El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2) Capítulo 1
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El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2)

El bosque que ardió dos veces (Las huellas de la tierra 2)

Por Lucia Montalban Ruiz

© inepub.com

Capítulo 1

La tierra cedió bajo la bota de Elena con un sonido húmedo.

Se detuvo antes de apoyar el otro pie. A menos de un metro, los restos de helechos y hojas ennegrecidas se hundían en una capa de ceniza apelmazada por la humedad.

Más arriba, donde la pendiente se suavizaba, algunos tallos chamuscados conservaban gotas de agua en las puntas.

Había llovido poco, según le habían explicado, pero lo suficiente para borrar del suelo superficial el aspecto seco de un incendio reciente.

Elena retrocedió medio paso y buscó una zona más firme.

—Por aquí se puede pasar —dijo Ramiro Cuesta desde la pista—. Han entrado ya varias veces después del segundo aviso.

—Precisamente por eso prefiero no abrir otro camino.

Ramiro no discutió. Había dejado el todoterreno junto a la barrera forestal y, desde entonces, se limitaba a responder cuando Elena preguntaba.

Como portavoz de la comunidad de propietarios, conocía los accesos, quién tenía llaves y para qué se utilizaban las pistas.

También parecía saber cuándo una respuesta necesitaba comprobarse antes de darla, una cualidad que Elena agradecía más que la seguridad fingida.

Eva Arango esperaba unos metros más abajo, sobre una franja que el primer incendio había dejado casi desnuda. Llevaba una carpeta dentro de una funda de plástico y el teléfono en la mano.

—¿Quieres que empiece a enseñarte fotografías?

—Todavía no.

Eva guardó el móvil.

La aseguradora había contratado a Elena a petición conjunta con la comunidad de propietarios después de que el incendio, ya dado por controlado, hubiera vuelto a aparecer dentro del mismo perímetro.

El parte preliminar hablaba de una reproducción: calor residual o una combustión que había permanecido oculta bajo restos vegetales hasta reactivarse al cambiar las condiciones.

No era una explicación extraña. Un fuego podía conservarse donde desde fuera parecía extinguido y reaparecer horas o días después.

Elena no necesitaba demostrar que aquello fuese imposible. Necesitaba comprobar si explicaba lo que tenía delante.

Avanzó por el límite de la zona reciente.

El olor a incendio seguía presente, mezclado ahora con tierra mojada, madera húmeda y materia vegetal en descomposición.

A su izquierda, la ladera descendía hacia una vaguada donde el verde volvía a dominar; a la derecha, el primer incendio había dejado una extensión irregular de troncos ennegrecidos, matorral consumido y árboles que aún conservaban parte de la copa.

Dentro de aquel daño antiguo se distinguía otro más reciente.

Elena se agachó junto al borde de la primera mancha.

No ocupaba mucho más que unos cuantos metros.

El fuego había vuelto a pasar por una superficie ya afectada, pero con intensidad suficiente para consumir restos que el primer incendio había dejado a medias.

La diferencia se apreciaba en la ceniza y en pequeñas alteraciones de la vegetación que había sobrevivido en los bordes.

Sin tocar nada, sacó el cuaderno y dibujó la pista, la pendiente y la posición aproximada del área.

—¿Esta fue la primera que visteis?

Ramiro se acercó sin abandonar el terreno firme.

—No sabría decirte cuál encontraron primero. El aviso llegó de madrugada. Cuando subieron, había varios puntos.

Elena levantó la vista.

—¿Varios desde el principio?

—Eso me dijeron.

—Necesitaré saber quién subió y en qué orden los vio.

—Te paso los nombres.

Elena dejó anotada la petición mientras Eva abría la funda de la carpeta.

—En el parte figuran como un único segundo episodio.

—Puede serlo.

—¿Pero?

—No hay pero todavía.

Eva sonrió ligeramente.

—Vale.

A Elena no le molestaba que buscaran una respuesta rápida.

La aseguradora necesitaba saber si estaba ante una prolongación del primer siniestro, una nueva causa o una intervención posterior que modificara las responsabilidades.

La comunidad de propietarios tenía preguntas parecidas por motivos distintos.

Todos habían llegado a la misma montaña queriendo saber algo; Elena prefería empezar por lo único que podía estudiar sin adivinar intenciones: el comportamiento del fuego.

Se incorporó y siguió la pendiente. Entre la primera mancha y la siguiente había un tramo que apenas mostraba daño reciente.

El primer incendio había quemado allí la capa baja, pero seguían presentes restos de vegetación, ramas caídas y materia orgánica que, a simple vista, ofrecían más continuidad de la esperable si el fuego hubiese avanzado de un extremo al otro.

Caminó despacio, sin intentar reconstruir todavía una dirección de propagación. La segunda zona estaba unos metros más arriba y, al llegar, volvió a examinar el límite.

—¿El viento de esa noche?

Eva consultó una hoja.

—Flojo. Tengo el resumen meteorológico, pero no los datos horarios completos.

—Los quiero completos.

—Los pido.

—Y los del primer incendio también.

Ramiro señaló hacia la parte alta.

—Aquella noche había bastante humedad. Se notaba hasta en la pista.

Elena miró el barro marcado por neumáticos y botas.

—¿Había llovido?

—Algo el día anterior. Poco. Aquí cambia enseguida. Puedes tener una ladera seca y meterte en una vaguada que no termina de perder humedad en todo el día.

Conocía el comportamiento general de un bosque atlántico, pero no iba a sustituir con teoría lo que podía medir allí. Hundió apenas la punta de una varilla en una zona no quemada junto al borde. El material salió adherido y húmedo.

La condición era relevante, aunque no bastaba para trasladarla sin más a la noche del segundo episodio. La humedad podía haber variado desde entonces y tampoco descartaba una combustión escondida bajo una capa superficial. Era simplemente otra pieza que tendría que encajar con el resto.

—¿Cuánto tiempo pasó entre que se dio por controlado el primer incendio y este segundo fuego?

Eva le dio el intervalo. Elena lo anotó y continuó:

—¿Hubo revisiones térmicas?

—Sí.

Aquello sí le interesaba.

—¿Cuándo fue la última?

Eva buscó entre las hojas.

—Tengo constancia de una revisión anterior al segundo aviso. No me han enviado todavía el archivo completo.

—¿Imagen térmica o solo parte escrito?

—Creo que ambas cosas.

—Necesito la imagen original si existe.

—La tendrás.

Continuaron hacia la parte alta. El terreno se hacía más irregular y obligaba a bordear troncos caídos.

Elena se detuvo un par de veces para situar las manchas en el croquis.

No pretendía levantar allí una cartografía precisa; más adelante tendría datos mejores.

De momento le interesaba comprender la relación física entre los puntos.

La tercera zona reciente apareció antes de alcanzar una pista secundaria y, igual que la anterior, estaba separada del resto por una franja que no mostraba un segundo paso del fuego.

Elena recorrió con la vista la ladera desde abajo hasta la pista.

Si las tres manchas pertenecían a una misma propagación, el fuego había tenido que salvar zonas donde aún quedaba material combustible sin dejar en ellas un daño equivalente.

Había mecanismos capaces de producir algo semejante: cambios locales de humedad, pequeñas ráfagas, proyección de partículas encendidas, raíces o materia orgánica en combustión bajo la superficie.

Ninguna explicación era absurda, pero tampoco había motivo para escoger una antes de comprobarla.

—¿Lo ves raro? —preguntó Eva.

Elena tardó un momento.

—Veo tres zonas recientes que no forman una continuidad evidente.

—Eso suena a raro.

—Suena a lo que puedo decir ahora.

Eva aceptó la precisión.

Elena señaló la franja entre la segunda y la tercera mancha.

—Si hablamos de una reproducción del primer incendio, tenemos que encontrar un mecanismo que permita conservar calor, reactivarse y producir esta distribución. Puede existir, pero tiene que explicar este terreno concreto. No basta con que sepamos que los incendios, en general, pueden reactivarse.

Ramiro observó la ladera.

—Los que vinieron aquella noche dijeron que eran brasas.

—¿Dónde las vieron?

—No lo sé.

—Eso necesito que lo averigüemos.

—Lo haré.

Siguieron hasta la pista.

La caseta se levantaba al otro lado, pequeña y funcional.

Una parte de la cubierta seguía en su sitio y las paredes conservaban daños del primer incendio, pero el ennegrecimiento alrededor de la entrada hizo que Elena redujera el paso.

Incluso desde varios metros de distancia se apreciaba que allí el segundo episodio había tenido una intensidad diferente.

La vegetación próxima estaba poco afectada en algunos puntos, mientras que la parte baja de la puerta, el marco y los restos junto a una de las paredes mostraban una exposición más fuerte. Algunos materiales parecían haber sufrido un calentamiento reciente sobre daños anteriores.

Elena tomó primero fotografías generales y solo después se acercó.

—¿La caseta ardió ya la primera vez?

—Sí —respondió Ramiro—. Pero no se vino abajo.

—¿Entró alguien después?

—Claro. Hubo que comprobar daños. También se retiraron algunas cosas.

Elena apartó la atención de la puerta.

—¿Qué cosas?

Ramiro hizo memoria.

—Herramientas, una batería, material que había quedado dentro... No tengo la relación aquí.

—La necesitaremos. Y también quién entró.

—Puedo conseguirlo.

Eva se acercó.

—¿Crees que el segundo fuego empezó aquí?

—No.

La rapidez de la respuesta hizo que Eva la mirara con sorpresa.

Elena señaló la ladera.

—Quiero decir que no puedo afirmarlo. Que haya más daño aquí no convierte la caseta en el origen.

Avanzó unos pasos. La humedad se notaba incluso en el aire de la sombra. En uno de los laterales, la ceniza formaba una capa oscura pegada al suelo y, apenas unos metros más allá, reaparecían restos vegetales con poca afectación reciente. Elena incorporó la caseta al croquis como un cuarto punto.

Tres manchas en la ladera y una construcción dañada junto a la pista. De momento, lo único que podía unirlas era que las cuatro habían ardido después de que el incendio principal se considerara controlado.

—¿Para qué se utilizaba esto?

—Depende —dijo Ramiro—. Guardamos alguna herramienta, documentación de trabajos, cosas de las fincas. No es de uso exclusivo de nadie.

—¿Quién tenía acceso?

—Varios propietarios y gente que trabaja aquí. Tendría que darte una lista.

—Hazla completa. No selecciones ahora a quien te parezca importante.

Ramiro la miró.

—¿Cómo?

—Todos los que podían entrar. Ya veremos después qué significa cada nombre.

—De acuerdo.

Elena fotografió el exterior desde varios ángulos. En el interior se distinguían estructuras deformadas y restos carbonizados, pero no entró. Antes necesitaba saber qué se había movido en las inspecciones anteriores y qué parte seguía exactamente como había quedado tras el segundo incendio.

Eva se apartó para atender una llamada. Ramiro permaneció junto a la pista mientras Elena observaba la caseta desde el exterior.

—Aquí trabajaba también Tomás Valdés —dijo él.

El nombre le resultaba conocido por la documentación preliminar.

—El topógrafo.

—Sí.

—Murió durante el primer incendio.

Ramiro asintió.

—Se cayó por una ladera cuando intentaba salir. Una desgracia. Estaba trabajando por esta zona ese día.

Elena había leído la referencia: cincuenta y siete años, topógrafo, muerto accidentalmente durante el incendio. Nada en el encargo que había recibido exigía revisar aquella muerte.

—¿Usaba la caseta con frecuencia?

—En las últimas semanas, bastante. Él y el socio estaban midiendo fincas por una venta.

Elena dejó constancia del dato.

—¿El material que se retiró después del primer incendio era suyo?

—Parte podría serlo. No te lo sé decir.

—Entonces no lo demos por hecho.

Eva regresó mientras guardaba el teléfono.

—He pedido el barrido térmico. Dicen que lo localizarán esta mañana.

—Bien.

Elena volvió al croquis. Podía unir las cuatro zonas con una línea y convertirlas sobre el papel en un único incendio. También podía separarlas y tratarlas como focos independientes. Cualquiera de las dos decisiones sería prematura.

Retrocedió hasta un punto desde el que veía al mismo tiempo la caseta y buena parte de la ladera.

La explicación inicial seguía abierta: una reproducción podía comportarse de forma poco intuitiva en un terreno que ya había ardido y donde humedad, combustible y profundidad de la materia orgánica variaban en pocos metros.

Lo que todavía faltaba era un mecanismo capaz de explicar aquella distribución concreta.

Abrió el cuaderno por una página limpia y dibujó de nuevo el sector con más espacio.

Situó las tres manchas y añadió la caseta.

Eva se colocó a su lado.

—¿Qué ponemos de momento?

—Cuatro zonas.

—¿No un segundo foco?

—El parte puede llamarlo así. Para trabajar, prefiero no unirlas hasta saber qué las une.

Ramiro señaló la caseta.

—¿Y si todas son reproducciones del mismo incendio?

—Entonces deberíamos poder demostrar un mecanismo compatible para las cuatro.

—¿Y si no?

Elena miró el dibujo antes de responder.

—Entonces tendremos que cambiar la pregunta.

Numeró las cuatro marcas del croquis. Todavía no necesitaba decidir por qué el Monte de Valdorna había ardido de nuevo; antes debía comprobar si aquellas cuatro zonas podían explicarse realmente como una sola reactivación del incendio anterior.

Solo después tendría sentido buscar otra causa.