CAPÍTULO XXVI
Nuevas maneras
La costa apareció seis días después. Era una línea oscura en el horizonte que debía permanecer a estribor durante buena parte de la jornada.
Según nuestras cartas, después de bordearla encontraríamos dos rutas posibles.
La primera era más corta.
La segunda nos alejaba varias millas antes de volver hacia el norte.
Durante años habíamos utilizado la primera.
Aquella mañana Jacobo pidió que consideráramos la segunda.
El capitán extendió las cartas.
—¿Por qué?
Jacobo señaló una zona cercana a la costa.
—El agua no me gusta.
El primer oficial miró el mar.
—¿Qué tiene?
—No lo sé.
—Eso dificulta bastante la discusión —replicó.
—También hace más difícil justificar mi argumento —respondió Jacobo en tono poco amigable.
Luego señaló una línea de sondajes.
—La profundidad debería mantenerse hasta aquí.
Movió el dedo.
—Pero anoche pasamos sobre agua menos profunda de lo esperado.
—¿Cuánto menos?
Dio la cifra.
No era alarmante.
—¿Puede ser un error de medición?
—Sí.
—¿Un desplazamiento nuestro?
—También.
—¿Cambios en el fondo?
—También.
El primer oficial respiró hondo antes de volver a hablar.
—Entonces tenemos tres explicaciones.
—Por lo menos —dijo finalmente Jacobo.
◆◆◆
Me pidieron revisar las cartas.
La más reciente confirmaba el canal.
Una más antigua también.
Los registros del puerto no mencionaban modificaciones importantes en aquella zona.
No había avisos recientes.
Nada indicaba que la ruta habitual se hubiera vuelto peligrosa.
Nada demostraba tampoco que siguiera siendo igual.
—¿Qué recomienda? —preguntó el capitán.
Miré la carta.
—La ruta exterior.
—¿Por qué?
—Porque nos permite mantener mayor profundidad mientras averiguamos si las mediciones son correctas.
—Nos costará casi un día —replicó el primer oficial.
—Probablemente menos —respondí.
—¿Y si no hay ningún problema?
—Habremos perdido unas horas.
El primer oficial bajó la vista hacia la carta.
—¿Y si tomamos la ruta habitual y sí lo hay? —pregunté.
Esta vez no hubo respuesta.
El capitán se volvió hacia Jacobo.
—¿Está de acuerdo?
—Sí.
—¿Está seguro?
—No.
El capitán asintió.
El primer oficial apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Necesito entender algo.
Todos lo miramos.
—¿Cuánta incertidumbre basta para cambiar una ruta?
Era una buena pregunta.
—No podemos desviarnos cada vez que algo no coincide exactamente con lo esperado —continuó.
—No —dije.
—Tampoco podemos exigir certeza antes de reaccionar.
—No.
—Entonces tiene que existir un punto intermedio.
—Existe.
—¿Cuál?
Miré la carta.
—Ese es el problema.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Como ya era costumbre, el muchacho permanecía cerca cada vez que surgía una discusión. Había aprendido a disfrutarlas y también a esperar el momento adecuado para intervenir.
—¿Puedo preguntar algo?.
El primer oficial hizo un gesto.
—Ya lo hizo.
—Entonces quiero preguntar algo más.
—Adelante.
El muchacho señaló las dos rutas.
—¿Qué perdemos si Ezequiel está equivocado?
—Tiempo —respondió el primer oficial.
—¿Y si está en lo cierto?
Jacobo respondió:
—Todavía no sabemos qué hay allí.
—Pero podría ser peor —afirmó.
—Sí.
El muchacho miró al capitán.
—Entonces no importa solamente qué tan probable sea.
El capitán esperó.
—También importa qué pasa si nos equivocamos.
El primer oficial fue quien respondió.
—Eso no resuelve cuánto riesgo debemos aceptar.
—No —dijo el capitán—. Pero ayuda a saber qué estamos comparando.
Miró nuevamente las cartas.
—¿Podemos obtener más información antes de llegar a la bifurcación?
Jacobo asintió. Luego dijo:
—Podemos hacer más sondajes.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó el capitán.
—Cuatro horas —respondió el primer oficial.
—Entonces hagámoslos.
◆◆◆
Durante las siguientes tres horas medimos la profundidad con más frecuencia.
Los primeros resultados fueron normales.
El primer oficial me mostró uno.
—Parece que estamos preocupándonos por nada —dijo.
—Puede ser.
Media hora después apareció otra medición menor de lo esperado.
Luego una normal.
Después dos ligeramente menores.
No había un patrón claro.
El muchacho anotaba los resultados.
—No entiendo —murmuró mientras se rascaba la cabeza.
—Bienvenido —dije, sin ocultar mi satisfacción.
—Unos dicen una cosa y otros otra.
—Sí.
—¿Cuál descartamos?
—Ninguno todavía.
—¿Y si uno está mal?
—Intentamos descubrirlo.
—¿Y si no podemos?
—Decidimos igualmente.
Ya no protestó.
◆◆◆
Una hora antes de la bifurcación volvimos a reunirnos. Los nuevos datos no demostraban que hubiera un peligro.
Tampoco habían eliminado la duda.
El primer oficial señaló los registros.
—La mayoría de las mediciones coincide con la carta.
—Sí —dijo Jacobo.
—Entonces la evidencia favorece la ruta habitual.
—Favorece que la carta sea razonablemente correcta.
—¿No es lo mismo?
—No exactamente.
Jacobo señaló las mediciones anómalas.
—Estas siguen aquí.
—Pueden ser errores.
—Sí.
—¿Cuántos errores necesitamos antes de dejar de llamarlos errores?
Jacobo sonrió apenas.
—Cuando lo averigüe, avíseme.
El capitán se acercó a la ventana.
La costa estaba ya mucho más definida. Desde allí parecía tranquila.
—Si tomamos la ruta exterior —dijo—, ¿qué riesgos añadimos?
Aquella pregunta cambió la conversación.
Viento menos favorable.
Más horas de navegación.
Mayor consumo de agua y provisiones.
Una noche adicional antes de alcanzar el siguiente punto previsto.
Nada de eso era irrelevante.
Nada parecía crítico.
—¿Estado del barco? —preguntó.
—Estable.
—¿Agua?
Suficiente margen.
—¿Tiempo?
Jacobo miró hacia cubierta.
—No veo nada que me preocupe durante las próximas horas.
—¿Puede cambiar?
—Siempre.
El capitán asintió.
El primer oficial cerró su cuaderno.
—Entonces la ruta exterior.
Todos lo miramos.
—¿Cambió de opinión? —preguntó el capitán.
—No del todo.
—Explíquese —le dijo.
—Sigo pensando que probablemente no hay nada en el canal.
—Yo también —dijo Jacobo.
El primer oficial lo miró sorprendido.
—¿Entonces por qué estamos discutiendo?
Jacobo señaló la carta.
—Porque no necesito creer que hay un peligro para preferir una ruta que nos permite equivocarnos sin pagarlo demasiado caro.
El primer oficial volvió a mirar las dos líneas.
El capitán ordenó tomar la ruta exterior.
No hubo solemnidad.
Un marinero recibió la instrucción. Otro ajustó las velas.
El timón cambió algunos grados.
La costa comenzó a alejarse.
Eso fue todo.
◆◆◆
A media tarde apareció otro barco.
Venía en dirección contraria. Había utilizado el canal interior.
Lo vimos salir sin dificultad.
El primer oficial siguió su recorrido con la mirada.
—¡Ahí tiene! —dijo con satisfacción, como quien acaba de ganar una pequeña batalla.
—Sí.
—Pasó perfectamente —insistió el primer oficial, con orgullo.
—Eso parece.
—Entonces el canal estaba bien.
Lo miré.
—Eso no lo sabemos.
El primer oficial soltó una carcajada.
—Acabo de verlo atravesarlo.
—Vio a un barco atravesarlo —replicó Jacobo.
—¿Y qué diferencia hay?
—No sé cuánto cala. No sé qué ruta exacta siguió. No sé qué profundidad encontró.
El primer oficial negó con la cabeza.
—Debe ser agotador vivir dentro de su cabeza.
—No paso mucho tiempo allí —respondió.
◆◆◆
El muchacho vino a buscarme después.
—Entonces quizá perdimos un día por nada.
—Quizá.
—¿Eso significa que decidimos mal?
—No.
—¿Cómo puede saberlo?
—No lo sé.
Frunció el ceño.
—Acaba de decir que no.
—Dije que el hecho de que ese barco pasara no demuestra que nuestra decisión fuera mala.
Miró hacia la embarcación que ya se alejaba.
—Pero el resultado importa.
—Claro que importa.
—Entonces no entiendo.
—Importa para saber qué ocurrió, pero no siempre basta para saber si decidimos bien.
El muchacho permaneció mirando el canal.
No volvió a preguntar.
Al anochecer habíamos perdido menos tiempo del previsto.
El viento había girado ligeramente y recuperamos parte de la distancia.
La ruta exterior estaba despejada.
Nada ocurrió.
Durante la cena escuché a dos pasajeros.
—Nos desviamos por miedo.
—Dicen que había problemas en el canal.
—Acaba de pasar otro barco.
—Entonces nos desviamos por nada.
No intervine.
Podían tener razón.
A la mañana siguiente apareció una embarcación pequeña.
Venía del norte y se acercó lo suficiente para intercambiar señales.
Jacobo preguntó por el canal.
La respuesta tardó en llegar.
Habían realizado nuevos sondajes dos días antes. Había depósitos de arena desplazándose cerca del borde occidental.
No cerraban el paso.
Pero recomendaban mantener mayor profundidad hasta actualizar las marcas.
El primer oficial leyó el mensaje y me lo entregó.
—Entonces ustedes tenían razón—dijo.
Estuve a punto de responder.
Jacobo se adelantó.
—No haga eso.
—¿Qué cosa?
—Convertir una decisión razonable en una profecía porque después apareció información que la favorece.
El primer oficial lo miró.
—Empiezo a arrepentirme de haber aprendido a escucharlo.
—Eso también es progreso.
El capitán añadió el aviso a nuestros registros.
—¿Habríamos tenido problemas?
Jacobo negó.
—No lo sé.
—¿El otro barco?
—Tampoco.
—¿Entonces qué sabemos?
Señalé el mensaje.
—Que había una razón real para que algunas mediciones no coincidieran.
—¿Nada más?
—Nada más.
El capitán guardó el papel.
◆◆◆
Aquella tarde el muchacho bajó al taller.
Yo estaba trabajando en las líneas que había comenzado con Leandro.
Se quedó mirando.
—¿Va a poner lo del canal?
—Sí.
—¿Como una buena decisión?
—No.
—¿Como una mala?
—Tampoco.
—¿Entonces qué va a poner?
Tomé la pluma.
Escribí:
«Información incompleta».
Debajo:
«Dos rutas posibles».
Después:
«Consecuencias diferentes si la estimación era incorrecta».
El muchacho leyó.
—Falta cuál elegimos.
Lo añadí.
—Y falta que después descubrimos lo de la arena.
Lo escribí más abajo.
—¿Por qué separado?
—Porque eso lo supimos después.
Se quedó observando las dos partes.
—Así no parece tan obvio.
—No lo era.
—Ahora sí.
—Ahora conocemos el final.
El muchacho asintió lentamente.
—Entonces hay que tener cuidado con el final.
Dejé la pluma.
El muchacho recogió sus papeles y los llevó a la otra mesa. Durante años había permanecido vacía.
Extendió allí sus cálculos y siguió trabajando.
Al caer la noche, Leandro llegó al taller.
Se puso a leer mis notas.
—Esto va a ser difícil de escribir.
—Sí.
—La gente quiere saber qué decisiones fueron correctas.
—Algunas podremos evaluarlas mejor.
—¿Y las demás?
—Contaremos con qué información se tomaron.
—Eso no va a satisfacer a todos.
—No estamos escribiendo para satisfacerlos.
Leandro me miró.
—Antes yo sí.
◆◆◆
Seguimos navegando.
La costa quedó atrás.
Por delante comenzaba una extensión de mar que nuestras cartas describían bastante bien.
Eso esperábamos.
El próximo puerto estaba más cerca.
Por alguna razón, llegar y terminar empezaban a parecerme cosas diferentes.
El muchacho apareció en la puerta.
—Jacobo dice que mañana tendremos que decidir otra corrección.
—¿Importante?
—Dice que todavía no lo sabe.
Guardé mis papeles.
—Entonces habrá que escuchar.
Subimos juntos.
Todavía no sabíamos qué encontraríamos.
Sabíamos algo más útil.
Qué podíamos permitirnos perder si estábamos equivocados.