Daniel Ordóñez presionaba por los plazos. Nunca había ocultado que quería recuperar cuanto antes la normalidad.

Precisamente por eso era una sospechosa fácil.

—¿Sabía qué estaba comprobando Tomás?

—Que el trabajo se estaba alargando por problemas de lindes y superficies.

—Eso lo sabía bastante gente.

—Sí.

—¿Y las versiones anteriores?

Alba revisó sus notas.

—No puedo sostener todavía que lo supiera.

Elena dejó la cuestión abierta.

Irene quedaba más alejada físicamente del monte.

Alba puso sobre la mesa una hoja de control horario municipal y dos comunicaciones internas.

—Estuvo en dependencias municipales durante una parte de la mañana.

—¿Solo una parte?

—Las coartadas completas son menos frecuentes de lo que parece.

Elena sonrió.

—Sobre todo cuando nadie estaba recopilándolas porque la muerte se consideraba accidental.

La preocupación de Irene tenía ya una explicación propia. Había incorporado fuera de plazo una versión corregida, sustituido la de referencia sin conservar adecuadamente la trazabilidad y retrasado la respuesta a Tomás porque temía que aquella mala gestión quedara expuesta.

—Su secreto ya tiene forma —dijo Elena—. Explica por qué estaba nerviosa y por qué retrasó información.

—Pero no sabemos si explica algo más.

—Exacto.

Alba añadió una nota junto a su nombre.

—Y físicamente es, por ahora, la que peor situada queda para desplazarse hasta la zona alta sin que aparezcan más movimientos.

—¿Peor situada o imposible?

—Peor situada.

Elena agradeció la distinción.

Llegaron a Nicolás.

Alba guardó silencio unos segundos.

Sobre la mesa estaban el replanteo, la distribución de los sectores de trabajo y las primeras declaraciones recogidas después del incendio.

Nicolás mantenía que él y Tomás se habían separado antes del mediodía.

Tomás estaba en el sector donde apareció después el trípode y Nicolás trabajaba en otra zona.

—¿A qué distancia? —preguntó Alba.

—Cerca en términos de trabajo de campo. No al lado.

—¿Podía llegar andando?

—Sí.

—¿Sin salir del monte ni pasar por la barrera?

—Sí, una vez dentro.

Alba subrayó una línea.

—Entonces tenía proximidad física.

—Posible proximidad.

La sargento levantó la vista.

—¿Qué matiz quieres hacer?

—Que estar destinado a un sector próximo no significa que sepamos dónde estaba en cada momento.

—Bien. Conocía además las rutinas de Tomás.

—Sí.

—Y el contenido técnico del proyecto.

—En general.

Elena apoyó el bolígrafo sobre la mesa.

La relación profesional lo acercaba a la información más que a los demás.

Sabía topografía, conocía los sectores y utilizaba la caseta.

Pero lo averiguado en el archivo introducía un límite importante: Tomás también trabajaba por su cuenta, pedía documentos sin informar necesariamente a su socio y seguía comprobaciones que Nicolás decía no conocer.

Compartir el proyecto no equivalía a saber todo lo que Tomás había descubierto.

—¿Tenemos su posición durante toda la franja? —preguntó Elena.

—No. Hay actividad compatible con el sector que declaró, pero no una continuidad completa.

—¿Datos del equipo?

—Estoy esperando algunos.

—Entonces no podemos situarlo junto a Tomás.

—Ni tampoco lejos de él durante todo el intervalo.

Era exactamente la clase de diferencia que podía deformar una investigación si se resumía mal.

—Pon «oportunidad posible». No «estaba cerca».

Alba lo escribió así.

Volvieron al conjunto.

Nadie quedaba completamente fuera. Bruno tenía un conflicto profesional, una mentira demostrada y un hueco temporal pendiente de cerrar.

Mateo, una disputa territorial y presencia habitual en una zona próxima.

Celia, presión económica y conocimiento general del retraso.

Irene, una irregularidad administrativa que Tomás podía exponer.

Nicolás, proximidad profesional y física, además de un conocimiento técnico mucho mayor que el resto.

La cronología permitía ordenar, pero todavía no resolvía.

—Si miramos solo oportunidad —dijo Alba—, Nicolás gana peso.

—Si miramos solo interés económico, Celia.

—Si miramos una mentira previa, Bruno.

—Si buscamos una irregularidad documental, Irene.

—Y si buscamos un conflicto territorial, Mateo.

Alba dejó el bolígrafo.

—Una colección bastante equilibrada.

—Eso es mejor de lo que parece.

—No cuando te toca investigarla.

Elena se levantó y caminó hasta la ventana. Fuera apenas quedaba una franja gris sobre las copas de los árboles.

Durante los primeros días el terreno había limitado las hipótesis de una manera casi física: combustible, humedad, pendiente, accesos, posición de señales. Ahora cada persona añadía una historia distinta y todas podían parecer convincentes si se elegía el dato adecuado.

Necesitaba volver a algo que no dependiera de escoger el carácter o el motivo que mejor encajase.

—Estamos preguntándonos quién podía estar con Tomás.

Alba giró la silla hacia ella.

—Sí.

—Pero la oportunidad solo empieza a ser útil cuando sabemos por qué alguien habría necesitado encontrarse con él.

—¿Qué propones?

Elena regresó a la mesa.

—Ordenar lo que sabía cada uno sobre el trabajo de Tomás.

Alba frunció ligeramente el ceño.

—¿Sobre el monte?

—No exactamente. Sobre lo que Tomás estaba comprobando y sobre cuánto sabía cada uno que él lo estaba comprobando.

La cuestión ya no pertenecía al comportamiento del fuego, aunque había nacido de sus huellas.

—Bruno sabía que Tomás cuestionaba mediciones de su empresa —continuó Elena—.

Mateo sabía que estaba revisando el lindero.

Celia sabía que sus comprobaciones estaban retrasando la operación.

Irene sabía que había pedido versiones anteriores.

Nicolás conocía su forma de trabajar y los sectores en los que estaba midiendo.

Alba empezó una segunda tabla.

—Pero todavía no sabemos quién sabía que existían tres discrepancias concretas.

—Eso es.

—Ni quién sabía que había señales en esos puntos.

—Exacto.

—Ni quién sabía qué documentación podía haber en la caseta.

Elena asintió.

Alba escribió en la parte superior:

CONOCIMIENTO

—Entonces la oportunidad no desaparece.

—No. Pero deja de ser suficiente.

—Eso sí te lo compro.

—Estar cerca de Tomás explica que alguien pudiera encontrarse con él. Saber que estaba a punto de demostrar algo que te perjudicaba puede explicar por qué quisiera hacerlo.

Alba terminó de anotar.

—Y eso sirve también para el segundo incendio.

—Sobre todo para el segundo.

La sargento miró el plano de Valdorna que quedaba junto a la cronología.

—Porque cualquiera con acceso podía quemar una estaca.

—Pero no cualquiera tenía por qué saber qué estaca importaba.

Ahí estaba la diferencia.

No señalaba todavía a Nicolás ni a ninguno de los otros cuatro. Señalaba un tipo de conocimiento que la investigación aún tenía que reconstruir.

Alba recogió la primera hoja y dejó la nueva encima.

—Mañana seguimos por aquí.

—¿Con qué exactamente?

—Con quién conocía qué y con cuánto de eso podemos demostrar.

Elena guardó el cuaderno.

La cronología seguía siendo necesaria, pero ya no era la única forma de estrechar el caso. Había varias personas con tiempo, acceso o interés suficiente para merecer una comprobación.

La siguiente diferencia podía estar en otra parte: quién entendía qué estaba intentando demostrar Tomás antes de morir.