El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Irene Llaneza había preparado tres carpetas antes de que Elena llegara.

Las dejó sobre una mesa auxiliar del archivo municipal, junto a un ordenador y un escáner de sobremesa que parecía llevar años funcionando más horas de las recomendables.

La sala era pequeña, sin ventanas, con estanterías metálicas a ambos lados y cajas numeradas hasta el techo.

Olía a papel, polvo y plástico caliente.

—He sacado todo lo que figura asociado a la operación —dijo Irene—. Lo que tenemos en el expediente y lo que quedó en la carpeta de trabajo.

Tendría poco más de treinta años. Llevaba el pelo recogido y unas gafas de montura fina que se quitaba cada vez que buscaba un documento y volvía a ponerse para leerlo.

Desde que Elena se había presentado, hablaba con una corrección excesiva, como si cualquier frase pudiera terminar incorporada a un acta.

Elena colocó sobre la mesa una copia del replanteo que Nicolás le había entregado.

—No necesito revisar toda la compraventa. De momento quiero saber qué planos recibisteis, en qué orden y en qué fechas.

Irene asintió.

—Eso es lo que he intentado reconstruir.

La elección de la palabra llamó la atención de Elena.

—¿Intentado?

—Hay varias versiones.

—¿Cuántas?

Irene abrió la primera carpeta.

—Una entrega inicial, una subsanación y una versión corregida posterior.

—¿Las tres están archivadas?

La pausa fue mínima.

—No exactamente de la misma manera.

Elena no pidió todavía que explicara qué significaba.

Sobre la mesa fueron apareciendo planos parcelarios, fichas de superficies, listados de coordenadas y dos documentos de remisión. La primera versión llevaba sello de entrada. La segunda también. La tercera mostraba una fecha en la cabecera, pero no había seguido el mismo recorrido administrativo.

Elena la señaló.

—¿Esta es la última que utilizasteis?

—Sí.

—¿La que quedó como válida?

—Como versión corregida, sí.

—¿Quién la envió?

Irene consultó el encabezado.

—La empresa de Tomás Valdés y Nicolás Ferrera.

—Eso consta aquí. ¿Sabes quién la remitió dentro de la empresa?

—El correo salió de la cuenta general.

Era una respuesta correcta y al mismo tiempo incapaz de identificar a una persona concreta.

—¿Qué se modificaba?

—Superficies, algunos vértices y una representación gráfica que no coincidía con una referencia catastral.

—¿Cambios importantes?

Irene se encogió ligeramente de hombros.

—Sobre el papel, no. Eran correcciones técnicas.

—¿Qué quieres decir con «sobre el papel»?

Irene volvió a ponerse las gafas.

—Que las variaciones eran pequeñas.

Elena extendió su copia del replanteo al lado de la primera versión municipal.

Las diferencias apenas se distinguían a simple vista.

Había que comparar códigos, vértices y tramos concretos.

Era una escala que empezaba a resultarle familiar: cada elemento aislado parecía menor, como los restos naranjas encontrados en el monte; el problema aparecía cuando varios elementos empezaban a coincidir.

—¿Tomás pidió copias de estas versiones?

Irene cerró una de las carpetas antes de responder.

—Pidió documentación.

—¿Cuál?

—La que constaba en el expediente.

—¿Se la disteis?

—No de inmediato.

—¿Por qué?

Irene miró hacia el ordenador.

—Había que comprobar qué se podía remitir y qué formaba parte de la documentación de trabajo.

Elena esperó.

—Además —añadió Irene—, preguntaba específicamente por versiones anteriores.

—¿Eso era extraño?

—No. Pero normalmente quien presenta una subsanación sabe qué ha presentado.

—A menos que no la haya presentado él.

Irene levantó la vista.

—Yo no he dicho eso.

—Yo tampoco.

El silencio bastó para que ambas dejaran la posibilidad donde correspondía: abierta.

—¿Cuándo llegó la última versión?

Irene buscó la fecha en una hoja de cálculo impresa.

—Después del plazo inicial de subsanación.

—¿Cuánto después?

—Dos días.

—¿Y se incorporó igualmente?

—Como corrección de un error técnico.

—¿Era habitual?

Irene eligió bien las palabras antes de contestar.

—Puede admitirse una corrección material si no modifica el fondo del expediente.

—¿Y esta no lo modificaba?

—En ese momento no parecía que lo hiciera.

Elena dejó constancia de la respuesta.

Lo ocurrido con Bruno le había recordado algo que ya conocía: una persona podía ocultar una irregularidad real sin que esa irregularidad fuera el delito principal que ella buscaba.

Bruno había falseado un horario para protegerse de las consecuencias de una negligencia.

Irene podía estar evitando otra clase de problema sin que eso tuviera ninguna relación con el segundo incendio.

—¿Quién decidió incorporar esta corrección?

—Yo la tramité.

—¿Necesitabas autorización?

—No requería una resolución específica si se consideraba una corrección de ese tipo.

—No te pregunto eso. ¿Alguien te indicó que la incorporaras?

—No.

La respuesta llegó sin vacilación.

Irene abrió entonces en el ordenador una carpeta con distintas versiones del plano. Los nombres eran casi idénticos, combinaciones de referencia y fecha acompañadas por sufijos como rev , corr o final .

—Aquí está el problema.

Elena se acercó.

—Explícamelo.

—La trazabilidad no es buena.

—Sin jerga.

Irene respiró antes de continuar.

—La carpeta de trabajo debería permitir saber con claridad qué versión entró primero, cuál después y cuál utilizó cada persona.

Aquí hay un archivo que figura como reemplazado y otro cuya fecha de modificación es posterior a la recepción original.

Con lo que tengo en pantalla no puedo reconstruir qué vio cada persona en cada momento.

—¿Faltan archivos?

—No exactamente. Falta una secuencia limpia.

La precisión pareció aliviarla.

—¿Tenéis copia de seguridad?

—Del servidor, sí. Pero los archivos temporales no siempre quedan versionados de la misma manera.

—¿Y la versión inmediatamente anterior a la última corrección?

Irene abrió otra carpeta física.

—Tengo esta impresión.

—¿Solo en papel?

—Aquí y ahora, sí.

Elena colocó las dos versiones una junto a otra.

—Quiero compararlas.

Empezó por los códigos de los tres sectores afectados por el segundo fuego. No revisó todas las superficies ni intentó abarcar el plano entero. Ya tenía tres lugares concretos que comprobar.

En el primero encontró una variación pequeña en uno de los vértices. El desplazamiento era suficiente para modificar la línea representada, aunque probablemente pasaría inadvertido en una impresión general.

—¿Este punto estaba así en la primera versión?

Irene se inclinó sobre las hojas.

—Sí.

—¿Y cambia en la última?

—Sí.

Elena anotó el código y pasó al segundo sector.

También allí había una diferencia. La magnitud no era la misma, pero el tipo de cambio sí: un punto aparecía desplazado y, con él, el tramo de lindero que dependía de esa coordenada.

El tercero costó algo más.

Irene se levantó con intención de buscar una lupa.

—No hace falta —dijo Elena con una sonrisa leve—. Todavía veo.

—Yo ya no me fío de nada a esta escala.

—Eso me parece bastante sensato.

La tercera discrepancia apareció al comparar la tabla de coordenadas con la representación gráfica.

Elena señaló el código.

—Este.

Irene revisó ambas hojas.

—Sí.

—¿También cambió entre versiones?

—Sí.

Elena apoyó el bolígrafo sobre la mesa.

Eran los mismos tres sectores donde habían aparecido restos naranjas después del segundo incendio.

La coincidencia no demostraba que las correcciones fueran falsas ni que alguien hubiera quemado aquellos puntos para ocultarlas. Pero el patrón del terreno y el documental acababan de encontrarse por primera vez de una forma concreta.

—¿Puedes situarme estos tres puntos en el plano completo?

Irene abrió el archivo digital.

Elena fotografió para trabajo cada vista y copió las referencias.

—Los tres corresponden a zonas que estamos revisando en el monte.

Irene levantó la cabeza.

—¿Por el incendio?

—Sí.

La técnica quedó inmóvil unos segundos.

—Eso no lo sabía.

—No tenías por qué saberlo.

—¿Qué clase de coincidencia es?

Elena evitó darle más peso del que podían sostener los datos.

—En tres lugares donde hemos encontrado material de señalización aparecen también cambios entre las versiones del replanteo.

Irene miró de nuevo la pantalla.

—Puede ser casualidad.

—Puede.

—O una corrección perfectamente normal.

—También.

La falta de una acusación pareció desconcertarla más que si Elena hubiese señalado una culpabilidad.

—Lo que necesito saber —continuó Elena— es si esas tres modificaciones tienen una justificación técnica documentada.

Irene empezó a revisar las hojas.

—Hay una nota general de subsanación.

—¿Explica cada punto?

—No.

—¿Hay un informe de campo?

—Aquí no.

—¿Una memoria que justifique cada cambio?

—No para cada uno.

De momento, por tanto, no podían clasificar aquellas diferencias como errores corregidos, ajustes legítimos o algo distinto.

Irene volvió a quitarse las gafas.

—Tomás preguntó precisamente por eso.

Elena dejó el bolígrafo.

—¿Por qué exactamente?

—Por las versiones. Quería saber cuándo había entrado la última y por qué algunos puntos no coincidían con una entrega anterior.

—¿Mencionó estos tres?

—No me dio códigos. O no los recuerdo.

—¿Cuándo ocurrió?

—Antes del incendio.

—¿Cuánto antes?

—Pocos días.

Aquello sí añadía información nueva.

—¿Qué le respondiste?

—Que necesitaba revisar el expediente.

—¿Llegaste a hacerlo?

Irene apartó una hoja.

—Sí.

—¿Y qué encontraste?

La respuesta tardó.

—Que la última versión había entrado fuera del plazo ordinario.

—Eso ya me lo has contado.

—Y que la carpeta no conservaba correctamente la anterior.

Elena mantuvo la mirada sobre ella.

Irene la sostuvo durante unos segundos y después la bajó.

—No quería contestarle hasta tener claro qué había pasado.

—¿Por qué?

—Porque si la trazabilidad estaba mal, teníamos un problema administrativo.

—¿Tú también?

—El expediente. Y yo, si había gestionado mal una sustitución.

Era la primera vez que utilizaba esa palabra.

Elena no necesitó presionarla.

—¿Sustituiste tú un archivo?

Irene se puso rígida.

—He dicho que podía haber gestionado mal una sustitución.

—No es exactamente lo mismo.

—No.

—Entonces cuéntame qué hiciste.

Irene miró las carpetas.

—Recibí una versión corregida y la incorporé a la carpeta de trabajo. Pensé que era una subsanación menor. A partir de ahí, la anterior dejó de utilizarse como versión de referencia.

—¿La borraste?

—No recuerdo haber borrado nada.

—¿La reemplazaste en la carpeta de trabajo?

—Sí.

—¿Dejaste constancia de ese cambio?

Irene negó.

—No como debería.

Ahí estaba su problema real. Había gestionado mal una sustitución documental y retrasado la respuesta a Tomás porque temía descubrir que el expediente no conservaba una trazabilidad adecuada. Era una irregularidad concreta y comprensible. Por sí sola, no explicaba ninguno de los incendios.

—¿Sabías que habían cambiado estas coordenadas?

Irene miró las hojas.

—Sabía que había correcciones. No comprobé punto por punto todas las coordenadas.

—¿Sabías que afectaban precisamente a estos tres sectores?

—No.

—¿Conocías las estacas que había sobre el terreno?

—No.

Esta vez la respuesta fue inmediata.

Elena cerró el cuaderno.

—Necesitaré copia de las distintas versiones y del registro de entrada.

—Puedo prepararlo.

—También de los correos asociados a la última corrección.

Irene asintió, aunque añadió:

—Para algunos mensajes internos tendré que pedir autorización.

—Hazlo por el procedimiento que corresponda.

El límite era importante. Elena trabajaba como perita, no como policía. Podía solicitar la documentación relacionada con su encargo y pedir que se preservara, pero no exigir accesos que no le correspondían ni apropiarse de registros internos por su cuenta.

Mientras Irene reunía las hojas, preguntó:

—¿Crees que alguien quemó el monte por tres cambios de coordenadas?

Elena contempló las marcas que había hecho sobre la copia.

—Todavía no sé qué significan esas diferencias.

—Parecen muy pequeñas.

—Lo son.

—Entonces...

—Que sean pequeñas sobre el plano no significa que su efecto también lo sea. Eso es lo que tenemos que averiguar.

Irene no insistió.

Elena volvió a comparar ambas versiones.

Seguían abiertas explicaciones perfectamente legítimas: un ajuste de base, una medición posterior más precisa o una subsanación normal que se había documentado mal.

Incluso la correspondencia con las zonas quemadas podía cambiar cuando obtuvieran coordenadas y mediciones más exactas.

Sin embargo, la pregunta sobre el segundo incendio acababa de estrecharse.

Ya no se trataba solo de saber si alguien había intentado destruir material topográfico.

Había tres lugares afectados por el fuego que correspondían a tres puntos modificados entre versiones, y Tomás había preguntado por esas discrepancias pocos días antes de morir.

Antes de atribuirles ninguna intención, Elena necesitaba averiguar qué cambiaban realmente sobre el terreno y quién había producido la última versión.

Eso sería suficiente para continuar.