El barco de los idiotas CAPÍTULO XVII #2
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CAPÍTULO XVII #2

Entonces llamó a otro marinero. Entre ambos improvisaron una demostración con una cubeta y un trozo de madera.

El capitán observó en silencio.

Esta vez entendió.

El marinero asintió y volvió a la bomba.

Recordé al hombre que, semanas atrás, hablaba desde cubierta como si tuviera respuestas para

◆◆◆

Leandro seguía reconstruyendo los nombres del otro barco.

Cuarenta y tres supervivientes.

Sesenta y nueve personas que todavía no podían colocarse todas en una misma palabra.

Algunas estaban muertas.

Otras seguían desaparecidas.

De varias ni siquiera conocíamos el nombre completo.

El capitán pidió que las listas fueran corregidas cada vez que apareciera nueva información.

Leandro lo hizo.

Sin resumir.

Sin mejorar.

Sin convertir la incertidumbre en una frase más cómoda.

El mapa continuó buscándose.

Baltasar revisaba registros. Conservación ordenaba documentos. Leandro seguía cualquier dato que pudiera comprobarse.

Si aparecía algo importante, me lo hacían saber.

El muchacho todavía encontraba de vez en cuando una etiqueta o una referencia y aparecía corriendo con ella.

Pero el cilindro dejó de ocupar el centro de mi mesa.

Seguía importando.

Simplemente había otras cosas que también lo hacían.

La atención en un barco también cambia de rumbo.

◆◆◆

Tres días después, el capitán reunió a quienes necesitaba para decidir si podíamos movernos.

La mesa resultó demasiado pequeña.

Jacobo.

El primer oficial.

Los responsables de las reparaciones.

Un hombre de las bombas.

Una mujer de enfermería.

Dos marineros que conocían aquellas aguas.

Leandro y yo.

El muchacho se sentó contra la pared.

Sobre la mesa había cartas, informes y cálculos.Ninguno bastaba por sí solo.

El capitán comenzó:

—Quiero saber cuándo podemos navegar.

El responsable de reparaciones respondió:

—Ahora.

Varias cabezas se levantaron.

—¿Ahora? —repitió el capitán.

—Usted preguntó cuándo podemos navegar.

—¿Podemos hacerlo con seguridad?

El hombre pensó.

—Esa es otra pregunta.

Jacobo soltó una carcajada.

El capitán también.

—Bien. Respondamos esa.

El mamparo de la cuarta cubierta soportaría una navegación moderada. No podían garantizar qué ocurriría con mar gruesa.

Las bombas funcionaban. No a toda su capacidad.

Dos velas principales estaban reparadas. Una tercera necesitaba más trabajo.

El timón respondía, pero había una vibración que todavía no conseguían explicar.

Enfermería podía atender a los heridos. Prefería no recibir nuevos.

Las provisiones alcanzaban.

El agua también.

El barco podía navegar.

Eso no significaba que estuviera preparado para cualquier navegación.

—¿Cuánto tiempo necesitan? —preguntó el capitán.

El responsable de reparaciones respondió con otra pregunta.

—¿Para ir adónde?

Nadie contestó.

Ahí estaba el verdadero problema.

Habíamos pasado tantos días intentando no hundirnos que la pregunta más elemental había quedado suspendida:

«¿Qué hacíamos ahora?»

Retomar hacia el oeste significaba recorrer durante días aguas desfavorables con un barco dañado.

Recuperar el rumbo que llevábamos antes de la tormenta exigía una ruta que ya no estábamos seguros de poder seguir en las mismas condiciones.

Al sur estaba aquel puerto.

Quizá.

Las cartas lo mostraban.

Jacobo había encontrado referencias en antiguos registros de navegación.

Leandro encontró otra en un registro de carga de nueve años atrás.

Ninguna de aquellas cosas demostraba que el puerto siguiera existiendo.

Mucho menos que pudiera recibirnos.

Pero juntas empezaban a significar algo.

El capitán escuchó.

Después tomó una hoja y la dividió en dos.

En la parte superior izquierda escribió:

«Lo que sabemos».

A la derecha:

«Lo que no sabemos».

Dejó la pluma.

—Empecemos.

Trabajamos durante casi dos horas.

Las dos columnas fueron creciendo.

A veces una afirmación comenzaba bajo «Lo que sabemos» y, después de unas preguntas, terminaba al otro lado.

Uno de los oficiales dijo:

—Sabemos que el puerto está operativo.

El capitán levantó la vista.

—¿Cómo lo sabemos?

Nadie respondió.

La frase pasó a «Lo que no sabemos».

Otro añadió:

—Sabemos que el viento cambiará.

Jacobo negó con la cabeza.

—No. Sabemos que hay señales de cambio.

El capitán corrigió la frase.

—Las bombas funcionan —dijo alguien más.

El hombre de las bombas intervino.

—Hoy sabemos cuánto están bombeando.

El capitán volvió a tachar.

El muchacho observaba desde la pared.

Al terminar, el capitán contempló ambas columnas.

—Ahora quiero recomendaciones.

El primer oficial fue el primero en hablar.

—Retomar hacia el oeste.

Jacobo prefería el sur.

El responsable de reparaciones pidió un día más antes de abandonar aquellas aguas.

Enfermería quería alcanzar un puerto cuanto antes.

Los dos marineros no estaban de acuerdo sobre la evolución del viento.

Las voces comenzaron a cruzarse.

El capitán levantó una mano.

—No necesito que estén de acuerdo.

Callaron.

—Necesito saber por qué no lo están.

Y volvimos a empezar.

◆◆◆

Cuando salimos, el sol descendía sobre el mar. El muchacho caminó conmigo hasta la borda.

—¿Cuál cree que elegirá?

—No lo sé.

—¿Cuál elegiría usted?

Miré el horizonte.

Hacía mucho que nadie me preguntaba hacia dónde debía navegar el barco.

Descubrí que no me producía la satisfacción que había imaginado.

Producía miedo.

Porque ser escuchado no hacía más cierta mi respuesta.

—Todavía ninguna.

—¿Por qué?

—Mañana tendremos información que hoy no tenemos.

—¿Y si mañana tampoco sabemos suficiente?

—Nunca sabremos suficiente.

Me miró.

Corregí:

—Casi nunca.

—Entonces ¿cómo se decide?

Observé a los hombres que trabajaban sobre cubierta.

Las velas reparándose. Las bombas abiertas. Jacobo mirando un cielo que no obedecía a nadie.

El puente.

Las cartas.

El mar.

—Con lo que sabemos.

—¿Y con lo que no sabemos?

—También.

El muchacho frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

Aquella noche el barco permaneció en el mismo lugar.

Pero ya no estaba detenido.

Las herramientas continuaron sonando hasta tarde.

Las provisiones fueron aseguradas. Los instrumentos, comprobados. Las velas, preparadas.

Jacobo volvió a mirar las estrellas.

Enfermería organizó a quienes podían ser trasladados.

Los supervivientes preguntaron cuándo llegaríamos a tierra.

Nadie les dio una fecha que no conocíamos.

En la mesa del capitán quedaron las dos columnas. En la mía, el cilindro vacío.

Durante años había esperado que alguien descendiera hasta mi taller para preguntarme dónde estábamos.

Finalmente habían venido.

Y descubrí algo que debería haber sabido desde el principio.

Un cartógrafo puede señalar arrecifes. Puede dibujar corrientes. Puede indicar dónde está el norte.

Pero ningún mapa puede decidir por quienes navegan.

Al amanecer tendríamos que hacerlo nosotros.

El barco todavía llevaba heridas de la tormenta.

También llevaba muertos, supervivientes, preguntas y algunas certezas menos que antes.

Era lo que teníamos.

Y con eso tendríamos que decidir.