El barco de los idiotas CAPÍTULO XVI
58%

CAPÍTULO XVI

Los culpables

La verdad tiene un inconveniente del que rara vez hablan quienes la recomiendan. Una vez que empieza a circular, ya no obedece a nadie.

El boletín del capitán había dicho algo muy sencillo:

«No sabemos dónde está el mapa».

Dos días después, el barco había entendido otra cosa:

«No sabemos dónde está nada».

Comenzaron por los botes. Alguien decidió comprobarlos.

Después revisaron las bombas.

Luego los extintores.

Las reservas de agua.

Los medicamentos.

Las herramientas. Los instrumentos de navegación. Las lámparas de emergencia. Los repuestos...

Durante años aquellas cosas habían existido de una manera muy particular.

Existían porque figuraban en alguna lista.

Ahora la gente quería verlas.

Y algunas no estaban.

Otras estaban donde debían, pero no funcionaban.

Otras funcionaban, aunque nadie recordaba cuándo habían sido revisadas por última vez.

También aparecieron cosas que nadie sabía que teníamos: una caja con bengalas nuevas, dos bombas manuales todavía embaladas, cincuenta metros de cabo almacenados en un depósito equivocado.

Tres brújulas.

Una estaba rota. Otra no pertenecía a ningún inventario.

La tercera funcionaba perfectamente.

El muchacho la sostuvo frente a mí.

—¿Esto es bueno o malo?

—Que funcione, bueno.

—Que nadie supiera que estaba aquí.

—Menos bueno.

—Todo se ha vuelto complicado.

—Siempre lo fue.

—Antes no parecía.

—Eso también es parte del problema.

La revisión se extendió sin que nadie la ordenara.

Un cocinero contó los sacos de harina.

Una enfermera revisó los medicamentos.

Los marineros comenzaron a inspeccionar sus propios equipos.

Algunos pasajeros preguntaron cuántos chalecos salvavidas había. Otros quisieron saber dónde estaban.

Una mujer exigió ver el suyo.

En menos de una hora había veinte personas haciendo fila frente a un depósito. El encargado intentaba explicar que los chalecos no estaban asignados individualmente.

Nadie parecía encontrar tranquilizadora la explicación.

El miedo tiene una relación extraña con los números.

Antes de una tragedia, casi nadie quiere contarlos. Después, nunca parecen suficientes.

Los rumores crecieron con la misma velocidad.

Se decía que faltaba comida. No faltaba.

Se decía que una bomba estaba averiada. Era cierto.

Se decía que las otras tampoco funcionaban. Era falso.

Se decía que el casco podía abrirse en cualquier momento. Nadie podía asegurarlo.

Se decía que el capitán ocultaba los daños, precisamente cuando había comenzado a publicarlos.

La contradicción no parecía molestar a nadie.

Leandro empezó a llenar páginas.

No publicaba todo.

Pero lo anotaba.

Una mañana lo encontré en cubierta escuchando a dos mujeres discutir sobre las reservas de agua.

Esperó a que terminaran.

Después preguntó:

—¿Quién les dijo eso?

Una señaló a la otra.

—Ella.

Leandro miró a la segunda.

—¿Y quién se lo dijo a usted?

La mujer señaló hacia popa.

—Un hombre.

—¿Qué hombre?

—No sé.

Leandro anotó algo.

—¿Qué escribes? —le pregunté cuando se alejaron.

Me mostró el cuaderno.

Había escrito:

Origen desconocido.

—Antes habrías escrito «preocupación entre los pasajeros».

—Probablemente.

—¿Y ahora?

Cerró el cuaderno.

—Ahora quiero saber de dónde salió la preocupación.

◆◆◆

El capitán convocó una reunión.

Esta vez no me sorprendió encontrarme allí.

Estaban el primer oficial, Leandro, Jacobo, Baltasar, dos responsables de mantenimiento y una mujer de la enfermería a quien yo apenas conocía.

El muchacho no había sido invitado.

Se quedó fuera.

Cuando cerraron la puerta, lo vi sentarse junto a la pared.

Sabía que esperaría.

El primer oficial colocó varios papeles sobre la mesa.

—Tenemos un problema de confianza.

El capitán observó los documentos.

—Tenemos varios problemas reales.

—Precisamente. Y la gente los está mezclando.

—¿Qué propone?

El primer oficial respiró antes de responder.

Había preparado aquello.

—Necesitamos separar responsabilidades.

—Eso estamos haciendo.

—No con suficiente rapidez.

Deslizó una hoja hacia el capitán.

—La investigación preliminar permite identificar fallos concretos en la reorganización y el traslado de los materiales.

Baltasar se tensó.

—¿Qué fallos?

—Inventarios incompletos. Traslados sin trazabilidad. Registros contradictorios.

—Eso ya lo sabemos.

—Y tenemos responsables administrativos.

Baltasar dejó de mirar los papeles.

Miró al primer oficial.

—¿Responsables?

—Personas responsables de esas áreas.

El capitán no tocó la hoja.

—Continúe.

—Podemos suspender temporalmente a los encargados mientras se completa la investigación.

—¿Por qué?

El primer oficial pareció sorprendido.

—Porque hubo fallos.

—Pregunté por qué debemos suspenderlos antes de saber qué ocurrió.

—Para garantizar independencia.

—¿De quién?

—De la investigación.

El capitán apoyó la espalda en la silla.

—¿Baltasar puede alterar los documentos?

—No estoy diciendo eso.

—Entonces ¿qué está diciendo?

El primer oficial tardó un poco más esta vez.

—Que necesitamos demostrar que estamos actuando.

Nadie habló.

El capitán tomó la hoja.

La leyó.

Había tres nombres.

Baltasar era uno.

Reconocí otro.

El tercero no.

—¿Estas personas perdieron el mapa?

—No podemos afirmarlo.

—¿Desatendieron la reparación de los botes?

—No.

—¿Ignoraron a Jacobo?

—No.

—¿Decidieron mantener el festival?

El primer oficial levantó la vista.

—Capitán...

—Pregunté si lo decidieron.

—No.

El capitán dejó el documento sobre la mesa.

—Entonces ¿qué problema resolvería suspenderlos?

—La gestión del traslado funcionó mal.

—Eso parece.

—Alguien debe responder.

El capitán lo miró durante varios segundos.

—Sí.

El primer oficial pareció relajarse, aunque demasiado pronto.

—Por eso estamos investigando.

◆◆◆

La reunión continuó.

Mantenimiento explicó las bombas. Enfermería habló de suministros.

Jacobo presentó las observaciones del mar.

Leandro entregó copias de antiguos boletines.

Cada problema tenía una historia distinta. Y, sin embargo, detrás de todos empezaba a aparecer la misma estructura.

Una reparación aplazada porque había algo más urgente. Una revisión postergada para el mes siguiente.

Un informe resumido hasta perder lo esencial.

Un puesto eliminado porque durante años no había ocurrido nada. Una advertencia que llegó a alguien sin autoridad para actuar.

Una decisión tomada por quien sí tenía autoridad, pero no toda la información.

Por separado, ninguna de aquellas decisiones parecía suficientemente grave. Juntas, casi habían hundido el barco.

El capitán escuchaba.

No defendía sus decisiones.

Tampoco aceptaba cualquier acusación.

Solo preguntaba fechas, nombres, documentos. Quién sabía qué y cuándo lo había sabido.

Aquella última cuestión empezó a repetirse.

Comprendí por qué.

Cuando terminó la reunión, salí primero. Baltasar me alcanzó en el corredor.

—Ezequiel.

Me volví.

—¿Sí?

—Van a culparme.

Lo dijo como una certeza.

—No lo sé.

—Mi nombre está en esa hoja.

—Lo vi.

—Yo hice el inventario.

—Sí.

—Hice lo que me pidieron.

—Eso también tendremos que comprobarlo.

Nos detuvimos unos segundos.

—¿Usted cree que hice algo mal?

Podría haberlo tranquilizado, pero no lo hice.

—Todavía no lo sé.

Su rostro cambió.

—Pensé que estaba de mi lado.

—No hay lados, Baltasar.

Sonrió sin humor.

—Siempre hay lados.

Siguió caminando. Lo observé alejarse.

Tal vez tenía razón.

El muchacho estaba esperándome junto a una escalera.

—¿Qué pasó?

—Quieren suspender a tres personas.

—¿Por el mapa?

—Entre otras cosas.

—¿Baltasar?

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Todo el barco lo sabe.

La reunión había terminado hacía menos de cinco minutos.

Suspiré.

—Sí.

—Pero todavía no sabemos qué hizo.

—Exacto.

—Entonces no pueden castigarlo.

—No es tan sencillo.

—Sí es sencillo.

—Casi nada que parece sencillo después de cinco minutos sigue siéndolo después de una hora.

No le gustó.

—Si no sabemos que hizo algo, no podemos castigarlo.

—En eso tienes razón.

—Entonces sí es sencillo.

Seguimos caminando.

◆◆◆

Esa tarde apareció otro boletín.

Tampoco era oficial: «Los responsables tienen nombre».

Debajo aparecían los nombres de las tres personas mencionadas en la investigación preliminar. Baltasar era una de ellas.

Alguien había añadido: «Justicia para Samuel».

Sentí una incomodidad inmediata. No sabía si Baltasar era inocente.

Pero Samuel acababa de ser utilizado para exigir algo que él nunca había pedido.

Arranqué el papel. A pocos pasos había otro.

Más adelante, uno más.

Al llegar a cubierta ya circulaban copias.

La gente hablaba. Algunos pedían expulsiones. Otros, juicio.

La mayoría simplemente quería saber qué había ocurrido. Pero esas voces eran menos ruidosas.

Baltasar no apareció a trabajar al día siguiente.

Lo encontraron en su camarote.

No quería salir.

Alguien había escrito una palabra sobre su puerta: «Asesino».

El muchacho la vio antes que yo.

Intentó borrarla con la manga.

La tinta ya se había secado.

—Él no mató a Samuel —dijo.

—No sabemos qué responsabilidad tuvo.

—Pero no lo mató.

—No.

Siguió frotando unos segundos más.

—Entonces ¿por qué escribieron eso?

Miré la palabra.

—Porque es más fácil señalar a alguien que encontrar la causa.

Dejó de frotar.

—¿Aunque no sea una sola?

—Sobre todo entonces. Un culpable cabe en una palabra. Lo demás casi nunca.

El capitán llegó poco después.

No dijo nada al verla.

Pidió un paño.

Comenzó a limpiar la puerta.

El muchacho lo ayudó.

Yo también.

La tinta salió lentamente.

Cuando terminamos todavía podía distinguirse una sombra.

Baltasar abrió la puerta.

Tenía los ojos hinchados.

Vio al capitán.

—Yo no perdí ese mapa.

—No sabemos quién lo perdió.

Baltasar señaló la palabra que aún quedaba sobre la puerta.

—Ellos creen que fui yo.

El capitán la miró.

—He dicho públicamente que todavía no sabemos qué ocurrió.

—No les bastó.

El capitán guardó silencio.

—¿Va a suspenderme? —preguntó Baltasar.

—No mientras no tengamos una razón para hacerlo.

Baltasar respiró con algo menos de dificultad.

—Gracias.

El capitán negó con la cabeza.

—Todavía no sabemos qué ocurrió. Sería absurdo castigarlo como si lo supiéramos.

Salimos al corredor.

El primer oficial esperaba al capitán junto a la pared.

—Necesito hablar con usted.

El capitán se apartó con él unos metros.

No pretendía escuchar. El barco, como tantas veces, decidió lo contrario.

—Está perdiendo una oportunidad —dijo el primer oficial.

—¿De qué?

—De cerrar esto.

—No está cerrado.

—Para la gente sí podría estarlo.

—Ese es precisamente el problema.

—Capitán, la confianza también mantiene un barco a flote.

—No.

El primer oficial lo miró.

—¿No?

—La madera, los mamparos, las bombas, las velas y la gente competente mantienen un barco a flote.

Hizo una pausa.

—La confianza sirve para que podamos trabajar juntos.

—Sin ella perderá autoridad.

—Entonces tendré que recuperarla.

—¿Cómo?

El capitán miró hacia la puerta de Baltasar.

—Intentando merecerla.

El primer oficial bajó la voz.

—La gente no quiere una investigación de seis meses.

—Yo tampoco.

—Quiere una respuesta.

—Yo también.

—Entonces désela.

El capitán tardó en contestar.

—Cuando la tenga.

◆◆◆

Esa noche cené con el muchacho en el taller.

Había conseguido pan, queso y una manzana.

Partió la manzana por la mitad. Me dio la parte más grande.

Fingí no darme cuenta.

—¿El primer oficial es malo? —preguntó.

Casi me atraganto.

—¿Por qué preguntas eso?

—Quiere culpar a Baltasar.

—No exactamente.

—Puso su nombre en una lista.

—Sí.

—Entonces sí.

Dejé el pan.

—Creo que el primer oficial quiere que el barco vuelva a funcionar.

—Pues tiene una manera rara de hacerlo.

—Tal vez.

—¿Entonces es malo o no?

Miré la mitad de manzana que había dejado frente a mí.

—No lo sé.

El muchacho puso los ojos en blanco.

—Siempre dice lo mismo.

—Solo cuando es verdad.

—¿Y qué cree?

Eso era diferente.

—Creo que está asustado.

—Todos estamos asustados.

—Las personas hacen cosas distintas con el miedo.

—¿Qué hace él?

Pensé en la hoja con los tres nombres.

—Intenta convertirlo en orden.

—¿Eso es malo?

—No necesariamente.

—Entonces no entiendo nada.

Sonreí.

—Eso suele ser una buena señal.

◆◆◆

A la mañana siguiente encontraron una caja.

Apareció detrás de un armario que habían movido durante la revisión de Conservación.

No era grande.

No tenía nada extraordinario.

Excepto una etiqueta casi desprendida:

«Documentos pendientes de reubicación».

Baltasar vino a buscarme.

Parecía agitado.

—Tiene que ver esto.

Fuimos con el muchacho.

Leandro ya estaba allí.

El capitán llegó poco después.

Dentro había papeles enrollados. Cartas. Planos. Fragmentos de registros. Documentos sin identificar.

No hizo falta decir nada.

Comenzamos a revisar.

Uno.

Otro.

Y otro.

Algunos estaban dañados. Otros apenas podían desplegarse.

Encontré una carta de navegación. No era la nuestra.

Después otra.

Tampoco.

El muchacho sacó un rollo estrecho. Lo abrió con cuidado.

Negó con la cabeza.

Seguimos.

En el fondo de la caja había un sobre. Leandro lo tomó.

—Aquí hay algo.

No era el mapa.

Era una hoja de traslado.

La tinta estaba desvaída, pero todavía podía leerse.

Había una lista de piezas.

Recorrí los códigos hasta encontrarlo: C-47. Allí estaba.

El muchacho se acercó a mirar.

—¿Qué dice?

Leandro leyó:

—«Remitido para evaluación cartográfica».

Me quedé inmóvil.

El capitán me miró.

—¿A Cartografía?

—Eso parece.

—¿Entonces volvió?

El muchacho intervino.

—¿Volvió a dónde?

Nadie lo sabía.

Miré la fecha.

Era posterior a la revisión de Conservación y anterior al traslado definitivo de los cilindros al depósito inferior.

Leandro dio vuelta a la hoja.

En el reverso había una firma. O apenas lo que quedaba de ella.

Tres letras.

Las reconocí antes de recordar el nombre.

El muchacho me observó.

—Ezequiel...

No respondí.

La firma pertenecía a uno de los cartógrafos con los que había trabajado.

A alguien de los nuestros.

Un frío me recorrió el cuerpo.

La búsqueda del culpable acababa de llamar a mi propia puerta.