El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

La primera cabeza naranja apareció a menos de medio metro del borde quemado.

Javier no la tocó. Se agachó, apartó con cuidado una hoja húmeda que no estaba adherida al resto y señaló el fragmento con la punta de un bolígrafo cerrado.

—Aquí.

Elena se acercó lo suficiente para verlo sin pisar el interior de la mancha.

El plástico estaba deformado por el calor, aunque conservaba una curva regular en uno de los extremos y una zona de color más vivo protegida por la propia fusión.

No era idéntico a los restos encontrados en la caseta, pero se parecía lo bastante como para justificar una comparación.

Eva apoyó el plano sobre una carpeta rígida y buscó la fotografía del fragmento recogido la mañana anterior.

—A simple vista, el color parece el mismo.

—Eso es lo menos interesante —dijo Javier—. Hay muchos plásticos naranjas.

—Forma, material y contexto —añadió Elena.

Javier asintió.

—Eso ya mejora.

Fotografió el fragmento desde varios ángulos y midió su posición respecto al borde quemado.

Estaban en la primera de las tres manchas que Elena había numerado durante la inspección inicial.

Ahora disponían además del replanteo que Nicolás había enviado y podían superponer, aunque fuese de manera todavía aproximada, las zonas del segundo incendio con los trabajos topográficos recientes.

La coincidencia no era exacta hasta el centímetro, y Elena prefería que nadie fingiera que podía serlo después de dos incendios, extinción y entradas posteriores. Lo útil era comprobar si pertenecían al mismo sector de trabajo, no fabricar una precisión que el terreno ya no permitía.

—Según el archivo de Nicolás, aquí hubo replanteo —dijo Eva.

Elena comprobó la referencia.

—Sí, pero no sabemos qué señal concreta había en este punto.

—Todavía.

Javier guardó la cámara.

—Vamos a la segunda antes de decidir que hemos descubierto una colección.

La ladera conservaba humedad en las zonas de sombra.

El sol alcanzaba algunos claros abiertos por el primer incendio y secaba allí la superficie con mayor rapidez; bajo los troncos y junto a los taludes, en cambio, la ceniza seguía compactada y oscura.

Caminar por los bordes obligaba a escoger bien cada apoyo.

Dos días después del segundo fuego, la posición de un resto todavía podía aportar información si no la alteraban ellos mismos.

La segunda mancha quedaba algo más arriba.

Cerca del borde inferior apareció otro fragmento naranja. Este era más pequeño y casi plano, con una deformación que dejaba ver una cavidad circular.

Eva lo observó.

—Ya van dos.

—Dos fragmentos —corrigió Elena—. Todavía no sabemos de qué.

Javier sonrió sin apartar la vista del suelo.

—Os estáis contagiando las precauciones.

El fragmento se encontraba junto a una pequeña oquedad. Javier midió el diámetro y la profundidad, pero no intentó identificarla.

—Podría ser compatible con una señal que hubiera estado clavada aquí —dijo—. También con una raíz quemada o con muchas otras cosas.

—Entonces lo dejamos en compatible.

—Exacto. No identificada.

Continuaron hasta la tercera zona.

Nicolás los esperaba junto a la pista con una carpeta bajo el brazo. Había llegado unos minutos antes y no se había acercado al área quemada hasta que Eva le indicó por dónde podía pasar.

—He traído el replanteo impreso —dijo—. También las capas separadas por fechas.

Elena recibió las hojas.

—Gracias.

Nicolás miró hacia donde trabajaban Javier y Eva.

—¿Habéis encontrado algo?

—Fragmentos naranjas en las dos primeras zonas. Queremos comprobar esta.

Nicolás volvió la vista hacia la mancha.

—Puede aparecer de todo. Ya te dije que ese color es habitual.

—Precisamente por eso necesitamos contexto.

Él se acercó al plano sin mostrar incomodidad.

—Aquí sí utilizamos estacas de cabeza naranja. No siempre. Dependía del material que hubiera en la furgoneta.

—¿Quién las colocó?

—Pudimos hacerlo cualquiera de los dos.

—¿Lo recuerdas en este sector?

Nicolás estudió las capas impresas.

—No con seguridad. Tomás estuvo aquí una mañana y yo volví después para cerrar puntos. Tendría que mirar los datos brutos y las notas.

Elena no insistió.

La tercera pieza apareció junto a una piedra ennegrecida, parcialmente hundida en la ceniza. Conservaba mejor la forma que las otras. Javier la fotografió antes de recogerla con unas pinzas y guardarla en una bolsa provisional.

Nicolás la reconoció antes de que nadie se lo preguntara.

—Eso sí parece una cabeza de estaca.

—¿Parece o lo es? —preguntó Elena.

—En ese estado no te puedo asegurar marca ni modelo. El tipo, sí. Nosotros hemos usado muchas parecidas.

—¿Solo vosotros?

—Ni mucho menos. Forestales, otras empresas de topografía, propietarios… No es ningún código secreto.

Ese límite importaba. Tres piezas parecidas podían significar algo o podían ser el resultado normal de trabajar durante años en un monte lleno de marcas de colores vivos.

Lo que hacía que dejaran de ser anecdóticas era otra cosa: las tres aparecían dentro o junto a las tres pequeñas áreas afectadas por el segundo incendio.

Nicolás desplegó el plano sobre una roca plana.

—Aquí tienes las líneas replanteadas durante las últimas semanas.

Las tres zonas quemadas quedaban dentro de sectores donde figuraban trabajos recientes. La relación, sin embargo, no era total: había otros puntos replanteados que no habían ardido y señales del plano alejadas del segundo fuego.

A Elena le interesó precisamente por eso. Si todo el trabajo topográfico hubiera aparecido quemado, la asociación sería demasiado amplia para discriminar nada. Tres sectores concretos obligaban a preguntar qué tenían de diferente.

—¿Qué distinguía estos tres de los demás?

Nicolás recorrió las líneas con el dedo.

—A simple vista, nada. Son lindes.

—¿Lindes discutidos?

—Algunos sí. Otros no.

—¿Estos tres?

Nicolás señaló el que se prolongaba hacia unos prados que el incendio no había alcanzado.

—Este llevaba años dando problemas.

—¿Con quién?

—Mateo Suárez.

Elena reconoció el nombre de la documentación de propietarios colindantes.

—El ganadero.

—Sí. Sus prados están al otro lado. Su familia y los Valdés discuten esa cerca desde antes de que yo empezara a trabajar aquí.

Eva miró el plano.

—¿Por cuántos metros?

Nicolás sonrió sin humor.

—No hace falta que sean muchos para que haya una discusión.

Una voz les llegó desde la parte alta.

—Depende de quién los pierda.

El hombre descendía por el borde del prado con una vara de avellano en la mano y las botas de goma cubiertas de barro seco. Tendría más de sesenta años. No cruzó la cerca de postes viejos y alambre que lo separaba de ellos.

—Mateo Suárez —dijo Nicolás.

—Ya veo que seguís midiendo lo mío —respondió el hombre.

Nicolás cerró la carpeta.

—No estamos midiendo nada ahora.

Mateo miró a Elena y a Javier.

—Pues lleváis dos días entrando y saliendo.

Elena se presentó y explicó brevemente el motivo de la inspección.

—Estamos revisando el segundo episodio de fuego. No venimos a decidir a quién pertenece la franja de terreno.

—Mejor. Porque eso ya lo han decidido demasiadas veces.

Con la vara señaló una línea situada unos metros más abajo.

—El límite iba por ahí.

Nicolás dejó escapar el aire.

—Mateo, no empecemos.

—Tú no me digas dónde empezar. Tu socio al menos venía y medía.

Elena observó primero el terreno. Entre la cerca actual y la línea que Mateo señalaba había una franja irregular de prado, matorral y árboles dispersos. La diferencia no parecía enorme, pero mantenida a lo largo de toda la linde podía tener valor suficiente para explicar años de conflicto.

—¿Tomás estuvo aquí antes del incendio?

Mateo apoyó la vara sobre el alambre.

—Varias veces.

—¿Habló con usted?

—Claro. Le enseñé las piedras viejas y por dónde iba la cerca antes de que la movieran.

Nicolás intervino.

—La cerca no demuestra el lindero.

—Eso ya me lo sé.

—Entonces no digas que la movieron como si con eso estuviera resuelto.

Mateo se volvió hacia él.

—La movieron.

El tono había subido lo justo para que Eva mirara a Elena. Ella dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—¿Quién?

Mateo señaló hacia el valle con la barbilla.

—Gente de los Valdés. Hace años. No voy a darte nombres porque yo no vi quién clavó cada poste, pero la línea cambió.

—¿Presentó alguna reclamación?

—Sí. Y me cansé de pagar papeles para terminar discutiendo con otro papel.

Nicolás miró hacia la ladera.

—Tomás revisó la documentación y tomó referencias. Nada más.

—No. Dijo que había que volver a comprobarla.

Nicolás lo miró.

Mateo continuó:

—Y puso marcas donde yo le enseñé las piedras.

Elena centró la conversación en ese dato.

—¿Qué clase de marcas?

—Estacas. Algunas naranjas.

Eva bajó la vista hacia el plano.

Nicolás respondió antes de que Elena formulara otra pregunta.

—Eso forma parte del trabajo normal. Si estás comprobando una alternativa de lindero, marcas los puntos para medirlos.

—¿Es así? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Y las estacas se quedaron allí?

Nicolás dudó.

—Algunas podían quedarse. Otras las retirábamos después.

Mateo apuntó con la vara hacia la mancha quemada.

—Ahí había una.

Elena siguió la dirección.

—¿Está seguro?

—Pasé por aquí con las vacas dos días antes del incendio grande. La vi.

—¿Sabe quién la colocó?

—Tomás estaba trabajando por esta zona. Más que eso no puedo decirte.

La prudencia de la respuesta le daba más utilidad que una certeza improvisada. Elena registró la fecha aproximada, la posición y la procedencia de la información.

—¿Vio alguna más?

—Más abajo, otra. Y cerca de la caseta recuerdo una señal, pero no podría decirte si era de la misma clase.

Nicolás negó con la cabeza.

—Mateo, aquí hay marcas por todas partes. No puedes reconstruir un replanteo de memoria.

—No estoy reconstruyendo nada. Estoy diciendo lo que vi.

La discusión podía prolongarse sin añadir información. Elena la cortó.

—Con eso me basta por ahora.

Mateo no parecía satisfecho, aunque tampoco daba la impresión de esperar convencerlos en aquel momento. Antes de marcharse volvió a señalar la cerca.

—Tomás sabía que esa línea no estaba clara.

—Lo comprobaré con sus datos y sus notas.

Mateo asintió.

—Haz eso.

Se alejó por el borde del prado sin despedirse de Nicolás.

Durante unos instantes solo se oyó el roce del viento entre las ramas que habían sobrevivido al primer incendio.

Eva volvió a desplegar el plano.

—Tenemos fragmentos naranjas en las tres zonas y las tres están dentro de sectores replanteados. Mateo, además, dice que aquí había una estaca de Tomás.

—Dice que vio una estaca naranja y que Tomás trabajaba en esta zona —precisó Elena—. No sabe quién la puso.

—De acuerdo.

Javier se incorporó después de terminar la revisión del borde.

—Y en la caseta encontramos material compatible con trabajos topográficos, aunque allí seguimos sin poder identificar cada fragmento.

Nicolás permaneció callado.

Elena observó el plano completo. Por primera vez podía relacionar las cuatro áreas afectadas por algo distinto del comportamiento del fuego: en las tres manchas había aparecido material compatible con señalización y la caseta había servido para guardar documentación y equipos del mismo trabajo.

La relación todavía no permitía afirmar que alguien hubiera elegido conscientemente esos lugares, mucho menos saber quién. Pero sí justificaba cambiar la forma de mirar el segundo incendio.

—Voy a proponeros una hipótesis de trabajo —dijo.

Eva preparó el bolígrafo.

—Si los cuatro puntos pertenecen al mismo episodio, podemos comprobar la posibilidad de que el fuego no se distribuyera para propagarse, sino porque en esos lugares había algo concreto.

Javier volvió al plano.

—La escala de las manchas encajaría mejor con eso.

Nicolás miró a Elena.

—¿Estás diciendo que alguien se dedicó a quemar estacas?

—Estoy diciendo que tenemos que comprobar qué había en cada punto antes de decidir para qué se encendió el fuego.

—En un monte como este puedes encontrar estacas en cualquier parte.

—Por eso una sola no me serviría. Lo que importa es la repetición.

Elena señaló las tres zonas y después la caseta.

—Tres áreas pequeñas con restos compatibles con señalización, las tres dentro de sectores de replanteo. Y una caseta donde se guardaban materiales y documentación de ese trabajo. Eso es lo que tenemos. La intención todavía no.

Eva contempló los cuatro lugares.

—Entonces puede que el bosque no fuera lo que querían quemar.

La formulación iba un poco más lejos de lo que Elena podía sostener, aunque ya no resultaba gratuita.

—Puede que el segundo fuego tuviera como objetivo algo localizado dentro del monte —dijo—. Ahora tenemos que averiguar qué.