El barco de los idiotas CAPÍTULO XXIII
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CAPÍTULO XXIII

Lo que dejamos atrás

Partimos con menos personas. No muchas menos, pero las suficientes para notarlo. Había camarotes vacíos, lugares libres en el comedor y nombres que ya no respondían cuando alguien los llamaba por costumbre.

Algunos habían desembarcado porque tenían miedo.

Otros porque habían perdido demasiado.

Unos cuantos porque habían dejado de confiar en el capitán.

También hubo quienes simplemente descubrieron que aquel puerto les ofrecía una oportunidad mejor que volver al mar.

Ninguna de esas razones necesitaba mi aprobación.

El hombre que había perdido a su hermano durante la tormenta fue uno de los últimos en bajar.

Llevaba una maleta pequeña.

El capitán lo esperaba junto a la pasarela.

—Lamento que se vaya.

El hombre lo miró.

—Yo también.

No se dieron la mano.

Tampoco discutieron.

El hombre recogió sus cosas y se alejó por el muelle.

El primer oficial permanecía a unos pocos pasos del capitán.

—Perdimos nueve tripulantes.

El capitán se volvió hacia él.

—¿Podemos navegar con los que quedan?

—Sí.

—Entonces no los perdimos.

El primer oficial frunció el ceño.

—Se fueron.

—Eso hicieron.

—¿Cuál es la diferencia?

El capitán miró hacia el muelle, donde algunos de los que habían decidido bajar del barco todavía se alejaban.

—Que nunca fueron nuestros.

Los detalles de la conversación no tardaron en recorrer el barco.

Como casi todas las frases que había dicho el capitán, aquella también llegó a lugares a los que jamás había pensado enviarla.

Algunos dijeron que demostraba humildad.

Otros, debilidad.

Alguien aseguró que significaba que la tripulación podía abandonar el barco cuando quisiera. Otro sostuvo que el capitán acababa de renunciar a su autoridad.

Leandro escuchó varias versiones.

Anotó quién decía cada cosa y dejó que las contradicciones hablaran solas.

Zarpamos poco después del amanecer.

El puerto se alejó lentamente. Tomás permaneció en el muelle. Levantó una mano.

El muchacho respondió desde cubierta.

—¿Volveremos? —me preguntó.

—Probablemente.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Podría esforzarse un poco —replicó.

—Prefiero no hacerlo.

Sonrió.

◆◆◆

La nueva ruta nos obligaba a alejarnos primero hacia el este antes de recuperar el rumbo de la travesía.

No era la más corta.

Tampoco la más conocida.

Era la que, según la información disponible, ofrecía más margen para corregir si nuestras estimaciones resultaban equivocadas.

Jacobo no parecía entusiasmado. Eso me tranquilizaba.

Durante las primeras horas todo funcionó.

Las bombas.

El timón.

Las velas.

El casco.

Tomás había hecho un buen trabajo.

También nuestros hombres.

Cada cierto tiempo alguien comprobaba una reparación. No había formularios para todas.

Habíamos sobrevivido a esa idea.

El muchacho apareció en mi taller cerca del mediodía.

Traía una carta enrollada.

—El capitán quiere que la revise.

—Ya la revisé.

—Dice que la vuelva a revisar.

—Me alegra que lo haga —dije—. Algunas cosas merecen una segunda mirada.

Extendimos la carta.

Habíamos marcado nuestra posición estimada.

El muchacho comparó las líneas.

—¿Seguimos donde pensábamos?

—Aproximadamente.

—¿Cuánto es aproximadamente?

Lo miré.

—Esa es una pregunta mucho mejor.

Tomé el compás y le mostré el margen.

—Podemos estar en cualquier punto de esta zona.

—Es bastante grande.

—Sí.

—Entonces no sabemos dónde estamos.

—Sabemos dónde estamos con cierta precisión.

—Eso suena como una manera elegante de decir que no sabemos.

—A veces la precisión consiste en saber cuánto puedes estar equivocado.

Pensó un momento.

—Eso debería estar escrito en los mapas.

—Acabas de darme trabajo —respondí sarcásticamente.

◆◆◆

A media tarde surgió el primer desacuerdo.

No sobre la ruta. Fue sobre las reservas de agua potable.

El encargado de provisiones había hecho sus cálculos para la tripulación original.

Ahora éramos menos.

En principio, eso parecía una buena noticia.

Hasta que informó que durante las reparaciones se había utilizado el agua de dos depósitos auxiliares y uno de ellos todavía no estaba completamente lleno.

—¿Cuánta agua tenemos? —preguntó el capitán.

El hombre dio una cifra.

—¿Cuántos días?

Dio otra.

El capitán miró al primer oficial.

—¿Es suficiente?

—Solo si mantenemos la ruta prevista —respondió.

Jacobo levantó la cabeza.

—Eso no fue lo que preguntó.

El primer oficial corrigió.

—Es suficiente si no tenemos retrasos importantes.

—Mejor.

El capitán miró al encargado.

—¿Y si los tenemos?

El hombre hizo otro cálculo.

—Entonces tendremos menos días de margen.

La discusión duró poco.

Racionar inmediatamente era innecesario. Ignorar el margen tampoco parecía sensato.

Se decidió vigilar el consumo y revisar las reservas cada día.

Una decisión pequeña.

Nadie levantó la voz.

Nadie hizo discursos.

Probablemente nadie la recordaría si todo salía bien.

◆◆◆

Al anochecer comenzó a cambiar el viento.

Jacobo lo notó antes que los instrumentos. Subió a cubierta.

El capitán fue con él.

Yo llegué después.

—¿Problema? —pregunté.

—Todavía no —respondió Jacobo.

El muchacho apareció detrás de mí.

—¿Y cuándo será un problema? —preguntó.

Jacobo señaló las velas.

—Cuando tengamos que hacer algo que no queríamos hacer.

Durante la noche tuvimos que modificar ligeramente el rumbo.

Nada grave.

Lo suficiente para retrasarnos.

A la mañana siguiente ya había quien preguntaba por qué nos desviábamos. Leandro recibió la pregunta varias veces.

La respuesta era sencilla:

«Porque el viento había cambiado».

No todos quedaron satisfechos.

Algunos querían saber si aquello demostraba que la nueva ruta estaba mal calculada. Otros preguntaban si el capitán estaba improvisando.

Uno aseguró que desde que permitíamos demasiadas opiniones el barco cambiaba de dirección constantemente.

—Hemos corregido cuatro grados —dijo Jacobo.

Leandro miró hacia el hombre que había protestado.

—A él le parecen muchos más.

—Entonces dígale que mire una brújula.

Leandro sonrió.

—Creo que lo que le preocupa no son los grados.

La tormenta había cambiado algo en nosotros.

Antes, muchas personas aceptaban una decisión porque parecía firme. Ahora algunas desconfiaban precisamente porque podía cambiar.

Habíamos aprendido a sospechar de la certeza.

Todavía no habíamos aprendido a convivir con la corrección.

◆◆◆

El capitán reunió a los responsables de navegación.

Quería saber cuánto podía costarnos mantener la ruta.

Revisamos viento, corrientes, agua, estado del barco y tiempo estimado.

Jacobo señaló una alternativa.

Esta nos alejaba más hacia el este.

Era más larga.

Pero si el viento continuaba girando, podía terminar siendo más favorable.

El primer oficial preguntó:

—¿Tenemos que decidir ahora?

Jacobo negó:

—No.

—Entonces esperemos.

El capitán miró la carta.

—¿Hasta cuándo?

Jacobo señaló un punto.

—Hasta aquí.

—¿Qué cambia ahí?

—Después tendremos menos margen para elegir.

El capitán marcó el punto.

—Entonces decidiremos antes.

El muchacho se acercó a la carta.

—¿Eso qué es?

—Un límite —dije.

—No hay nada allí.

—Exactamente.

—Entonces ¿por qué es un límite?

—Porque después de cruzarlo una de nuestras opciones será peor.

Miró el mar.

Después el mapa.

—Pero el mar no sabe que está ahí.

—No.

—Nosotros lo pusimos.

—Sí.

—Entonces es inventado.

—También.

Me miró esperando la contradicción.

—Algo puede ser inventado y seguir siendo útil —dije finalmente.

El muchacho frunció el ceño.

Por una vez, no añadió nada.

◆◆◆

No alcanzamos el punto acordado. Dos horas antes, el viento cambió otra vez.

Esta vez a nuestro favor.

Jacobo observó durante un rato. Después borró con el dedo parte de sus cálculos.

—Seguimos.

El capitán asintió.

El primer oficial miró la marca que habíamos hecho.

—Entonces todo esto no sirvió para nada.

—Sirvió para no tener que improvisar si el viento hacía otra cosa —dijo Jacobo.

—Pero no ocurrió.

—Mejor.

Había medidas cuyo éxito consistía precisamente en que nada ocurriera.

Un mamparo que no cede. Una bomba revisada antes de fallar.

Una advertencia atendida antes de convertirse en emergencia.

Una ruta alternativa que nunca necesitamos tomar.

Cuando funcionan, parecen innecesarias.

◆◆◆

El segundo día encontramos al hombre de las bombas sentado junto a una de ellas.

No trabajaba.

El primer oficial se detuvo.

—¿Problemas?

—Ninguno.

—Entonces ¿qué hace?

—Escucho.

El primer oficial lo miró.

—¿También usted?

—Tomás dijo que a veces se oía antes de verse.

El primer oficial se quedó allí unos segundos.

Después se agachó.

—¿Y qué se supone que debo escuchar?

El hombre se hizo a un lado.

—Primero tiene que saber cómo suena cuando está bien.

La escena fue demasiado graciosa.

El muchacho y yo seguimos caminando.

Aquella tarde Leandro comenzó a recorrer el barco con una pregunta.

—¿Por qué decidió continuar?

Preguntó a marineros.

Pasajeros.

Cocineros.

Enfermeros.

Trabajadores.

También a nosotros.

Las respuestas no se parecían.

Porque tenía que llegar. Porque confiaba en las reparaciones. Porque ya había llegado demasiado lejos.

Porque su familia estaba en algún lugar más adelante. Porque no tenía nada esperándolo en el puerto.

Porque quería terminar lo que había empezado.

Porque Jacobo seguía a bordo.

Porque el capitán había cambiado. Porque el capitán no había cambiado lo suficiente.

Porque quedarse también era una decisión.

Leandro me hizo la pregunta al final.

—¿Por qué continuó usted?

Pensé en mi taller.

En los mapas trasladados sin preguntarme.

En los años durante los que dejé de insistir.

En la tormenta.

En Samuel.

En el cilindro vacío.

En el muchacho.

—Porque todavía no he terminado —respondí finalmente.

Leandro preparó la pluma.

—¿Qué cosa?

—No lo sé.

Bajó la pluma.

—Eso va a quedar fatal en la crónica.

—Entonces por fin será fiel —le dije.

Esa noche el muchacho vino a buscarme.

—Quiero preguntarle algo.

Entró y se acercó a la mesa.

La vieja brújula seguía allí. La tomó con cuidado.

—¿Puedo?

Asentí.

La sostuvo sobre la palma.

La aguja osciló.

Después encontró el norte.

—Siempre hace eso.

—Mientras funcione.

—¿Y si el barco gira?

—Seguirá señalando el norte.

—¿Y si nosotros decidimos ir al sur?

—También.

Sonrió.

—Entonces no le importa adónde queremos ir.

—Afortunadamente.

Se quedó mirando la aguja.

—Al principio pensé que esto servía para decirnos hacia dónde ir.

Recordé aquella mañana, mucho antes de la tormenta, cuando el capitán había hablado ante todos y el muchacho había dejado de aplaudir.

Había pasado bastante desde entonces.

—Lo recuerdo.

—Ahora entiendo que solo nos dice dónde está el norte —reflexionó.

—Es bastante para un instrumento.

—Pero no para decidir.

—No.

Cerró la brújula.

—Entonces para eso estamos nosotros.

Lo dijo sin orgullo.

Tampoco parecía decepcionado.

—Sí —respondí—. Para eso estamos nosotros.

◆◆◆

Cuando llegó el amanecer del tercer día, seguíamos avanzando.

Mientras subía a cubierta vi al primer oficial inclinado junto al hombre de las bombas, aprendiendo a escuchar cómo sonaba una máquina cuando funcionaba bien.

Más arriba, Jacobo observaba el cielo.

Leandro escribía.

El muchacho comprobaba la brújula una y otra vez, como si esperara que en algún momento señalara algo distinto.

El capitán permanecía frente a la carta, escuchando los informes que llegaban desde distintos puntos del barco.

Cuando tuvo suficiente información, apoyó una mano sobre la mesa y volvió a mirar el trazado.

Esperó unos segundos.

Después dio la orden de mantener el rumbo.