Capítulo 9
Óscar Meana dejó el casco sobre el capó y miró hacia la ladera antes de hablar.
—No fue a las doce y cuarenta.
Estaban en la zona baja del monte, junto a un ensanche de la pista donde aquella mañana la cuadrilla retiraba restos quemados. A pocos metros, una máquina permanecía detenida mientras dos operarios revisaban una cadena. El ruido metálico llegaba a intervalos y obligaba a interrumpir algunas frases.
Javier se había quedado algo más arriba, comprobando de nuevo la línea inicial de propagación. Eva esperaba junto al vehículo con las copias de los registros que habían revisado el día anterior.
Elena no abrió todavía el cuaderno.
—¿A qué hora fue?
Óscar se pasó una mano por la nuca.
—No puedo darte el minuto exacto.
—No lo necesito.
—Después de comer, no. Pero bastante más tarde de lo que pone ahí.
Elena señaló el parte que sostenía Eva.
—¿Hablamos de una hora de diferencia?
—Más o menos.
—¿La reparación empezó hacia la una y media?
Óscar bajó la vista.
—Sí. Por ahí.
Eva permaneció callada. Elena también dejó pasar unos segundos; prefería que Óscar reconstruyera la secuencia por sí mismo antes de empezar a rellenar huecos con preguntas.
—Cuéntamelo desde antes de la avería.
Óscar apoyó las manos en el borde del capó.
La máquina había trabajado durante la mañana en un tramo bajo.
Cerca del mediodía detectaron un problema en una protección metálica y decidieron desplazarla hasta una zona de la pista donde pudieran trabajar con más espacio.
La intención era asegurar la pieza, terminar el turno y llevar la máquina al taller al día siguiente.
—¿Quién decidió repararla allí?
—Yo llamé a Bruno.
—¿Qué te dijo?
—Que la sacara del tramo y que intentáramos dejarla operativa.
—¿Vino?
—Más tarde.
Elena miró a Eva.
—¿Eso aparece en algún parte?
Eva negó.
—No.
Óscar pareció arrepentirse de haber añadido el dato.
—No estuvo mucho tiempo.
—¿Recuerdas cuándo llegó?
—Una y pico.
—¿Antes o después de que empezarais la reparación?
—Después.
Elena abrió entonces el cuaderno. No necesitaba decidir todavía si Bruno había supervisado el trabajo de forma directa o simplemente había pasado por allí; para reconstruir la cronología bastaba con saber que estuvo presente cuando la reparación ya había comenzado.
—¿Qué utilizasteis?
—Radial y soldadura. También una batería para herramienta.
—¿Dónde trabajasteis exactamente?
Óscar señaló el margen.
—La máquina estaba aquí. Nosotros, de este lado.
Elena caminó unos metros hasta el punto aproximado. El borde de la pista descendía hacia una franja de matorral que el primer incendio había consumido casi por completo.
—¿Había restos secos?
—Sí. Ramaje fino. Habíamos desbrozado unos días antes.
—¿Se había retirado?
—No todo.
La respuesta llegó más baja.
La distancia entre la zona de trabajo y el inicio de la pendiente era pequeña. No hacía falta imaginar una partícula caliente recorriendo varios metros: una chispa o un fragmento incandescente podía alcanzar directamente material fino acumulado junto al margen.
Javier descendió hasta ellos.
—¿Puedes señalarme dónde estaba la máquina?
Óscar se desplazó unos pasos.
—Por aquí. Más o menos.
Javier comparó el lugar con varias fotografías en el teléfono.
—Está muy cerca del arranque que vimos ayer.
Óscar lo miró.
—Ya.
—¿Visteis chispas?
—Con la radial, claro.
—¿Y con la soldadura?
—También.
—¿Usasteis alguna pantalla o manta de protección?
Óscar tardó un instante.
—No.
Javier no comentó la respuesta.
Elena sí la anotó.
—¿Teníais agua o extintor?
—La máquina llevaba extintor.
—¿Alguien comprobó el margen cuando terminasteis?
—No de manera específica. No vimos humo.
—¿Cuánto tiempo os quedasteis allí?
—Lo justo para recoger y continuar.
—¿La máquina volvió a trabajar?
—Sí.
Eva sacó el registro de actividad.
—Aquí figura uso a las doce cincuenta y ocho en el sector bajo.
Óscar leyó la línea.
—Eso tuvo que ser antes de la reparación.
—¿Por qué estás seguro?
—Porque a esa hora todavía no habíamos subido.
Elena comparó el registro con el parte de la empresa. Si la máquina seguía trabajando en el sector bajo a las doce cincuenta y ocho, la reparación no podía haber comenzado a las doce y cuarenta como figuraba en el documento.
—¿Quién rellenó el parte?
Óscar se quedó inmóvil.
—Yo di los datos.
—No te he preguntado quién dio los datos.
Óscar miró hacia la máquina detenida.
—Administración lo pasó a limpio.
—¿Con qué hora?
—La que les dijeron.
—¿Quién se la dio?
—Bruno.
Eva bajó la vista hacia el documento.
Elena continuó:
—¿Tú le dijiste que la reparación había sido a las doce cuarenta?
—No.
—¿Qué hora le diste?
—Después de la una.
—¿Cuándo hablasteis de eso?
—Al día siguiente.
—¿Después del incendio?
—Sí.
Elena cerró el cuaderno un instante.
A pocos metros volvieron a probar la cadena de la máquina. El motor arrancó durante unos segundos y se apagó enseguida.
—¿Bruno te pidió que cambiaras la hora?
Óscar negó con rapidez.
—No así.
—¿Cómo fue?
—Dijo que no tenía sentido poner una hora que no podíamos demostrar y que el parte del turno marcaba otra cosa.
—¿A ti te pareció correcto?
Óscar se encogió de hombros.
—En ese momento...
Dejó la frase sin terminar.
Elena esperó.
—Ya sabíamos que el fuego había empezado por esta zona —continuó—. Y si la reparación aparecía justo antes, todo iba a caer sobre nosotros.
Aquello explicaba bastante mejor la incomodidad de Óscar que cualquier interpretación de sus gestos. No necesitaba estar ocultando algo más grave; bastaba con que supiera que una negligencia podía tener consecuencias económicas, contractuales e incluso laborales.
—¿Bruno decía que la reparación no había causado el incendio?
—Sí.
—¿Y tú qué pensabas?
Óscar miró hacia la ladera.
—Que podía haber sido.
—¿Ya lo pensabas aquel día?
—Después. Cuando vimos por dónde había empezado.
Elena dejó constancia de la respuesta.
Javier se acercó al margen y señaló la línea seguida por el fuego ladera arriba.
—Con la pendiente y la dirección del viento de ese día, un inicio aquí encaja.
—Ya —dijo Óscar.
—Eso no significa que podamos identificar una chispa concreta ni saber qué partícula inició la combustión. Pero tampoco hace falta buscar otro punto de origen para explicar el patrón.
Óscar no respondió.
Elena volvió a la cronología.
—¿A qué hora terminasteis la reparación?
—Poco antes de las dos.
—¿Y cuándo entró el primer aviso de humo?
Eva consultó el registro.
—A las dos y veintiséis.
Elena miró a Javier.
—¿Es compatible?
Javier estudió la ladera.
—Sí. El tiempo necesario para que una ignición pequeña se consolidara y el humo resultara visible depende del combustible y del punto exacto, pero media hora entra perfectamente dentro de lo posible.
Óscar apretó los labios.
—Entonces ya está.
—Todavía no —dijo Elena.
Él la miró.
—Tenemos un mecanismo plausible y una cronología compatible. Falta comprobar quién tomó determinadas decisiones, qué se documentó después y por qué la hora de la reparación aparece desplazada. Una explicación probable no se convierte en certeza solo porque encaje bien.
Óscar no pareció convencido.
—Pero sabéis que fue esto.
—Sabemos que puede explicar el incendio sin obligarnos a forzar el terreno ni los tiempos.
A Elena le preocupaba precisamente lo contrario: aceptar una respuesta demasiado pronto por el alivio de que todas las piezas empezaran a ordenarse. Una causa podía ser muy probable y seguir necesitando comprobaciones.
Lo importante era que el primer incendio ya comenzaba a sostenerse por sí mismo, sin recurrir a nada de lo ocurrido días después.
Eva se acercó con otro documento.
—Hay una cosa más.
Era el registro de entrada de la cuba de apoyo.
—Trece treinta y siete.
Óscar lo reconoció.
—Sí.
—¿Para qué entró? —preguntó Elena.
—Agua y herramientas.
—¿Por la reparación?
Óscar dudó.
—En parte.
—¿Qué significa eso?
—La pedimos porque estábamos con la máquina y porque la cuadrilla de abajo también necesitaba agua.
—¿Llegó antes de que terminarais?
—Sí.
—¿Figura en el parte de reparación?
—No.
Eva señaló una línea.
—Tampoco consta como apoyo de emergencia.
Óscar soltó una risa seca.
—Porque no era una emergencia.
—Nadie ha dicho que lo fuera —respondió Elena.
La cuba no demostraba que hubiesen detectado fuego ni que alguien hubiera intentado apagar una ignición.
Sí ayudaba a fijar algo mucho más sencillo: a las trece treinta y siete la reparación seguía en curso y estaba utilizando recursos de la empresa.
El horario de las doce cuarenta dejaba de poder explicarse como una simple imprecisión de memoria.
—¿Bruno sabía que había entrado la cuba?
—Sí.
—¿Estaba aquí cuando llegó?
—Había llegado antes.
Javier pidió entonces a Óscar que situara dónde se colocó la cuba, dónde quedaban los restos del desbroce y hacia qué lado estaba orientada la máquina durante la reparación. Los nuevos detalles afinaban el escenario, pero no modificaban la hipótesis física.
La reparación podía haber originado el incendio de forma accidental.
Cuando terminaron, Óscar recogió el casco.
—¿Vais a meterme en algún lío?
No había desafío en la pregunta.
—Mi trabajo es establecer qué ocurrió y qué puedo sostener —respondió Elena—. No decidir sanciones.
—Ya.
—Si el parte no refleja lo sucedido, habrá que aclararlo.
Óscar asintió.
—Bruno dirá que yo recuerdo mal.
Elena señaló los documentos que Eva sostenía.
—Por eso tu recuerdo no es lo único que tenemos. Hay registros que ya contradicen la hora escrita en el parte.
Óscar miró primero a Eva y luego a Javier.
—Entonces sabéis más que ayer.
—Sí.
Volvió junto a la cuadrilla.
Elena se quedó al lado del vehículo mientras Eva ordenaba los papeles. Javier regresó unos metros ladera arriba para hacer una última fotografía.
La secuencia podía reconstruirse ya con bastante claridad: actividad de la máquina en el sector bajo antes de la una, avería, traslado hasta la plataforma, reparación iniciada después, llegada de Bruno, entrada de la cuba a las trece treinta y siete, final del trabajo poco antes de las dos y primer aviso de humo a las catorce veintiséis.
El parte interno había desplazado la reparación hacia una franja horaria anterior y la había separado artificialmente de la ventana en la que podía haberse producido la ignición.
Aquello no bastaba para establecer responsabilidades concretas por el incendio, pero sí para descartar la cronología oficial de la empresa como una fuente fiable.
Eva se apoyó en el vehículo.
—Óscar dice que Bruno sabía que la hora estaba mal.
—Y los registros hacen compatible su versión.
—¿Te basta?
—Para volver a hablar con Bruno, sí.
—¿Y para el primer incendio?
Elena dirigió la mirada hacia el margen de la pista.
—Tenemos un origen compatible, combustible adecuado, una propagación que encaja y una ventana temporal razonable. La explicación accidental es cada vez más sólida.
—¿Y el segundo fuego?
—No necesitamos utilizarlo para explicar este.
Esa separación era importante. El primer incendio podía haber nacido de una reparación improvisada y de una negligencia que después intentaron alejar del momento de la ignición mediante un horario falso. Las tres manchas pequeñas y la caseta seguían obedeciendo a un problema diferente.
Elena abrió el cuaderno y añadió una línea bajo las notas del día anterior:
Primer incendio: explicación física independiente.
No necesitaba escribir más. La siguiente conversación sería con Bruno.