CAPÍTULO XVIII
Un nuevo horizonte
Jacobo llevaba más de una hora en cubierta cuando amaneció. Esperaba el viento. No que apareciera. Que terminara de decidir qué quería hacer.
Lo encontré mirando las velas pequeñas que habían dejado izadas durante la noche.
—Giró hacia el este —dijo.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para notarlo.
—¿Y para navegar?
Jacobo tardó en responder.
—Para empezar a pensarlo.
Debajo de nosotros, el barco despertaba.
Se oían herramientas, pasos y órdenes breves.
Algunas reparaciones habían continuado durante toda la noche.
Antes del mediodía tendríamos que decidir si seguíamos reparando allí o aceptábamos que había llegado el momento de volver a movernos.
El capitán había pedido una última evaluación antes de decidir.
No una votación.
No una asamblea.
Una evaluación.
Los informes llegaron durante la mañana.
El mamparo resistía. Las bombas mantenían el nivel. La vibración del timón seguía allí, aunque habían logrado reducirla.
La vela pendiente estaba casi lista. Los heridos podían ser trasladados.
El tiempo permitía navegar.
Nada de aquello significaba que fuera seguro hacerlo.
Tampoco significaba que fuera seguro quedarse.
Volvimos a reunirnos.
Las dos hojas de la noche anterior seguían sobre la mesa:
«Lo que sabemos».
«Lo que no sabemos».
Durante la madrugada, alguien había añadido una tercera:
«Lo que creemos».
El capitán la miró.
—¿Quién escribió esto?
Leandro levantó la mano.
—Me pareció que faltaba.
Jacobo se acercó.
—Falta otra.
Tomó la pluma.
Debajo escribió:
«Lo que necesitamos saber».
El capitán observó las cuatro columnas.
—Esto empieza a parecerse demasiado a un gobierno.
Nadie pareció encontrarlo gracioso.
—Era una broma —aclaró.
Esta vez algunos sonrieron.
No demasiado.
Lo suficiente.
Retomar el rumbo previo a la tormenta fue la primera opción en descartarse. Exigía demasiado del barco durante demasiado tiempo.
Navegar hacia el oeste seguía siendo una posibilidad. El primer oficial la defendió.
—Conocemos esas aguas.
Jacobo negó con la cabeza.
—Las conocíamos.
—No veo la diferencia.
—El mar sí.
El primer oficial respiró hondo.
Había aprendido a tener paciencia con Jacobo. Jacobo todavía no había aprendido a facilitarle el trabajo.
—Explíquese.
El viejo señaló la carta.
—Que antes conociéramos esas aguas no significa que sigamos conociéndolas. El viento cambió. Las corrientes cambiaron. Nosotros cambiamos de posición.
Señaló después uno de los informes.
—Y el barco también cambió.
El primer oficial no respondió. Era difícil discutir con un mamparo roto.
Quedaba el sur.
El puerto aparecía en tres cartas.
Con nombres ligeramente distintos.
Eso no ayudaba.
Jacobo había encontrado referencias en antiguos registros de navegación.
Leandro encontró otra en un registro de carga de nueve años atrás. Una embarcación había comerciado en aquella zona.
Era la referencia más reciente que teníamos.
No sabíamos si el puerto seguía allí.
Mucho menos en qué condiciones.
—¿Distancia? —preguntó el capitán.
Di mi estimación y Jacobo dio la suya.
No coincidían.
El capitán miró ambas cifras.
—¿Quién tiene razón?
—Probablemente ninguno —dije.
Jacobo asintió.
El capitán se recostó.
—Extrañaba cuando todos estaban seguros.
—Era más rápido —dijo Leandro.
—Mucho.
El primer oficial señaló el puerto.
—Supongamos que llegamos y no puede recibirnos.
—Seguimos —respondió Jacobo.
—¿Hacia dónde?
Jacobo señaló más al sur.
—Hay otro puerto.
—¿Lo conoce?
—No.
—¿Aparece en las cartas?
—En una.
—¿Actualizada?
—No.
El primer oficial me miró.
—¿Ve por qué prefiero el oeste?
—Sí.
—¿Y está de acuerdo?
—No.
—¿Entonces?
—Entender un argumento no obliga a compartirlo.
El primer oficial volvió a mirar la carta.
—Entonces seguimos teniendo tres opciones.
—No —dijo Jacobo—. Tenemos tres riesgos. Las opciones vienen después.
El capitán se levantó. Caminó alrededor de la mesa.
Miró las cartas.
Después los informes.
Finalmente las cuatro columnas.
—¿Qué opción exige menos cosas que no podemos permitirnos perder?
Nadie respondió inmediatamente.
La pregunta cambió la discusión.
Navegar hacia el oeste exigía más días. Retomar el rumbo previo a la tormenta exigía demasiado del casco.
Ir hacia el sur significaba confiar en información incompleta sobre el puerto.
El responsable de las reparaciones fue el primero en hablar.
—El sur.
—¿Por qué? —preguntó el capitán.
El hombre señaló el mamparo.
—Porque si el puerto no sirve, tendremos un problema. Si esto falla antes de llegar, tendremos uno mucho peor.
El capitán se volvió hacia la responsable de enfermería.
—¿Cuánto tiempo podemos mantener a los heridos a bordo?
—Podemos mantenerlos.
—No pregunté si podemos.
La mujer comprendió lo que realmente le estaba preguntando y respondió.
—Cuanto antes lleguen a tierra, mejor.
Entonces miró a Jacobo.
—¿Puede guiarnos hacia el sur?
Jacobo tardó unos segundos en responder.
—Puedo ayudar a encontrar el mejor rumbo.
—¿No puede asegurarlo?
—Con lo que sabemos ahora, no.
El capitán lo sostuvo con la mirada. Después asintió.
Faltaba mi opinión. Lo supe porque todos me miraron.
No me gustó.
Durante años había imaginado lo que diría si algún capitán volvía a preguntarme por una ruta.
En mis fantasías siempre tenía una respuesta.
La realidad fue menos generosa.
Me acerqué a la carta.
—Si navegamos al sur, tendremos que alejarnos primero de los bajos.
Señalé una zona.
—No tomaría la línea más corta.
—¿Por qué? —preguntó el capitán.
—Porque depende demasiado de que nuestra posición sea exactamente la que creemos.
—¿Y no lo es?
—Tenemos una buena estimación.
—Eso tampoco fue lo que pregunté.
Sonreí.
—No. No puedo asegurarlo.
Dibujé una línea más abierta.
—Prefiero perder algunas horas aquí y ganar margen.
El primer oficial observó el recorrido.
—Eso aumenta la distancia.
—Sí.
—Y el tiempo.
—También.
—Entonces ¿por qué es mejor?
—No dije que fuera mejor.
Lo miré.
—Dije que nos deja más espacio para estar equivocados.
Nadie respondió de inmediato.
El capitán siguió con la vista la línea trazada sobre la carta.
—Eso me interesa.
Tomó la decisión antes del mediodía.
Iríamos al sur.
No sabíamos si era la ruta correcta.
Jacobo nunca había estado en aquel puerto, mis cartas eran insuficientes y tampoco había consenso.
Iríamos al sur porque, con lo que sabíamos del barco, del mar, de los heridos y de nuestra posición, era la opción que parecía tolerar mejor nuestros errores.
El capitán lo explicó en cubierta.
Sin música.
Sin banderas.
Sin prometer nada.
—Navegaremos hacia el sur. Existe un puerto que puede ofrecernos refugio y reparaciones. Tenemos razones para creer que sigue operativo, pero no podemos asegurarlo.
Hubo murmullos.
El capitán continuó.
—El barco puede navegar. No está completamente reparado. El tiempo es favorable ahora. Tampoco podemos asegurar cuánto durará.
Los murmullos crecieron.
El primer oficial estaba detrás de él.
No parecía cómodo.
Pero no intervino.
—No voy a decirles que esta es la única decisión posible —continuó el capitán—. Tampoco que sea una decisión sin riesgo.
Miró a las personas reunidas.
—Es la decisión que he tomado.
Eso fue todo.
Los aplausos tardaron en llegar.
Unos pocos comenzaron.
Otros se sumaron.
El capitán levantó una mano.
—No hace falta.
Los aplausos se detuvieron de una manera bastante torpe.
Tuve que contener una sonrisa.
—Eso sí que es nuevo —susurró el muchacho.
—No te acostumbres.
La noticia recorrió el barco.
También las objeciones.
Había quienes preferían navegar hacia el oeste y retomar el rumbo anterior a la tormenta.
Otros consideraban una locura confiar en un puerto del que apenas teníamos información.
Algunos aseguraban que Jacobo sabía más que todas las cartas.
Otros sostenían exactamente lo contrario.
También se decía que el capitán había perdido la seguridad de antes. Y, curiosamente, había quienes empezaban a confiar en él precisamente por eso.
Leandro anotó ambas versiones.
No intentó decidir cuál era la verdadera opinión del barco.
◆◆◆
Los preparativos ocuparon el resto del día.
Las cargas quedaron aseguradas y los supervivientes recibieron instrucciones.
Las reparaciones que podían esperar fueron señaladas. Las demás debían quedar resueltas antes de que cayera el sol.
Se revisaron los botes.
Después, por si acaso, volvieron a revisarse.
Nadie protestó.
Las bombas quedaron bajo vigilancia permanente y el mamparo sería inspeccionado durante la navegación.
Cada responsable sabía qué debía vigilar y a quién informar.
Encontré al muchacho en mi taller.
Tenía el cilindro vacío en las manos.
—Pensé que ya lo habías guardado.
—Lo iba a hacer.
Lo colocó en uno de los estantes.
No en el centro.
A un lado.
—¿Ahí?
—Ahí.
Lo observamos.
—¿Cree que aparecerá?
—El mapa.
—Sí.
—Puede ser.
—Eso no es una respuesta.
—Es exactamente una respuesta.
Puso los ojos en blanco.
Había cosas que todavía no conseguía enseñarle.
—¿Y si aparece cuando ya llegamos al puerto?
—Lo estudiaremos.
—¿Y si demuestra que elegimos mal?
—También.
—¿Aunque ya no sirva para cambiar la decisión?
—Especialmente entonces.
Me miró.
—¿Para qué?
Tomé mi abrigo.
—Para la próxima.
◆◆◆
Subimos a cubierta antes del amanecer. El barco estaba despierto.
No había fiesta.
No había música.
No había un horizonte pintado detrás del capitán.
Solo hombres y mujeres trabajando.
Las últimas herramientas fueron retiradas. Las velas comenzaron a desplegarse.
Una orden recorrió la cubierta.
Después otra.
El ancla empezó a subir.
El sonido de la cadena hizo que muchas personas salieran de sus camarotes.
Algunas se acercaron a la borda. Otras permanecieron lejos.
Los supervivientes del otro barco observaron en silencio. Para ellos, volver a navegar debía significar algo diferente.
El muchacho apareció a mi lado.
—¿Está seguro?
—¿De qué?
—De la ruta.
Miré hacia el puente.
El capitán hablaba con Jacobo. El primer oficial revisaba las maniobras. Los marineros esperaban la orden.
Miré después hacia el sur.
—No.
El muchacho asintió.
No preguntó nada más.
Eso me preocupó.
—¿No vas a decir que no es tranquilizador?
—Ya lo sé.
—¿Qué cosa?
—Que no lo es.
El ancla salió del agua.
Las velas tomaron viento.
Durante unos instantes apenas ocurrió nada.
Después sentí bajo los pies aquella vibración que conocía desde hacía más años de los que quería contar.
El barco comenzó a moverse.
Muy despacio.
Delante había aguas que conocíamos solo en parte.
Pensé en el viejo mapa. En el cilindro vacío. En Samuel.
En los nombres que Leandro todavía intentaba completar. En las hojas que seguían sobre la mesa de capitán.
En todas las decisiones que nos habían llevado hasta allí.
El muchacho seguía mirando hacia el sur.
—Ezequiel.
—¿Sí?
—¿Cómo sabemos que no estamos cometiendo otro error?
Observé la estela que empezaba a formarse detrás del barco.
—No lo sabemos.
Esperó.
—Pero podemos intentar no cometerlo de la misma manera.
El barco ganó velocidad.
Nadie aplaudió.
Y seguimos navegando.