Capítulo 3
—Aquí está el barrido.
Eva giró la pantalla del portátil hacia Elena.
Habían ocupado una mesa del pequeño puesto de gestión del monte, una construcción de una sola planta junto al acceso principal.
Desde la ventana se veían la pista húmeda, la barrera y, más allá, una franja de bosque que el primer incendio no había alcanzado.
Dentro olía a café recalentado y a ropa mojada.
Ramiro había dejado la chaqueta sobre el respaldo de una silla y esperaba al otro lado de la mesa.
Elena acercó el portátil. El archivo llevaba fecha del día anterior al segundo fuego e incluía hora, equipo utilizado, nombre del técnico y un recorrido de control por el perímetro que figuraba como extinguido.
No era una captura aislada, sino una secuencia de imágenes térmicas asociadas a distintas posiciones sobre el mapa.
—¿Es el original?
—La copia exportada del sistema —dijo Eva—. También me han enviado el registro de metadatos y el parte de quien hizo la revisión.
—Bien.
Elena dejó a un lado el informe escrito y empezó por las imágenes.
El recorrido arrancaba en la parte baja del perímetro, ascendía después por la pista que ellos habían utilizado aquella mañana y pasaba cerca de las tres manchas recientes.
La escala térmica variaba de una toma a otra, pero cada imagen llevaba asociados los valores numéricos necesarios para interpretarla.
En el primer tramo no aparecía ningún punto caliente destacado.
Avanzó por la secuencia hasta llegar a una fotografía tomada cerca de la primera mancha que había marcado en el cuaderno. La temperatura superficial variaba dentro de lo esperable entre el suelo, los restos vegetales y la madera ennegrecida. Nada sobresalía como una fuente persistente de calor.
—¿La revisión se hizo a pie? —preguntó.
Ramiro asintió.
—Parte a pie y parte desde la pista. Lo normal en un control así.
—¿Sabes quién la hizo?
—Sí. Puedo localizarlo si quieres.
—Más adelante.
Elena siguió avanzando. La segunda zona aparecía desde dos ángulos distintos y tampoco mostraba una anomalía clara. En la tercera ocurría lo mismo.
Eva se inclinó hacia la pantalla.
—Entonces no había brasas.
Elena dejó la mano sobre el ratón.
—Eso no podemos decirlo.
—Si estaba frío...
—Podemos decir que el control no detectó ningún punto caliente en esas zonas. Eso debilita la idea de una reproducción normal, pero no demuestra que no pudiera quedar calor oculto.
Ramiro miró la pantalla.
—¿Puede fallar una cámara térmica?
—Puede no detectar algo enterrado o aislado. Depende de la profundidad, del material, del ángulo desde el que se tomó la imagen y del contraste térmico que hubiera en ese momento. No hace falta que el equipo funcione mal para que una fuente de calor pase desapercibida.
—Entonces tampoco sirve para mucho.
—Sí sirve. Solo hay que pedirle lo que realmente puede darnos.
Elena regresó a la primera imagen y abrió el cuaderno junto al portátil. En una de las páginas tenía dibujadas las tres manchas de la ladera y la caseta desplazada hacia la pista.
—No estamos buscando una fotografía perfecta de lo que ocurría bajo tierra. Estamos comparando una explicación con lo que esperaríamos encontrar si esa explicación fuese la más probable.
Marcó junto al croquis la fecha del barrido.
—Un día antes del segundo fuego, ninguna de estas cuatro zonas mostraba una anomalía térmica visible.
Eva señaló la pantalla.
—Y al día siguiente arden. Separadas.
—Sí.
No hacía falta convertir la coincidencia en algo más de lo que era todavía.
Elena buscó la secuencia correspondiente a la caseta.
La primera toma mostraba la fachada y parte del lateral.
El metal, la madera ennegrecida, el suelo y los restos del primer incendio ofrecían diferencias de temperatura normales para materiales distintos, pero ninguna superficie destacaba por calor residual.
Pasó a la siguiente imagen.
—¿Esta está tomada desde el lado oeste?
Ramiro se acercó.
—Sí. La pista queda ahí.
Elena comparó la toma con una de las fotografías que había hecho aquella mañana desde un ángulo parecido.
En el barrido del día anterior, la caseta era una construcción dañada y fría.
Después del segundo episodio, el marco de la puerta y parte del interior presentaban una nueva exposición al calor cuya causa todavía desconocía.
El contraste no permitía afirmar que alguien hubiese prendido fuego allí, pero sí hacía menos razonable utilizar la palabra reproducción como respuesta automática.
Abrió entonces el informe del técnico. La revisión había concluido sin incidencias térmicas relevantes en aquel sector, aunque sí señalaba otros puntos de vigilancia dentro del perímetro, todos alejados de la caseta y de las tres manchas que Elena había inspeccionado.
—¿Esos otros puntos llegaron a reactivarse?
Ramiro negó.
—No.
—¿Se vigilaron después?
—Sí. Ninguno dio problemas.
Elena localizó las posiciones sobre el mapa. Ese dato daba más valor al barrido: el control había señalado zonas donde sí existían razones para mantener vigilancia y, sin embargo, el segundo episodio había aparecido en otros lugares donde no se había detectado calor residual relevante.
Eva se sentó frente a ella.
—Entonces, ¿qué hacemos con la hipótesis de las brasas enterradas?
Elena alternó la mirada entre las imágenes y el croquis.
Hasta ese momento había preferido no formular una alternativa demasiado concreta.
Sabía lo fácil que resultaba que una hipótesis provisional pasara de una persona a otra y terminara convertida en un hecho.
Sin embargo, seguir guardándosela empezaba a ser menos útil que compartirla con límites claros y ponerla a prueba.
—La reproducción por calor residual pierde bastante fuerza.
—¿Hasta qué punto?
—Lo suficiente para que trabajemos también desde otra posibilidad.
Ramiro cruzó los brazos.
—¿Cuál?
—Que el segundo episodio sea una ignición nueva.
La expresión produjo unos segundos de silencio. Elena continuó antes de que adquiriera un significado que todavía no tenía.
—Nueva no significa intencionada. Tampoco significa que alguien prendiera cuatro puntos por separado.
Puede existir una causa accidental que aún no conocemos.
Lo que no quiero es que sigamos organizando todos los datos alrededor del primer incendio si para hacerlo tenemos que añadir una excepción cada vez que algo no encaja.
Eva volvió al croquis.
—¿Y si después aparece una raíz caliente o cualquier otra fuente que no detectó la cámara?
—Corregimos la hipótesis.
—Así, sin más.
—Así debería funcionar.
Ramiro se acercó al mapa grande de la pared.
—Si fuera un fuego nuevo, ¿por dónde habría empezado?
—Eso es precisamente lo que todavía no sé.
Elena llevó el cuaderno hasta el mapa y señaló las posiciones aproximadas.
—Tenemos tres zonas en la ladera y la caseta.
El control térmico del día anterior no detectó calor relevante en ninguna y, sobre el terreno, tampoco hemos encontrado una continuidad superficial convincente entre ellas.
Ahora tenemos que comprobar si el episodio reciente puede explicarse por un único origen, por varios o por algún mecanismo que no hayamos considerado.
Ramiro señaló la caseta.
—Ahí ardió más.
—Algunos elementos parecen haber recibido una exposición reciente más intensa. Lo que desconocemos es por qué.
Eva dejó escapar el aire.
—Esto cambia bastante la peritación.
—Cambia la forma de trabajarla.
—Para la aseguradora no es poca cosa.
—Por eso quiero que conste como hipótesis provisional, no como conclusión.
Eva cogió una hoja.
—Dime exactamente qué pondrías.
Elena pensó un momento.
—Que la documentación térmica disponible, junto con la discontinuidad espacial observada, reduce la plausibilidad de una reproducción simple por calor residual y hace necesario investigar la posibilidad de una nueva ignición de origen todavía indeterminado.
Eva escribió la frase y la leyó.
—¿«Reduce la plausibilidad» no queda demasiado prudente?
—Es prudente porque eso es lo que sabemos.
Eva corrigió una palabra y le enseñó la redacción. Elena la revisó.
—Así está bien.
Ramiro seguía frente al mapa.
—Si el segundo fuego fue nuevo, alguien o algo tuvo que iniciar otra combustión después de la revisión.
—Sí.
—¿Y no habría que avisar ya a la Guardia Civil?
Elena negó.
—Todavía no tenemos un delito. Una nueva ignición también puede ser accidental y yo no voy a convertir un barrido térmico en una acusación.
Ramiro pareció aceptar la respuesta, aunque no del todo.
—Pero alguien tendrá que determinar la causa.
—Sí.
Esa parte estaba clara. Elena podía reconstruir las condiciones ambientales, comparar secuencias y establecer qué hipótesis eran compatibles con el terreno.
Otra cosa era determinar con precisión el mecanismo de ignición cuando la investigación empezaba a estrecharse hacia un incendio forestal concreto.
Para eso prefería una segunda mirada especializada antes que intentar ocupar un terreno profesional que no era el suyo.
—Quiero que esto lo revise alguien especializado en causas de incendios forestales.
Eva levantó la vista.
—¿Alguien de la administración?
—Alguien con experiencia suficiente para revisar el patrón de manera independiente. No quiero que mi interpretación sea la única.
Ramiro se volvió desde el mapa.
—Conozco a uno que ha trabajado en varios incendios de la zona.
—¿Para la comunidad?
—No. Ha colaborado en investigaciones y peritajes. Javier Hevia.
El nombre no le decía nada a Elena.
—¿Qué formación tiene?
—Ingeniero forestal. Lleva años trabajando con causas de incendios.
Eva ya estaba buscando el contacto en el teléfono.
—Me suena. Creo que la aseguradora ha trabajado con él alguna vez.
—Comprueba primero que no tenga conflicto con ninguna de las partes de este expediente.
—Lo haré.
—Y que pueda revisar el terreno sin recibir una conclusión cerrada de nuestra parte.
Eva sonrió.
—¿Quieres que le diga únicamente que hay un segundo episodio dentro de un perímetro quemado?
—Eso y que necesitamos contrastar una lectura de campo. Que vea las imágenes y el terreno antes de que le expliquemos con detalle nuestras hipótesis.
—Entendido.
Eva se apartó para hacer la llamada. Elena regresó mientras tanto a las imágenes térmicas y recorrió de nuevo la secuencia, esta vez intentando quedarse solo con lo que realmente mostraba.
La caseta no presentaba calor residual relevante. Tampoco las tres futuras zonas quemadas. En otros lugares del perímetro, en cambio, el técnico sí había identificado puntos que merecían vigilancia y ninguno de ellos había terminado reactivándose.
No demostraba varias igniciones ni una intervención humana. Lo que hacía era obligar a la hipótesis de la reproducción a depender cada vez de más condiciones no observadas.
Ramiro tomó asiento frente a ella.
—¿Te pasa a menudo?
—¿Qué cosa?
—Cambiar de idea el primer día.
Elena pensó un momento.
—Más de lo que parece desde fuera.
—No da esa impresión.
—Porque normalmente se conoce la conclusión. No todas las posibilidades que se han quedado por el camino.
Ramiro sonrió.
—Entonces hoy hemos tenido acceso a la trastienda.
—No te acostumbres.
Él soltó una risa breve.
Eva regresó poco después.
—Hevia puede venir mañana por la mañana. No tiene relación con los propietarios ni con la empresa que estaba trabajando aquí. Le he enviado únicamente el encargo general y la documentación térmica, sin nuestras conclusiones.
—Perfecto.
—Ha pedido que no se mueva nada de la caseta.
Elena miró a Ramiro.
—Eso ya está hecho.
—Desde hace una hora —confirmó él.
—También ha pedido fotografías del primer incendio, antes de la extinción completa —continuó Eva.
—Que se las manden.
—¿Y las nuestras de hoy?
Elena valoró la pregunta un instante.
—Sí, pero separadas y fechadas. Tiene que poder distinguir sin duda qué pertenece a cada episodio.
Eva hizo una última anotación.
La mañana había empezado con cuatro zonas que se resistían a comportarse como un único fuego. Seguían siendo las mismas cuatro, pero ahora disponían de un dato temporal que obligaba a cambiar la forma de estudiarlas.
Hasta que el terreno o una revisión especializada demostraran lo contrario, dejarían de preguntarse únicamente cómo podía haber sobrevivido el primer incendio bajo la ceniza.
La siguiente comprobación sería distinta: qué podía haber iniciado una combustión nueva después de que aquellas zonas hubieran aparecido frías en el último control.
Elena cerró el portátil. Para avanzar, esa pregunta era suficiente.