El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

El archivador de Tomás estaba ordenado por fechas, no por proyectos.

Nicolás lo abrió con una llave pequeña y apartó dos carpetas antes de encontrar la que buscaba.

—Él trabajaba así. Si querías localizar algo, tenías que saber cuándo lo había tocado por última vez.

La oficina de la empresa ocupaba la planta baja de un edificio discreto en las afueras de una localidad cercana.

Había dos despachos, una zona común, un armario para equipos y una habitación al fondo donde se acumulaban cajas de archivo, jalones, trípodes y fundas rígidas.

Alba había autorizado la revisión de la documentación técnica relacionada con Valdorna y Elena había preferido empezar por el papel, no porque esperara encontrar allí una revelación, sino porque quería entender cómo trabajaba Tomás cuando algo dejaba de cuadrarle.

—¿No organizabais la documentación por expediente?

—Yo sí.

Nicolás sonrió apenas.

—Tomás decía que un expediente podía cambiar de nombre, de cliente o de versión. La fecha, no.

Elena pasó las primeras hojas. La carpeta correspondía a una campaña anterior, sin relación con Valdorna. Cada modificación llevaba una anotación en el margen y una referencia al archivo del que procedía.

—Trazabilidad.

—Obsesión —corrigió Nicolás.

Elena levantó la vista.

—¿Te molestaba?

—A veces hacía lento algo que podía ser sencillo.

—No es lo mismo.

—No.

Nicolás se apoyó en la mesa.

—Era bueno. Muy bueno. Pero si un dato cambiaba, quería saber quién lo había cambiado, cuándo y por qué. Aunque fueran diez centímetros.

La descripción coincidía con lo que Elena ya había oído, pero allí podía verla convertida en método: carpetas fechadas, impresiones anotadas, referencias cruzadas, copias de correos y versiones de planos que otra persona quizá habría tirado después de aprobar la definitiva.

En una de las cajas encontró una hoja dividida en tres columnas: archivo recibido , versión revisada , incidencia . Tampoco pertenecía a Valdorna, pero le servía para entender la lógica.

—¿Lo hacía siempre?

—Casi siempre.

—¿También cuando trabajabais los dos sobre los mismos datos?

—Dependía del trabajo.

—¿De qué?

Nicolás se encogió de hombros.

—Si era un levantamiento sencillo, uno medía y el otro cerraba. Si aparecían discrepancias, lo revisábamos juntos.

—¿Y en Valdorna?

—Había de todo: datos antiguos, referencias físicas, planos de propietarios, catastro, mediciones nuevas… Era normal encontrar diferencias.

—Tres de ellas bastante concretas.

Nicolás la miró. No hacía falta aclarar a cuáles se refería.

—Ya te dije que podían ser correcciones normales.

—Y yo todavía no he dicho que no lo sean.

Él asintió, aunque la tensión no desapareció del todo.

Elena abrió otra carpeta. Esta sí llevaba una referencia de Valdorna y contenía hojas de campo impresas, copias de planos y anotaciones breves. Algunas eran de Nicolás; él mismo reconoció una de sus abreviaturas. Otras pertenecían a Tomás.

Elena se limitó al contenido. Había fechas, referencias a versiones y anotaciones sobre la procedencia de documentos. En varios márgenes se repetía la misma fórmula: comprobar anterior .

—¿«Anterior» se refiere a la versión anterior?

Nicolás se inclinó.

—Supongo que sí.

—¿Él utilizaba esa abreviatura así?

—Sí.

—¿Cuando encontraba algo que no cuadraba?

—O cuando quería asegurarse de que una corrección procedía de donde decía proceder.

En la hoja siguiente aparecía una referencia a documentación municipal. No figuraban códigos de vértices ni coordenadas, solo una fecha y otra anotación: pedir copia previa .

—¿Esta letra es de Tomás?

Nicolás la reconoció.

—Sí.

—¿Sabías que había pedido versiones anteriores al ayuntamiento?

—Sabía que estaba revisando documentación.

Elena esperó un momento.

—No te he preguntado eso.

Nicolás respiró por la nariz.

—No sabía cada cosa que pedía.

—¿Era habitual que hiciera solicitudes sin consultártelo?

—Si pensaba que algo no estaba bien, sí.

No era una revelación espectacular. Precisamente por eso tenía valor. Tomás no parecía haberse encontrado con una anomalía de forma casual poco antes de morir; la documentación indicaba que llevaba varios días revisando versiones anteriores y buscando el origen de determinadas diferencias.

—¿Cuándo empezó esa revisión?

Nicolás negó.

—«Revisión» sí. «Desconfianza», si vas a preguntarme eso después, sería una palabra tuya.

—¿Días antes?

—Probablemente.

—¿Semanas?

—No creo.

Nicolás se acercó al ordenador y abrió una carpeta local.

—Aquí tienes archivos de esos días.

Elena no tocó el teclado.

—¿Esto está incluido en la autorización de Alba?

—Ha dicho que podéis revisar la documentación técnica del trabajo.

—Revisarla, sí. No quiero que ordenes, sustituyas ni borres nada mientras estemos aquí.

Nicolás retiró la mano del ratón.

—No iba a hacerlo.

—Mejor.

La carpeta contenía planos exportados, listados y documentos de trabajo. Muchos nombres apenas se diferenciaban entre sí. Algunas versiones acababan en números; otras, en iniciales. El sistema no era caótico, pero tampoco tenía la rigidez del archivo en papel de Tomás.

—¿Quién ponía estos nombres?

—Los dos.

—¿Y quién preparaba normalmente las versiones finales?

—Yo.

Elena dejó pasar un instante.

—¿Por qué?

—Porque Tomás prefería el campo y yo me ocupaba más del cierre.

La distribución de tareas tenía sentido. También significaba que Tomás podía trabajar sobre datos recogidos en el terreno y revisar después una versión final preparada por su socio. De momento, aquello no demostraba nada más.

Nicolás abrió uno de los documentos.

—Esta es una de las versiones que ya habéis visto en el ayuntamiento.

Elena comprobó la fecha.

—La corregida.

—Sí.

—¿Tomás llegó a revisarla?

—Revisaba casi todo.

—¿La aprobó?

Nicolás apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—No recuerdo que dijera que no.

—Eso no responde a la pregunta.

—No tengo una firma suya dando el visto bueno, si es lo que quieres saber.

No era exactamente lo que Elena preguntaba, aunque la ausencia de una aprobación explícita era suficiente para no darla por supuesta.

—Celia dijo que Tomás estaba retrasando el cierre porque quería comprobar varias cosas.

—Celia decía muchas cosas cuando tenía prisa.

—¿La tenía?

—Sí.

—¿Y tú?

Nicolás la miró con más cansancio que desafío.

—Todos queríamos terminar un trabajo que se estaba alargando demasiado.

—Eso tampoco tiene nada de extraño.

—No.

Elena regresó a las carpetas de papel. En la parte posterior del archivador encontró una funda con copias de solicitudes enviadas desde la empresa. Tomás parecía conservar duplicados de casi cualquier petición técnica que remitiera fuera.

Una de ellas llevaba sello de salida.

Solicitud de copia de documentación gráfica y versiones previas incorporadas al expediente.

La fecha era de pocos días antes del primer incendio.

Elena la dejó sobre la mesa.

—Esto salió de esta oficina.

Nicolás leyó la hoja.

—Eso no significa que yo supiera que la había preparado.

—¿Tomás enviaba escritos sin enseñártelos?

—A veces.

La solicitud no mencionaba fraude, no acusaba a nadie ni afirmaba que las coordenadas fueran falsas. Pedía algo mucho más sencillo: versiones anteriores.

—¿Por qué las pediría si consideraba normales las diferencias?

Nicolás se pasó una mano por la barba.

—Porque era Tomás.

—Eso me explica su carácter. No la razón técnica.

—Revisaba demasiado.

—¿Demasiado para qué?

La respuesta tardó.

—Para una operación como esta. No estábamos levantando una frontera internacional.

Eran parcelas privadas, con documentación de distintas épocas, cercas que se habían movido, referencias que no coincidían y cartografía que nunca encaja al milímetro.

Si intentas reconstruir la genealogía perfecta de cada dato, no terminas.

—¿Y si una diferencia determina que la operación cumpla o no una condición pactada?

Nicolás hizo una pausa breve.

—Entonces se revisa.

—Eso era lo que estaba haciendo Tomás.

—Sí.

La admisión llegó sin énfasis.

Elena dejó una anotación en el cuaderno. Ya no era solo una impresión construida a partir de cómo otros describían a Tomás: había una secuencia documental que mostraba una revisión activa antes de su muerte.

Continuó con las carpetas.

En una encontró una copia de un plano municipal con una esquina doblada. En el margen, Tomás había escrito dos fechas y una referencia a la caseta.

—¿Sabes qué significa?

Nicolás lo examinó.

—No.

—¿Utilizaba la caseta para revisar documentación?

—Sí. Ya te lo dije.

—¿Podía llevar allí planos de versiones anteriores?

—Claro.

—¿Y hojas de comparación?

—También.

La caseta no era, por tanto, únicamente un lugar donde se almacenaban herramientas y material topográfico. Formaba parte de la rutina de trabajo mientras Tomás estaba comprobando aquellas versiones.

—¿Qué solía dejar allí cuando hacía ese tipo de revisión?

—Carpetas, copias de planos, hojas de campo… Lo normal.

—¿Originales?

—Rara vez.

—¿Por qué?

—Porque Tomás procuraba no dejar una única copia en ningún sitio.

La respuesta llegó con naturalidad.

—¿Duplicaba mucha documentación?

—Bastante.

—¿Dónde guardaba las copias?

Nicolás la miró.

—Dependía. En la oficina, impresiones de trabajo, archivos digitales, material en la caseta…

—¿Y en La Brañuca?

—A veces.

Elena no profundizó. Desde que Nicolás le había mencionado el refugio, nada de lo averiguado justificaba tratarlo como algo distinto de un lugar secundario utilizado por trabajadores que pasaban varios días en la parte alta del monte.

Si más adelante aparecía una razón concreta para volver sobre él, la comprobarían entonces.

Regresó a la solicitud municipal.

—Tomás pidió versiones anteriores, después trabajó en los tres sectores donde encontramos diferencias y parte de la documentación de esa revisión podía quedarse en la caseta. Días después de su muerte, alguien volvió a quemar la caseta y esos mismos sectores.

Nicolás cruzó los brazos.

—Lo dices como si una cosa tuviera que explicar la otra.

—No. Digo que forman una secuencia que tenemos que comprobar.

—Las diferencias pueden ser técnicas.

—Sí.

—Las estacas eran material normal.

—También.

—Y Tomás revisaba todo.

—Exacto.

Nicolás dejó escapar el aire.

—Entonces no sé qué quieres que te diga.

—Nada distinto de lo que sepas.

—Pues eso es lo que sé.

La tensión estaba ahí, pero Elena no necesitaba interpretarla.

Nicolás era el socio del hombre muerto, compartía con él un trabajo que ahora formaba parte de una investigación penal y acababa de pasar buena parte de la mañana explicando documentos que podían poner en cuestión el último proyecto de su empresa.

Había motivos suficientes para que la conversación resultara incómoda sin añadir otros.

Elena volvió la atención al archivador.

Había llegado buscando la forma de trabajar de Tomás y empezaba a obtener algo más útil que una caracterización.

Tomás había comprobado datos, pedido versiones anteriores y dejado referencias suficientes para demostrar que antes de morir intentaba averiguar por qué una entrega ya no coincidía con otra.

Eso no identificaba a quien lo había golpeado. Sí permitía reformular la investigación.

Ya no bastaba con saber quién había tenido conflictos con Tomás. Había que determinar qué podía haber descubierto al completar aquella comparación y a quién perjudicaba que la terminara.

Elena guardó, entre la documentación autorizada, una copia de la solicitud municipal y la relación de los archivos revisados.

Antes de marcharse señaló el archivador.

—Necesito seguir esta cadena hacia atrás.

Nicolás apoyó la mano sobre la llave.

—¿Hasta dónde?

—Hasta la primera versión que podamos considerar fiable y compararla con lo que Tomás midió realmente sobre el terreno.

—Eso puede llevar tiempo.

—Entonces empezaremos por ahí.

Nicolás no respondió.

Elena recogió el cuaderno. Lo encontrado aquella mañana todavía no demostraba fraude ni explicaba la muerte de Tomás. Lo que sí demostraba era que la revisión de las versiones había comenzado antes del incendio y que la caseta formaba parte de ese trabajo.

La siguiente comprobación ya no dependía de interpretar sus intenciones, sino de reconstruir los datos que había estado comparando.