El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Javier Hevia no empezó por la puerta.

Se detuvo a varios metros de la caseta, dejó la mochila en el suelo y recorrió con la vista la fachada, el lateral y la franja que la separaba de la pista.

Tendría poco más de cincuenta años, llevaba una chaqueta de trabajo oscura y hablaba con la tranquilidad de quien no necesitaba demostrar que había llegado con una respuesta.

A Elena le bastaron las primeras frases para agradecerlo.

—Eva me ha mandado las imágenes térmicas y los partes —dijo Javier—. He preferido no leer vuestras conclusiones.

—Mejor.

—Luego ya discutimos.

Ramiro esperaba junto al vehículo y Eva se había quedado unos pasos por detrás con el plano doblado bajo el brazo. La mañana era más fría que la anterior. El suelo conservaba humedad en las zonas de sombra y el olor a madera quemada se mezclaba con el de hojas mojadas.

Javier se agachó cerca del borde de la explanada.

—¿Hasta dónde habéis mantenido intacto desde ayer?

Elena señaló el perímetro que habían acordado preservar.

—Exterior y entorno inmediato. Antes ya había entrado gente después del primer incendio y también tras el segundo episodio. No tenemos una escena limpia.

—Entonces trabajamos con eso.

No sonó decepcionado, solo práctico.

—Quiero separar, hasta donde sea posible, lo que corresponde al primer incendio de lo que parece reciente —dijo Elena.

—Eso mismo necesito yo.

Javier comenzó por la pared lateral menos afectada. Comparó zonas de ennegrecimiento, desconchados y deformaciones sin tocar nada que no fuera necesario. Cuando necesitó acercarse más, se puso guantes y pidió a Ramiro que le indicara qué elementos habían sido movidos después del primer incendio.

—La cubierta ya estaba así —dijo Ramiro—. La puerta cerraba mal, pero seguía en pie.

—¿Y el marco?

—Quemado, sí. No sabría decirte cuánto.

Javier se volvió hacia Elena.

—Aquí está la dificultad. Dos exposiciones al fuego sobre el mismo objeto pueden superponerse. La segunda puede borrar parte de la primera o hacer que un daño antiguo parezca más intenso.

—Por eso prefiero no intentar poner una hora a cada marca.

—Ni hace falta.

Rodearon la caseta. En el lateral próximo a la pista, el daño reciente parecía limitado a áreas concretas.

Cerca del acceso y en el interior visible desde la puerta, en cambio, la afectación era distinta: había más material deformado y superficies que parecían haber recibido bastante más calor del que sugería la vegetación exterior.

Javier observó durante varios minutos antes de hablar.

—Aquí dentro se ha concentrado más energía que fuera.

—¿Puedes separar cuánto corresponde al primer incendio?

—Todavía no. Las fotografías tomadas después del primer fuego pueden ayudar.

Eva abrió la carpeta.

—Tengo algunas.

Las extendieron sobre el capó del vehículo siguiendo el orden temporal. No eran perfectas, pero permitían comparar la puerta, una parte de la pared interior y varios elementos del mobiliario entre ambos episodios.

En una de ellas aparecía un armario metálico contra la pared del fondo.

Seguía en el mismo lugar, aunque la pintura exterior mostraba ahora una alteración mucho mayor y la zona de la cerradura presentaba una deformación ausente en la fotografía anterior.

Javier pidió acercarse.

La puerta del armario había quedado entreabierta apenas unos centímetros. El metal estaba ya a temperatura ambiente; lo interesante no era el calor actual, sino la desigualdad entre superficies.

—Esta puerta protegió parte del interior —dijo.

Eva se inclinó.

—¿Cómo lo sabes?

Javier señaló una franja.

—La exposición no es uniforme. El interior recibió calor, pero de manera distinta a la cara externa. Además, esta zona de la puerta no estaba en la misma posición cuando ardió.

Elena se acercó sin tocarla.

—¿Estaba abierta?

—Al menos parcialmente. Si hubiera estado cerrada del todo, esperaría otro patrón. Tendré que revisarlo con más calma.

Ramiro miró hacia el fondo.

—Después del primer incendio abrimos ese armario.

—¿Quién? —preguntó Javier.

—No sabría decirte todos. Se sacaron cosas.

—¿Documentación? —preguntó Elena.

—Había papeles, carpetas, herramientas pequeñas. Material de campo.

—¿De la comunidad?

—Parte sí. Parte de los topógrafos.

Javier bajó la vista hacia el suelo.

—Aquí hay restos.

Elena ya los había visto desde fuera el día anterior, aunque entonces parecían formar una mezcla indistinguible de papel, plástico y ceniza.

Con más luz y tiempo empezaban a adquirir formas separadas.

Junto a una pata del armario había láminas carbonizadas que habían pertenecido a una carpeta o a una funda rígida; más cerca de la pared, entre ceniza compactada, asomaban varios fragmentos de plástico deformado por el calor.

En las zonas menos expuestas conservaban un naranja intenso.

Javier fotografió uno de ellos antes de levantarlo con unas pinzas.

—Esto no pertenece a la pared.

El fragmento era pequeño e irregular, con una superficie más lisa que la otra. Podía formar parte de un objeto mayor, aunque el grado de fusión impedía identificarlo.

—¿Material de señalización? —preguntó Eva.

Javier negó con cautela.

—Podría serlo. También una carcasa, un capuchón o una pieza de herramienta. No voy a ponerle nombre todavía.

Elena dejó constancia en el cuaderno: fragmento de plástico naranja. Función no determinada .

A pocos centímetros apareció otro, parcialmente adherido a un resto metálico, y después un tercero. Ninguno conservaba suficiente forma para reconstruir el objeto original.

—Conviene separar lo que podamos atribuir al segundo episodio —dijo Javier—. Por posición, fusión reciente y comparación con las fotos anteriores.

—¿Puedes hacerlo aquí?

—Puedo hacer una clasificación preliminar. Si esto adquiere más importancia, habrá que documentarlo con mayor rigor y preservar determinadas piezas de otra manera.

Elena asintió. Seguían dentro de una peritación sobre un incendio. No había, por el momento, razones para tratar la caseta como una escena penal.

Javier volvió al armario.

—¿Sabemos qué había dentro cuando ocurrió el segundo episodio?

Ramiro negó.

—No tengo inventario.

—¿Y después del primero?

—Tampoco completo.

Elena recordó lo que había dicho el día anterior.

—Se retiraron herramientas, una batería y más material.

—Sí, pero no sé qué quedó exactamente.

—¿Quién podría saberlo mejor?

Ramiro pensó.

—Nicolás Ferrera. Era socio de Tomás. Los dos usaban la caseta cuando trabajaban aquí.

El nombre ya había aparecido varias veces, siempre asociado al trabajo topográfico y a Tomás.

—¿Está localizable?

—Creo que sí.

Eva consultó el teléfono.

—La aseguradora tiene su contacto por la documentación de la empresa.

Elena miró a Javier.

—¿Te serviría que viniera?

—Si puede identificar objetos sin que le digamos antes lo que creemos que son, sí.

—Llámalo.

Mientras Eva hacía la llamada, Javier continuó revisando el entorno del armario.

Encontró papel mineralizado por el calor, esquinas de fundas transparentes y una pieza metálica fina que podía pertenecer a un cierre o a una carpeta técnica.

Nada permitía todavía reconstruir qué se había guardado allí.

Elena comparó la zona con las fotografías. El daño reciente no estaba repartido por toda la caseta con la misma intensidad: algunas superficies apenas habían cambiado desde las imágenes posteriores al primer incendio, mientras que alrededor del armario la nueva exposición era mucho mayor.

—¿Qué te sugiere? —preguntó.

Javier se tomó unos segundos.

—Que no me convence llamarlo rebrote.

—La reproducción ya había perdido bastante fuerza.

—Sí. Pero una cosa es descartar una explicación sencilla y otra saber cómo empezó esto.

—No te estoy pidiendo que lo decidas ahora.

Javier señaló el armario.

—Lo que sí puedo sostener es que aquí hay una concentración de daño reciente difícil de explicar únicamente por la vegetación exterior. Si el fuego entró desde fuera, tendremos que reconstruir cómo lo hizo y por qué afectó más a este punto que al resto.

Elena miró hacia la puerta.

—Y si empezó dentro…

—Buscaremos un patrón compatible.

Media hora después, un todoterreno gris se detuvo junto a la barrera. Ramiro fue a abrir y regresó con un hombre de unos cuarenta años, alto, delgado, con barba corta y una chaqueta impermeable clara. Caminaba deprisa, aunque aminoró el paso al aproximarse a la caseta.

—Nicolás Ferrera —se presentó—. Me ha llamado Eva.

Elena le explicó primero qué estaban haciendo.

—Estamos revisando qué material quedó dentro después del primer incendio y qué pudo resultar afectado en el segundo. Necesitamos identificar objetos. Nada más de momento.

Nicolás miró hacia la caseta.

—Vale.

Javier empezó por una de las fotografías antiguas.

—¿Reconoces este armario?

—Sí. Guardábamos cosas ahí.

—¿Quiénes?

—Tomás y yo. También había material de la comunidad, pero esa parte de abajo la utilizábamos nosotros muchas veces.

—¿Qué guardabais? —preguntó Elena.

—Carpetas de planos, baterías, cinta, pintura de marcaje, clavos, piquetas pequeñas, cosas de replanteo. Dependía del trabajo.

Javier mantuvo todavía fuera de su vista los fragmentos naranjas.

—¿Equipos electrónicos?

—A veces. Algún controlador, baterías, un receptor si íbamos a volver al día siguiente. Después del incendio principal sacamos casi todo lo caro.

—¿Tú estabas cuando se retiró?

—No el primer día. Fui después.

Elena intervino.

—¿Sabes qué había dejado Tomás en la caseta antes del incendio?

Nicolás tardó un instante en responder, como si necesitara corregir el sentido de la pregunta.

—No exactamente. Trabajábamos juntos, pero aquel día estábamos en sectores distintos.

Elena no insistió. Todavía no tenía razones para reconstruir los movimientos de Tomás.

Javier le mostró entonces uno de los fragmentos naranjas dentro de una bolsa provisional.

—¿Te resulta familiar?

Nicolás lo observó.

—Podría ser nuestro.

—¿De qué?

—Usamos mucho naranja en campo. Tapas, protectores, marcadores… También algunas cabezas de señalización.

Elena levantó la vista.

—¿Puedes identificar esta pieza concreta?

—Así, no.

—Entonces solo podemos hablar de posible material de topografía.

—Sí. Eso sí.

Javier guardó la bolsa.

—Nos vale.

Nicolás volvió a mirar el interior.

—¿Habéis encontrado algo de Tomás?

Elena respondió antes que los demás.

—Estamos identificando restos. Todavía no sabemos a quién pertenecía cada cosa.

—Entiendo.

—¿Recuerdas alguna carpeta suya en particular?

Nicolás se frotó la barba mientras pensaba.

—Había varias. Tomás era muy de papel. Aunque luego todo terminara en el ordenador, llevaba impresiones, croquis, hojas de campo… Yo utilizaba más la tableta.

—¿Guardaba copias aquí?

—A veces.

—¿De qué?

—De lo que estuviera midiendo: parcelas, líneas, coordenadas provisionales.

Elena anotó el dato.

—¿Compartíais esa documentación?

—Claro. La empresa era de los dos.

Javier siguió preguntándole por materiales, pinturas y herramientas. Nicolás respondía con bastante precisión cuando hablaba de trabajo y, cuando no podía reconocer un objeto, lo decía sin intentar completar el hueco.

A Elena le resultó útil precisamente por eso. La información tendría que contrastarse como cualquier otra, pero no necesitaba decidir todavía cuánto confiar en quien la proporcionaba.

Antes de marcharse, Nicolás se quedó mirando unos segundos el armario.

—Si encontráis alguna hoja legible, avisadme. Hay trabajos que tendremos que reconstruir a partir de copias.

—¿Qué trabajos? —preguntó Elena.

—Los que llevábamos en esta zona. Había varias fincas pendientes de cerrar.

—¿Por la compraventa?

—Sí.

Ramiro hizo un movimiento leve, como si el asunto le resultara conocido.

Elena no profundizó. La relación entre las fincas y los trabajos topográficos podía revisarse más adelante, cuando tuvieran una razón concreta para hacerlo. En ese momento lo importante seguía siendo identificar qué había ardido en la caseta.

Nicolás dejó su número y regresó al vehículo.

Cuando se hubo alejado, Javier volvió a los restos.

—No podemos afirmar que estos plásticos fueran estacas.

—No lo he escrito así.

—Bien.

—He puesto «posible material de campo».

Javier sonrió.

—Entonces nos vamos a llevar bien.

Antes de abandonar la explanada, Elena observó otra vez el armario y los restos acumulados a su alrededor.

El segundo fuego había afectado una superficie pequeña fuera de la caseta, pero dentro existía una concentración reciente de calor difícil de explicar como consecuencia casual de una propagación exterior.

Todavía no podía llamarlo destrucción deliberada ni afirmar que la construcción hubiera sido un objetivo. Sí podía orientar la siguiente comprobación hacia algo mucho más concreto.

Para entender por qué aquel punto había ardido de nuevo, necesitaban averiguar qué se había guardado allí.