El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Ramiro abrió la marcha por una pista estrecha que descendía desde la caseta hacia la ladera.

Elena dejó que se adelantara unos metros.

No necesitaba que le señalara cada curva, pero sí comprender por dónde circulaban normalmente los vehículos y qué accesos se utilizaban cuando había trabajos en el monte.

La humedad de la mañana seguía retenida en las cunetas.

En los taludes, la tierra oscura contrastaba con la ceniza gris de las zonas más afectadas por el primer incendio.

El fuego había dejado un paisaje irregular, con troncos ennegrecidos junto a otros apenas tocados, manchas de suelo desnudo, helechos chamuscados y franjas donde la vegetación baja seguía en pie.

Al llegar al primer cambio de pendiente, Elena se detuvo.

—Desde aquí, ¿se podía llegar a la caseta sin pasar por la barrera principal?

Ramiro miró hacia arriba.

—En vehículo, no. A pie hay senderos, pero no son cómodos. Alguno sale a fincas privadas.

—¿Y maquinaria?

—Por esta pista y por la de arriba. Depende de la zona.

Eva caminaba detrás con la carpeta del siniestro bajo el brazo. Ya había recibido una copia más completa del parte preliminar y la abrió cuando Elena se volvió hacia ella.

—Aquí pone que el segundo aviso se trató como reproducción del incendio principal —dijo—. «Reactivación puntual en interior de perímetro controlado». Es la redacción que utilizaron esa noche.

—¿Quién la firmó?

Eva localizó la página.

—El responsable de la intervención. Luego hay un parte de cierre más breve.

—¿Habla de un único punto?

—Habla de un episodio. No describe con detalle cuántas zonas estaban activas cuando llegaron.

Elena siguió andando. Aquello no invalidaba nada.

Un parte operativo podía agrupar varios puntos bajo una misma incidencia sin pretender describir el mecanismo exacto de propagación.

El problema aparecería si la palabra reproducción se había convertido después en una explicación aceptada sin que nadie hubiese comprobado cómo podía haberse producido.

Llegaron a la primera de las manchas que Elena había numerado en el cuaderno.

Desde aquella posición, el desnivel se entendía mejor: el terreno descendía suavemente durante unos metros y después se inclinaba hacia una vaguada.

La segunda mancha quedaba más arriba, separada por una franja donde el primer incendio había consumido parte del matorral, pero no todo.

Seguían allí ramas finas, hojas secas atrapadas entre piedras y restos de helechos que habrían podido arder si una llama hubiese avanzado de forma continua.

Elena estudió el espacio sin acercarse todavía al centro quemado.

—Si el fuego hubiera pasado desde aquí hasta la siguiente zona, ¿por dónde tendría que haberlo hecho?

Ramiro señaló una línea casi recta cuesta arriba.

—Supongo que por ahí.

—Eso parece a primera vista.

Eva observó la franja intermedia.

—Y no está quemada.

—No como esperaríamos si hubiera habido continuidad superficial.

Elena no añadió nada más. Una llama no obedecía a una línea trazada sobre el suelo.

El viento, la pendiente, la humedad y la distribución del combustible podían desviar o interrumpir una propagación; también podían generar focos secundarios.

La cuestión era comprobar si alguna de esas posibilidades encajaba con lo que tenían delante.

Se agachó junto al borde y apartó con cuidado una rama suelta que estaba fuera de la zona quemada. Debajo seguía habiendo hojarasca húmeda.

—¿La noche del segundo aviso hacía más viento aquí arriba que abajo?

Ramiro negó.

—No sabría decírtelo.

—Bien.

Él la miró con una sonrisa breve.

—Cada vez que digo que no sé algo, parece que te dejo más tranquila.

—Me deja tranquila saber qué información es segura y cuál no.

Eva pasó una hoja.

—El parte menciona viento flojo del oeste.

—Necesito contrastarlo con los datos horarios y, si es posible, con la estación más próxima que represente bien esta zona.

—Ya lo he pedido.

Elena anotó la dirección provisional del viento y continuó hasta la segunda mancha.

Allí el daño reciente ocupaba una superficie algo mayor.

El borde inferior era irregular y se estrechaba hacia un punto donde quedaban restos carbonizados de matorral; más arriba, sin embargo, la vegetación volvía a presentar el aspecto del primer incendio, sin una segunda exposición evidente.

Recorrió despacio el contorno. No buscaba un dibujo perfecto, porque los incendios rara vez lo ofrecían. Buscaba una historia física que pudiera sostenerse sin obligar al terreno a comportarse como convenía a la hipótesis.

—¿Hubo trabajos de extinción entre estos dos puntos durante el primer incendio?

Ramiro tardó unos segundos.

—Sí, pero no sabría decirte exactamente dónde descargaron agua.

—Necesito esa información también.

—Puedo preguntar a la cuadrilla que estuvo aquí.

—Pregunta por operaciones concretas: agua, herramientas, remoción de suelo, cualquier cosa que pudiera haber cambiado el combustible entre el primer y el segundo fuego.

Eva levantó la vista de la carpeta.

—¿Porque una zona mojada podría haber cortado la propagación?

—Podría. También una zona removida o una diferencia real de combustible. No quiero descartar una explicación natural solo porque el dibujo sea incómodo.

Continuaron hacia la tercera zona. El ascenso era corto, pero suficiente para que cambiara el terreno.

La pista quedaba más cerca y aparecían marcas antiguas de neumáticos, algunas deformadas por la lluvia.

Ramiro explicó que por allí entraban vehículos de propietarios, cuadrillas y técnicos cuando había trabajos forestales o mediciones.

—Tomás también subía por aquí —añadió.

Elena miró la pista.

—¿Con su socio?

—A veces juntos. Otras, cada uno por su cuenta.

—¿Sabes cuándo estuvieron por última vez antes del primer incendio?

—No. Tendría que mirar si dejaron algún aviso de trabajo.

—No hace falta que lo recuerdes ahora.

Eva cerró la carpeta.

—En la documentación de la aseguradora aparece la empresa de topografía porque estaba haciendo mediciones para una compraventa. No hay mucho más.

—De momento es suficiente.

Elena no tenía ninguna razón para convertir a Tomás o a su socio en el centro de la inspección. Que hubieran trabajado allí explicaba su presencia en el monte y el uso de la caseta. Por ahora, nada más.

La tercera mancha reciente estaba a pocos metros de la pista, aunque no pegada a ella. Elena se situó primero en el punto más bajo y después subió hasta el borde superior. Desde allí podía ver, entre los troncos, parte de la segunda zona.

La distancia no era grande, pero la trayectoria entre ambas seguía sin resultar convincente.

Sacó el cuaderno, dibujó una línea discontinua entre los tres puntos y añadió flechas para indicar la pendiente y la dirección provisional del viento.

Eva se acercó.

—¿Qué te falta para decir que no se propagó de uno a otro?

—Mucho menos de lo que me faltaba hace una hora, pero todavía no lo suficiente.

—¿Qué podría explicarlo?

Elena señaló el terreno.

—Focos secundarios transportados por el aire, combustión subterránea en raíces o materia orgánica, cambios de humedad, diferencias de combustible o alguna intervención durante la extinción que haya creado discontinuidades.

Ramiro contempló la franja entre las manchas.

—Pero tendrían que coincidir varias cosas.

—Sí. Y cuanto más compleja sea la explicación, más tenemos que comprobarla. Eso no la convierte en falsa.

Cuando regresaron a la pista alta, la caseta apareció de nuevo entre los árboles. Desde ese ángulo se entendía mejor su relación con las tres manchas. No formaba la prolongación natural de ninguna: estaba desplazada hacia un lateral, junto al camino, con una pequeña explanada delante.

Elena permaneció unos segundos observando el conjunto.

Si trazaba mentalmente una línea entre los cuatro puntos, no obtenía una dirección de propagación, sino algo parecido a un recorrido.

No lo anotó. Aún podía ser una coincidencia creada por la topografía, por la manera en que se había detectado el segundo episodio o por trabajos posteriores al primer incendio.

Antes de darle peso necesitaba datos que no fueran únicamente espaciales.

—La caseta se usaba bastante —dijo Ramiro—. No solo por los topógrafos.

—¿Quién más?

—Propietarios, alguna cuadrilla, gente que venía a revisar cierres o caminos. No todos tenían llave propia. A veces se dejaba una en custodia.

—¿Dónde?

—En una caja de llaves de la comunidad. Y otras personas tenían copia.

—¿Hay registro?

—De entrega de llaves, sí. No de cada vez que alguien abría la puerta.

—Eso es distinto. Quiero el registro de quién podía disponer de una copia cuando ocurrió el segundo fuego. No hace falta analizarlo todavía; solo conservarlo.

Ramiro asintió.

Se acercaron al exterior de la caseta sin entrar.

Elena había pedido esperar hasta conocer qué se había retirado y qué parte del interior permanecía tal como había quedado después del segundo episodio.

No quería atribuir valor a una posición que pudiera haberse alterado durante una inspección rutinaria.

Eva sacó el parte.

—Aquí hay una observación de la reapertura del siniestro. Dice que la caseta presentaba «recalentamiento de elementos interiores y afectación localizada en acceso».

Elena pidió la hoja y la leyó completa. El texto era breve: indicaba la hora del aviso, la llegada de los medios, la intervención y el control final.

La palabra recalentamiento no demostraba qué había sucedido.

Podía limitarse a describir un daño reciente sobre materiales ya afectados por el primer incendio.

—¿Quién redactó esto?

Eva le dio el nombre.

—Quiero hablar con él más adelante, cuando tengamos la documentación térmica.

—¿No ahora?

—Ahora podría contarme lo que recuerda después de haber leído sus propios partes varias veces. Prefiero empezar por los datos que dejó aquella noche.

Eva guardó la hoja.

Ramiro señaló la puerta.

—Después del primer incendio entramos porque había cosas que podían recuperarse. No se hizo inventario completo.

—¿Quién decidió qué sacar?

—Entre varios. Había herramientas y material de trabajo.

—¿De los topógrafos?

—Algo había. También cosas de la comunidad.

Elena observó el marco ennegrecido.

—¿Recuerdas si Tomás guardaba documentación aquí?

Ramiro frunció el ceño.

—Papeles, seguro. Mapas, planos... Trabajaba con ellos. Pero no sabría decirte qué había ese día.

—Con eso me basta.

—Su socio podrá saberlo mejor.

Elena dejó anotada la referencia sin convertirla en una línea de investigación prematura.

Ya llegaría el momento de hablar con quien compartía el trabajo de Tomás; no iba a transformar una inspección de incendio en una investigación sobre un muerto únicamente porque ambas cosas coincidieran en el mismo lugar.

Eva miró hacia las manchas de la ladera.

—Entonces, ¿qué podemos poner hoy en el informe?

Elena se tomó unos segundos antes de responder. Era una pregunta útil porque, por primera vez desde que había llegado, disponía de una hipótesis provisional capaz de ordenar el trabajo sin presentar como demostrado lo que todavía no lo estaba.

—Que la continuidad entre las cuatro zonas no está demostrada y que, con lo que hemos visto, una propagación superficial sencilla no explica bien la distribución.

—¿Eso significa que descartas la reproducción?

—No. Significa que la reproducción necesita un mecanismo concreto. Si hubo calor residual, raíces activas o focos secundarios, tenemos que encontrar algo compatible con eso.

Ramiro miró hacia la caseta.

—¿Y si no aparece?

—Entonces cambiaremos de hipótesis.

Elena se oyó decirlo sin la sensación de estar protegiéndose detrás de una reserva. Podía compartir una conclusión provisional siempre que dejara claro dónde terminaban los datos y dónde empezaba la posibilidad.

Recorrieron una vez más el tramo entre la caseta y la tercera mancha.

Esta vez Elena prestó menos atención a los bordes quemados y más a lo que había entre ellos: suelo húmedo, vegetación parcialmente conservada, pequeños cambios de cota y restos de operaciones anteriores.

Nada constituía una barrera perfecta, pero tampoco aparecía una trayectoria de fuego convincente.

Al volver a la explanada, Eva recibió un mensaje.

—Me confirman que el archivo térmico existe. Lo están recuperando del sistema.

—¿Con fecha y hora?

—Sí.

—Perfecto. No me adelantes el resultado si te lo mandan antes de que podamos verlo completo.

Eva la miró divertida.

—Eso va a ser difícil si el correo trae una imagen enorme.

—Inténtalo.

Ramiro soltó una risa.

Elena guardó el cuaderno y recorrió con la vista el exterior de la caseta.

Había pasado demasiada gente por allí después del primer incendio y existía demasiado poco control sobre qué se había movido.

Si continuaban retirando restos, cada hora podía complicar más la lectura de la segunda exposición al fuego.

—Necesito que hagamos una cosa antes de seguir.

Ramiro se volvió hacia ella.

—¿Qué?

—Que nadie retire nada más de la caseta ni de su entorno inmediato hasta que terminemos la inspección. Si hay que entrar por seguridad, se documenta antes. Si algo se mueve, se anota quién, cuándo y por qué.

Eva asintió.

—Puedo dejarlo por escrito desde la aseguradora.

—Hazlo.

Ramiro miró la puerta y después a Elena.

—¿Crees que ahí está la explicación?

—No lo sé.

—Pero quieres conservarlo.

—Precisamente porque no lo sé.

Ramiro sacó el teléfono para llamar a la persona que gestionaba los trabajos de la comunidad.

Elena volvió la vista hacia la ladera. Las tres manchas y la caseta seguían sin formar una historia completa, pero al menos había dejado protegida una parte de esa historia antes de que alguien, con la mejor intención, pudiera hacerla desaparecer.