CAPÍTULO XV
La cadena
El capitán había ordenado reconstruir el recorrido del mapa. No encontrarlo.
Eso vendría después.
Primero quería saber cómo un objeto que durante años había permanecido en el mismo lugar había terminado convertido en un cilindro vacío.
La pregunta parecía sencilla hasta que empezamos a buscar la respuesta.
La primera persona que interrogamos fue un hombre llamado Baltasar.
Trabajaba en Administración y había participado en el inventario del recién creado Archivo Histórico.
Era pequeño, delgado y tenía esa manera de hablar de quienes llevan tantos años obedeciendo instrucciones que han aprendido a citar las órdenes antes que sus propios recuerdos.
Colocamos el cilindro sobre la mesa.
—¿Lo reconoce? —preguntó el capitán.
Baltasar se inclinó.
Buscó la marca triangular.
—Sí.
El muchacho y yo nos miramos.
—¿Lo trasladó usted?
—No exactamente.
El capitán se inclinó ligeramente sobre la mesa.
—¿Qué significa «no exactamente»?
Baltasar tragó saliva.
—Yo hice el inventario.
—¿Y quién lo trasladó?
—El personal de cubierta.
—¿Quién ordenó el traslado?
—Administración.
—¿Quién en Administración?
Baltasar pensó.
—No lo recuerdo.
El primer oficial, que permanecía junto a la puerta, intervino.
—Las órdenes de reorganización no suelen llevar una firma individual. Se emiten por departamento.
El capitán lo miró.
—Entonces averigüe qué departamento.
—Administración y Conservación, probablemente.
—No quiero «probablemente».
El primer oficial asintió.
Baltasar seguía mirando el cilindro.
—Yo no hice nada con el mapa —dijo.
El capitán no lo había acusado.
Aquella frase fue la primera señal de lo que vendría después.
◆◆◆
El inventario apareció dos horas más tarde.
Leandro lo encontró entre documentos rescatados de la biblioteca. Varias páginas estaban dañadas por el agua.
Otras podían leerse.
El cilindro figuraba allí:
«C-47».
«Carta hidrográfica antigua».
«Valor histórico: alto».
«Utilidad operativa: no determinada».
El muchacho leyó la última línea dos veces.
—¿Qué significa eso?
Baltasar respondió:
—Que no sabíamos si seguía siendo útil para navegación.
—¿Quién debía decidirlo?
Baltasar miró al primer oficial.
El primer oficial miró el documento.
—Probablemente Cartografía.
Lo miré.
No pude ocultar mi incomodidad.
Para guardar los mapas éramos el Archivo Histórico. Para decidir si todavía servían, volvíamos a ser Cartografía.
Yo era cartógrafo.
Nadie me había preguntado.
El capitán lo comprendió al mismo tiempo que yo.
—¿Se consultó a Ezequiel?
Hubo silencio.
Baltasar revisó sus papeles.
—No consta.
—¿A algún otro cartógrafo?
Otra búsqueda.
—No consta.
El muchacho frunció el ceño.
—Entonces, ¿quién decidió que no era útil?
—Nadie decidió eso —respondió Baltasar.
—Aquí dice que no sabían si era útil.
—Exactamente.
—¿Y lo guardaron como objeto histórico?
—Sí.
—Entonces decidieron.
Baltasar abrió la boca.
Después la cerró.
◆◆◆
Unas horas más tarde encontramos a los hombres que habían realizado el traslado.
Eran tres.
Ninguno recordaba el mapa.
Recordaban las cajas. Los cilindros. Los instrumentos. Recordaban que llovió aquel día.
Recordaban que uno de los carros tenía una rueda rota. Recordaban haber tenido que hacer dos viajes adicionales.
Pero no recordaban el mapa.
—¿Revisaron el contenido de los cilindros? —pregunté.
Uno de ellos pareció sorprendido.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estaban cerrados.
Era una respuesta impecable.
—¿Comprobaron que cada cilindro contuviera lo que decía el inventario?
—Eso correspondía a quienes hicieron el inventario de salida.
Baltasar levantó la cabeza.
—Nosotros inventariamos lo que recibimos.
—¿Y quién comprobó lo que salía del taller?
—Eso correspondía al inventario de origen.
—¿Quién lo hizo?
Baltasar revisó los documentos.
—No consta.
Leandro anotaba sin resumir.
A mediodía ya teníamos seis documentos y ninguna respuesta.
El mapa había salido del antiguo taller de Cartografía durante la reorganización del Archivo Histórico.
Después aparecía registrado en un depósito temporal y, más tarde, en la biblioteca inferior.
O quizá no.
Cada documento decía algo ligeramente distinto.
Uno registraba la fecha de salida. Otro la fecha de recepción.
No coincidían.
Había tres días entre ambas.
—¿Dónde estuvo durante esos tres días? —preguntó el muchacho.
Nadie lo sabía.
—¿Eso es normal?
Baltasar respondió:
—Los traslados pueden tardar.
—Pero el depósito está dentro del barco.
—Había muchas cosas que mover.
—¿Tres días?
Baltasar se encogió de hombros.
—Puede ocurrir.
El muchacho esperó que dijera algo.
No lo hice.
Tres días podían significar mucho.
O nada.
Empezaba a aprender que la incertidumbre resulta más incómoda cuando uno se niega a llenarla con imaginación.
◆◆◆
La primera pista apareció después del almuerzo.
Fue Leandro quien la encontró.
—Aquí.
Nos acercamos.
Era una hoja casi ilegible. En la parte superior podía distinguirse un sello:
«Conservación»
Debajo aparecía una lista de objetos:
C-41.
C-43.
C-47.
C-52.
Junto al C-47 había una anotación:
«Revisión por humedad».
El capitán levantó la vista.
—¿Cuándo?
Leandro buscó la fecha.
Era posterior al inventario y anterior al traslado al depósito inferior.
—¿Quién hizo la revisión?
Había unas iniciales:
A.M.
Baltasar las reconoció.
—Amalia Montes.
—¿Quién es?
—Restauradora. Trabaja en Conservación.
El capitán se levantó.
—Hablemos con ella.
Baltasar no se movió.
—No está.
El capitán se detuvo.
—¿Dónde está?
—Ya no está a bordo.
—¿Desde cuándo?
Baltasar pensó unos segundos.
—Desde hace un tiempo.
—¿Por qué?
—No lo sé.
El capitán lo miró.
—¿Sabemos dónde desembarcó?
—No.
—Averígüelo.
Baltasar asintió.
—Lo averiguaré.
—¿Qué significa «revisión por humedad»? —preguntó el muchacho.
—Exactamente eso —respondió Baltasar—. Si había señales de humedad, Conservación debía revisar la pieza.
—¿Y para revisarla tenían que abrir el cilindro?
Baltasar dudó.
—Probablemente.
El capitán lo miró.
—Otra vez.
—No lo sé, capitán.
Aquello era mejor.
Una respuesta insuficiente, pero verdadera.
Leandro acercó el documento a la luz.
—Aquí hay algo más.
En el margen inferior había una marca casi borrada.
No era una palabra.
Parecía un número.
O quizá una letra.
Baltasar intentó leerla.
—Podría ser una referencia interna.
—¿A qué?
—A otro registro.
—¿Cuál?
Baltasar negó con la cabeza.
—Tendríamos que buscarlo.
El capitán volvió a sentarse.
—Entonces busquémoslo.
◆◆◆
Buscamos durante el resto de la tarde.
No apareció.
Encontramos registros de piezas recibidas. Registros de piezas entregadas.
Registros de piezas pendientes.
Dos inventarios provisionales.
Tres formularios sin fecha.
Una caja completa de documentos que nadie había clasificado.
Pero ningún registro explicaba qué había ocurrido con el C-47 después de aquella revisión.
Lo extraño era que los otros cilindros sí aparecían:
C-41, revisado — Devuelto.
C-43, revisado — Trasladado.
C-52, sin intervención.
C-47 aparecía una vez.
Después desaparecía.
El muchacho pasó el dedo por el espacio en blanco que seguía al número.
—Aquí se pierde.
—Aquí dejamos de verlo —corregí.
Me miró.
—¿No es lo mismo?
—No.
Esperé un momento.
—Una cosa es lo que ocurrió. Otra, lo que podemos demostrar que ocurrió.
Asintió lentamente.
◆◆◆
Al caer la tarde apareció un segundo documento.
Esta vez no lo encontró Leandro. Lo encontró el muchacho.
—Ezequiel —exclamó.
Estaba arrodillado junto a una caja de formularios dañados.
Me entregó una hoja.
Era una relación de materiales trasladados desde Conservación.
Busqué el número.
C-47 no estaba.
Revisé otra vez.
Nada.
—¿Qué significa? —preguntó.
—Todavía no lo sé.
—Pero debería estar.
—Sí.
—Entonces no salió de Conservación.
—Eso no podemos afirmarlo.
Hubo un breve silencio.
—Si hubiera salido, estaría aquí.
—Eso suponiendo que el registro esté completo.
Volvió a mirar la hoja.
—¿Y no lo está?
Señalé una esquina.
Faltaba una parte.
El agua había borrado varias líneas.
El muchacho dejó escapar el aire.
—Todo termina en «no sabemos».
—Por ahora —dije.
—Es desesperante.
—Sí.
—¿Siempre es así?
Pensé en responderle que no. Habría sido tranquilizador.
—Más de lo que nos gusta admitir —murmuré.
◆◆◆
Cuando salimos de allí ya era de noche.
El capitán llevaba horas sin descansar.
Leandro tenía los dedos manchados de tinta.
Baltasar parecía lamentar profundamente haber reconocido aquellas iniciales.
Nadie había encontrado el mapa.
Pero habíamos encontrado algo que quizá fuera más importante:
«Un vacío».
No el del cilindro.
Otro.
Un espacio entre dos registros donde nadie podía explicar con certeza qué había ocurrido.
El capitán se detuvo antes de subir la escalera.
—Quiero localizar a Amalia Montes.
—Lo intentaremos —dijo Baltasar.
—No.
Baltasar lo miró.
—Localícela.
Asintió.
El capitán continuó subiendo.
El muchacho esperó hasta que se alejara.
—¿Cree que ella sabe dónde está?
—Puede saber algo.
—¿Y si fue ella?
—¿Ella qué?
—La que lo perdió.
Lo miré.
Había pronunciado la palabra con una facilidad que me preocupó.
—Todavía no sabemos que alguien lo perdiera.
—El cilindro está vacío.
—Eso sabemos.
—Y el mapa no está.
—También.
—Entonces alguien tuvo que perderlo.
Recogí los papeles que quedaban sobre la mesa.
—Ten cuidado con esa palabra.
—¿Con «perder»?
—Con «alguien».
No entendió.
Todavía.
◆◆◆
La noticia de la investigación se extendió por el barco antes de que terminara el día.
No sé quién habló.
En un barco nunca se sabe.
Las noticias importantes viajan deprisa.
Las equivocadas, más.
A la mañana siguiente, cuando subí a cubierta, dos marineros discutían junto a una escalera.
—Dicen que un empleado del Archivo perdió el mapa.
—Yo escuché que lo destruyeron.
—No. Lo vendieron.
Seguí caminando.
Cerca de las cocinas escuché otra versión.
—Lo tenían escondido.
Y otra:
—Los cartógrafos sabían.
Y otra:
—El capitán está buscando a quién culpar.
Antes del mediodía existían más versiones sobre la desaparición del mapa que documentos sobre su existencia.
Ninguna necesitaba pruebas.
Solo necesitaban ser fáciles de recordar.
Leandro vino a verme.
—Tenemos un problema.
—Tenemos varios.
—Este está creciendo.