El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

La ladera donde habían encontrado a Tomás estaba a menos de diez minutos a pie de uno de los sectores que él había replanteado.

Elena tardó bastante más en llegar.

No quería recorrer el trayecto como si bastara con buscar la línea más corta entre dos puntos.

Llevaba impresas las fotografías tomadas durante el primer incendio, el croquis de localización del cuerpo y la relación del material recuperado.

También había pedido a Ramiro que le indicara sobre el terreno dónde se había encontrado cada objeto antes de que los equipos de emergencia alteraran la zona.

Javier caminaba unos pasos por delante y Ramiro cerraba el grupo.

La tarde perdía luz con rapidez. Bajo los árboles quemados, el terreno parecía más oscuro de lo que marcaba la hora. La lluvia de los últimos días había asentado la ceniza, aunque la pendiente seguía obligándolos a medir cada apoyo.

—El cuerpo apareció ahí abajo —dijo Ramiro.

No dramatizó el gesto. Señaló una vaguada corta, ahora cubierta por helechos ennegrecidos y ramas rotas.

Elena comparó el lugar con las fotografías.

—¿La posición del croquis es fiable?

—Sí. Esa roca se utilizó como referencia y no se ha movido.

Javier descendió un par de metros por el borde y se detuvo.

—Desde aquí ya se ve que no es una bajada fácil.

—No tenía por qué serlo —respondió Elena—. Había un incendio avanzando.

—Claro.

La explicación aceptada hasta entonces era sencilla.

Tomás trabajaba en la parte alta cuando detectó el fuego, intentó abandonar la zona, perdió pie durante la huida y cayó por la ladera.

El incendio, la extinción y el rescate habían alterado lo suficiente el terreno como para que nadie esperara una reconstrucción perfecta.

Hasta hacía poco, a Elena aquella secuencia le había parecido razonable.

Ahora tenía un motivo concreto para revisarla.

Los tres sectores afectados por el segundo fuego coincidían con puntos que cambiaban entre distintas versiones documentales, y Tomás había preguntado por esas discrepancias pocos días antes de morir.

Si había estado comprobándolas sobre el terreno, la distribución de su equipo podía ayudar a establecer qué estaba haciendo antes de que comenzara la evacuación.

No qué le había ocurrido.

Solo qué estaba haciendo.

—¿Dónde apareció el trípode?

Ramiro señaló hacia la parte alta, al otro lado de una pista estrecha.

—Según las fotos, ahí.

Elena se acercó.

El tránsito posterior, los trabajos de extinción y la erosión habían borrado cualquier rastro directo, pero el punto estaba documentado con suficiente precisión gracias a dos piedras grandes y al borde de una cuneta.

En las imágenes del día del incendio se veía el trípode volcado, con una de las patas extendida hacia el talud.

—¿Se recuperó con el resto del material?

—Sí.

—¿Quién lo encontró?

—Personal de extinción. Después se entregó con las demás cosas.

Elena repasó la relación: trípode, bastón de apoyo, mochila, estuche de herramientas y varias piezas menores.

El controlador no figuraba en aquella primera localización.

No dio todavía importancia a la ausencia. En una evacuación desordenada, un equipo podía terminar en un vehículo, en otra mochila o en manos de otra persona. Antes de interpretarlo necesitaba saber si realmente faltaba o solo había sido recuperado en otro momento.

—¿Y la mochila?

Ramiro caminó hacia un claro situado algo más abajo, aunque todavía lejos del borde por el que supuestamente había caído Tomás.

—Por aquí.

—¿Dentro de la pista?

—Justo al lado. Estaba caída.

Elena comparó la fotografía con el lugar. La mochila aparecía de costado, parcialmente abierta. Cerca se veían una funda transparente, una libreta deteriorada por el agua y la ceniza y un pequeño estuche.

Javier calculó la distancia con la vista.

—El trípode arriba, la mochila aquí y el cuerpo abajo.

—Eso es.

Siguieron entonces la ruta que, según el croquis inicial, habría recorrido Tomás al intentar escapar.

El primer tramo resultaba razonable. Desde el trípode hasta la mochila podía seguirse una línea natural hacia la pista. Después, sin embargo, la secuencia aceptada abandonaba esa salida y se desviaba hacia una franja de terreno más incómoda.

Elena se detuvo.

—¿Por qué habría bajado por aquí?

Ramiro consultó el plano.

—Se entendió que el fuego le cortó el paso.

—¿Dónde estaba el frente en ese momento?

—Eso no puedo situártelo con precisión.

Javier sacó el mapa de propagación del primer incendio.

—Tenemos una aproximación a partir de los primeros avisos y de las fotografías.

Lo extendieron sobre la carpeta rígida.

El fuego había ascendido desde la pista inferior y se había abierto en abanico. A la hora estimada de la caída, parte de la ladera estaba ya comprometida, pero la pista alta todavía ofrecía una salida lateral hacia una zona menos afectada.

—No digo que fuera segura —dijo Elena—. Solo que seguía disponible.

Javier asintió.

—Y bajar por aquí lo obligaba a meterse en peor pendiente.

Ramiro frunció el ceño.

—Con humo y prisas, la gente no siempre elige la salida lógica.

—Por supuesto.

Elena no pretendía transformar el comportamiento de una persona asustada en una ecuación. Alguien podía retroceder, desorientarse, escoger mal o cambiar de dirección por algo que después fuera imposible reconstruir.

Lo que le incomodaba no era una decisión aislada, sino la distribución del equipo antes de la caída.

Volvieron al punto donde había aparecido la mochila.

—Si estaba huyendo, ¿por qué queda el trípode allí arriba y la mochila aquí?

Javier contestó con cautela.

—Podría habérsela quitado para moverse mejor.

—Sí.

—O haber tropezado y perdido parte del contenido.

—También.

Elena amplió una de las fotografías. La libreta y el estuche aparecían junto a la mochila, pero el fuego, el agua de extinción y el rescate habían borrado demasiado como para decidir si se habían caído durante una carrera o si la bolsa ya estaba abierta antes.

No era eso lo que le resultaba más extraño.

Era la dirección.

—Los puntos que Tomás estaba revisando quedan hacia allí —dijo, señalando la parte alta.

Ramiro miró el plano del replanteo.

—Sí.

—La pista que ofrece la salida más directa queda al otro lado.

—Sí.

—Y la ladera donde termina no continúa ninguna de las dos trayectorias.

Javier se volvió hacia ella.

—Eso ya cambia un poco la lectura.

Elena no respondió. Caminó hasta el borde.

Los primeros metros descendían con brusquedad y después la pendiente se suavizaba antes de alcanzar la vaguada donde habían encontrado el cuerpo.

Intentó reconstruir una huida directa desde la mochila hasta aquel punto.

No terminaba de encajar. Si añadía humo, desorientación y un cambio repentino de rumbo, la secuencia se volvía posible, aunque para sostenerla tenía que introducir más decisiones difíciles de explicar.

—¿Quedaron huellas de paso?

Ramiro negó.

—Nada fiable. Entre extinción y rescate aquello quedó muy alterado.

—¿Alguien documentó alguna huella concreta antes?

—Que yo sepa, no.

Elena no esperaba otra respuesta.

Javier observó la ladera.

—Esto no te da una causa de muerte.

—No.

—Ni demuestra que Tomás no cayera.

—Tampoco.

—Pero la secuencia previa no encaja bien.

—Eso sí puedo decirlo.

Regresaron hacia el trípode. Elena ordenó las fotografías sobre la carpeta: primero el equipo topográfico, después la mochila y, por último, la zona inferior donde habían trabajado los servicios de emergencia.

La dispersión de objetos podía explicarse mediante una huida desordenada.

Sin embargo, para hacerlo tenían que aceptar una cadena completa: abandonar el puesto de trabajo, dejar la mochila en una dirección determinada, no continuar por la pista disponible y terminar en una pendiente que no conducía a ninguna salida lógica.

Ninguna de esas decisiones era imposible por separado. Juntas hacían que la reconstrucción aceptada dejara de ser sencilla.

—Quiero hablar con Nicolás.

Ramiro consultó el teléfono.

—Está cerca. Puedo llamarlo.

Nicolás llegó unos veinte minutos después. Dejó el vehículo en la pista y subió a pie.

—¿Qué pasa?

Elena le explicó que estaban reconstruyendo la posición de Tomás durante el primer incendio.

—¿Dónde estabas tú cuando comenzó el fuego?

Nicolás señaló hacia otra ladera.

—Más al norte.

—¿Con Tomás?

—No. Estábamos separados.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes del mediodía.

—¿Volvisteis a veros?

—No.

—¿Hablasteis por teléfono?

—Intenté llamarlo cuando vi el humo. La cobertura iba y venía.

—¿Llegaste a hablar con él?

Nicolás dudó.

—No recuerdo una conversación completa. Puede que hubiera mensajes. Tendría que mirarlo.

Elena dejó esa cuestión para después.

—¿Sabías qué punto estaba midiendo?

—Más o menos. Nos repartíamos los sectores.

—Si necesitaba salir, ¿esperabas que utilizara esta pista?

Nicolás miró alrededor.

—Si podía, sí.

—¿Por qué?

—Porque es la salida lógica.

La respuesta era demasiado normal para extraer de ella nada más.

Elena señaló el borde de la pendiente.

—La reconstrucción aceptada sitúa la caída por ahí.

Nicolás observó el desnivel.

—Con el fuego... no sé. Podría haber buscado otra salida.

—Podría.

—¿Qué estás intentando averiguar?

—Si la posición del equipo y la ruta previa a la caída forman una secuencia coherente.

Nicolás guardó silencio unos segundos.

—¿Hay algo raro?

Elena eligió las palabras con cuidado.

—Hay una incompatibilidad espacial que quiero que revise quien tiene competencia para valorar lo demás.

—¿Con la caída?

—Con lo que ocurre antes de la caída.

Nicolás frunció el ceño.

—Pero la autopsia ya dijo que murió por la caída.

Elena no corrigió una información médica que todavía no había revisado por su cuenta.

—Yo no voy a interpretar lesiones.

Nicolás apartó la mirada hacia la ladera.

—Tomás estaba solo.

Era la primera vez que lo formulaba de manera tan directa.

Elena lo miró.

—Tú estabas en otra zona.

—Sí.

—Eso es lo que necesito dejar claro.

—Porque es lo que pasó.

Elena no tenía base para afirmar lo contrario.

Cuando Nicolás se marchó, Javier observó unos segundos el camino por el que había bajado.

—¿Qué vas a poner?

Elena abrió el cuaderno.

—Que la posición del trípode es compatible con trabajo activo; que la mochila aparece separada en dirección a la pista; y que la ruta de evacuación aceptada no coincide de manera sencilla ni con la salida más directa ni con la distribución del equipo.

La posición final del cuerpo exige una desviación que no puedo explicar con los datos disponibles.

Javier asintió.

—Eso sí se puede defender.

—Y nada más.

Eva atendió la llamada al segundo tono.

Elena le explicó la reconstrucción sin mencionar agresiones, homicidios ni lesiones. Se limitó a exponer dónde había aparecido cada elemento y por qué la secuencia espacial necesitaba una revisión.

—¿Qué necesitas? —preguntó Eva.

—Que la observación llegue a la autoridad que llevó las diligencias de la muerte y que, si lo consideran pertinente, revisen la documentación forense original teniendo en cuenta esta incompatibilidad.

—¿Quieres que lo solicite la aseguradora?

—Quiero que siga el cauce adecuado. Yo puedo remitir una nota técnica sobre la posición del equipo y la ruta. La interpretación médica no me corresponde.

Eva guardó silencio un instante.

—Lo muevo ahora.

—Y sin presentarlo como una acusación.

—Entendido.

Elena colgó.

La luz empezaba a desaparecer detrás de la ladera. Javier recogió los planos y Ramiro comprobó que no hubieran dejado nada en el suelo.

Antes de iniciar el descenso, Elena observó una última vez los tres lugares: el punto donde estaba el trípode, el lugar de la mochila y, más abajo, la vaguada donde habían encontrado el cuerpo.

Ninguno de ellos demostraba nada por sí solo. La dificultad estaba en la secuencia que formaban juntos.

La muerte de Tomás seguía registrada como accidental, y Elena todavía no tenía datos para afirmar otra cosa. Pero ya tampoco podía aceptar aquella explicación como una certeza que no necesitara revisión.

La solicitud quedó cursada antes de que abandonaran el monte.