El barco de los idiotas CAPÍTULO XXII
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CAPÍTULO XXII

Nuevas decisiones

Tomás cumplió su palabra.A media mañana declaró terminadas las reparaciones.No dijo que el barco estuviera como nuevo. Nadie se lo pidió.

El casco estaba en condiciones de navegar.

Los mamparos habían sido reforzados. Las bombas respondían. El timón había dejado de vibrar.

Podíamos partir.

La noticia recorrió el barco con rapidez.

La pregunta llegó inmediatamente después.

—¿Adónde?

Hasta entonces habíamos tenido problemas más urgentes.

Sobrevivir.

Llegar al puerto.

Reparar.

Atender a los heridos.

Buscar a los desaparecidos.

Mientras existía una urgencia, el siguiente paso parecía evidente.

Ahora no. Podíamos quedarnos.

También podíamos volver al mar y continuar la travesía.

Eso no resolvía el problema.

Apenas lo devolvía a su forma original:

¿Hacia dónde?

Algunos querían permanecer en el puerto. Otros defendían que debíamos seguir navegando, aunque nadie pudiera explicar con demasiada precisión qué significaba continuar.

Y había quienes sostenían que, después de todo lo ocurrido, volver al mar era la única manera de demostrar que la tormenta no nos había derrotado.

Esa última razón me preocupaba especialmente.

El mar no suele interesarse por nuestras demostraciones.

◆◆◆

Los primeros grupos aparecieron antes del mediodía.

No eran oficiales, aunque eso nunca impide que tengan representantes.

Uno de ellos llevó al capitán una petición para quedarse. Reunía decenas de firmas.

Poco después, otro presentó una propuesta para continuar. También estaba respaldada por decenas de personas.

Un tercero proponía esperar hasta contar con garantías suficientes para volver a navegar.

El capitán la leyó dos veces.

—¿Garantías de qué?

El primer oficial se encogió de hombros.

—Supongo que de seguridad.

—¿Cuánta?

—Suficiente.

—Eso dice aquí.

Dejó el papel sobre la mesa.

—¿Cuánto es suficiente?

Nadie respondió.

El muchacho leyó las tres peticiones.

—¿Cuál tiene más firmas?

—No las he contado.

—¿No debería?

—¿Por qué?

—Para saber qué quiere la mayoría.

—¿Y después?

—Hacer eso.

—¿Siempre?

Dudó.

—No sé.

—Bien.

—No estaba respondiendo. De verdad no sé.

—Por eso dije bien.

Puso los papeles sobre la mesa.

—Entonces ¿para qué preguntamos a la gente?

—Para saber qué piensa.

—¿Y si después hacemos otra cosa?

—Tendremos que explicar por qué.

No pareció satisfecho.

—Eso suena peligroso.

—Gobernar un barco suele serlo.

◆◆◆

El capitán decidió escuchar a quienes quisieran hablar.

La noticia produjo una fila.

Una enorme.

Durante dos días, distintas personas pasaron por una sala que nunca había sido diseñada para contener tantas certezas.

Una mujer se negaba a volver al mar.

Un comerciante insistía en continuar: toda su mercancía tenía destino.

Un hombre que había perdido a un amigo durante la tormenta no pensaba subir otra vez al barco.

Una familia de los rescatados necesitaba llegar a una ciudad más al sur.

Dos marineros preferían quedarse hasta completar reparaciones que Tomás consideraba innecesarias.

Un grupo sostenía que no debíamos zarpar antes de terminar la investigación.

Otro decía que permanecer allí sería admitir el fracaso.

El capitán escuchó.

Leandro tomó notas.

El primer oficial intentó ordenar las peticiones por categorías.

Al tercer día tenía siete.

Al cuarto, doce.

—No estamos avanzando —dijo.

Estábamos reunidos alrededor de la mesa.

—Estamos escuchando —respondió el capitán.

—Llevamos cuatro días escuchando.

—Sí.

—Y ahora tenemos más opiniones que antes.

—También más información.

El primer oficial señaló sus papeles.

—Tenemos contradicciones.

—Las contradicciones también son información.

—No ayudan a decidir.

—Ayudan a saber qué estamos decidiendo.

El primer oficial se recostó.

—A veces extraño al capitán de los discursos.

El capitán sonrió.

—Yo también. Tenía menos trabajo.

◆◆◆

Había algo que comenzaba a resultar evidente.

No todos discutían sobre navegación.

Algunos discutían sobre miedo. Otros, sobre pérdidas.

También estaban el orgullo, el dinero y la confianza.

Sin embargo, todos terminaban utilizando la misma palabra: destino.

El capitán me encontró aquella tarde en el muelle.

—Necesito un mapa.

—Tiene varios.

—No de esos.

Lo miré.

—Entonces vino al cartógrafo equivocado.

Avanzó en silencio durante unos metros.

—Cuando acepté el mando, el barco ya estaba navegando.

—Sí.

—Nunca tuve que decidir si debía seguir haciéndolo.

—Pocos lo hacen —respondí.

El capitán miró hacia el barco.

—Ahora algunos quieren continuar. Otros, quedarse.

—Lo sé.

—¿Quién decide?

—Usted.

No esperaba una respuesta tan rápida.

—¿Solo yo?

—No.

—Acaba de decir que yo.

—Preguntó quién decide. No cómo hacerlo.

Negó con la cabeza.

—Empiezo a entender por qué dejaron de consultarlo.

—Les tomó bastante tiempo darse cuenta —respondí con satisfacción.

Seguimos caminando por el muelle.

—Si decido por todos —dijo el capitán—, volverán a decir que nadie fue escuchado.

—Los está escuchando.

—Pero puedo terminar haciendo lo contrario de lo que quieren.

—De lo que quieren algunos —le corregí.

Seguimos caminando por el muelle.

—¿Y si son la mayoría?

—También.

Se detuvo.

—¿Entonces para qué sirve la mayoría?

—Para muchas cosas.

—No me haga esto.

Sonreí.

—No sé si la pregunta es qué quiere la mayoría.

—¿Cuál es?

—Qué decisión tiene usted derecho a tomar por ellos.

Aquello lo hizo callar.

A mí también.

Había pasado una vida dibujando fronteras y, aun así, me resultaba difícil saber dónde terminaba la autoridad del capitán.

◆◆◆

Aquella noche el capitán cambió la pregunta.

Al día siguiente apareció escrita en varios lugares del barco.

No decía:

«¿Adónde quiere ir?»

Decía:

«¿Qué necesita que ocurra antes de volver a navegar?»

Las respuestas cambiaron.

No todas.

Pero muchas.

Quienes querían continuar hablaron de información para sus familias.

Quienes querían quedarse hablaron de miedo.

Los marineros hablaron de reparaciones.

Enfermería habló de los heridos.

Los supervivientes hablaron de encontrar transporte o una ruta segura.

Los comerciantes hablaron de plazos.

Algunos siguieron diciendo simplemente que querían quedarse.

Eso también era una respuesta.

El muchacho leyó varias.

—Cambió la pregunta.

—Sí.

—Y cambiaron las respuestas.

—Algunas.

—Entonces una pregunta puede cambiar lo que la gente responde.

—Sí.

—¿Eso no es manipular?

Miré las hojas.

—Puede ser.

—¿Y esto?

—No lo sé.

El muchacho negó con la cabeza.

—Otra vez.

◆◆◆

Leandro hizo algo que jamás habría esperado de él.

Buscó las tres peticiones originales y habló con quienes las habían redactado.

No con todos los firmantes.

Con quienes habían elegido las palabras.

Descubrió que varias personas habían firmado «quedarse» porque querían salir del barco, aunque no necesariamente permanecer en aquel puerto.

Otras habían firmado «continuar» porque querían abandonar el puerto cuanto antes.

Algunos de quienes pedían «esperar» solo querían que sus familiares supieran que estaban vivos.

Las tres peticiones seguían siendo auténticas.

Pero significaban menos de lo que parecían.

—¿Las firmas son reales? —me preguntó Leandro.

—Sí.

—Las opciones también.

—Sí.

—Entonces ¿qué estaba mal?

—Quizá nada.

—Algo estaba mal.

Pensé.

—Tal vez preguntamos a personas distintas cosas distintas utilizando las mismas tres palabras.

Leandro anotó aquello.

Después lo tachó.

—Demasiado largo.

◆◆◆

Tomás informó que el barco podía permanecer algunos días más sin problemas. Enfermería logró que los heridos de mayor gravedad permanecieran en tierra.

Los supervivientes que no quisieran continuar podrían quedarse bajo protección del puerto hasta encontrar otra embarcación.

También podían desembarcar nuestros pasajeros.

Estas nuevas posibilidades cambiaron por completo la discusión.

El capitán volvió a convocarnos.

Esta vez no había cuatro columnas.

Solo una comunicación.

—Propongo continuar la travesía.

El primer oficial levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque el barco puede hacerlo. Porque podemos seguir navegando. Y porque quienes no quieran continuar podrán quedarse aquí.

—Perderemos pasajeros.

—Sí.

—Tripulantes también.

—Quizá.

—¿Y si son demasiados?

—Entonces tendremos nueva información y volveremos a evaluar.

El primer oficial guardó silencio.

Jacobo preguntó:

—¿Ruta?

El capitán me miró.

—Todavía no.

—Bien —dije.

—¿Bien?

—Esta vez decidió seguir adelante sin apresurarse a decidir hacia dónde.

El muchacho, desde el fondo, sonrió.

◆◆◆

La decisión fue anunciada esa tarde.

El barco continuaría cuando terminaran los preparativos. Quien quisiera desembarcar podría hacerlo.

No todos estuvieron de acuerdo. Eso ya no sorprendió a nadie.

Al terminar, una mujer levantó la mano.

—¿Y si la mayoría quiere quedarse?

El capitán la miró.

—Tendré que tenerlo en cuenta.

—No pregunté eso.

—Lo sé.

Hubo murmullos.

—Entonces puede ignorarnos —replicó la mujer.

—Puedo decidir algo distinto de lo que usted quiere —contestó el capitán.

—Eso es lo mismo.

—No.

La mujer cruzó los brazos.

—¿Cuál es la diferencia?

El capitán tardó en responder.

—Que ignorarla sería no considerar lo que esta decisión significa para usted. Decidir otra cosa es comprenderlo y aceptar que, aun así, hay razones para seguir adelante.

No hubo aplausos.

Algunas personas asintieron. Otras permanecieron inmóviles.

Las decisiones comenzaron esa misma tarde.

Algunas familias desembarcaron.

También varios pasajeros.

Dos tripulantes pidieron quedarse. Uno había perdido a su hermano durante la tormenta.

Nadie intentó convencerlo.

Otros que habían jurado que jamás volverían a navegar permanecieron a bordo.

Las personas tienen derecho a contradecirse.

El muchacho me preguntó si yo pensaba quedarme.

—No.

—¿Ni siquiera lo pensó?

—Sí.

Pareció sorprendido.

—¿Por qué?

Miré el puerto.

Podía quedarme.

Había trabajo para un cartógrafo. Las cartas de aquella zona necesitaban actualización.

El puerto tenía archivos.

Tierra firme tenía algunas ventajas que empezaba a apreciar.

—Porque estoy cansado.

—Entonces quédese.

—No dije que quisiera hacerlo.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco del todo.

◆◆◆

Esa noche bajé al taller. Mis cosas seguían allí.

Mapas. Instrumentos. Cuadernos. El cilindro vacío.

Lo tomé.

Durante unos segundos pensé en dejarlo en el puerto.

Con los documentos, con la investigación. Con todo aquello que pertenecía a la tormenta.

Después lo devolví al estante.

No era un recuerdo.

Seguía siendo una pregunta.

Pero ya no necesitaba llevarla en las manos todo el tiempo.

Encontré al muchacho en la puerta.

—¿Por qué sigue aquí? —preguntó.

—¿Quién?

—Usted.

—Porque este es mi taller.

—No. En el barco.

Lo miré.

Era una pregunta distinta.

—Durante mucho tiempo creí que ya no me necesitaban.

—¿Ahora sí?

—Eso parece.

—Entonces es por eso.

Negué.

—Espero que no.

—¿Por qué?

—Porque algún día volverán a no necesitarme.

El muchacho esperó.

—Y me gustaría tener una razón mejor para estar aquí cuando ocurra.

—¿La tiene?

Pensé en ello.

—Todavía estoy buscándola.

◆◆◆

Al día siguiente comenzaron a actualizarse las cartas.

No solo las nuestras.

La gente del puerto nos mostró sondajes recientes, modificaciones de la costa, nuevas señales y rutas utilizadas por los pescadores.

Nosotros compartimos observaciones recogidas durante la tormenta y el trayecto hacia el sur.

Por unas horas mi taller volvió a llenarse.

Personas entrando.

Preguntando.

Discutiendo.

Corrigiendo líneas.

Un pescador me señaló un canal que yo había dibujado demasiado al este.

—Siempre estuvo ahí —dijo.

—En mi carta no.

—Entonces su carta está equivocada.

—Eso parece.

Me miró sorprendido. Quizá esperaba una discusión.

Moví la línea.

El muchacho observó la corrección.

—¿No le molesta?

—Muchísimo.

—No parece.

—He tenido años para aprender a disimularlo.

Se rio.

La respuesta me resultó familiar. Jacobo empezaba a ser contagioso.

Al final de la tarde teníamos una ruta distinta.

No era completamente nueva.

Estaba hecha de nuestras cartas, las del puerto, observaciones recientes, memoria de pescadores, cálculos de Jacobo y correcciones que todavía podían estar equivocadas.

La extendimos sobre la mesa.

El capitán llegó.

La observó.

—¿Esta es la ruta correcta?

El muchacho me miró.

Yo miré al capitán.

—Es la mejor que podemos proponer con lo que sabemos ahora.

El capitán asintió.

—Me sirve.

Semanas atrás habría querido algo más.

Yo también.

Cuando se marchó, el muchacho continuó mirando el mapa.

—¿Y si mañana descubrimos que está mal?

—Lo corregiremos.

—¿Y si ya estamos navegando?

—También.

—¿Y si alguien dice que este cambio de rumbo demuestra que antes nos equivocamos?

Enrollé una de las cartas antiguas.

—Probablemente alguien lo dirá.

—¿Y si es así, qué hacemos?

—Esperar que no sea el capitán.

◆◆◆

Aquella noche el barco volvió a llenarse de equipajes.

Unos entraban. Otros salían.

Había despedidas.

Personas que habían iniciado juntas la travesía tomarían caminos distintos.

Algunos permanecían junto a sus pertenencias sin saber todavía si subirlas a bordo.

Otros caminaban hacia el puerto con una decisión ya tomada.

Había abrazos largos, conversaciones que terminaban sin acuerdo y promesas de volver a encontrarse en algún lugar que ninguno podía señalar con certeza.

Nadie había previsto aquello antes de la tormenta.

En ese entonces todos parecíamos formar parte del mismo viaje.

A la mañana siguiente sabríamos cuántos continuaríamos.

Después zarparíamos.