CAPÍTULO XXV
El peso de la costumbre
Durante varios días no ocurrió nada importante. Eso fue lo primero que me preocupó. El viento se mantuvo estable. El mar también.
Las bombas funcionaban. Las reparaciones resistían. Las posiciones coincidían razonablemente con nuestros cálculos.
Cada mañana Jacobo observaba el cielo. Cada tarde volvíamos a comprobar la ruta. Y cada noche el barco seguía entero.
Era exactamente lo que todos habíamos deseado.
También era el tipo de tranquilidad en la que las viejas costumbres empezaban a sentirse razonables otra vez.
El primer cambio fue pequeño.
Una revisión de las bombas se retrasó.
No porque alguien la hubiera olvidado. Había trabajo acumulado.
El responsable pidió hacerla después de la cena.
La hizo.
No ocurrió nada.
Dos días más tarde otra inspección se pospuso unas horas.
Tampoco ocurrió nada.
Después alguien comentó que quizá algunas revisiones podían hacerse cada dos días.
Parecía lógico. Las bombas estaban funcionando bien.
El muchacho me encontró leyendo el nuevo registro.
—¿Hay algún problema?
—No.
—Entonces ¿por qué tiene esa cara?
—¿Qué cara?
—La que pone cuando algo no le gusta y todavía no decide si es el momento apropiado para decirlo.
No sabía que tenía una.
—Las inspecciones están empezando a espaciarse —dije.
—¿Eso es malo?
—No necesariamente.
—Entonces otra vez estamos en lo mismo.
—¿En qué?
—En que nada puede ser simplemente bueno o malo.
—Te ahorrarás muchas decepciones cuando aceptes eso.
Decidí no decirle nada aún al capitán.
No quería convertir cada cambio en una señal de decadencia. Pero tampoco quería olvidar lo rápido que una excepción podía convertirse en costumbre.
Esperé.
◆◆◆
El segundo cambio ocurrió con los informes.
Leandro había pedido que ciertas advertencias conservaran la fuente original.
Durante un tiempo se hizo. Después comenzaron a llegar demasiadas.
Un oficial propuso agruparlas.
No eliminarlas.
Solo resumirlas.
Leandro aceptó. Era razonable.
Tres días después encontré sobre su mesa un documento que decía: «Condiciones de navegación sin variaciones relevantes».
—¿Quién escribió esto?
Leandro levantó la vista.
—Yo.
—¿Es cierto?
—Sí.
—¿Qué significa?
—Que el viento se mantiene, la presión no ha cambiado de manera importante y no tenemos observaciones que obliguen a modificar el rumbo.
—Entonces escriba eso.
Me miró.
—Ocupa cuatro veces más.
—También dice cuatro veces más.
Leandro tomó el documento.
Lo leyó otra vez.
—No está mal.
—No.
—Eso es lo inquietante, ¿verdad?
—Sí.
Rompió la hoja y escribió otra.
◆◆◆
El tercer cambio llegó desde arriba.
El capitán tenía que hablar con los pasajeros. No lo había hecho desde que salimos del puerto.
El primer oficial insistió.
—Necesitan saber que las cosas marchan bien.
—Lo saben —dijo el capitán.
—No todos.
—El barco sigue avanzando.
—También avanzaba antes de la tormenta.
Aquello bastó.
El capitán aceptó.
La reunión se celebró al atardecer.
No hubo música.
No hubo banderas.
Tampoco un escenario.
El capitán habló desde cubierta.
Explicó la posición. La distancia estimada hasta el siguiente punto de referencia. El estado del barco. El consumo de agua. Las condiciones del tiempo.
Nada extraordinario.
Cuando terminó, alguien preguntó:
—¿Entonces ya pasó el peligro?
El capitán guardó silencio.
—El barco está en buenas condiciones para continuar —respondió.
—Eso no fue lo que pregunté.
Reconocí la frase.
El muchacho también.
Sonrió.
El capitán miró al hombre.
—No puedo decirle que no habrá peligro.
Hubo murmullos.
—¿Ni siquiera ahora?
—Especialmente ahora.
—¿Por qué?
—Porque seguimos en el mar.
La respuesta no gustó a todos.
Algunos querían algo más tranquilizador. Otros parecían agradecerla.
Un hombre desde el fondo gritó:
—Antes hablaba con más seguridad.
El capitán lo miró.
—Sí.
Unas horas más tarde, visité al capitán en su despacho.
—¿Le molestó?
—¿Qué cosa?
—Lo que dijeron.
—Un poco.
—Bien.
—¿Bien?
—Todavía es humano.
Se apoyó en la mesa.
—Hubo un momento en que pensé en decirles que todo estaba bajo control.
—¿Lo está?
—Bastante.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
—¿Y por qué quiso decirlo?
Tardó.
—Porque habría sido más fácil.
◆◆◆
Leandro empezó a ayudarme por las noches.
Yo seguía trazando relaciones entre documentos.
Él escribía.
No me dejaba leerlo todo.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque empezará a corregirme.
—Es probable.
—Por eso.
El muchacho, en cambio, leía siempre que podía. Leandro fingía no darse cuenta.
Una noche se detuvo frente a una de las páginas.
—¿Qué? —pregunté.
Leandro intentó cubrirla, pero ya era demasiado tarde.
El muchacho había leído:
«El barco comenzó a perder el rumbo mucho antes de desviarse en el mar».
—Eso está bien —dijo.
Leandro lo miró.
—No pedí opinión.
—Entonces no escriba donde pueda leer —replicó.
—Este barco tiene muy pocos lugares tranquilos.
El muchacho volvió a mirar la frase.
—¿Es verdad?
Leandro me miró.
—¿Lo es?
Pensé antes de responder.
—Depende de qué entienda por rumbo.
Leandro suspiró.
—Otra vez.
—Lo sé.
Tomé la hoja.
—Yo tendría cuidado con esa frase.
—¿Por qué?
—Porque explica demasiado.
—¿No es eso lo que estamos intentando hacer?
—Estamos intentando contar lo que ocurrió.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Que si lo explicamos demasiado pronto, todo lo que venga después empezará a parecer inevitable.
Leandro guardó silencio. Luego continuó:
—¿Y no lo fue?
—No.
Tachó la frase.
El muchacho protestó.
—Era buena.
—Precisamente —dijo Leandro.
◆◆◆
Al día siguiente apareció el cuarto cambio.
La Sala de Observación había pedido una pieza para uno de sus instrumentos. La solicitud quedó pendiente.
No era urgente.
El instrumento funcionaba.
Solo había comenzado a perder precisión.
Jacobo me mostró el papel.
—¿Cuánto tiempo lleva?
—Tres días.
—¿Y qué dijeron?
—Que están revisando prioridades.
Sentí una incomodidad conocida.
—¿La pieza existe?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el almacén.
—Entonces ¿qué falta?
Jacobo dobló el documento.
—Una firma.
Fuimos a buscarla.
El encargado del almacén explicó que la nueva normativa exigía autorización para retirar determinadas piezas.
—¿Por qué?
—Para controlar existencias.
—Tiene sentido —dije.
Jacobo me miró.
—No empiece.
—He dicho que tiene sentido. No que debamos quedarnos aquí.
El encargado señaló otra oficina.
—La autorización la firma Mantenimiento.
Mantenimiento nos envió a Administración porque el instrumento no figuraba entre los equipos prioritarios.
Administración pidió una justificación de navegación.
Jacobo me miró otra vez.
—Si dice una sola palabra sobre procedimientos, lo arrojo por la borda.
Dos horas después teníamos la pieza.
El capitán convocó una reunión.
El primer oficial defendió el procedimiento.
—Necesitamos saber qué sale del almacén.
—De acuerdo —dijo el capitán.
—Entonces tiene que quedar registrado.
—De acuerdo.
—Y alguien debe autorizarlo.
Jacobo intervino.
—¿Por qué?
El primer oficial lo miró.
—¿A qué se refiere?
—A que alguien tenga que autorizarlo.
—Para evitar usos innecesarios.
—¿Quién sabe si la pieza es necesaria?
—Mantenimiento.
—Entonces ¿por qué Administración?
El primer oficial abrió la boca. Luego la cerró.
Revisó el procedimiento.
El muchacho estaba sentado junto a mí.
Susurró:
—Estamos volviendo.
—¿A dónde?
—A lo de antes.
Negué.
—No exactamente.
—Parece.
—Por eso conviene no dejar de mirar.
El capitán eliminó dos autorizaciones.
Mantuvo el registro de salida.
La pieza podría retirarse con firma del responsable técnico y revisión posterior. No hacía falta pedir permiso a tres personas para reparar un instrumento.
La reunión duró veinte minutos.
Una semana antes habría durado dos horas.
Cuando salimos, el muchacho seguía inquieto.
—Pero empezó a pasar otra vez.
—Sí.
—Entonces no aprendimos.
—Aprender no significa que algo no vuelva a ocurrir.
—¿Entonces qué significa?
Pensé un momento.
—Que quizá lo reconozcamos antes.
No pareció impresionado.
—Eso es poco —exclamó.
—A veces poco es la diferencia entre corregir un rumbo y chocar contra un arrecife.
Más tarde lo encontré en la proa con una libreta apoyada sobre la baranda.
Había trazado dos líneas.
Las dos estaban tachadas.
—¿Qué dibujas?
—El horizonte.
—¿Y cuál está mal?
—Ninguna.
Miró hacia el mar.
—Pero ya cambió.
Apoyó otra vez la pluma sobre el papel.
—No puedo terminarlo.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque cambia mientras intento copiarlo.
◆◆◆
Esa noche añadí otra línea al dibujo que cubría mi mesa.
No unía documentos antiguos.
Empezaba en el presente.
La pieza.
El procedimiento.
El retraso.
La corrección.
El muchacho observó.
—Pensé que estaba escribiendo sobre lo que pasó.
—Yo también.
—Eso está pasando ahora.
—Sí.
—Entonces nunca va a terminar.
Miré los papeles.
—Probablemente no.
Se quedó callado.
—¿Y cómo va a escribir el final?
La pregunta me sorprendió.
—No sé si tendrá un final.
—Todo termina —replicó.
—Los libros, quizá —exclamé.
—También las personas.
—Sí.
—Y los viajes.
Miré el mapa extendido frente a nosotros.
—No siempre cuando uno cree —dije finalmente.
Subimos a cubierta.
Era tarde.
El barco avanzaba con viento moderado.
Jacobo estaba en su puesto. El primer oficial hablaba con uno de los responsables de mantenimiento. Leandro escribía cerca de una lámpara.
El capitán escuchaba un informe.
Nada parecía extraordinario.
El barco seguía cometiendo errores.
Algunos empezaban a hacerse visibles antes de necesitar una tragedia para demostrar que existían.
No sabía cuánto duraría. No sabía si bastaría.
Tampoco sabía si, cuando llegáramos al próximo puerto, alguien seguiría queriendo hacer el esfuerzo.
El muchacho apoyó los brazos sobre la borda.
—¿Cree que volveremos a ser como antes?
Miré la cubierta.
—En algunas cosas.
—¿Y en las otras?
—Dependerá de cuántas personas recuerden por qué cambiaron.
—¿Y si lo olvidan?
Pensé en Leandro. En mis papeles. En el cilindro vacío.
En Samuel.
—Entonces habrá que volver a contarlo.
El muchacho miró el mar.
—¿Hasta que aprendan?
—No.
—¿Entonces hasta cuándo?
El viento movió ligeramente las velas.
—Hasta que alguien vuelva a preguntar.