CAPÍTULO XV #2
Me entregó uno de los boletines que circulaban por el barco.
No era oficial.
Alguien había escrito a mano:
«El mapa que pudo salvarnos fue destruido».
Debajo:
«Exigimos responsables».
Lo leí dos veces.
—No sabemos que haya sido destruido.
—Lo sé.
—Tampoco sabemos que pudiera habernos salvado.
—También lo sé.
—Entonces esto no dice nada que sepamos.
Leandro miró el papel.
—Dice algo que la gente necesita creer.
—¿Por qué necesitaría creerlo?
Tardó en responder.
—Porque si alguien destruyó el mapa, todo resulta más sencillo.
Aquella respuesta me sorprendió.
—Hay un culpable —continuó—. Lo encuentras. Lo castigas. Y puedes pensar que el barco vuelve a estar seguro.
Miré nuevamente el boletín.
Quizá Leandro había aprendido algo.
O quizá estaba recordando que mirar de verdad también significaba desconfiar de las explicaciones demasiado sencillas.
—¿Y si no hay uno?
—Entonces tenemos un problema mucho mayor.
Fuimos con el capitán.
Al principio ordenó retirar los boletines. Luego cambió de opinión.
—Déjenlos.
El primer oficial lo miró sorprendido.
—Están difundiendo información falsa.
—Entonces respondamos con información verdadera.
—No tenemos información verdadera.
El capitán permaneció callado.
—Exactamente —dijo después.
El primer oficial no pareció entender.
—¿Qué quiere que comuniquemos?
El capitán miró hacia Leandro.
—Lo que sabemos.
—¿Y qué sabemos?
—Que estamos buscando el mapa.
—Eso hará parecer que lo perdimos.
—Lo perdimos.
—No sabemos eso.
El capitán lo miró.
—Entonces escriba que no sabemos dónde está.
El primer oficial vaciló.
No dijo nada.
—Y escriba que estamos intentando averiguarlo.
—Capitán, eso puede generar más incertidumbre.
—Ya existe incertidumbre.
—No es lo mismo que admitirla.
El capitán permaneció inmóvil.
—A partir de ahora, dejaremos de fingir que no existe.
◆◆◆
El boletín oficial apareció esa tarde.
Era breve.
«Durante la revisión de los archivos se ha constatado que una carta hidrográfica antigua, actualmente considerada relevante para comprender las corrientes de esta región, no ha podido ser localizada.
Se está reconstruyendo su recorrido documental.
No existen, hasta el momento, elementos suficientes para determinar si fue destruida, trasladada, extraviada o permanece almacenada en un lugar aún no identificado.
Cualquier persona que disponga de información deberá comunicarla».
No decía que todo estuviera bajo control.
No prometía respuestas.
No culpaba a nadie.
Era probablemente el boletín menos tranquilizador que se había publicado en años.
También era el más honesto.
Las reacciones fueron inmediatas.
Algunos exigieron nombres.
Otros se burlaron.
—Ahora resulta que no saben ni dónde guardan los mapas.
Otros defendieron al capitán.
Otros dijeron que la investigación era una maniobra para distraer la atención de Samuel y de los muertos del otro barco.
Otros querían saber por qué un mapa antiguo podía ser importante.
Y algunos hicieron una pregunta mucho más incómoda:
—¿Qué más no sabemos dónde está?
Esa pregunta comenzó a recorrer las cubiertas.
Primero fueron los mapas.
Después los botes.
Luego las bombas.
Los medicamentos. Las reservas. Los instrumentos. Los repuestos. Los registros.
Durante años, la confianza había permitido suponer que las cosas estaban donde debían estar y funcionaban como debían funcionar.
Ahora la gente empezaba a comprobarlo.
Y algunas respuestas no gustaron.
Dos días después seguíamos sin localizar a Amalia Montes.
Baltasar encontró constancia de que había abandonado el barco, pero el registro no indicaba dónde había desembarcado ni por qué se había marchado.
—¿Eso es normal? —preguntó el muchacho.
Baltasar estuvo a punto de responder.
Se detuvo.
—No lo sé.
El muchacho sonrió apenas.
Había reconocido la respuesta.
◆◆◆
Aquella noche colocamos todos los documentos sobre la mesa de mi taller.
El cilindro vacío estaba en el centro.
A un lado, lo que sabíamos.
Al otro, lo que creíamos saber.
La segunda pila era mucho más grande.
El muchacho tomó el documento de Conservación.
—Amalia lo tuvo.
—No.
Me miró con cansancio.
—Otra vez.
—Otra vez.
Señalé las iniciales.
—Sabemos que alguien identificado como A.M. registró una revisión del C-47.
—Baltasar dice que era Amalia Montes.
—Sí.
—Entonces fue ella.
—Probablemente.
—¿Y tampoco puedo decir eso?
—Puedes decirlo.
—¿Pero?
—Recordando que «probablemente» no significa «seguro».
Dejó caer la cabeza entre las manos.
—Debe ser agotador ser usted.
Me reí.
Fue la primera vez en varios días.
—Lo es —admití.
El muchacho también sonrió.
Después volvió a mirar el cilindro.
—¿Y si encontramos a Amalia y tampoco sabe?
—Seguiremos buscando.
—¿Y si nadie sabe?
Aquella pregunta era diferente.
—Entonces tendremos que aprender algo de no saberlo.
—Eso suena a una manera elegante de perder.
—A veces lo es.
—¿Y las otras veces?
Miré el cilindro.
—Las otras veces es la única manera de no inventar una victoria.
Antes de marcharse, el muchacho se detuvo junto a la puerta.
—Ezequiel.
—¿Sí?
—Si encontramos el mapa, ¿se arregla todo esto?
Miré los documentos.
Los informes de mantenimiento. Las órdenes de traslado. Los registros incompletos.
El boletín.
Pensé en Samuel.
En las sesenta y nueve personas del otro barco.
En los botes que esperaron seis meses.
En Jacobo mirando un horizonte que otros habían decidido no mirar todavía.
—No.
Pareció sorprendido.
—Entonces ¿por qué lo buscamos?
Tardé en responder.
—Porque necesitamos saber qué le ocurrió.
—¿Para recuperarlo?
—También. Pero sobre todo para entender cómo un barco puede conservar durante años algo importante y después dejar de saber dónde está.
Desde la puerta, el muchacho volvió la mirada hacia el cilindro que permanecía sobre la mesa.
—¿Y saber qué ocurrió nos ayudará a navegar mejor?
—Eso espero.
El muchacho volvió a mirar el cilindro.
—Entonces habrá que encontrarlo.
—Sí.
Apagué la lámpara.
El cilindro desapareció en la oscuridad.