El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

La máquina estaba donde Bruno Castañón había dicho que debía estar.

No era la misma, sino otra de características similares que la empresa utilizaba para trabajos de aprovechamiento.

Bruno la había llevado hasta la pista para que Elena y Javier pudieran hacerse una idea de la posición y del tipo de reparación realizada allí seis días antes, poco antes de que comenzara el primer incendio.

—No voy a encender nada —dijo—. Solo quiero enseñaros cómo estaba colocada.

Era un hombre ancho de hombros, con la barba entrecana muy corta y unas manos grandes en las que persistían pequeñas grietas oscuras alrededor de las uñas. Hablaba deprisa cuando explicaba maquinaria y reducía el ritmo en cuanto Elena llevaba la conversación hacia horarios o responsabilidades.

La pista se ensanchaba en aquel punto hasta formar una pequeña plataforma de trabajo antes de estrecharse de nuevo.

A un lado, la ladera ascendía entre los restos del primer incendio; al otro, descendía hacia una zona de matorral que el fuego había consumido casi por completo.

Las áreas afectadas por el segundo episodio quedaban lejos.

A Elena le convenía esa distancia. Durante los últimos días había trabajado con una caseta, tres manchas pequeñas y restos de señalización topográfica.

Aquella mañana quería dejar todo eso fuera mientras revisaban el primer incendio.

Si la reparación podía explicarlo, tenía que hacerlo por sus propios datos.

Javier caminó hasta el margen superior de la pista.

—¿La máquina estaba aquí?

Bruno señaló unos metros más abajo.

—Más o menos. No puedo darte un punto exacto.

—¿Qué se averió?

—Una pieza del sistema de protección. Se soltó un soporte y tuvieron que sujetarlo para sacar la máquina del tramo.

—¿Sujetarlo cómo? —preguntó Elena.

Bruno hizo un gesto hacia el vehículo.

—Una reparación de campo. Nada fuera de lo normal.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Radial, soldadura, herramienta eléctrica. Lo que hiciera falta.

Elena dejó ahí la respuesta y observó el suelo.

Seis días de extinción, paso de maquinaria, vehículos y personal habían eliminado cualquier posibilidad razonable de buscar una chispa concreta o una marca de herramienta.

Lo que todavía podía leerse era la relación entre la pista, el combustible disponible y la dirección que había seguido el fuego.

—¿Dónde estaban los restos del desbroce?

Bruno señaló el borde.

—Había ramaje y material fino. Se había trabajado aquí unos días antes.

Javier se agachó en una franja donde el incendio había consumido casi toda la materia superficial.

—¿Lo retirabais al acabar cada jornada?

—Lo que se podía.

Javier levantó la cabeza.

—Eso no responde a la pregunta.

Bruno lo miró.

—No siempre se retira todo el mismo día. Se agrupa y se saca por tandas.

Desde aquella plataforma, la pendiente ofrecía al fuego una salida clara hacia arriba.

El tramo inicial era relativamente estrecho y se abría después sobre la ladera.

Los datos meteorológicos del día del incendio describían un viento irregular, pero compatible con la propagación que figuraba en los partes.

Javier señaló una línea ennegrecida entre dos troncos.

—El arranque encaja mejor cerca de este margen que veinte metros más arriba.

—Eso es lo que dijimos desde el principio —respondió Bruno.

Elena sacó el parte que Eva le había enviado la noche anterior.

—Vuestro informe sitúa la reparación a las doce y cuarenta.

—Sí.

—Y el primer aviso de humo llega bastante después. ¿Cuánto duró el trabajo?

—No lo sé al minuto.

—¿Media hora?

—Puede ser.

—¿Una hora?

Bruno se encogió de hombros.

—No creo.

Elena pasó a la página siguiente.

—A las trece y diez figura la máquina de nuevo en servicio.

—Si lo pone ahí, sería eso.

Hasta entonces Bruno había hablado con seguridad de la posición de la máquina, la avería y las herramientas utilizadas. Al llegar a las horas, en cambio, parecía preferir que respondiera el documento por él.

—¿Estabas aquí durante la reparación?

—No todo el tiempo.

—¿Dónde estabas?

—En la zona baja. Había otra cuadrilla trabajando.

—¿Quién llevaba esta máquina?

—Óscar Meana.

Elena conocía el nombre por la relación de personal.

—¿Hablaste con él cuando terminaron?

—Claro.

—¿Recuerdas a qué hora?

Bruno dejó escapar el aire.

—No guardo conversaciones con sello horario.

—No necesito el minuto. Quiero saber si fue antes o después de comer, si ya estabais recogiendo o si ocurrió algo que te permita situarlo.

Bruno dirigió la mirada hacia la pista.

—Antes de comer. Seguro.

Elena dejó constancia de la respuesta mientras Javier regresaba de la ladera con el teléfono en la mano.

—La dirección inicial es compatible con una entrada desde el borde de la pista —dijo, mostrándoles una fotografía—. Eso no identifica una herramienta concreta, pero tampoco contradice ese origen.

Bruno abrió las manos.

—Eso llevo diciendo desde que habéis llegado.

—Has dicho que hubo una reparación —respondió Javier—. No que esa reparación causara el incendio.

—Porque no sabemos que lo causara.

—Correcto.

Antes de que la conversación acabara reducida a una discusión sobre palabras, Elena cambió el foco.

—¿Qué otras fuentes de ignición había aquí aquel día?

Bruno enumeró vehículos, equipos y distintos trabajos. Ninguna de las actividades que mencionó ofrecía, de momento, una explicación mejor para aquel punto de inicio, y tampoco negó que la radial o la soldadura pudieran haber proyectado partículas calientes.

La hipótesis física era sencilla: una reparación en una pista donde quedaban restos secos de desbroce, material vegetal fino junto al margen y unas condiciones que permitían que una ignición pequeña escapara sin ser detectada de inmediato.

Lo que empezaba a resultar menos sencillo era la cronología.

Eva llegó poco después con una carpeta y dos botellas de agua. Había pasado parte de la mañana revisando documentación de la aseguradora.

—Tengo los registros de salida de maquinaria.

Bruno la miró antes de que Elena extendiera la mano.

—Eso lo lleva administración.

—Precisamente por eso lo hemos pedido —dijo Eva.

Elena buscó el equipo asignado a la cuadrilla de Óscar.

Los registros incluían consumos, horas de actividad y movimientos entre sectores.

Ningún dato permitía reconstruir por sí solo la jornada, pero uno situaba la máquina funcionando en otro punto a una hora difícil de conciliar con una reparación iniciada a las doce y cuarenta.

—Bruno, mira esto.

Él se acercó.

—A las doce y cincuenta y ocho figura actividad en el sector bajo.

Bruno leyó la línea.

—Puede ser un cierre automático.

—¿Lo es?

—Tendría que preguntarlo.

—Hazlo.

Volvió a leer el documento.

—También puede estar mal cargado.

—Puede.

Elena no necesitaba escoger entre posibles errores antes de comprobarlos. Bastaba con que la hora del parte dejara de encajar limpiamente con la documentación disponible.

Eva sacó otra hoja.

—Hay algo más. Una cuba de apoyo registra entrada por la pista a las trece y treinta y siete.

Bruno frunció el ceño.

—¿Y qué tiene que ver?

—En vuestro parte la reparación había terminado casi media hora antes.

—La cuba podía venir por cualquier otra cosa.

—Nadie ha dicho que viniera por la reparación —respondió Elena.

Colocó los dos documentos uno junto al otro.

—Lo único que necesito saber es qué estaba ocurriendo aquí entre las doce y media y las dos.

—Lo mismo que cualquier día de trabajo: gente moviéndose, máquinas, cuadrillas…

—Por eso tenemos que reconstruirlo.

Javier volvió al margen quemado para fotografiar el primer tramo de propagación.

A Elena aquella parte le resultaba más sencilla de manejar: pendiente, combustible, dirección, condiciones meteorológicas.

Había incertidumbre, pero el terreno no modificaba su versión cuando aparecía un documento nuevo.

Las personas sí podían hacerlo.

—Tomás Valdés había discutido contigo por unas superficies —dijo.

Bruno se quedó quieto.

Eva levantó la vista de la carpeta.

La cuestión no estaba directamente relacionada con la hora de la reparación, aunque en la documentación de la comunidad aparecía como un conflicto real entre ambos.

—No me acusó de falsear nada —respondió Bruno.

—Hay dos correos.

—Dijo que una medición estaba mal.

—Y que la superficie facturada no coincidía.

—Eso no significa que me acusara de fraude.

Elena no discutió la palabra.

—¿Tuvisteis una discusión?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Meses antes.

—¿Por qué?

—Porque Tomás podía pasarse una tarde entera con tres décimas si pensaba que una medición estaba mal hecha.

Coincidía con la forma de trabajar que Nicolás había descrito.

—¿Tenía razón?

Bruno tardó algo más en responder.

—En una parte.

—¿Qué parte?

—Había una diferencia.

—¿Y el resto?

—No era ningún fraude. Se había medido con otra base y luego se corrigió.

—¿Para ti quedó resuelto?

—Sí.

—¿Y para Tomás?

Bruno soltó una risa breve, sin humor.

—Tomás no olvidaba fácilmente cuando creía que alguien había trabajado mal.

Un conflicto profesional podía explicar una mala relación sin demostrar nada más. A esas alturas, además, la muerte de Tomás continuaba constando como un accidente ocurrido durante el incendio.

—¿Hablaste con él aquel día?

—No.

—¿Lo viste?

—No.

—¿Sabías que estaba trabajando en la parte alta?

—Sabía que los topógrafos estaban por el monte.

Javier regresó y les enseñó dos fotografías, una tomada desde la parte baja de la plataforma y otra desde el primer tramo de ladera.

—La propagación encaja con una ignición muy cerca del margen. Con el viento variable que había, el estrechamiento inicial también tiene sentido. No necesito situar otro foco más arriba para explicar el desarrollo.

—¿La reparación podría ser el origen? —preguntó Elena.

—Sí. Es perfectamente compatible.

Bruno negó con la cabeza.

—Compatible no significa que fuera eso.

—No —dijo Elena—. Y nadie está diciendo lo contrario.

La empresa tenía razones evidentes para preferir que el primer incendio no estuviera relacionado con una reparación improvisada: responsabilidad económica, seguros, contratos.

También existía un conflicto previo entre Bruno y Tomás.

Juntar ambas cosas en una única explicación resultaba tentador precisamente porque era demasiado fácil hacerlo antes de cerrar cada línea por separado.

—Quiero que terminemos de revisar la causa física del primer incendio hasta donde podamos —dijo Elena a Javier—. Sin utilizar nada de lo que sabemos del segundo.

—De acuerdo.

Bruno los miró.

—¿Creéis que están relacionados?

—Estoy comprobando si lo están.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que puedo darte ahora.

Bruno cogió la chaqueta que había dejado sobre el capó.

—Pues cuando tengas otra, me llamas.

—Antes quiero hablar con Óscar Meana.

El cambio en Bruno fue pequeño, apenas una atención más inmediata.

—¿Para qué?

—Para reconstruir la reparación.

—Ya tienes el parte.

Elena señaló la documentación extendida.

—Y una hora que no encaja bien con otros registros.

Bruno bajó la vista.

—Los registros de maquinaria tienen errores.

—Es posible.

—Y los partes se rellenan después.

—También.

—Entonces no sé qué esperas que te diga Óscar.

—Lo que recuerde de aquel día.

Bruno no añadió nada y se alejó hacia su vehículo.

Eva esperó hasta que estuvo lo bastante lejos.

—No le ha gustado.

—Eso no convierte ninguna hora en falsa.

Elena volvió la vista hacia la plataforma. Con lo que tenían podía sostener dos cosas sin mezclarlas: el origen del primer incendio era compatible con una ignición accidental en aquel punto de trabajo y la cronología aportada por la empresa necesitaba comprobarse mejor.

Sacó el cuaderno y resumió la situación en tres líneas de trabajo:

Primer incendio: origen probable, pista de trabajo. Reparación compatible. Hora sin cerrar. No mezclar con segundo fuego.

Subrayó la última una sola vez.

Después pidió a Eva los partes completos de maquinaria y el contacto de Óscar Meana.