Capítulo 10
Bruno no negó la hora.
La observó en las copias que Elena había extendido sobre la mesa plegable de la oficina temporal y apoyó las manos a ambos lados de los documentos.
—Óscar se está cubriendo.
La oficina ocupaba una caseta prefabricada junto a la zona de maquinaria.
Había dos sillas, un archivador metálico, una mesa demasiado pequeña para toda la documentación y un calefactor eléctrico que nadie había encendido todavía.
A través de la ventana se veía parte de la pista y, más allá, la ladera oscura que había dejado el primer incendio.
Eva estaba sentada frente a Bruno. Javier permanecía junto a la pared con una carpeta bajo el brazo.
Elena había preferido que los tres estuvieran presentes.
A esas alturas, la reconstrucción del primer fuego ya no dependía del recuerdo de una sola persona y no quería que la conversación se pareciera a un interrogatorio improvisado.
—Óscar puede estar intentando protegerse —dijo—. Por eso no he venido solo con lo que recuerda.
Deslizó hacia Bruno el registro de actividad de la máquina.
—A las doce cincuenta y ocho seguía trabajando en el sector bajo.
Colocó al lado la entrada de la cuba.
—A la una y treinta y siete entra por esta pista.
Por último, añadió el registro del aviso.
—Y a las dos y veintiséis se comunica el primer humo.
Bruno leyó los tres documentos sin tocarlos.
—Ya te dije que esos registros tienen errores.
—Alguno puede tenerlos. Cuando varios registros independientes coinciden, la explicación se complica.
—El parte de la cuba no dice para qué venía.
—Óscar sí.
Bruno alzó la vista.
—Óscar dice ahora lo que le conviene.
Eva intervino.
—La hora de vuestro parte interno no encaja con ninguno de los registros objetivos que tenemos.
Bruno se echó hacia atrás.
—¿Y qué queréis que haga? ¿Que os diga que puse mal la hora?
—Quiero que me digas por qué aparece esa hora —respondió Elena.
Afuera arrancó una máquina. El sonido grave atravesó la pared de la caseta y fue perdiéndose a medida que descendía por la pista. Elena esperó hasta que el ruido dejó de interferir.
—Ayer dijiste que la reparación había terminado hacia la una y diez. Óscar sitúa el comienzo después de la una, la cuba entra a la una y treinta y siete y él asegura que tú ya estabas allí cuando llegó. No te estoy preguntando por una diferencia de siete minutos. Estoy hablando de casi una hora.
Bruno se frotó la frente.
—No sé si fue a la una y siete, a la una y veinte o a la una y media.
—Eso no cambia el problema.
Volvió a mirar los papeles.
—El parte se hizo después.
—Eso ya lo sabemos.
—No sabes cómo se hacen estas cosas cuando todo se tuerce. Tienes una incidencia, llamas, sigues trabajando y luego aparece un incendio. Al día siguiente están el seguro, los propietarios y media comarca preguntando a qué hora hiciste cada movimiento.
—Y en vuestro parte apareció las doce cuarenta.
Bruno apretó los labios.
—Había una anotación de turno.
—Que no correspondía a la reparación con radial y soldadura.
—No lo sabíamos con certeza.
—Óscar sí sabía cuándo habían subido la máquina.
—Óscar también sabía que el fuego había empezado en esta zona y que iban a señalarlo a él.
Elena no respondió. El silencio hizo que Bruno volviera al documento.
—La máquina había dado problemas antes. Hubo una parada y después se movió. La reparación seria fue más tarde.
—¿Y qué hicisteis en el parte?
Bruno tardó en responder.
—Pusimos la primera incidencia.
—Como si hubiese sido la reparación.
No contestó.
Eva abrió su carpeta.
—Eso la alejaba de la franja temporal inmediatamente anterior al incendio.
—No alejé nada. Puse una hora que constaba.
—Una hora que no describía lo que había ocurrido —dijo Elena.
Bruno se levantó y caminó hasta la ventana. Permaneció unos segundos de espaldas a ellos.
—¿Sabéis lo que significa que una aseguradora te impute un incendio forestal?
Eva contestó con calma.
—Depende de la póliza, de la responsabilidad que se determine y de los daños.
—Exacto. Y mientras se determina, te paralizan trabajos, te retienen pagos y empiezan a llamar clientes que ya han decidido que eres un irresponsable. Una empresa pequeña puede no aguantar meses así.
—Eso explica que tuvieras miedo —dijo Elena—. Falta explicar por qué cambiaste la información.
Bruno se volvió hacia ella.
—Lo explica perfectamente.
No había orgullo en su voz. Sonaba cansado.
—Cuando vimos por dónde había entrado el fuego, supimos lo que iba a parecer: una máquina, una reparación, ramas secas al lado. Todo colocado para que la culpa fuera nuestra antes de que nadie mirara nada más.
Javier se separó de la pared.
—La responsabilidad y la causa son dos cosas distintas.
—Ya.
—Yo he revisado el terreno. El origen es compatible con esa reparación porque la propagación, la pendiente, el combustible y el viento encajan. No porque resulte cómodo para el informe.
Bruno bajó la mirada.
—No vimos fuego.
—Eso tampoco contradice el mecanismo.
Elena retomó la conversación.
—¿Ordenaste cambiar la hora?
Bruno tardó unos segundos.
—Dije que se utilizara la hora de la incidencia que teníamos anotada.
—¿Sabiendo que la radial y la soldadura se utilizaron después?
—Sabía que la reparación empezó más tarde.
—Entonces conocías la diferencia.
Bruno dejó escapar el aire.
—Sí.
Eva tomó una nota.
—¿Por qué querías que constara antes?
Bruno la miró con irritación.
—¿Tú qué crees?
—Necesito que lo digas tú.
La respuesta salió después de una pausa.
—Para reducir el golpe. Para que no pareciera que habíamos estado soltando chispas media hora antes de que empezara a arder el monte.
La admisión aclaraba la mentira, pero Elena no sintió ningún alivio. Que Bruno reconociera por qué había alterado el parte no convertía automáticamente una causa probable en un hecho demostrado.
—¿La cuadrilla originó el incendio? —preguntó.
Bruno abrió las manos.
—No puedo saberlo al cien por cien.
—Yo tampoco.
—Entonces no me pidas que diga que vi una chispa prender una rama.
—No te lo estoy pidiendo. Te pregunto si aceptas que la reparación pudo causarlo.
Bruno miró a Javier antes de responder.
—Sí.
—¿Y que desplazaste la hora porque temías que os atribuyeran la responsabilidad?
—Sí.
Eva cerró la carpeta.
—Eso tendrá consecuencias en el expediente.
Bruno soltó una risa breve.
—Ya las está teniendo.
—No me refiero solo a determinar la causa. Un parte alterado afecta a la valoración de responsabilidad y a la gestión del siniestro.
—Lo sé.
—Tendrás que explicarlo formalmente.
—También lo sé.
Elena observó a Bruno. Meses antes había discutido con Tomás por una medición de superficie y ahora admitía haber manipulado un parte que podía tener consecuencias económicas importantes.
La acumulación era tentadora: un conflicto previo, una mentira y un incendio.
Precisamente por eso convenía no convertirla en una explicación total.
—Quiero aclarar una cosa sobre Tomás.
Bruno levantó la cabeza.
—¿Qué pasa con él?
—Discutiste con él por una superficie facturada.
—Ya te lo conté.
—Y el día del incendio estaba trabajando en la zona alta. ¿Lo viste?
—No.
—¿Hablaste con él?
—No.
—¿Sabías dónde estaba exactamente?
Bruno negó.
—Sabía que los topógrafos andaban por el monte. Nada más.
Elena no tenía ningún dato que contradijera aquella respuesta, aunque tampoco podía verificarla todavía.
—Que el primer incendio pueda explicarse como accidental no responde a todo lo ocurrido después.
Bruno frunció el ceño.
—¿Después?
—Estoy separando hechos, no acusándote. Este fuego puede explicarse por la reparación. El segundo, de momento, no.
—Yo no tengo nada que ver con el segundo.
—Eso habrá que comprobarlo.
—¿Y qué tiene que ver Tomás en todo esto?
Elena no recogió la insinuación.
—Nada que pueda sostener ahora.
Era la única respuesta posible. Tomás seguía siendo, para ella, un hombre que había muerto durante el primer incendio después de una caída. Que Bruno hubiera ocultado una negligencia no transformaba aquella muerte en otra cosa.
Javier abrió su carpeta.
—Para el primer incendio sí puedo avanzar una conclusión técnica provisional.
Bruno lo miró.
—Dime.
—El origen más probable está en el margen de la pista donde se hizo la reparación. El mecanismo es compatible con proyección de partículas calientes o chispas sobre combustible vegetal fino y seco. La pendiente, el viento y el desarrollo posterior del fuego encajan con ese punto.
—¿Más probable?
—Sí.
—No seguro.
—No.
Bruno asintió despacio.
Elena entendía por qué se aferraba a la precisión.
En una peritación, compatible , probable y demostrado no eran palabras intercambiables.
Cada una tenía un peso diferente y podía acabar influyendo en responsabilidades económicas o legales.
Sin embargo, esa cautela tampoco debilitaba artificialmente lo que ya sostenían los datos.
Eva ordenó de nuevo los documentos.
—Con el reconocimiento de que se modificó la hora, la aseguradora tendrá que revisar también esa parte del expediente.
—Ya me lo has dicho.
—Y podrás explicar formalmente por qué lo hiciste.
Bruno volvió a sentarse. Parecía más cansado que al comienzo de la conversación.
—Tomás habría disfrutado con esto.
Elena lo miró.
—¿Con qué?
—Con verme admitir que un parte estaba mal. Era incapaz de dejar pasar una cosa si creía que no cuadraba.
No sonrió.
La descripción coincidía con la de Nicolás y Celia. Tomás comprobaba, repetía mediciones, conservaba papeles y discutía incluso diferencias pequeñas cuando pensaba que algo estaba mal hecho. Era una forma de trabajar capaz de generar fricciones con mucha gente.
—¿Te guardaba rencor?
—No lo sé. Yo a él no.
—Habíais discutido.
—He discutido con media comarca.
Elena decidió no prolongarlo. En ese momento no iba a obtener nada útil insistiendo sobre una hostilidad que podía explicarse perfectamente por trabajo.
Salieron unos minutos después. Eva se quedó dentro para hablar con Bruno sobre el procedimiento de la aseguradora, mientras Javier y Elena caminaban hasta el borde de la explanada.
La ladera se extendía frente a ellos, negra en unas zonas y rojiza en otras. Algunos troncos habían perdido parte de la corteza y en los claros el suelo volvía a oscurecerse por la humedad.
—¿Te basta? —preguntó Javier.
—Para separar los incendios, sí.
—A mí también.
Elena miró hacia la parte alta, donde estaban la caseta y los tres sectores replanteados.
El primer fuego ya no necesitaba ninguna intención.
Una reparación improvisada, combustible seco junto a la pista y una vigilancia insuficiente bastaban para construir una explicación física coherente.
La mentira había llegado después, cuando Bruno comprendió el coste que podía tener reconocer la proximidad temporal entre la reparación y el inicio del incendio.
Eso explicaba su comportamiento y la alteración del parte, sin necesidad de utilizar el segundo episodio para completar la historia.
—Hasta ahora seguía abierta una posibilidad cómoda —dijo Elena.
Javier esperó.
—Que ambos incendios compartieran una misma causa: calor residual, una cadena de negligencias o algo que hubiera quedado mal extinguido.
—Y ahora ya no te convence.
—No. El primero se sostiene sin recurrir al segundo.
Javier miró hacia arriba.
—Y el segundo sigue necesitando una razón distinta.
—Sí.
Elena evitó añadir una persona. Seguía sin saber si detrás de las tres manchas y la caseta había una decisión intencionada o algún mecanismo que todavía no habían identificado.
Pero cuanto más completa resultaba la explicación del primer incendio, menos sentido tenía tratar el segundo como una consecuencia tardía del mismo proceso.
Eva salió de la oficina y se acercó.
—Bruno va a firmar una declaración para el expediente. No está contento, pero no va a mantener la hora del parte.
—Bien.
—¿Damos por cerrada esta línea?
—La causa probable del primer incendio, sí. Bruno, no todavía.
Eva la miró.
—¿Por Tomás?
—Porque haber mentido para ocultar una negligencia explica esa mentira. No demuestra nada sobre lo demás ni permite descartarlo sin comprobar.
Javier guardó las manos en los bolsillos.
—Entonces volvemos arriba.
Elena miró una última vez el margen de la pista donde probablemente había empezado el incendio.
Durante tres días, el fuego más grande había ocupado buena parte de la investigación porque había ocurrido primero, había causado la mayor parte del daño y era también el escenario en el que Tomás había muerto.
Ahora podían explicar su origen sin necesidad de convertirlo en el inicio deliberado de algo mayor.
Eso dejaba al segundo incendio solo frente a su propia anomalía: una caseta y tres puntos concretos habían vuelto a arder dentro de un monte que ya estaba quemado.
Era allí donde seguía faltando una explicación.