CAPÍTULO XX
Tierra firme
Había pasado toda mi vida imaginando cómo sería pisar tierra.
Me equivoqué en casi todo.
Lo primero que noté no fueron las casas.
Ni el puerto. Ni las personas que esperaban junto al muelle.
Fue que el suelo no se movía.
Bajé de la pasarela y apoyé un pie sobre las tablas.
Después el otro.
Esperé.
No sucedió nada.
Mi cuerpo hizo una pequeña corrección que el suelo no necesitaba.
Durante un instante tuve la absurda sensación de que era yo quien se balanceaba.
El muchacho bajó detrás de mí.
También se detuvo.
A nuestro alrededor comenzaron a descender marineros, heridos y hombres que, como nosotros, habían pasado toda su vida caminando sobre superficies que cedían, se inclinaban o respiraban con el mar.
Algunos avanzaban despacio. Otros miraban hacia sus propios pies.
Nadie había ensayado aquello.
Jacobo apareció al final de la pasarela.
Bajó con la misma seguridad con la que recorría la cubierta durante una tormenta. Dio tres pasos sobre el muelle y se detuvo.
Observó el cielo y el agua.
El muchacho lo miró.
—¿Qué busca?
—Nada.
Jacobo dio otro paso.
—¿Entonces?
—Referencias.
—¿Para qué?
Jacobo bajó la vista hacia sus pies.
—Costumbre.
Siguió caminando.
Unos metros más adelante se detuvo.
—No me gusta.
—¿Qué cosa? —preguntó el muchacho.
Jacobo señaló el suelo.
—Que no se mueva.
Y continuó hacia el puerto.
Durante cuarenta y ocho años había dibujado costas. Ahora estaba de pie sobre una.
Levanté la vista.
Las casas permanecían inmóviles.
Recordé algo que no había pensado en décadas.
Cuando era niño me parecía imposible que alguien pudiera dejar un vaso sobre una mesa sin preocuparse por la siguiente ola.
Había uno junto a la puerta de un almacén.
Nadie lo sujetaba.
El vaso tampoco parecía preocupado.
Sonreí.
Entonces miré hacia atrás.
Desde tierra, nuestro barco parecía peor.
Habíamos pasado tantos días caminando sobre cubiertas reparadas, esquivando herramientas y acostumbrándonos a las cicatrices del casco que habíamos dejado de verlas.
Desde abajo era diferente.
La madera nueva interrumpía la vieja en varios lugares.
Una parte de la borda seguía cubierta por reparaciones provisionales.
Las marcas de la tormenta recorrían el costado.
Incluso la inclinación, casi imperceptible cuando uno estaba dentro, resultaba evidente desde el muelle.
El muchacho se colocó a mi lado.
—Parece otro barco.
—Es el mismo.
—No parece.
—Eso ocurre cuando uno cambia el lugar desde donde mira.
El puerto era más pequeño de lo que sugerían los registros de Jacobo.
Había almacenes nuevos junto al muelle y algunas construcciones que no aparecían en ninguna de nuestras cartas.
El antiguo embarcadero del oeste estaba abandonado.
La entrada había sido modificada después de que, varios años atrás, una tormenta desplazara parte del fondo.
Aquello explicaba las nuevas señales.
También confirmaba algo menos agradable.
Nuestras cartas no estaban equivocadas.
Simplemente describían un lugar que ya había cambiado.
Los heridos fueron los primeros en desembarcar. Después los supervivientes del otro barco.
La gente del puerto había preparado un lugar para recibirlos.
Mantas.
Agua.
Comida.
Espacio.
Nada extraordinario. Todo imprescindible.
Vi bajar al niño que había preguntado por su madre.
Descendía con cautela, aferrado al pasamanos, buscando entre los rostros antes de apoyar cada pie en el siguiente escalón.
El muchacho también lo vio.
No hablamos.
Llegar a tierra había resuelto el viaje. No necesariamente todo lo que habíamos traído con nosotros.
El capitán permaneció a bordo hasta que desembarcó el último herido.
Después bajó.
Lo esperaban tres personas del puerto.
No llevaban uniformes particularmente impresionantes.
Una mujer que administraba los muelles.
Un hombre responsable de las reparaciones navales.
Y otro que se presentó como encargado de registrar las entradas y salidas.
El capitán explicó quiénes éramos y qué necesitábamos.
Reparaciones.
Provisiones.
Atención para los heridos.
Ayuda para los supervivientes.
La mujer escuchó.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
El capitán miró al responsable de reparaciones.
—Todavía no lo sabemos.
La mujer asintió sin alarmarse.
El hombre de las reparaciones rodeó el barco. Tardó bastante.
Cuando regresó llevaba una expresión difícil de interpretar.
—¿Qué tan grave? —preguntó el capitán.
—¿Quiere la respuesta que puedo darle desde aquí o la que podré darle después de revisar el casco?
El capitán casi sonrió.
—La segunda.
—Entonces todavía no tengo respuesta.
—¿Y la primera?
El hombre volvió a mirar el barco.
—Han tenido suerte.
El capitán dejó de sonreír.
—No sé si esa es la palabra.
—Yo tampoco. Pero es la que usamos cuando vemos llegar algo que esperábamos que no llegara.
Finalmente pregunté:
—¿Sabían de la tormenta?
El hombre me miró.
—Claro.
—¿Desde cuándo?
—Varios días antes.
Jacobo, que estaba cerca, se volvió.
—¿Varios?
—Sí.
—¿Cómo?
El hombre señaló una pequeña construcción sobre una elevación.
—Recibimos avisos de dos barcos. Después nuestros pescadores comenzaron a regresar.
—¿Tenían informes meteorológicos? —pregunté.
—También.
—¿Y qué decían?
—Que la tormenta podía cambiar de trayectoria.
Hizo una breve pausa.
—Y eso fue exactamente lo que hizo —dijo—. Cambió de rumbo y terminó viniendo hacia nosotros.
Jacobo miró hacia nuestro barco.
El capitán permaneció unos segundos en silencio.
Después pidió hablar con la administradora del puerto.
Fuimos con él.
También Leandro.
La mujer nos recibió en una oficina pequeña, con una ventana desde la que se veía el muelle.
—Necesitamos saber qué información tuvieron sobre la tormenta —dijo el capitán.
—¿Para qué?
—Para entender qué información pudimos haber tenido nosotros.
La mujer lo estudió unos segundos.
Después abrió un armario y sacó varios papeles.
Avisos de navegación.
Registros de entrada.
Informes de pescadores.
Mensajes recibidos desde otros barcos.
Leandro se acercó.
—¿Podemos revisarlos?
—Claro.
Aquella respuesta pareció desconcertarlo.
Tal vez se había acostumbrado demasiado a que los documentos importantes necesitaran permiso para ser vistos.
No encontramos una advertencia que dijera:
«Una tormenta golpeará su barco tal día a tal hora».
Encontramos algo mucho más parecido a la realidad.
Un barco había reportado una caída rápida de presión. Otro hablaba de mar creciente.
Dos pescadores habían regresado antes de tiempo. Un informe advertía de condiciones inestables.
Otro advertía que la tormenta podía desplazarse hacia la ruta que seguíamos.
Nada definitivo.
Nada que, por sí solo, obligara a cambiarlo todo.
Pero las señales estaban allí.
—Jacobo vio algunas de estas cosas —dijo el muchacho.
—Sí.
—Entonces tenía razón.
Jacobo negó.
—Vi señales.
—Y había una tormenta.
—Después.
El muchacho insistió.
—Pero acertó.
Jacobo lo miró.
—No conviertas una advertencia en una profecía solo porque después ocurrió lo que temíamos.
El muchacho calló.
Leandro continuó leyendo.
—Aquí hay un aviso fechado dos días antes del festival.
El capitán se acercó.
Lo leyó dos veces.
—¿Esto se distribuyó?
La administradora asintió.
—A los barcos que estaban dentro de nuestra red de señales.
—Nosotros no recibimos nada.
—Entonces probablemente estaban fuera.
El primer oficial, que acababa de entrar, intervino.
—¿Probablemente?
La mujer lo miró.
—No sé cuál era su posición en ese momento.
—¿Puede comprobarlo?
—Puedo comprobar a quién enviamos el aviso. No puedo comprobar quién estaba donde no podíamos alcanzarlo.
El capitán señaló el documento.
—Necesito una copia.
—Llévesela —dijo la mujer.
El primer oficial esperó hasta que salimos.
—Esto va a complicarlo todo.
—¿Qué cosa? —preguntó el capitán.
—La investigación.
—¿Por qué?
—Porque ahora parecerá que otros sabían y nosotros no.
—Otros sabían cosas que nosotros no sabíamos.
—No es lo mismo.
El capitán se detuvo.
—Explíqueme la diferencia.
El primer oficial tardó.
—La gente no va a escuchar los matices.
—Entonces tendremos que decirlos más de una vez.
—Dirán que ignoramos una advertencia.
—¿La ignoramos?
—No recibimos esta.
—Entonces diremos eso.
—También dirán que Jacobo nos advirtió.
El capitán guardó silencio.
—Y eso sí ocurrió —añadió el primer oficial.
—Sí.
Siguieron caminando.
◆◆◆
A media tarde ya había otra versión.
No sé cómo llegó tan rápido.
Nunca he entendido por qué las noticias más imprecisas suelen ser las que mejor conocen el camino.
Según aquella versión, el puerto había intentado advertirnos y alguien a bordo había ocultado el mensaje para no cancelar el festival.
No existía ninguna prueba, pero eso no impidió que la historia mejorara con cada repetición.
Al anochecer ya había una persona que aseguraba haber visto el mensaje.
Otra sabía quién lo había recibido.
Una tercera conocía incluso las palabras exactas que contenía.
Leandro buscó a las tres.
Ninguna había visto nada.
—¿Qué va a publicar? —pregunté.
Me mostró el borrador.
Había escrito:
«No existe evidencia de que el barco recibiera el aviso emitido desde el puerto».
Debajo:
«Sí existieron advertencias previas a bordo sobre un posible cambio del tiempo».
—Van a utilizar la segunda frase contra el capitán.
—Sí.
—¿Y la primera para defenderlo?
—También.
—¿Entonces?
Leandro guardó el papel.
—Entonces quizá ambas deban estar juntas.
Lo miré.
El antiguo Leandro habría elegido una. El nuevo parecía dispuesto a soportar las dos.
◆◆◆
Esa noche el capitán reunió a la tripulación.
No a todo el barco.
Solo a quienes habían participado en las decisiones previas a la tormenta.
Yo estaba entre ellos. Jacobo también.
El primer oficial.
Leandro.
Algunos responsables de navegación.
El capitán dejó la copia del aviso sobre la mesa.
—Quiero reconstruir lo que sabíamos antes de la tormenta.
El primer oficial suspiró.
—Pensé que habíamos dejado atrás esto.
—Dejamos atrás la tormenta.
Señaló el documento.
—No necesariamente lo que hicimos antes de ella.
La reconstrucción fue incómoda.
Jacobo había advertido cambios.
Eso lo sabíamos.
Los informes disponibles a bordo no mostraban una amenaza suficientemente clara.
Eso también.
El capitán había ordenado algunas preparaciones, pero había decidido no cancelar el festival.
El aviso del puerto nunca llegó.
No sabíamos si habría cambiado la decisión.
El primer oficial había insistido en evitar una alarma innecesaria.
No había ocultado ningún mensaje.
Hasta donde podíamos comprobar, nadie lo había hecho.
Al menos, no existía evidencia de ello.
—Entonces la historia que circula es falsa —dijo.
—Sí —respondió Leandro.
—Publíquelo.
—Ya lo hice.
—¿Y?
—Sigue circulando.
El primer oficial golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—¿Entonces para qué sirve publicar la verdad?
Leandro pensó.
—Para que exista una alternativa.
El capitán se quedó mirando el aviso.
—Si lo hubiera recibido, habría cancelado el festival.
Nadie respondió.
Jacobo fue quien finalmente habló.
—No lo sabe.
El capitán levantó la mirada.
—Sí lo sé.
—No.
La habitación quedó inmóvil.
—Capitán —continuó Jacobo—, ahora sabe que hubo una tormenta. Ahora sabe lo que ocurrió. Ahora conoce a Samuel.
El capitán endureció el rostro.
—Tenga cuidado.
—Lo tengo.
Jacobo señaló el aviso.
—El hombre que habría recibido ese papel entonces no sabía nada de eso.
El capitán guardó silencio.
—Quizá habría cancelado —continuó Jacobo—. Quizá no.
—Yo habría...
Se detuvo.
La frase quedó incompleta.
El capitán volvió a sentarse.
—Tiene razón.
El primer oficial lo miró.
—No podemos saberlo.
—No.
—Eso no significa que su decisión fuera correcta.
—Tampoco.
El capitán tomó la pluma.
Junto al aviso escribió:
«No recibido».
Debajo:
«No sabemos qué habría cambiado».
Leandro observó la frase.
No la corrigió.
◆◆◆
A la mañana siguiente comenzaron las reparaciones mayores.
El diagnóstico del casco fue mejor de lo temido.
Y peor de lo deseado.
Necesitaríamos varios días.
Quizá más.
Esta vez nadie discutió la palabra quizá. Había demasiado trabajo.
El muchacho y yo caminamos por el puerto.
Quería conocer la nueva entrada.
Le mostré las señales que no aparecían en nuestras cartas.
—Entonces hay que hacer mapas nuevos.
—Siempre.
—¿Y qué hacemos con los viejos?
Lo miré.
Él también se dio cuenta.
—No quise decir...
—Sí quisiste.
Sonrió.
Nos acercamos al borde del muelle.
—¿Cuál es la respuesta?
—No hay una sola.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces ya empiezas a entender.
Señalé la entrada.
—Un mapa viejo puede contener algo que el nuevo olvidó.
—Pero también puede mostrar algo que ya no existe.
—Exactamente.
—Entonces necesitamos los dos.
—A veces.
Suspiró.
—Hablar con usted siempre es agotador.
—Es una de las habilidades que todavía conservo —respondí con evidente satisfacción.
◆◆◆
Cuando regresamos, encontramos a Leandro junto al barco.
Tenía varios papeles bajo el brazo.
—¿Más noticias?
—Versiones.
—¿De qué?
Miró hacia el puerto.
—De nosotros.
Había hablado con pescadores, trabajadores del muelle y tripulaciones que habían llegado después de la tormenta.
Cada uno contaba nuestra llegada de manera diferente.
En una versión éramos el barco que había ignorado todas las advertencias. En otra, el que había atravesado una tormenta imposible.
Para algunos, el capitán había salvado heroicamente a todos.
Para otros, casi los había matado.
Había incluso una en la que habíamos rescatado a todos los pasajeros del otro barco.
Leandro parecía cansado.
—Ninguna es completamente cierta.
—¿Son completamente falsas?
—Tampoco.
—Entonces tienes trabajo —murmuré.
No pareció agradecer el comentario.
Antes de subir a bordo, miré nuestro barco desde el muelle otra vez.
Seguía pareciendo peor desde allí.
Pero ahora entendía que no era solamente por los daños.
Desde fuera, uno veía cosas que desde cubierta terminaban formando parte del paisaje.
También ocurría al contrario.
Quienes estaban en tierra podían ver nuestro casco.
No habían visto nuestras decisiones.
Podían contar el resultado.
No necesariamente el camino.
Y nosotros, que habíamos recorrido ese camino, tampoco éramos dueños de una versión perfecta.
Quizá nadie lo era.
Leandro se detuvo a mi lado.
—¿Cómo se escribe algo así?
—No lo sé.
—Eso empieza a convertirse en la respuesta favorita de este barco.
—Podríamos haber elegido una peor.
Miró sus papeles.
—Necesito empezar por algún sitio.
—Entonces empieza por lo que puedas demostrar.
—¿Y después?
Miré el barco.
—Después escribe también lo que no puedes.
Leandro abrió su cuaderno.
Esta vez no comenzó por el título.