El barco de los idiotas CAPÍTULO XXI
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CAPÍTULO XXI

El nuevo barco

Las reparaciones comenzaron por aquello que podía hundirnos. Me pareció un criterio razonable. El casco. Los mamparos. Las bombas. El timón.

Después llegaron las cosas capaces de impedir que nos hundiéramos la próxima vez.

Y ahí comenzaron los problemas.

El responsable del astillero llevaba dos días recorriendo el barco.

Se llamaba Tomás.

Hablaba poco.

Prefería comprobar las cosas con las manos.

Golpeaba la madera con los nudillos. Introducía las manos donde otros preferían introducir instrumentos.

Escuchaba.

Olfateaba.

Una mañana lo encontré acostado en el suelo junto a una cuaderna.

—¿Está bien?

—Sí.

—No lo parece.

—Estoy escuchando.

Esperé.

—¿Qué?

—Al barco.

Decidí no interrumpir.

Algunos hombres merecen que uno les permita terminar sus rarezas.

◆◆◆

Tomás encontró más problemas. Ninguno era grave por sí solo.

Una unión debilitada.

Dos piezas demasiado gastadas.

Una reparación antigua que había sobrevivido mucho más de lo previsto.

Un conducto parcialmente obstruido.

Un soporte que alguien había reforzado hacía años con una solución provisional.

—¿Quién hizo esto? —preguntó el capitán.

Tomás examinó el refuerzo.

—Alguien que necesitaba resolver un problema.

—¿Está mal hecho?

—Está hecho para durar unas semanas.

—¿Cuánto lleva ahí?

Tomás miró a uno de nuestros hombres.

—Siete años —respondió el marinero.

Volvió a observar la pieza.

—Entonces está extraordinariamente bien hecho.

El capitán no pareció saber si aquello era una buena noticia.

—¿Lo cambiamos?

—Claro.

—¿Aunque haya funcionado siete años?

—Especialmente por eso.

◆◆◆

La inspección produjo una lista.

Después otra.

Y luego una lista de las listas.

El primer oficial estaba encantado. Había recuperado parte de la energía que perdió después de la tormenta.

—Esto es lo que necesitábamos.

Extendió varios documentos sobre la mesa.

Había preparado un nuevo sistema de inspecciones.

Diarias.

Semanales.

Mensuales.

Trimestrales.

Cada bomba tendría un registro. Cada bote, otro. Cada reparación, una fecha. Cada responsable, una firma. Cada firma, una verificación. Cada verificación...

—¿Tiene una verificación? —preguntó el muchacho.

El primer oficial levantó la mirada. No supo si hablaba en serio.

Yo tampoco.

—Algunas sí —respondió.

El muchacho me miró.

Preferí dejar la pregunta allí. La propuesta era buena.

Después de todo lo ocurrido, resultaba difícil oponerse a cualquier cosa que prometiera evitar que volviera a ocurrir.

El capitán leyó los documentos.

—¿Cuánto tiempo llevará completar todo esto?

—No demasiado.

Tomás, que estaba junto a la ventana, se volvió.

—¿A quién?

El primer oficial lo miró.

—¿Perdón?

—¿A quién no le llevará demasiado tiempo?

El primer oficial señaló los formularios.

—A cada responsable.

—¿Cuánto?

—Unos minutos.

—¿Por cada cosa?

—Sí.

Tomás asintió.

—Entonces serán muchas horas.

El primer oficial no se rindió.

—Estamos hablando de seguridad.

—Yo también —respondió Tomás.

—Precisamente por eso necesitamos comprobar que las tareas se hagan.

—De acuerdo.

—Entonces no entiendo la objeción.

Tomás tomó uno de los formularios.

—¿Quién revisa las bombas?

El hombre de las bombas levantó la mano.

—¿Cuánto tiempo necesita para revisarlas bien?

—Depende.

—Promedio.

El hombre calculó.

—Una hora. Algo más si encuentro problemas.

Tomás mostró el documento.

—Ahora tendrá que revisarlas y demostrar que las revisó.

—Sí —dijo el primer oficial.

—¿Qué prefiere que haga si solo tiene una hora?

El primer oficial guardó silencio.

◆◆◆

La discusión llegó hasta el capitán.

Yo estaba allí porque alguien había decidido que la navegación también necesitaba nuevos procedimientos.

Habían preparado uno para los mapas.

Lo leí.

Toda carta utilizada para navegación deberá contar con fecha de elaboración, fecha de última revisión, responsable de validación y clasificación de vigencia.

No encontré nada objetable.

Continué.

Las cartas cuya vigencia no pueda verificarse quedarán excluidas del uso operativo hasta completar su evaluación.

Leí esa frase otra vez.

—No —dije.

El primer oficial levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

Señalé el párrafo.

—Esto.

—¿Qué tiene?

—Puede hacernos perder información.

—Precisamente intenta evitar que usemos información desactualizada.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo.

Tomé una de las cartas que habíamos utilizado para llegar al puerto.

—Esta tiene nueve años.

Tomé otra.

—Esta, más de veinte.

—Y ambas tenían errores —increpó el primer oficial.

—También tenían información útil —le respondí.

—Pero no podemos navegar confiando en documentos que no sabemos si siguen siendo válidos.

—De acuerdo.

—Entonces...

—No es lo mismo decir «no sabemos si es válida» que decir «no puede utilizarse».

El muchacho estaba sentado al fondo.

Sonrió.

Había reconocido la discusión.

El capitán tomó la carta antigua.

—Esta nos ayudó a llegar.

—Sí —respondí.

—Y también mostraba una entrada que ya no existe.

—Sí —reafirmé.

—Entonces ¿qué hacemos con ella?

—Lo que hicimos.

—¿Que fue?

—No creerle todo.

El primer oficial soltó la pluma.

—Necesitamos un procedimiento algo más preciso que ese —dijo.

—Probablemente.

—¿Cuál?

Pensé.

—Marcar qué sabemos de cada carta. Cuándo fue hecha. Qué partes han sido verificadas. Qué partes no. Compararla con otras fuentes.

—Eso es prácticamente lo que dice aquí.

—No.

Señalé la última frase.

—Aquí dice que si no podemos verificarla, dejamos de usarla.

—Por seguridad.

—Y el día que necesitemos algo que solo aparece en una carta antigua, volveremos a descubrir que la seguridad también puede producir ignorancia.

El cilindro vacío no estaba en la habitación.

No hacía falta.

El capitán tachó la frase.

—Reescríbanla.

El primer oficial no parecía satisfecho.

—¿Con qué criterio?

—Con uno que nos permita saber qué tan confiable es una información sin obligarnos a fingir que lo que no está certificado no existe.

Me miró.

—¿Puede ayudar?

—Sí.

Hacía años que nadie me pedía redactar un procedimiento.

Por alguna razón, aquello me produjo una extraña tranquilidad.

◆◆◆

Los cambios continuaron.

Algunos eran evidentes.

Las bombas serían probadas regularmente. Los botes no podrían permanecer meses esperando una reparación.

Los informes sobre daños tendrían plazos.

Las advertencias de navegación llegarían directamente a más de una persona.

Las decisiones que implicaran riesgos importantes dejarían constancia de la información utilizada.

Otras propuestas eran menos sensatas.

Alguien sugirió que cualquier cambio del tiempo obligara a convocar una reunión.

Jacobo se negó.

—El tiempo cambia todos los días —dijo.

—Entonces establecemos criterios.

—¿Cuáles?

—Viento.

—Cambia.

—Presión.

—También.

—Nubes.

Jacobo lo miró.

—Si quieren, puedo pedirles que rellenen un formulario antes de aparecer.

El capitán lo miró de reojo.

La propuesta no prosperó.

El muchacho asistía fascinado a aquellas discusiones.

—Entonces los procedimientos son malos —concluyó una tarde.

—No —le refuté.

—Pero llevan dos días criticándolos.

—Criticamos algunos.

—¿Entonces son buenos?

—Algunos.

Suspiró.

—Siempre hace lo mismo.

—¿Qué cosa?

—Nunca me deja una respuesta fácil.

—Las respuestas fáciles suelen encontrar dueño demasiado rápido.

—Eso tampoco responde.

—Sigues progresando.

El muchacho sonrió.

◆◆◆

Tomás terminó la inspección del casco al cuarto día.

Nos reunió junto al barco.

—Puede repararse.

El capitán asintió.

—Eso ya lo sabíamos.

—No.

Tomás se limpió las manos.

—Lo esperaban.

El capitán aceptó la corrección.

—¿Cuánto tiempo?

—Seis días si no encontramos nada más.

—¿Y si encuentran algo?

—Más.

El primer oficial preguntó:

—¿Puede garantizar que después estará en condiciones de completar la travesía?

Tomás lo miró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sé cuál es su travesía.

El capitán y yo intercambiamos una mirada.

—Supongamos condiciones normales —dijo el primer oficial.

Tomás señaló el mar.

—Ese es justamente el problema.

—¿Cuál?

—Que aquí las condiciones cambian antes de que uno termine de nombrarlas.

El primer oficial suspiró.

—Entonces suponga unas condiciones razonables.

Tomás volvió a mirar el mar.

—Cuando las encuentre, avíseme.

◆◆◆

Aquella tarde vi al capitán caminando solo por el muelle.

Me acerqué.

—¿Problemas?

—Muchos.

—Eso parece normal.

—Estoy empezando a sospecharlo.

Seguimos caminando.

—Quieren cambiar demasiadas cosas —dijo.

—También parece normal.

—Y todos creen tener una buena razón para hacerlo.

—Eso es más peligroso.

Se detuvo.

—¿Por qué?

Miré el barco.

—Porque después de una tragedia es fácil aprobar cualquier medida que prometa impedir la siguiente.

—¿Y no deberíamos?

—Deberíamos intentar impedirla.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que no sabemos cómo será la siguiente.

El capitán permaneció mirando el casco.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Corregir lo que sabemos que falló.

—¿Y después?

—Intentar no romper lo que funcionaba.

Caminamos unos pasos.

—No quiero volver al barco que teníamos —dijo.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco sé cuál necesitamos.

—Eso es más prometedor de lo que parece.

Me miró.

—¿Por qué?

—Porque ahora empieza a cuestionarse lo que antes daba por seguro.

◆◆◆

Al quinto día aparecieron carteles nuevos.

No oficiales.

«Nunca más», decían.

Estaban pegados cerca del comedor, en las escaleras y junto a los alojamientos.

Debajo, alguien había escrito:

«Controles para todo».

En otro:

«Que nadie vuelva a decidir solo».

Y en otro:

«Todas las decisiones deben ser aprobadas por la tripulación».

El muchacho los leyó conmigo.

—¿Eso sería mejor?

—¿Qué cosa?

—Que todos decidieran.

—A veces.

—¿Y otras?

—Imagínate que el barco está a punto de chocar con un arrecife.

—El capitán decide.

—¿Sin preguntar?

—No habría tiempo.

—Entonces ya tienes un problema.

Siguió leyendo.

—¿Y si el capitán se equivoca?

—Tienes otro.

—No me gusta este sistema.

—Todavía no hemos inventado uno donde nadie pueda equivocarse.

◆◆◆

Durante varios días pareció que todo el barco intentaba precisamente eso.

Más firmas.

Más controles.

Más revisiones.

Más personas autorizando.

Más personas vigilando a quienes autorizaban.

Cada propuesta parecía razonable cuando se examinaba sola.

Juntas empezaban a construir algo distinto.

Una tarde, el responsable de las bombas llegó furioso a la reunión.

Traía tres hojas.

—No pude terminar la revisión de la bomba de popa.

El primer oficial levantó la mirada.

—¿Por qué?

Arrojó las hojas sobre la mesa.

—Porque estuve completando esto.

Tomás sonrió.

No con alegría.

El capitán tomó los formularios y los leyó.

—¿Son necesarios?

—Cada uno responde a un problema real.

—No pregunté eso.

El primer oficial volvió a mirar las hojas.

—No todos.

—Entonces quitemos los que no lo sean.

—¿Con qué criterio?

El capitán miró hacia el hombre de las bombas, como si ya tuviera un ejemplo en mente.

—Empecemos por uno sencillo.

El primer oficial aguardó unos segundos antes de responder:

—Ningún procedimiento de seguridad debería atentar contra aquello que intenta proteger.

Tomás asintió.

◆◆◆

Durante los dos días siguientes desaparecieron casi la mitad de los nuevos formularios.

Algunos fueron combinados.

Otros simplificados.

Varias inspecciones quedaron registradas de una manera diferente.

No perfecta.

Pero útil.

El primer oficial protestó menos de lo que se esperaba.

Incluso eliminó dos procedimientos que él mismo había propuesto.

La víspera de terminar las reparaciones encontré al muchacho junto al casco.

Tomás había sustituido la reparación provisional que llevaba siete años allí.

La pieza vieja estaba en el suelo.

—Funcionó siete años —dijo el muchacho.

—Sí.

—Y estaba mal.

—No exactamente.

—Pero la cambiaron.

—Porque ya había cumplido mucho más de lo que debía.

La observó.

—Entonces algo puede funcionar y seguir siendo un problema.

—Sí.

—Y algo puede fallar sin haber sido una mala idea.

Lo miré.

—¿De dónde sacaste eso?

—De usted.

—Empiezo a preocuparme —respondí.

Tomás apareció detrás de nosotros.

—Mañana terminamos.

El muchacho miró el barco.

—¿Quedará como nuevo?

Tomás soltó una carcajada.

—Espero que no.

—¿Por qué?

El hombre pasó la mano sobre la madera reparada.

—Los barcos nuevos todavía no han aprendido nada.

El muchacho me miró, esperando alguna corrección.

No encontré ninguna.

◆◆◆

Esa noche subí solo a cubierta.

El puerto estaba tranquilo. Las reparaciones habían cambiado el barco.

Algunas piezas eran nuevas.

Otras habían sido reforzadas.

Varias seguían mostrando las marcas de la tormenta.

El capitán había decidido no cubrirlas.

Quizá no quería olvidarlas. Quizá simplemente no valía la pena gastar pintura.

A veces una metáfora no es más que falta de presupuesto.

Me gustaba pensar eso.

Desde cubierta podía ver algunos de los carteles que todavía permanecían pegados en el muelle.

«Nunca más».

Comprendía el deseo.

Era difícil mirar las heridas de un barco y no querer construir uno incapaz de volver a sufrirlas.

Habíamos reparado madera.

Mejorado procedimientos.

Recuperado mapas.

Revisado bombas.

Habíamos cambiado algunas formas de decidir, aunque sabíamos que eso no bastaría para evitar todos los errores.

A la mañana siguiente terminarían las reparaciones.

Después tendríamos que responder una pregunta que habíamos conseguido aplazar durante aquellos días.

Ya sabíamos que podíamos volver a navegar.

Todavía faltaba decidir para qué.