CAPÍTULO XXVII
El fin de la travesía
Vimos la costa dos días después. Al principio fue apenas una línea más oscura sobre el horizonte. El muchacho fue uno de los primeros en distinguirla.
—¿Es ahí?
Jacobo entrecerró los ojos.
—Es tierra.
—Ya sé que es tierra. Pregunto si es ahí.
—Por eso te respondí lo que sé.
El muchacho sonrió.
Durante las horas siguientes la línea fue adquiriendo forma.
Primero aparecieron las elevaciones.
Después algunos acantilados.
Más tarde pudimos distinguir construcciones.
La noticia recorrió el barco mucho antes de que alguien la anunciara.
«Habíamos llegado».
O eso empezó a decir la gente.
Escuché la frase varias veces aquella tarde.
La repetían quienes habían atravesado la tormenta, quienes se habían incorporado en el puerto del sur y quienes apenas conocían nuestra historia por lo que otros les habían contado.
Algunos se abrazaban.
Otros señalaban la costa.
Un hombre aseguró que siempre había sabido que lo conseguiríamos.
No recordaba haberlo oído decirlo antes.
El capitán permaneció en el puente.
La costa estaba a la vista, pero todavía faltaba más de un día para alcanzar el puerto.
—La gente está celebrando —dijo el primer oficial.
—Lo sé.
—Quizá deberíamos anunciar algo.
El capitán siguió mirando hacia delante.
—Todavía no hemos llegado.
El primer oficial observó la costa.
—Se ve bastante cerca.
Jacobo estaba junto a ellos.
—También se ve pequeño el puerto desde aquí.
El capitán ordenó mantener el rumbo.
◆◆◆
Aquella noche el muchacho bajó a mi taller.
Había extendido sobre la mesa las cartas utilizadas durante las últimas jornadas.
Algunas eran antiguas.
Otras habían sido corregidas en el puerto del sur.
Había anotaciones en los márgenes, profundidades modificadas y pequeñas marcas que no figuraban antes de la tormenta.
El muchacho señaló una.
—Ese no era el mapa que teníamos al principio.
—No.
—¿Y cuál es el verdadero?
Levanté la vista.
—¿Verdadero?
—El que muestra cómo es realmente esta parte del mar.
Miré las cartas.
Habíamos usado cuatro durante aquella etapa. Ninguna coincidía completamente con las demás.
—Probablemente ninguno.
Frunció el ceño.
—Entonces ¿para qué tenemos cuatro?
—Porque pueden equivocarse en cosas diferentes.
Pensó unos segundos.
—Eso no suena muy tranquilizador.
—No era mi intención tranquilizarte.
Tomó una de las cartas.
Había aprendido a hacerlo sin doblar los bordes.
—Pero estamos llegando.
—Eso parece.
Me miró.
—Antes habría dicho «todavía no».
—Estoy envejeciendo.
Sonrió.
Después volvió al mapa.
—Cuando lleguemos, ¿esta habrá sido la ruta correcta?
Dejé la pluma.
—Será la ruta que recorrimos.
—No pregunté eso.
—Lo sé.
Esperó.
Miré las líneas que habíamos corregido durante el viaje.
—Habrá decisiones que podremos evaluar mejor que antes. Algunas resultarán razonables. Otras quizá no. Y probablemente habrá algunas sobre las que seguiremos discutiendo.
—¿Aunque lleguemos?
—Llegar no cambia lo que sabíamos cuando las tomamos.
Volvió a mirar las cartas.
—Entonces llegar tampoco demuestra que estaban bien.
—No.
—Pero tampoco que estaban mal.
Sonreí.
—Estás empezando a ser agotador.
Pareció satisfecho.
◆◆◆
A la mañana siguiente la costa ocupaba buena parte del horizonte.
También llegaron las primeras conclusiones.
Una mujer decía que haber abandonado el puerto del sur había quedado demostrado como una buena decisión.
Otro pasajero sostenía que ninguna llegada podía justificar los errores cometidos antes de la tormenta.
Un tercero aseguraba que el desvío hacia el sur había sido innecesario porque, después de todo, habíamos terminado encontrando otro puerto.
Lo decía mientras bebía agua cargada precisamente durante aquel desvío.
Leandro escuchaba.
Lo encontré más tarde sentado cerca de cubierta, con el cuaderno sobre las rodillas.
No escribía.
—Eso es nuevo —le dije.
—Estoy intentando decidir qué merece ser escrito.
—Eso no es nuevo.
—Antes decidía demasiado rápido.
Me senté a su lado.
Dos pasajeros discutían a pocos metros.
Uno sostenía que el capitán había salvado el barco.
El otro, que había sido responsable de ponerlo en peligro.
Ambos hablaban de la misma persona.
—¿Cuál de los dos tiene razón? —preguntó Leandro.
—No lo sé.
Sonrió.
—Algún día tendrá que encontrar otra respuesta.
—Cuando aparezca una mejor, la usaré.
Leandro miró su cuaderno.
—La crónica necesita una conclusión.
—¿Por qué?
—Porque las historias terminan.
Miré hacia la costa.
—Los libros terminan.
Leandro siguió mi mirada.
Guardó el cuaderno.
Poco antes del mediodía el capitán reunió a los responsables de navegación.
Esta vez también estaba el encargado de máquinas.
Y el de provisiones.
Y Jacobo.
Y yo.
El primer oficial desplegó la carta de acceso al puerto.
—Si mantenemos esta velocidad, podemos entrar mañana por la mañana.
El capitán miró a Jacobo.
—¿Condiciones?
—Buenas por ahora.
—¿Por ahora?
—Es la parte de la frase que suele olvidarse —dijo, casi sonriendo.
Se volvió hacia el encargado de máquinas.
—¿Algo que deba saber?
El hombre consultó sus notas.
—Una de las bombas está calentando un poco más de lo habitual.
El primer oficial levantó la vista.
—¿Es un problema?
—Todavía no.
—¿Puede convertirse en uno?
—Sí.
El capitán esperó.
—¿Qué recomienda?
—Revisarla antes de entrar.
—¿Cuánto retrasaría la llegada?
—Tal vez dos horas.
El primer oficial señaló la carta.
—Podemos revisarla después de atracar.
El encargado de máquinas dudó.
El capitán lo vio.
—¿Qué piensa?
—Que probablemente llegaría sin problemas.
—No le pregunté qué ocurrirá probablemente.
El hombre respiró.
—Preferiría revisarla.
—Hágalo.
◆◆◆
La reunión continuó.
Una bomba que todavía funcionaba. Dos horas de retraso. Un puerto visible.
Buen tiempo.
Ningún peligro inmediato.
La noticia del retraso no fue bien recibida.
—Después de todo lo que hemos pasado, ¿ahora vamos a detenernos por una bomba?
Escuché la pregunta varias veces.
La bomba funcionaba.
Lo suficiente para que detenernos pareciera innecesario.
El muchacho apareció mientras los hombres desmontaban una de sus piezas.
—¿Está rota?
—No —respondió el encargado.
—Entonces ¿por qué la están reparando?
El hombre se limpió las manos.
—No la estamos reparando.
—¿Qué hacen?
—Intentamos averiguar por qué está más caliente.
El muchacho miró la máquina.
—¿Y si no encuentran nada?
—La volvemos a montar.
—Entonces habremos perdido dos horas.
—Puede ser.
—¿Y cómo sabremos si valió la pena?
El encargado sonrió.
—Si todo sale bien, probablemente no lo sabremos.
Encontraron una pieza desgastada.
No estaba rota.
Todavía.
La cambiaron.
Perdimos algo más de dos horas.
Cuando volvimos a avanzar, el puerto parecía casi al alcance de la mano.
Alguien aplaudió cuando las máquinas recuperaron su ritmo.
Esta vez nadie lo siguió.
◆◆◆
Esa tarde el capitán me encontró en cubierta.
No llevaba documentos.
—Mañana llegaremos —dijo.
—Eso parece.
—Jacobo empieza a contagiarlo.
—Desde hace años —respondí.
Se apoyó en la borda.
Durante un rato observamos la costa.
—Pensé muchas veces en llegar a algún lugar después de todo esto.
Esperé.
—Después de la tormenta creí que, si conseguíamos llegar a algún lugar, algunas cosas serían más fáciles de entender.
—¿Lo son?
—No.
—Entonces ha aprendido algo.
Sonrió apenas.
—También pensé que sabría qué decir.
—Todavía tiene tiempo para inventarlo.
—Antes lo habría hecho.
Eso me hizo mirarlo.
El capitán seguía observando el horizonte.
—Cuando asumí el mando creía que mi trabajo consistía en conseguir que todos confiaran en el rumbo.
Esperé.
—Después pensé que consistía en encontrar el rumbo correcto.
—¿Y ahora?
Tardó un poco.
—Ahora creo que consiste en decidir sin fingir que sé más de lo que sé.
—Y escuchar antes de hacerlo —añadí.
El capitán siguió observando la costa.
—Samuel no va a ver esto.
No había pronunciado su nombre durante varios días.
—No.
—Y nosotros sí.
—Sí.
—No sé qué hacer con esas dos cosas al mismo tiempo.
Miré hacia la costa.
—Quizá no tenga que hacer nada.
—Soy el capitán.
—Eso no convierte todo en una decisión.
Permaneció en silencio.
Después asintió.
Entramos al puerto a media mañana.
No hubo música.
Nadie había preparado banderas. No había una multitud esperando nuestra llegada.
Había trabajadores descargando cajas, marineros reparando redes, comerciantes discutiendo precios y un perro que dormía junto a unos barriles.
Algunos levantaron la vista al vernos entrar y enseguida continuaron con lo que estaban haciendo.
Desde cubierta, aquello resultaba casi ofensivamente normal.
Entonces vi una mesa junto a la puerta de un almacén.
Había varias tazas sobre ella.
Una estaba tan cerca del borde que mi primer impulso fue apartarla. Después recordé que el suelo no iba a inclinarse.
Miré el muelle.
Los hombres caminaban sin prestar atención al suelo.
Las cajas permanecían apiladas. Las puertas se abrían y cerraban sin que nadie esperara una inclinación.
El muchacho tampoco parecía pensar en ello.
Jacobo miraba el cielo.
Para quienes estaban allí, nosotros éramos apenas otro barco entrando a puerto. No conocían los nombres de quienes faltaban ni sabían por qué algunas tablas eran nuevas.
Nosotros sí.
El muchacho estaba a mi lado.
—Pensé que sería diferente.
—¿Qué cosa?
—Llegar.
Las amarras fueron lanzadas.
Los hombres del puerto las recogieron.
Sentimos el primer tirón contra el muelle. El barco se detuvo.
Después comenzaron los movimientos habituales.
Órdenes.
Pasos.
Equipaje.
Puertas.
Nombres.
Despedidas.
Para algunos, el viaje terminaba allí. Para otros, no.
El capitán reunió a todos antes del desembarco.
No subió a ninguna plataforma. No había preparado un discurso.
—Hemos llegado —dijo.
Esperó.
—No voy a decirles que estar aquí demuestra que tomamos las decisiones correctas.
Nadie se movió.
—Tampoco voy a decirles que todo lo ocurrido podía haberse evitado. Hay cosas que todavía no sabemos. Algunas quizá no las sepamos nunca.
Miró a la tripulación.
—Sí sabemos que muchas personas hicieron bien su trabajo cuando hacerlo era difícil. Algunas están aquí.
Se detuvo.
—Otras no.
No necesitó decir ningún nombre.
Yo escuché uno de todas formas.
—También cometimos errores. Algunos los reconocimos a tiempo. Otros después. Y probablemente todavía queden algunos que no hemos descubierto.
Leandro levantó ligeramente la cabeza.
—No sé cuál será la historia que cada uno contará cuando baje de este barco.
El capitán recorrió con la mirada a quienes tenía delante.
—Solo les pediría una cosa.
Esperó.
—No la hagan más sencilla de lo que fue.
Eso fue todo.
Nadie aplaudió.
◆◆◆
El desembarco duró horas.
Vi abrazos.
Vi personas marcharse sin mirar atrás.
Vi a otras detenerse en el muelle para observar el barco desde fuera.
El muchacho ayudó a una mujer con dos cajas y después regresó.
—¿No vas a bajar? —pregunté.
—Después.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Quiero ver qué pasa cuando todos se van.
No todos se fueron.
Algunos pasajeros continuarían con nosotros cuando el barco volviera a zarpar.
Parte de la tripulación también.
Otros habían terminado allí su viaje.
Al caer la tarde quedaban pocas personas en cubierta.
El puerto olía a madera mojada, pescado y humo.
Desde algún lugar llegaba el sonido de una campana.
El muchacho estaba sentado cerca de la borda.
Me acerqué.
—Ya llegamos —dijo.
—Sí.
—¿Y ahora?
Miré el barco.
Había hombres revisando cabos.
Alguien limpiaba la cubierta.
En la sala de máquinas seguían trabajando.
Jacobo continuaba mirando el cielo, como si un puerto no hubiera modificado sus obligaciones con las nubes.
Leandro estaba sentado junto a una caja, escribiendo.
El primer oficial discutía con un encargado del muelle sobre provisiones.
El capitán hablaba con varios tripulantes que querían saber cuándo volveríamos a zarpar.
Todo seguía ocurriendo.
—No lo sé —respondí.
El muchacho no protestó.
Permanecimos allí un rato.
Después preguntó:
—¿Qué sabemos?
Lo miré.
Ya no había impaciencia en su voz.
—Sabemos que podemos quedarnos unos días. Que habrá que revisar las provisiones antes de salir. Que necesitamos cartas mejores de las aguas del norte. Que Jacobo no confía en el viento para pasado mañana.
—¿Y qué no sabemos?
Sonreí.
—Bastantes cosas.
—¿Hacia dónde iremos?
—Todavía no.
Asintió.
Señaló hacia Leandro.
—¿Todavía está escribiendo?
—Eso parece.
—Pensé que al llegar terminaría.
Miré al cronista.
Después pensé en las páginas que me esperaban en el taller.
En las líneas que habíamos trazado y en las que habíamos dejado incompletas.
En el cilindro vacío.
En Samuel Esteban Rivas.
En Baltasar.
En Amalia Montes, estuviera donde estuviera.
En el primer día que el muchacho había bajado a mi taller y había preguntado para qué servían los mapas.
Había comenzado a ordenar todo aquello creyendo que estaba reconstruyendo un viaje.
Ya no estaba tan seguro.
Quizá estaba haciendo lo mismo que siempre había hecho.
Intentar dejar constancia de por dónde habíamos pasado para que alguien, después, pudiera decidir qué hacer con esa información.
El muchacho volvió a mirar el puerto.
—Entonces ¿cuándo termina?
No respondí.
◆◆◆
Aquella noche regresé al taller.
El barco estaba extrañamente quieto.
Todavía no conseguía acostumbrarme del todo a esa sensación cuando permanecíamos amarrados.
Durante casi toda mi vida había interpretado el movimiento bajo los pies como una condición natural de las cosas.
Ahora sabía que no lo era.
Encendí la lámpara.
Sobre la mesa estaban las páginas que había escrito durante las últimas semanas.
Las ordené.
Las leí desde el principio.
Después volví a ordenarlas.
Había empezado con el muchacho bajando por una escalera.
No era donde había comenzado la historia.
Solo era donde yo había decidido empezar a contarla.
Pensé en el mapa desaparecido.
En las filtraciones.
En los botes sin reparar.
En Jacobo mirando el cielo.
En los informes resumidos.
En los cartógrafos a quienes habían dejado de consultar mucho antes de que yo fuera el último.
Pensé también en mí.
En todas las veces que había descubierto algo que me preocupaba y había aceptado demasiado rápido que nadie quisiera escucharlo.
¿Cuándo había empezado todo?
No lo sabía.
Podía elegir una fecha. Eso no la convertiría en cierta.
Abrí un cuaderno nuevo.
Pasé una página.
Después otra.
Seguí pasando.
Cuando llegué a la trigésima, me detuve.
Las dejé en blanco.
No porque no tuviera qué escribir, sino porque tenía demasiados lugares posibles por donde comenzar.
En la página siguiente apoyé la pluma. Permanecí un largo rato sin moverla.
Desde algún lugar de cubierta llegó una voz. Después otra.
Alguien preguntaba por las mareas de la mañana. Alguien más quería saber cuándo partiríamos.
Sonreí.
Entonces escribí una sola frase:
«Si este cuaderno ha llegado hasta usted, significa que el barco continúa navegando.»
Esperé a que la tinta secara.
Después pasé la página.
Y continué escribiendo...