El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Nicolás colocó una estaca de fibra junto al borde de la pista y la hundió con la palma hasta dejarla firme.

—Esto es lo que solemos usar cuando el terreno está blando. En piedra o suelo duro cambiamos de sistema.

Elena observó la cabeza de plástico naranja.

No era idéntica a los fragmentos encontrados en la caseta, pero pertenecía a la clase de material que Nicolás había descrito la mañana anterior.

Javier se había quedado con Eva revisando las fotografías y los restos del interior, así que Elena había aceptado la propuesta de Nicolás de enseñarle cómo trabajaban Tomás y él sobre el terreno.

No pretendía aprender topografía en una hora. Necesitaba entender qué objetos podían quedar repartidos por el monte después de varias semanas de mediciones y qué lugares resultaban relevantes para quienes trabajaban allí.

—¿Las dejáis puestas?

—Depende. Algunas son temporales. Otras marcan referencias que tenemos que volver a localizar. También usamos clavos, pintura, testigos y cintas.

Nicolás abrió el maletero y sacó una caja de material. Había pequeñas bases, cintas métricas, botes de aerosol, baterías, soportes y accesorios de colores vivos, pensados para distinguirse entre la hierba, el barro y el matorral.

—¿Y las naranjas?

—Muy comunes.

Elena retuvo la respuesta sin concederle más importancia de la que tenía.

Habían salido de la explanada de la caseta y se encontraban en uno de los sectores donde la empresa había trabajado antes del primer incendio.

La vegetación se había quemado de forma desigual y dejaba ahora al descubierto partes del terreno que, según Nicolás, antes quedaban escondidas entre helechos y zarzas.

—Tomás y tú trabajabais en tres sectores.

—Sí. Este, el de la ladera norte y otro más arriba, cerca de los prados.

—¿Al mismo tiempo?

—Íbamos cambiando según lo que hubiera que comprobar. No era un trabajo lineal.

Nicolás guardó una pieza en la caja.

—La venta incluía varias parcelas y había que georreferenciar bien algunos límites, accesos y superficies. Parte de la documentación procedía de trabajos anteriores y otra parte había que levantarla de nuevo.

—¿Quién os contrató?

—Los propietarios, a través de la operación de compraventa.

—¿Celia Valdés?

—Era una de las personas que llevaba el asunto por la familia.

Elena había visto el nombre en la documentación, aunque todavía no la conocía.

—¿Cómo os repartíais el trabajo Tomás y tú?

Nicolás pensó unos segundos.

—Hacíamos lo mismo, en general, aunque él era más metódico en campo. Si una referencia no le convencía, volvía a medirla aunque ya tuviéramos datos suficientes para seguir.

—¿Os hacía perder tiempo?

Nicolás sonrió.

—A veces.

El tono no sugería una disputa, sino una diferencia profesional asumida después de años trabajando juntos.

—Yo prefería cerrar el levantamiento y revisar después en oficina. Tomás quería resolver ciertas dudas allí mismo.

—¿Os repartíais las zonas?

—Sí. Si el trabajo era grande, cada uno llevaba una parte y luego uníamos los datos.

—¿El día del primer incendio también?

—También. Estábamos en sectores distintos.

Elena dejó ahí la cuestión. Para ella, la muerte de Tomás seguía siendo un accidente ocurrido durante el incendio. Saber que habían trabajado separados ayudaba a entender la distribución de tareas, pero no había ninguna razón para reconstruir todavía aquella jornada.

Caminaron hasta un cambio de pendiente marcado por varias piedras grandes. Nicolás se detuvo junto a una de ellas, donde sobrevivía una pequeña señal de pintura, casi borrada por el fuego y la lluvia.

—Esto sí nos sirve como referencia estable. Una estaca puede moverse, romperse o desaparecer. Una roca como esta no. Con buenas coordenadas puedes reconstruir posiciones a partir de elementos que no hayan cambiado.

Elena se agachó para examinar la marca.

—¿Tomás trabajaba así?

—Claro.

—¿Guardaba anotaciones aparte de los datos digitales?

—Siempre.

—Eso ya me lo dijiste.

—Porque era casi una manía profesional.

Nicolás abrió una funda rígida y le mostró una hoja de campo sin utilizar. Estaba cuadriculada y tenía espacios reservados para códigos, coordenadas, observaciones y pequeños croquis.

—No escribía novelas. Eran cosas así.

—Mejor.

Nicolás soltó una risa.

—Puntos, incidencias, una señal desplazada, una medición que había que repetir... Lo normal.

—¿Hacía copias?

—De algunas hojas, sí. O les hacía una foto. Si íbamos a pasar varios días fuera, procurábamos no llevar encima todo el material a la vez.

Aquello ampliaba los lugares donde podía haber quedado documentación.

—¿Dónde dejabais las cosas?

—En la caseta, a veces. En los coches. Y si estábamos trabajando arriba y la cobertura era mala, alguna batería o un controlador podía quedarse en La Brañuca.

—¿Qué es La Brañuca?

Nicolás señaló hacia una zona más alta que desde allí quedaba oculta por el relieve.

—Un refugio viejo. Nada especial. Te ahorra bajar medio monte si sabes que al día siguiente vas a volver a trabajar cerca.

—¿Era vuestro?

—No. Lo usa gente de la zona. Está bastante dejado, pero sirve para dejar cuatro cosas protegidas de la intemperie.

—¿Tomás lo utilizaba?

—Alguna vez. Yo también.

La parte alta tenía una cobertura irregular y Nicolás explicó que, cuando el receptor perdía enlace o el teléfono apenas encontraba señal, esperaban al final de la jornada para volcar determinados datos o buscaban un punto más abierto.

Si pensaban regresar a primera hora, podían dejar en el refugio una batería o algún controlador para evitar cargar con todo durante la bajada y la subida siguiente.

—¿También documentación en papel?

—Podía quedarse una carpeta de trabajo, igual que en la caseta o en un coche. Lo que necesitáramos para continuar al día siguiente.

Elena incorporó La Brañuca a la misma categoría mental que la caseta, los vehículos o cualquier otro lugar de apoyo utilizado durante un trabajo de varios días. En un monte con aquellos desniveles, ahorrar un desplazamiento tenía suficiente sentido por sí mismo.

Continuaron hasta un claro que el primer incendio había abierto entre el matorral. Allí había dos señales antiguas de pintura y una varilla metálica torcida.

Nicolás la identificó de inmediato como ajena.

—Esa no es nuestra.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el tipo. Nosotros no usábamos esa cabeza.

—¿De quién puede ser?

—Forestales, propietarios, otra empresa de topografía, alguna medición anterior... Aquí ha trabajado mucha gente.

Elena fotografió la pieza. La respuesta era importante precisamente porque impedía simplificar. El monte estaba lleno de marcas y una señal encontrada cerca de una zona quemada no demostraba, por sí sola, ninguna relación entre ambas cosas.

Un vehículo apareció por la pista antes de que regresaran a la explanada.

Una mujer bajó del asiento del conductor y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

Tendría alrededor de cincuenta años. Llevaba botas de agua, vaqueros y una chaqueta verde oscura.

Ramiro, que acababa de llegar desde la caseta, se acercó a recibirla.

—Celia Valdés —dijo Nicolás.

La mujer los vio y fue directamente hacia ellos.

—¿Tú eres Elena Sánchez?

—Sí.

—Soy la hermana de Tomás.

Se estrecharon la mano.

Celia pasó enseguida al motivo de su visita.

—Ramiro me ha dicho que seguís con lo del segundo fuego.

—Sí.

—¿Habéis averiguado ya qué pasó?

—Todavía estamos reconstruyéndolo.

Celia miró hacia la ladera quemada.

—Pues espero que no tardéis mucho. Desde el primer incendio está todo parado.

—¿Qué está parado exactamente?

—Trabajos, visitas, la venta de algunas fincas. Hay gente que no quiere firmar nada mientras esto siga abierto.

Nicolás intervino.

—Es normal.

Celia se volvió hacia él.

—Normal será, pero Daniel lleva dos días llamando.

El nombre no le resultó conocido a Elena.

—¿Daniel?

—Daniel Ordóñez —explicó Nicolás—. Intermedia en la compraventa.

—Y tiene a la parte compradora preguntando si vamos a cumplir los plazos o si todo esto se va a retrasar un mes —añadió Celia.

Elena había visto otras veces cómo una investigación técnica se convertía, para quienes aguardaban sus conclusiones, en un problema de calendario. Una semana podía ser insuficiente para determinar una causa y demasiado tiempo para una firma, una tala o una operación económica.

—¿La peritación impide legalmente la venta?

—No sé si legalmente. En la práctica, sí. Nadie quiere cerrar una operación grande con un incendio reciente y otro foco que nadie sabe explicar.

La impaciencia de Celia no exigía ningún motivo oculto. Si la venta dependía de accesos, superficies y mediciones dentro de una zona afectada por el fuego, la incertidumbre bastaba para retrasarla.

—¿Tomás estaba trabajando para esa operación cuando murió?

Celia bajó la vista hacia la caja de material.

—Sí.

—¿Llevaba mucho tiempo?

—Semanas. Más de lo que yo esperaba.

Nicolás permaneció callado.

—¿Había algún problema concreto?

—Lo de siempre. Un lindero que alguien recuerda de una manera, un plano antiguo que dice otra, una cerca que se movió hace años... Tomás quería dejarlo todo bien atado.

Celia soltó el aire.

—Era así.

Había cansancio en la forma de decirlo, aunque Elena no intentó interpretar nada más.

—¿Conocías las zonas que estaba revisando?

—En general. Las coordenadas y los detalles técnicos, no.

—¿Y la caseta?

—Claro. Todos sabemos cuál es.

—¿Entraste después del primer incendio?

—Una vez. Con Ramiro y otra gente, para ver qué podía salvarse.

—¿Recuerdas documentación de Tomás?

—Había papeles quemados y carpetas. No podría decirte cuáles eran suyos.

—¿Cogiste algo?

—No.

Elena registró la respuesta como lo que era: la declaración de Celia.

La mujer miró de nuevo hacia el monte.

—¿Creéis que alguien lo prendió otra vez?

—Estamos estudiando la posibilidad de una ignición nueva —dijo Elena—. Eso todavía no significa que fuera intencionada.

—Pues si no fue intencionada, casi me preocupa más.

—¿Por qué?

—Porque entonces no sabremos si puede volver a pasar.

La preocupación tenía sentido. Elena había oído versiones similares después de incendios, vertidos y otros daños cuya causa seguía sin conocerse. Un responsable humano podía resultar inquietante; una causa desconocida añadía el temor de que el fenómeno se repitiera sin saber cómo evitarlo.

—Cuando podamos sostener una causa, constará en el informe.

Celia asintió, aunque la respuesta no pareció satisfacerla.

Antes de marcharse, se quedó unos minutos hablando con Ramiro y Nicolás sobre una pista que necesitaba reparación. Elena aprovechó para repasar mentalmente lo que había obtenido durante la mañana.

Tomás y Nicolás habían trabajado en tres sectores y utilizaban distintos tipos de señalización.

Tomás conservaba hojas de campo y croquis, y la caseta no era el único lugar donde podían dejar temporalmente material.

La Brañuca formaba parte de esas rutinas.

Al mismo tiempo, había una operación de venta pendiente y personas interesadas en que recuperase cuanto antes su curso normal.

Ninguno de esos datos explicaba el segundo incendio, pero empezaban a permitir una comparación que hasta entonces no tenía: qué actividades se habían realizado en cada uno de los lugares que después habían vuelto a arder.

Cuando Celia se marchó, Elena se acercó de nuevo a Nicolás.

—Quiero ver el último replanteo.

Él la miró.

—¿Entero?

—Todavía no. Quiero situar en un plano dónde estabais trabajando durante los días anteriores al primer incendio.

—Puedo prepararlo.

—Y separar, si los datos lo permiten, lo que mediste tú de lo que midió Tomás.

Nicolás tardó apenas un instante.

—Eso también.

—¿Algún problema?

—No. Tendré que sacar los archivos por fecha.

Elena guardó el cuaderno.

Hasta aquel momento había comparado el segundo episodio casi exclusivamente con el comportamiento esperable del fuego. Seguía siendo necesario, pero ya no bastaba.

Si las tres manchas de la ladera y la caseta compartían alguna razón para haber ardido, el siguiente paso era comprobar qué se había hecho en esos lugares antes del incendio.