El barco de los idiotas CAPÍTULO XIX
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CAPÍTULO XIX

La decisión correcta

Durante las primeras horas, navegar hacia el sur resultó decepcionantemente sencillo. El viento se mantuvo favorable. Las bombas cumplieron su trabajo. El mamparo no dio señales de empeorar.

Incluso la vibración del timón pareció disminuir.

Después de todo lo ocurrido, aquella normalidad produjo un efecto extraño.

La gente empezó a confiar.

Demasiado rápido.

Al mediodía ya circulaban versiones según las cuales habíamos tomado la decisión correcta.

No una decisión razonable.

La correcta.

Algunos aseguraban que Jacobo había sabido desde el principio que debíamos ir hacia el sur.

Jacobo los escuchaba sin molestarse en corregirlos.

—¿No va a decirles que no fue así? —le preguntó el muchacho.

—Ya lo hice.

—Siguen diciéndolo.

—Entonces tienen más interés en la historia que en mi respuesta.

El muchacho miró a un grupo que conversaba cerca de la borda.

—¿No le molesta?

—Muchacho, a mi edad uno aprende a elegir qué tonterías merecen esfuerzo.

Me miró.

—Todavía estoy perfeccionando el método —dijo finalmente Jacobo.

◆◆◆

El capitán había ordenado comprobar nuestra posición con más frecuencia de la habitual.

No confiaba plenamente en ninguna medición aislada.

Yo tampoco.

Utilizábamos las cartas disponibles, las observaciones del cielo, las estimaciones de velocidad y cualquier otra referencia que pudiera ayudarnos a saber dónde estábamos.

Durante un tiempo, las cifras coincidieron lo suficiente como para tranquilizarnos.

Después dejaron de hacerlo.

Fue poco después del mediodía.

Repetí el cálculo.

El resultado apenas cambió.

Volví a hacerlo.

Después revisé el instrumento.

El muchacho me observaba.

—¿Qué pasa?

—Nada todavía.

—Siempre dice eso cuando pasa algo.

Según nuestra estimación inicial, deberíamos encontrarnos más al oeste.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Estamos perdidos?

—No.

—¿Seguro?

Lo miré.

—Sabemos aproximadamente dónde estamos.

—Eso suena a una manera elegante de decir que no.

—Estás aprendiendo demasiado rápido.

Busqué a Jacobo.

No estaba mirando el cielo.

Miraba el agua.

—¿Qué ves?

—No me gusta.

Era una respuesta poco técnica. Muy propia de Jacobo.

—¿Qué cosa?

Señaló la estela.

—Mírala.

Miré.

No vi nada.

—Sigue.

Seguí mirando.

El muchacho hizo lo mismo.

—Se va hacia un lado —dijo.

Jacobo asintió.

La estela se desviaba ligeramente respecto de nuestro eje.

No era el viento.

—Corriente —dije.

—Eso parece.

—No está en la carta.

—En esa no.

Busqué la otra.

Tampoco.

La más antigua mostraba una corriente estacional bastante más al este.

—Puede haberse desplazado.

Jacobo se encogió de hombros.

—O nosotros.

Aquella posibilidad me gustó menos.

Avisamos al capitán. Llegó acompañado del primer oficial.

Le mostré los cálculos.

Jacobo explicó lo que veía.

El capitán escuchó.

—¿Cuánto nos está desviando?

—Todavía no lo sabemos —respondí.

—¿Hacia dónde?

—Este.

El primer oficial observó la carta.

—El puerto está al sureste.

—Sí.

—Entonces la corriente nos favorece.

Jacobo negó.

—Nos empuja en la misma dirección.

—Eso acabo de decir.

—No es lo mismo.

El primer oficial lo miró.

Jacobo señaló el mar.

—Algo que te lleva hacia donde quieres ir puede seguir siendo un problema si no sabes cuánto te está llevando.

El capitán estudió la carta.

—¿Tenemos que cambiar el rumbo?

—No lo sé —respondí.

—¿Jacobo?

—Todavía no.

—¿Entonces qué hacemos?

—Medir —dije.

El primer oficial cruzó los brazos.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta saber suficiente.

—Eso puede significar cualquier cosa.

—Sí.

No le gustó.

A mí tampoco.

Mantuvimos el rumbo. Cada cierto tiempo repetíamos las observaciones.

La desviación continuó.

Pequeña.

Constante.

Después aumentó.

El puerto seguía estando hacia el sur.

También los bajos que protegían su entrada.

Si nuestra posición era incorrecta, llegar a ellos de noche podía convertirse en un problema.

El capitán había previsto entrar con luz.

Ahora esa previsión empezaba a importar.

—Reduzcamos la velocidad —propuse.

El primer oficial negó con la cabeza.

—Llegaremos más tarde.

—Precisamente.

—Nuestro objetivo es llegar al puerto.

—Con luz —dije.

El silencio duró apenas unos segundos.

El capitán miró hacia el horizonte.

—Reduzcan.

La orden produjo desconcierto.

Las condiciones eran buenas.

El barco navegaba. El puerto estaba más cerca. Y nosotros reducíamos velocidad.

No tardaron en aparecer preguntas.

Después aparecieron explicaciones.

Alguien dijo que las reparaciones estaban fallando. Otro aseguró que habíamos perdido la ruta.

Un tercero afirmó que el capitán había cambiado de opinión y quería navegar hacia el oeste.

Leandro llegó con su cuaderno.

—¿Qué escribo?

El capitán pareció sorprendido.

—Lo que está pasando.

—Eso intento.

—Hemos detectado una corriente que no habíamos calculado.

Leandro tomó nota.

—¿Es peligrosa?

El capitán me miró.

—No lo sabemos.

—¿Estamos fuera de rumbo?

—Todavía no sabemos cuánto nos ha desplazado.

Leandro siguió escribiendo.

—¿Hay riesgo para el barco?

El capitán tardó unos segundos.

—Siempre lo hay.

Leandro levantó la vista.

—Eso no me sirve mucho.

—A mí tampoco.

Cuando se disponía a marcharse, el primer oficial lo detuvo.

—Quizá convendría esperar antes de publicar nada.

El capitán se volvió hacia él.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabemos si esto es importante. Podría ser una corrección normal de navegación.

—Entonces diga eso.

—No sabemos si lo es.

El capitán lo observó un instante.

—Exactamente.

El primer oficial guardó silencio.

—Capitán, informar cada incertidumbre puede ser tan perjudicial como ocultarla.

—Estoy de acuerdo.

Eso pareció sorprenderlo.

—Entonces...

—No informaremos cada incertidumbre. Solo aquellas que cambien lo que hacemos.

Señaló las velas.

—Esta acaba de hacerlo.

Leandro publicó una nota breve:

«Se ha reducido la velocidad para verificar nuestra posición antes de aproximarnos a la zona del puerto».

Debajo añadió:

«Las condiciones del barco se mantienen estables».

Nada más.

No tranquilizó a todos.

Tampoco pretendía hacerlo.

Al caer la tarde, la corriente empezó a debilitarse.

Eso debería haber sido una buena noticia, pero no lo fue.

Nuestros cálculos indicaban que nos había desplazado más de lo previsto.

No mucho.

Otra vez esas dos palabras.

En mar abierto, unas millas podían ser apenas una molestia.

Cerca de un puerto, podían cambiarlo todo.

—Si seguimos así, llegaremos de noche —dijo el primer oficial.

—Sí.

—No podemos entrar de noche.

Jacobo negó con la cabeza.

—Poder, podemos.

El capitán lo miró.

—No empiece.

—Solo intento ser preciso —aclaró Jacobo.

—Agradecería que lo fuera de una manera menos irritante.

Jacobo lo pensó un instante.

—Eso sería menos preciso.

El capitán soltó aire por la nariz.

No llegó a ser una risa.

Teníamos tres posibilidades: mantener la velocidad reducida y esperar el amanecer lejos de la entrada; recuperar velocidad e intentar llegar antes de perder la luz; o aproximarnos al puerto y permanecer fuera hasta poder entrar con seguridad.

La tercera parecía la más razonable.

Hasta que Jacobo hizo una pregunta.

—¿Sabemos cómo es el fondo frente a la entrada?

Busqué la carta.

Todos la miramos.

Había sondajes.

Antiguos.

—No —dije.

El capitán apoyó un dedo sobre la mesa.

—Entonces no vamos a esperar allí.

La segunda opción desapareció poco después. No quedaban suficientes horas de luz para garantizar la entrada.

El primer oficial hizo el cálculo.

Después volvió a hacerlo.

—Podríamos conseguirlo.

El capitán lo miró.

—¿Podríamos?

—Sí.

—¿Y qué ganamos?

—Llegar hoy.

—¿Qué perdemos si está equivocado?

El primer oficial observó la carta. Esta vez no encontró nada que añadir.

◆◆◆

Reducimos aún más la velocidad.

Pasaríamos la noche mar adentro. Entraríamos al amanecer.

La decisión costaba unas horas.

Solo eso.

Sin embargo, generó más discusión que otras decisiones de consecuencias mucho mayores.

La gente tolera mal llegar tarde cuando puede ver el destino. Incluso cuando todavía no lo ha alcanzado.

El muchacho apareció al anochecer.

—Dicen que nos equivocamos de ruta.

—¿Quiénes?

—Todos.

—Eso es mucha gente.

—Bueno. Muchos.

—Eso suena mejor.

Se sentó a mi lado.

—¿Nos equivocamos?

—La corriente nos desplazó.

—No pregunté eso.

Lo miré.

Estaba empezando a utilizar mis propios trucos contra mí.

—No sé si elegir el sur fue un error.

—Pero tuvimos que corregir.

—Sí.

—Entonces algo hicimos mal.

Negué.

—Corregir no significa necesariamente que la decisión anterior fuera incorrecta.

—¿Cómo no?

Busqué una manera sencilla de explicarlo.

No la encontré.

—Cuando dibujas una ruta en una carta, la línea parece perfecta.

Señalé el mar.

—Después aparece esto.

—¿El agua?

—La realidad.

El muchacho miró hacia afuera.

—Entonces nunca seguimos exactamente la ruta.

—Casi nunca.

—¿Y para qué la dibujamos?

—Para saber cuándo tenemos que corregirla.

Permanecimos en cubierta.

La noche estaba limpia.

A lo lejos no se veía el puerto.

Tampoco sus luces.

Eso comenzó a preocuparme.

Según las referencias más recientes, deberíamos haber visto alguna antes del amanecer.

Pero todavía faltaban horas.

Jacobo pasó cerca de nosotros.

—¿También está preocupado? —preguntó el muchacho.

—Siempre.

—No parece.

—Es que tengo práctica.

Siguió caminando.

Cerca de medianoche apareció una luz.

Pequeña.

Intermitente.

Al sur.

El muchacho fue el primero en verla.

—¡Allí!

Jacobo levantó la cabeza.

Yo también.

Durante varios minutos nadie quiso identificarla.

Podía ser una embarcación.

Una señal costera.

Una vivienda.

O algo que simplemente no estuviera donde creíamos.

El capitán subió.

Observó en silencio.

La luz volvió a aparecer.

Después otra.

Más baja.

Jacobo entrecerró los ojos.

—Eso coincide.

—¿Con el puerto? —preguntó el capitán.

—Con los registros de la entrada.

Nadie celebró.

Todavía no.

◆◆◆

Al amanecer la costa comenzó a dibujarse.

Durante cuarenta y ocho años había dibujado líneas como aquella.

Era la primera vez que veía una.

Primero apareció como una sombra.

Después aparecieron las elevaciones. Luego las construcciones.

El puerto seguía allí.

Había cambiado. Por supuesto.

Uno de los antiguos muelles ya no existía. Habían construido otro más al este.

La entrada tenía nuevas señales.

Las cartas no mostraban ninguna. Pero el puerto estaba allí.

Operativo.

Y despierto.

El capitán ordenó aproximarnos lentamente.

Desde tierra comenzaron a responder a nuestras señales.

Había espacio para recibirnos. También podían atender a los heridos.

Escuché cómo la noticia recorría la cubierta. Esta vez hubo alivio antes que aplausos.

Me pareció más sensato.

El muchacho apareció con una sonrisa.

—Entonces teníamos razón.

—¿Sobre qué?

La sonrisa disminuyó un poco.

—Sobre venir al sur.

—Llegamos.

—Eso significa que era la decisión correcta.

Miré el puerto.

Después el barco y las reparaciones que todavía se veían sobre cubierta.

—Significa que llegamos.

—Es lo mismo.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

Nos apoyamos en la borda mientras comenzaban las maniobras de entrada.

—¿Entonces cómo sabemos si decidimos bien?

—Mirando lo que sabíamos cuando decidimos. No solamente lo que ocurrió después.

El muchacho permaneció callado.

—Eso es complicado.

—Muchísimo.

—Sería más fácil mirar cómo terminó.

—Por eso casi todo el mundo lo hace.

Entramos al puerto con el sol ya sobre el horizonte.

Habíamos tardado más de lo previsto.

Habíamos corregido la ruta.

Habíamos reducido velocidad.

Habíamos esperado.

Y habíamos llegado.

Mientras amarraban el barco, escuché a alguien detrás de mí decir:

—Al final, el capitán tenía razón.

No me volví.