CAPÍTULO XVII
Lo que el tiempo se llevó
Durante unos segundos pensé que quizá habíamos buscado demasiado lejos.
Aquella forma de firmar me resultaba familiar.
El problema era recordar de quién era.
Regresé al taller con el muchacho.
Llevábamos la hoja.
También el cilindro vacío.
Lo dejé sobre la mesa y comencé a buscar entre mis papeles. Esta vez sabía exactamente qué buscaba.
No al responsable.
Todavía no.
Buscaba una letra.
Abrimos cajas que no tocaba desde hacía años.
Encontramos cuadernos de navegación, cálculos de corrientes, cartas corregidas a mano, instrumentos que habían dejado de utilizarse mucho antes de dejar de funcionar.
También aparecieron nombres.
Cartógrafos con los que había trabajado.
Algunos habían muerto.
Otros habían abandonado el barco hacía años.
Reconocí sus letras.
Sus abreviaturas.
Incluso la forma en que corregían sus propios trazos.
Hay personas que desaparecen y, sin embargo, uno podría reconocerlas por la manera en que dibujaban una costa.
La firma no apareció.
El muchacho seguía revisando documentos cuando se detuvo.
—Usted no está.
—Estoy aquí.
—No. Aquí.
Señaló los registros.
Habíamos encontrado varias relaciones correspondientes a los traslados: inventarios, recepciones, solicitudes, evaluaciones…
Mi nombre no aparecía.
Revisé nuevamente.
Tenía razón.
—No lo consultaron —dijo.
No respondí.
—Usted era cartógrafo.
—Lo sigo siendo.
—Entonces ¿por qué no le preguntaron?
Miré alrededor.
Mi taller ofrecía una respuesta bastante convincente.
Durante años había permanecido allí, rodeado de mapas que cada vez menos personas consultaban.
Primero dejaron de pedirme nuevas cartas.
Después dejaron de traerme las antiguas.
Más tarde comenzaron a decidir sobre unas y otras sin bajar siquiera a preguntar.
No ocurrió de golpe.
Un día dejaron de invitarme a una reunión.
Otro, alguien decidió que un informe podía sustituir una conversación.
Después llegó una generación que sabía que existía un cartógrafo en alguna parte del barco, pero no tenía muy claro para qué servía.
Hasta que finalmente dejaron de saberlo.
—Supongo que ya no consideraban necesaria mi opinión —dije.
El muchacho frunció el ceño.
—Pero después necesitaron su mapa.
Miré el cilindro.
—Sí.
Continuamos buscando.
La firma seguía sin aparecer.
Tampoco encontramos ningún documento que demostrara que el mapa hubiera llegado a manos de un cartógrafo.
Solo aquella frase:
«Remitido para evaluación cartográfica».
Podía significar demasiadas cosas.
Que alguien lo había recibido.
Que alguien debía recibirlo.
Que había sido enviado.
O simplemente que alguien había anotado que debía enviarse.
Incluso podía significar que alguien había escrito que fue enviado porque eso era lo que, según el procedimiento, debía ocurrir.
Habíamos aprendido que entre lo que decía un documento y lo que realmente había sucedido podía existir una distancia considerable.
El muchacho dejó la última carpeta.
—Entonces seguimos sin saber qué pasó.
—Sí.
—¿Y ahora?
Miré todos los papeles que habíamos sacado.
Durante días habíamos perseguido el mapa a través del barco:
Archivo.
Conservación.
Depósito.
Inventarios.
Traslados.
Firmas.
Cada respuesta había producido otra pregunta.
Y cada pregunta parecía prometer que detrás de la siguiente puerta encontraríamos finalmente a alguien sosteniendo una explicación completa.
No había ocurrido.
Quizá no ocurriría.
—Ahora guardamos todo esto.
El muchacho me miró sorprendido.
—¿Ya no vamos a buscar?
—Claro que vamos a buscar.
—Entonces no entiendo.
—Vamos a dejar de buscar como si encontrar a una persona fuera a explicarlo todo.
Miró el cilindro.
—¿Y si alguien lo robó?
—Entonces necesitaremos pruebas.
—¿Y si alguien lo perdió?
—También.
—¿Y si nunca sabemos qué ocurrió?
Lo miré.
—Entonces eso también será una respuesta.
No pareció gustarle.
A mí tampoco.
Empezamos a ordenar.
Mientras lo hacíamos, el muchacho volvió a hablar.
—Pero usted no tuvo nada que ver.
No era una pregunta.
—Con el traslado, no.
—Ni con el Archivo.
—No.
—Ni decidió guardar el mapa abajo.
—No.
Parecía satisfecho.
Yo no.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Me senté.
—Hay algo que no aparece en esos documentos.
—¿Qué?
—Todos los años anteriores.
No entendió.
—No empezaron a ignorarme el día que trasladaron los mapas. Llevaban mucho tiempo haciéndolo.
—Eso no fue decisión suya.
—No.
—Entonces...
—Pero terminé acostumbrándome.
El muchacho permaneció callado.
—Al principio protestaba. Después explicaba. Más tarde me limitaba a señalar los errores cuando alguien venía a preguntarme.
Miré el taller.
—Y finalmente me quedé aquí esperando que alguien volviera a hacerlo.
—¿Qué otra cosa podía hacer?
—No lo sé.
—Entonces no puede decir que hizo mal.
—Tampoco puedo decir que hice todo lo que podía.
El muchacho se sentó frente a mí.
—¿Se siente culpable?
—No.
Lo pensé mejor.
—Al menos no de haber perdido ese mapa.
—¿Entonces?
Pasé la mano sobre el cilindro.
—Creo que durante demasiado tiempo confundí no tener autoridad con no tener responsabilidad.
El muchacho no dijo nada.
—No podía obligarlos a escucharme —continué—. Pero quizá podría haber hecho más ruido.
—¿Habría servido?
—No lo sé.
—Entonces...
—Muchacho, que algo pueda fracasar no significa que no valga la pena intentarlo.
◆◆◆
Cuando llevé la hoja al capitán, estaba rodeado de informes.
No eran los del mapa.
Eran informes de daños.
El cilindro vacío seguía teniendo importancia.
Pero el barco tenía la desagradable costumbre de producir problemas nuevos antes de que termináramos de comprender los anteriores.
El capitán leyó la hoja.
—¿Reconoció la firma?
—No.
—¿Encontró algo?
—Nada que permita saber quién recibió el mapa.
—Entonces seguimos igual.
—Sabemos un poco más.
—¿Qué?
—Que alguien quiso enviarlo a evaluación cartográfica.
—Eso ya lo dice aquí.
—Precisamente. No sabemos si ocurrió.
El capitán dejó la hoja sobre la mesa.
—¿Seguimos buscando?
—Sí.
—Bien.
Esperé alguna otra pregunta.
No llegó.
En cambio, apartó varios documentos y extendió una carta sobre la mesa.
—Necesito que mire esto.
No pude evitar sonreír.
—¿Qué?
—Nada.
—Está sonriendo.
—Acaba de preguntarle algo a un cartógrafo.
El capitán me sostuvo la mirada.
—Supongo que debimos hacerlo antes.
—Supongo.
Me incliné sobre la carta.
La tormenta nos había desplazado hacia el sur. Cuánto exactamente, todavía era discutible.
Durante las peores horas habíamos calculado nuestra posición con observaciones incompletas, instrumentos que apenas podían utilizarse y estimaciones hechas mientras el barco intentaba no partirse.
Ahora teníamos mejores datos.
No necesariamente mejores noticias.
Señalé nuestra posición sobre la carta.
—Estamos lejos de la ruta prevista. Al oeste queda el rumbo que seguíamos antes de la tormenta. Al norte, parte de las aguas que acabamos de atravesar. Hacia el sur, según algunas cartas, existe un pequeño puerto.
El capitán levantó la vista.
—¿Según algunas?
—Las cartas no tienen la misma fecha.
—¿Cuál es la más reciente?
Se la mostré.
La examinó.
—Tiene nueve años.
—Sí.
—¿Y sigue existiendo?
—El puerto probablemente.
—¿Probablemente?
—Los puertos tienen esa mala costumbre de cambiar aunque uno los dibuje.
El capitán apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Necesito saber si podemos llegar.
—Esa es una pregunta distinta.
—¿Distinta de qué?
—De si debemos hacerlo.
Me miró.
—Ya empezamos.
—Usted preguntó.
Esta vez fue él quien sonrió.
Mandó llamar a Jacobo.
Este llegó poco después desde la cubierta y se inclinó sobre la carta.
La estudió durante unos segundos.
—Conozco esa referencia.
—¿De dónde? —preguntó el capitán.
—De registros antiguos. En la Sala de Observación todavía conservamos algunos.
—¿Ha estado en ese puerto?
Jacobo negó con la cabeza.
—Nunca.
Señaló la entrada dibujada en la carta.
—Es estrecha. Si no la han modificado, conviene llegar con luz.
—¿Y el trayecto?
—Dependerá del viento.
—¿Qué espera que haga?
Jacobo levantó la vista hacia el cielo.
—Que cambie.
—¿Hacia dónde?
—Todavía no lo sé.
—¿Cuándo lo sabrá?
Jacobo siguió mirando el cielo.
—Cuando empiece a decirnos algo más.
El muchacho había llegado detrás de Jacobo. Se quedó junto a la puerta.
—¿Podemos quedarnos aquí? —preguntó.
Jacobo miró al capitán.
El capitán me miró a mí.
Busqué a Jacobo con la mirada.
Esta vez se encogió de hombros.
—Podemos.
—Entonces ¿para qué irnos? —volvió a preguntar el muchacho.
Jacobo señaló la carta.
—Porque poder quedarse y convenir quedarse tampoco son la misma cosa.
El muchacho se acercó.
—¿Qué pasa aquí?
—Ahora nada.
—¿Y después?
Jacobo sonrió.
—Esa es la parte difícil del mar.
El cambio de tiempo todavía no era una amenaza.
Pero podía convertirse en una.
Los bajos seguían demasiado cerca.
El barco necesitaba reparaciones. Algunas podían hacerse navegando. Otras era preferible terminarlas antes.
Las provisiones alcanzaban.
El agua también.
Los heridos necesitaban descanso.
Los supervivientes del otro barco necesitaban un puerto.
Y todos necesitábamos dejar de comportarnos como si sobrevivir nos hubiera concedido el derecho a permanecer inmóviles.
El capitán pidió una evaluación completa.
No una declaración de que el barco estaba listo. Una evaluación.
Durante los días siguientes desaparecieron las banderas del festival.
Las telas terminaron cubriendo herramientas, protegiendo aberturas y separando espacios en la enfermería.
Me pareció un destino bastante digno para ellas.
Los carpinteros trabajaron en los mamparos.
Los calafates recorrieron el casco.
Las bombas fueron desmontadas.
No declaradas operativas.
Desmontadas. Limpiadas. Probadas. Medidas.
Una rendía menos de lo que afirmaban los registros.
Otra funcionaba mejor.
El bote que llevaba seis meses esperando reparación volvió al agua.
Nadie pronunció un discurso.
El capitán comenzó a bajar con frecuencia.
No siempre daba órdenes. A veces preguntaba.
Una mañana lo encontré junto a una bomba mientras un marinero intentaba explicarle por qué una válvula fallaba cuando el barco escoraba.
El capitán no pareció comprender.
El hombre lo intentó de nuevo, esta vez con más detalle, pero la explicación tampoco bastó.