El barco de los idiotas CAPÍTULO XXIV
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CAPÍTULO XXIV

Las líneas perdidas

No habían pasado más de tres días cuando Leandro llegó a mi taller con una gran cantidad de papeles bajo el brazo. Por la forma en que los sostenía, no hizo falta que dijera nada.

Entró, se acercó a mi mesa y dejó el montón de documentos frente a mí.

—Necesito que me ayude con esto.

Miré los papeles.

—¿Con qué exactamente? —pregunté.

—Ese es el problema. Todavía no lo sé.

—Excelente comienzo.

—No se burle. Lo aprendí de usted —replicó con ironía.

Eso sí era preocupante, pensé.

Había reunido documentos desde antes de la tormenta.

Informes de mantenimiento.

Registros de navegación.

Avisos.

Inventarios.

Partes meteorológicos.

Actas.

Testimonios.

Copias de los documentos encontrados en el puerto.

También llevaba sus propias crónicas.

Esas ocupaban menos espacio.

—¿Qué busca? —le dije.

—No sé.

—Eso ya lo dijo.

—Pues sigo sin saber.

Extendió varios documentos.

—Estoy intentando escribir lo que ocurrió.

—Eso hace un cronista —repliqué.

—Antes pensaba lo mismo.

Tomó uno de sus antiguos informes.

—Aquí escribí que las operaciones del barco continuaban con normalidad.

—¿Continuaban?

—Sí.

—Entonces era cierto.

—Ese es el problema.

Esperé.

—El mismo día había un bote esperando reparación, una bomba cuyo rendimiento nadie había medido recientemente y un informe sobre filtraciones en la biblioteca.

Miró la hoja.

—Pero las operaciones continuaban con normalidad.

—También es cierto.

Leandro puso el documento sobre la mesa.

—¿Cómo se escribe algo verdadero que no oculte otra verdad?

—Quizá escribiendo más de una cosa.

—Entonces nadie terminará de leer.

—Ese problema no pertenece exclusivamente a los cronistas.

Comenzamos a ordenar los papeles.

Primero por fecha. No funcionó.

La cronología decía cuándo habían ocurrido las cosas. No siempre mostraba cómo se relacionaban.

Probamos por temas.

Mantenimiento.

Navegación.

Archivo.

Meteorología.

Decisiones.

Tampoco funcionó.

Los mismos nombres aparecían en varias pilas. Las mismas decisiones tocaban problemas distintos.

Finalmente dejamos de intentar que los documentos obedecieran.

Los extendimos.

El muchacho apareció poco después.

—¿Qué hacen?

—Todavía no estamos seguros —dijo Leandro.

—Entonces vine al lugar correcto.

Se sentó en el suelo.

Encontró una orden de reparación.

—Esta es del bote que no pudieron usar durante el rescate.

Leandro asintió.

—La reparación había sido solicitada.

—Entonces alguien sabía que estaba roto.

—Sí.

—¿Por qué no lo arreglaron?

Buscamos.

El trabajo había sido aplazado porque otra reparación tenía prioridad.

—¿Cuál?

Encontramos el registro.

Una fisura cerca de uno de los depósitos de agua.

—¿Era importante?

—Sí —dije.

El muchacho frunció el ceño.

—Entonces hicieron bien.

—En esa decisión, probablemente.

—Pero el bote siguió roto.

—Sí.

Buscó el documento siguiente.

El bote había vuelto a quedar pendiente.

Esta vez porque faltaba una pieza. Más tarde porque el trabajador asignado fue destinado a otra tarea.

Luego aparecía una nueva fecha.

Y otra.

Ningún documento decía:

«Decidimos tener un bote inutilizable durante meses».

Sin embargo, eso era exactamente lo que había ocurrido.

El muchacho dejó los papeles en el suelo.

—Entonces ¿quién decidió no repararlo?

Leandro y yo nos miramos.

—Nadie —dijo él.

El muchacho negó con la cabeza.

—Alguien tuvo que decidirlo.

—Varias personas decidieron otras cosas.

—¿Y eso es diferente?

Leandro tardó en responder.

—En cada momento, sí.

—¿Y al final?

Seguimos mirando los documentos.

Encontramos algo parecido con la biblioteca.

Una filtración reportada. Una inspección solicitada. Una reparación postergada. Una nueva filtración. Un cambio de prioridad. Un informe resumido.

Nadie había ordenado destruir los libros. Los libros se habían deteriorado de todas maneras.

Encontramos también los informes de Jacobo.

Algunos habían llegado a Navegación.

Otros aparecían resumidos en documentos posteriores.

En uno de ellos, una observación suya sobre cambios persistentes del viento había terminado convertida en:

«Variaciones meteorológicas dentro de parámetros observables».

Cuando se la mostramos aquella tarde, Jacobo leyó la frase dos veces.

—Yo no escribí eso.

—No —dijo Leandro—. Es un resumen de su informe.

—¿Quién hizo el resumen?

Leandro buscó la firma al final del documento.

—Un asistente de navegación.

Jacobo volvió a mirar la frase.

—¿Y esto era cierto?

Leandro dudó antes de responder.

—No era exactamente falso.

Jacobo resopló.

—Las mentiras, por lo menos, tienen la cortesía de avisar lo que son.

Se marchó molesto, como solía hacer casi siempre. Jacobo nunca dejaba de ser Jacobo.

El muchacho lo siguió con la mirada.

—Está molesto.

—Tiene experiencia —dije.

—¿Eso cambia el humor de las personas?

—A veces solo les quita paciencia.

◆◆◆

Al caer la tarde, la mesa estaba totalmente cubierta de papeles. También el suelo.

Habíamos encontrado errores. Pero también decisiones razonables.

Advertencias atendidas. Reparaciones realizadas. Problemas resueltos antes de crecer. Personas que habían hecho bien su trabajo.

Habría sido más sencillo descubrir que todo estaba mal.

No era cierto.

El barco había funcionado durante años.

Leandro tomó una hoja nueva. Escribió: «Causas de la tormenta».

La miró.

Tachó «de la tormenta».

Escribió: «Causas del desastre».

También lo tachó.

—La tormenta no la causamos nosotros —dije.

—Agradezco la aclaración —respondió Leandro.

—Pero el daño no fue solo la tormenta.

Volvió a intentarlo.

Esta vez escribió: «¿Cómo llegamos hasta aquí?»

El muchacho leyó por encima de su hombro.

—Eso es una pregunta.

—Lo sé.

—Pensé que estaba escribiendo respuestas.

Leandro dejó la pluma.

—Yo también.

◆◆◆

Durante los días siguientes continuamos.

El barco seguía navegando.

Había posiciones que calcular, cartas que revisar y correcciones que hacer.

Cuando podía regresaba a aquellos papeles.

Empecé a dibujar líneas.

Al principio solo para conectar documentos.

Una advertencia con la decisión que había producido.

Una reparación aplazada con el problema que la había desplazado.

Un informe con su resumen.

Una observación con la oficina que la recibió.

Una decisión con la información disponible cuando fue tomada.

El muchacho me vio hacerlo.

—Está haciendo un mapa.

—No.

Miró las líneas.

—Parece uno.

—Los mapas representan lugares.

—Este también.

—¿Cuáles?

Señaló los papeles.

—Por donde pasamos.

Dejé el lápiz sobre la mesa.

Las líneas aumentaron.

Algunas terminaban.

Otras se dividían.

Varias volvían a encontrarse mucho después.

Había decisiones pequeñas que no parecían importantes hasta que uno seguía su recorrido.

También había grandes decisiones que habían producido menos consecuencias de las esperadas.

No encontré una línea que explicara todo.

Encontré muchas.

El capitán bajó una noche.

Se detuvo frente a la mesa.

—¿Qué es esto?

Leandro respondió antes que yo.

—Todavía no sabemos cómo llamarlo.

El capitán observó los documentos. Reconoció algunos.

—Ese es el informe de Jacobo.

—Uno de ellos.

Vio la orden del bote. Los registros de la biblioteca.

Las decisiones previas al festival.

También su propia orden de realizar preparativos sin cancelarlo.

La dejó donde estaba.

—¿Qué están buscando?

Leandro señaló la pregunta: «¿Cómo llegamos hasta aquí?»

El capitán la leyó.

—Creí que la investigación respondería eso.

—La investigación busca responsabilidades —dijo Leandro.

—¿Y esto?

Miré las líneas.

—Relaciones —afirmé.

—¿Entre qué?

—Todavía estamos averiguándolo.

El capitán permaneció un rato frente a la mesa. Señaló uno de los documentos.

—Aquí falta algo.

—¿Qué?

—La reunión anterior.

—¿Cuál?

—Cuando decidimos mantener el festival.

Leandro buscó entre sus papeles.

—No tengo registro.

—No hubo acta.

—¿Entonces cómo sabemos qué se dijo? —preguntó Leandro.

El capitán pensó unos segundos.

—Yo estaba allí.

—¿También el primer oficial?

—Sí.

—¿Alguien más?

El capitán mencionó dos nombres.

Leandro los anotó.

Cuando se marchó, el muchacho lo observó subir la escalera.

—Podría haber dicho que no recordaba.

—Podría —respondió Leandro.

—¿Y si recuerda mal?

—También puede.

—Entonces ¿para qué preguntarle?

Leandro levantó la mirada.

—Porque una fuente imperfecta sigue siendo una fuente.

El muchacho sonrió.

—Eso sonó a cartógrafo.

—No me insulte —protestó Leandro.

◆◆◆

Entrevistaron por separado a quienes habían estado en aquella reunión.

Las versiones coincidieron en algunas cosas.

En otras no.

El capitán recordaba haber preguntado si existía peligro suficiente para cancelar. El primer oficial recordaba que la discusión había sido sobre cuánto alarmaría una cancelación.

Uno de los otros hombres creía que ambas cosas se habían discutido.

El cuarto apenas recordaba la reunión.

—¿Quién tiene razón? —preguntó el muchacho.

Leandro revisó sus notas.

—No lo sé.

—¿Qué va a escribir?

—Eso.

Antes, cuatro versiones diferentes habrían sido para Leandro un problema que resolver.

Ahora las conservó.

No porque las considerara igualmente ciertas. Simplemente no sabía cuál lo era.

◆◆◆

Una tarde el muchacho encontró el cilindro. Seguía en el estante.

Lo tomó.

—¿Lo ponemos?

Sabía a qué se refería.

Miré el entramado de papeles.

—Sí.

Lo dejó junto a los documentos del Archivo. No en el centro.

Trazamos las líneas que podíamos demostrar.

El traslado.

El inventario.

Conservación.

La evaluación cartográfica.

Después, nada.

La línea terminaba.

El muchacho sostuvo el lápiz.

—Podríamos poner las posibilidades.

—¿Cuáles?

—Que se perdió. Que alguien lo guardó. Que se destruyó.

—También podríamos dibujar un monstruo marino.

—Eso sería absurdo.

—Tenemos aproximadamente la misma evidencia —le dije.

Dejó el lápiz.

La línea permaneció incompleta.

Durante semanas había querido cerrar aquel espacio.

Encontrar el mapa.

Encontrar una explicación.

Encontrar a alguien que pudiera decirnos qué había ocurrido.

Ahora la línea terminaba donde terminaba nuestro conocimiento.

Nada más.

Aquella misma noche Leandro reunió parte de los documentos.

—Voy a empezar a escribir.

—¿La crónica?

Dudó antes de responder.

—No sé si todavía puede llamarse así.

—¿Qué va a contar?

Miró los papeles extendidos sobre la mesa.

—Esto.

—Eso no es una historia.

—Todavía no.

—¿Y dónde piensa comenzar? —le pregunté.

Leandro guardó silencio unos segundos.

Después volvió la mirada hacia la pregunta que seguía escrita frente a nosotros: «¿Cómo llegamos hasta aquí?»

—Quizá ahí.

—¿En la tormenta?

Negó con la cabeza.

—Mucho antes.

Cuando Leandro finalmente se marchó, me quedé solo. El muchacho, extrañamente, también se había retirado a descansar antes de lo habitual.

El barco avanzaba con un movimiento tranquilo.

Sobre la mesa permanecían las líneas.

Pensé en todos los mapas que había dibujado durante mi vida.

Costas.

Corrientes.

Bajos.

Puertos.

Lugares que podían señalarse con un dedo.

Aquello era diferente.

No mostraba dónde estaba el barco. Mostraba algunas de las decisiones que lo habían llevado hasta allí.

Y, como cualquier mapa decente, tenía espacios en blanco.

Tomé una hoja y la coloqué frente a mí.

Escribí una fecha.

No la de la tormenta.

Una anterior.

Mucho anterior.

La mañana en que un muchacho había bajado a mi taller y me había preguntado para qué servían los mapas.

Me quedé mirando la frase.

Luego seguí escribiendo.