El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

A media tarde, el sol había conseguido secar la superficie de la pista, aunque bajo la primera capa de ceniza el terreno seguía húmedo.

Elena clavó una pequeña estaca de señalización junto al borde de la zona uno y comprobó la distancia con el GPS antes de apuntarla en el cuaderno.

No pretendía reconstruir todavía el incendio con precisión pericial.

Le bastaba con obtener una geometría sencilla y fiable que le permitiera comparar los cuatro puntos sin depender de la impresión que daban al recorrerlos a pie.

Ramiro esperaba junto a la pista con un plano de la propiedad doblado bajo el brazo. Eva se había quedado unos metros atrás, revisando en el teléfono la documentación que la aseguradora le enviaba a medida que la localizaba.

—Desde aquí hasta la segunda zona hay menos de lo que parecía esta mañana —dijo Ramiro.

—En metros, sí.

—Pero no en fuego.

Elena lo miró.

—Eso es lo que tenemos que separar.

Había medido el recorrido siguiendo el terreno, no en línea recta.

Entre la primera y la segunda mancha quedaban restos vegetales suficientes para que una propagación superficial hubiese dejado una señal más continua.

La humedad podía explicar interrupciones, igual que determinados trabajos de extinción durante el primer incendio, pero cada tramo empezaba a exigir una condición distinta para sostener la misma explicación.

Seguía siendo posible; simplemente resultaba cada vez menos sencilla.

Guardó el GPS y caminó hasta el siguiente punto.

La luz de la tarde hacía más visibles las diferencias entre el daño antiguo y el reciente.

En algunas zonas, el primer incendio había abierto claros irregulares entre el matorral y dejado troncos chamuscados sin consumir por completo.

El segundo, en cambio, había afectado superficies pequeñas, casi contenidas, cuyos bordes se apagaban sin encontrar un obstáculo evidente.

Eva se acercó.

—Me han mandado la superficie estimada del segundo episodio.

—¿Cuánto?

Le dio la cifra.

Elena hizo un cálculo aproximado sobre el plano.

—Es poco.

—Eso pensé.

—En superficie. No significa que sea irrelevante.

Eva negó con una sonrisa.

—No he dicho eso.

El primer incendio había recorrido una extensión mucho mayor y obligado a movilizar medios durante horas. El segundo se detectó pronto y apenas avanzó antes de quedar extinguido. Incluso sumando las tres manchas y la afectación de la caseta, la superficie reciente era reducida.

—Si alguien hubiera querido volver a incendiar el monte —dijo Eva—, eligió una manera bastante mala.

La frase tenía sentido, aunque introducía una intención que todavía no podían demostrar.

—O tuvo mala suerte —respondió Elena—. O el fuego no se comportó como esperaba. O quizá el objetivo no era quemar el monte.

Eva la miró.

—Eso último es nuevo.

—Es una posibilidad.

—¿La ponemos por escrito?

—Todavía no.

Ramiro extendió el plano sobre el capó del todoterreno.

—¿Qué necesitáis ahora?

Elena se acercó.

—Accesos.

—¿A las zonas?

—Al perímetro entero. Quiero saber por dónde podría entrar una persona sin atravesar una finca cerrada ni saltarse una barrera.

Ramiro recorrió con el dedo las pistas principales.

—Esta es la que hemos usado nosotros. Aquí está la barrera. Desde el norte entra otra pista, pero termina en una propiedad particular. Por el oeste se puede llegar andando desde dos prados. Y por aquí hay un camino viejo que casi no se utiliza.

—¿Puede pasar un vehículo?

—Por el camino viejo, no. Al menos uno normal, no.

Elena trasladó los accesos al cuaderno y pidió a Ramiro que situara la caseta y las tres zonas recientes.

Vistas juntas sobre el plano, volvían a producir la misma incomodidad: los cuatro puntos podían alcanzarse desde la red de pistas sin hacer un recorrido absurdo.

No estaban alineados según una dirección lógica de propagación, pero sí podían enlazarse caminando.

Era una diferencia que merecía conservar.

—¿La barrera principal queda siempre cerrada?

—Fuera de trabajos, sí.

—¿Con llave física?

—Llave y mando. Se cambió el sistema hace unos años.

—¿Quién puede abrirla?

Ramiro dejó el dedo sobre el plano.

—Más gente de la que parece.

Eva levantó la vista del teléfono.

—Eso no suena muy controlado.

—Lo está para el uso que tiene. Otra cosa es que no sea una instalación de seguridad. Propietarios, empresas que trabajan aquí, cuadrillas, técnicos… Hay temporadas en las que entra gente todos los días.

—¿Se puede prestar un mando? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Y una llave?

—También.

Elena apoyó las manos en el borde del capó.

—No quiero todavía la lista de personas.

Ramiro frunció el ceño.

—¿No?

—Primero quiero entender cómo funciona el acceso: quién puede tener autorización por categoría y qué queda registrado cuando alguien entra.

Ramiro pensó unos segundos.

—El sistema guarda las aperturas de los mandos identificados. Las llaves físicas, no. Y hay alguna llave de reserva.

—¿Dónde?

—Una la tiene la comunidad. Otra está en custodia para emergencias.

—¿Quién la custodia?

Ramiro le dio el cargo, no el nombre, y Elena lo anotó así.

Eva la observaba.

—¿No quieres saber quién abrió la noche del segundo fuego?

—Claro que quiero saberlo. Pero no antes de entender qué clase de acceso hacía falta.

—¿Por qué?

—Porque si empiezo por los nombres, terminaré construyendo la explicación alrededor de personas. Prefiero saber primero si para llegar hacía falta conocer el monte, disponer de vehículo, tener una llave o simplemente poder caminar hasta allí.

Ramiro asintió.

La tercera zona quedaba a pocos minutos a pie de la barrera y la caseta estaba aún más próxima a una pista transitable.

El primer punto, sin embargo, se alcanzaba mejor desde un ramal lateral que alguien ajeno al lugar podía pasar de largo sin advertir.

Elena quería saber si la selección de esos lugares exigía familiaridad o podía explicarse únicamente por oportunidad.

Reanudaron la marcha.

En el borde de la zona tres encontró huellas antiguas de neumáticos, deformadas por el tránsito posterior. No intentó atribuirlas a nadie. Desde el primer incendio habían pasado por allí demasiados vehículos para que una marca sin fecha tuviera valor por sí sola.

—¿Cuándo empezó a entrar gente otra vez después del primer fuego?

—Pronto —respondió Ramiro—. Primero extinción y vigilancia. Después propietarios, seguros, técnicos, los topógrafos…

—¿Tomás y Nicolás?

—Tomás seguro. Nicolás también había estado por aquí esos días, aunque no sabría decirte cuáles.

Elena no preguntó más. Nicolás seguía vinculado a un trabajo legítimo. Tomás había muerto durante el primer incendio y su socio continuaba relacionado con las mediciones forestales. De momento, ninguno de esos hechos explicaba el segundo fuego.

Ramiro añadió otros perfiles: trabajadores de una empresa de aprovechamientos, técnicos municipales, propietarios de parcelas y algún eventual que había participado en limpiezas. La cantidad de personas con acceso posible reducía, al menos por ahora, el valor de esa línea como filtro.

Al llegar a la caseta comprobaron que la preservación solicitada por Elena seguía vigente. Nadie había retirado restos y Ramiro había colocado un aviso provisional para evitar entradas innecesarias.

Elena rodeó el edificio sin acercarse al interior.

Desde allí se veía la pista principal y, más abajo, parte de la ladera donde estaban las tres manchas recientes.

El conjunto seguía resultando extraño: el fuego había producido daños pequeños y separados por zonas donde, al menos en algunos tramos, todavía había material que podría haber ardido.

No era una imagen de propagación amplia. Pero tampoco quería convertir esa impresión en una intención humana antes de tiempo.

Lo que podía afirmar era más limitado: una ignición localizada o varias, todavía sin causa ni finalidad demostradas.

—¿Quieres medir también hasta la caseta? —preguntó Eva.

—Sí.

Tomaron la distancia desde la zona tres y desde el ramal de acceso más próximo. Elena apuntó tiempos aproximados a pie, sin utilizarlos todavía como reconstrucción, y pidió a Ramiro que indicara en el plano desde qué puntos de las pistas podía verse el edificio.

No eran muchos. La vegetación y los cambios de pendiente lo ocultaban desde diversos ángulos, aunque tampoco podía considerarse aislado.

—¿Alguien que viniera de fuera sabría que está aquí? —preguntó.

Ramiro se encogió de hombros.

—Si mira un mapa de la propiedad, quizá. Si no, puede pasar por la pista de abajo y ni verla.

—¿Y las tres zonas?

—Esas no tienen nada que llame la atención. Antes del incendio eran monte y marcas de trabajo.

Elena se detuvo.

—¿Qué clase de marcas?

Ramiro señaló la ladera.

—Topografía, lindes, trabajos forestales… En estas fincas siempre hay alguna cinta, estaca o señal.

Elena no preguntó cuáles. Anotó la palabra marcas en el margen, junto a las categorías de acceso, y continuó.

Hacia las seis empezó a caer una humedad más fría. No llovía, pero el aire había cambiado y la pista volvía a oscurecerse en las zonas donde ya no llegaba la luz. Elena consultó la hora y decidió que alargar la inspección no les daría mejores datos.

Regresaron al puesto de gestión.

Extendió sobre la mesa el plano grande que habían utilizado para revisar las imágenes térmicas. Marcó las cuatro zonas con círculos pequeños, trazó las pistas transitables y añadió la barrera, los accesos peatonales y el camino viejo que Ramiro había señalado.

Eva dejó dos cafés de máquina junto al plano.

—¿Conclusiones del primer día?

Elena probó el suyo y lo apartó.

—Pocas. El segundo episodio fue limitado. Se detectó pronto y no tenemos señales de que llegara a desarrollar una propagación amplia.

—Eso sí parece una conclusión.

—Es una descripción que podemos defender.

Ramiro tomó asiento frente a ellos.

—¿Y lo de varias igniciones?

—Sigue abierto. Puede haber una ignición localizada con focos secundarios o varias igniciones independientes.

Eva señaló la caseta.

—¿Y el objetivo?

Elena observó los cuatro círculos.

—No sabemos si había uno.

—Pero te lo estás preguntando.

—Eso sí.

Hasta entonces habían dedicado casi todo el día a reconstruir cómo podía haberse producido el segundo fuego.

Seguía siendo la pregunta correcta, pero las distancias, la escasa superficie afectada, la ausencia de una continuidad térmica previa y la facilidad con la que el episodio había quedado contenido permitían empezar a plantear otra cuestión.

Consultar en ese momento los registros individualizados de la barrera habría puesto nombres sobre el plano antes de saber qué significaban los lugares. Elena prefirió dejarlo para después.

Rodeó con el bolígrafo la caseta y, a continuación, las tres manchas de la ladera.

—Mañana, cuando venga Hevia, quiero que revisemos cada punto como si fuese independiente.

Eva asintió.

—¿Para buscar el origen?

Elena miró de nuevo la distribución.

—Para averiguar qué tienen en común.

El primer día había empezado con una pregunta sobre un bosque que parecía haber vuelto a arder después de quedar controlado.

Al terminar la tarde, la anomalía seguía abierta, pero ya tenía una forma más concreta: cuatro lugares separados dentro de un perímetro enorme habían recibido una segunda exposición al fuego.

Antes de buscar a una persona, necesitaba entender por qué precisamente esos cuatro.