CAPÍTULO XIV
La cuenta
Hay un momento después de cada desastre en que las personas creen que lo peor ha pasado. La tormenta se aleja. El viento pierde fuerza. El barco sigue a flote.
Entonces comienza el recuento: los daños, lo perdido, los que están... los que faltan.
El sonido volvió a escucharse.
Piedra contra madera.
Esta vez fue más largo.
Un crujido grave atravesó la oscuridad.
El capitán levantó una mano.
—¡Silencio!
No hacía falta pedirlo.
Todo el barco estaba escuchando.
Jacobo se acercó a la borda y miró hacia babor.
La lluvia empezaba a perder intensidad, pero la oscuridad seguía ocultándolo casi todo.
—No fuimos nosotros —dijo.
—¿Está seguro?
—Lo habríamos sentido.
Otro golpe.
Después nada.
El muchacho apareció junto a mí.
—¿Qué hay ahí?
Jacobo no respondió.
El capitán ordenó orientar dos lámparas hacia el costado. La luz apenas alcanzó unos metros.
Agua. Lluvia. Espuma.
Nada más.
Esperamos.
Poco a poco, la oscuridad comenzó a retirarse.
Primero apareció una sombra.
Después un mástil.
Estaba partido.
Más allá surgió otro.
Y entonces comprendimos.
Era un barco.
O lo que quedaba de uno.
Había encallado sobre los arrecifes. La proa permanecía elevada sobre las rocas mientras la popa desaparecía y reaparecía entre las olas.
Nadie habló.
El muchacho se acercó a la borda.
—¿Hay gente?
Jacobo tomó el catalejo.
Observó durante varios segundos. Después se lo entregó al capitán.
El capitán miró.
Su rostro cambió.
—Sí.
◆◆◆
La primera embarcación de rescate tardó casi una hora en estar preparada.
Fue demasiado.
Dos de nuestros botes habían sufrido daños durante la tormenta. Otro estaba inutilizado desde hacía meses.
—¿Desde cuándo? —preguntó el capitán.
El contramaestre evitó mirarlo.
—Esperaba reparación.
—¿Desde cuándo?
—Seis meses.
El capitán guardó silencio. No preguntó quién era responsable.
Todavía no.
Ordenó preparar los que quedaban.
El mar seguía demasiado agitado para acercarnos con seguridad. Cada intento exigía esperar el momento exacto entre las olas.
Desde nuestra cubierta alcanzábamos a distinguir varias siluetas que se aferraban a lo que quedaba del otro barco.
Algunas levantaban los brazos.
Otras no se movían.
El muchacho permanecía a mi lado.
—¿Por qué no vamos?
—Estamos intentando hacerlo.
—Pero están ahí.
—Lo sé.
—Nos están viendo.
No respondí.
◆◆◆
El primer bote consiguió llegar.
Después el segundo.
Durante horas, las embarcaciones fueron regresando con sobrevivientes.
Primero cinco.
Luego siete.
Después cuatro.
Algunas caminaban.
Otras tenían que ser cargadas.
Una mujer llegó abrazada a un pequeño bolso que no soltó ni cuando intentaron atenderla.
Un hombre preguntaba por su hermano. Nadie sabía quién era su hermano.
Un anciano besó la cubierta apenas puso un pie sobre ella.
No hubo aplausos.
Aquella mañana nadie confundía el ruido con la gratitud.
El muchacho ayudaba a repartir mantas.
Lo vi acercarse a un niño que permanecía sentado junto a una pared.
Tendría unos ocho años. Estaba empapado.
El muchacho le entregó una manta.
El niño la tomó.
—¿Dónde está mi madre?
El muchacho se quedó inmóvil.
Miró alrededor buscando a alguien que pudiera responder.
Nadie podía.
Se sentó junto a él. No dijo nada.
Fue lo correcto.
El capitán no abandonó la cubierta.
Recibía cada bote. Preguntaba cuántos habían encontrado. Cuántos faltaban. Cuántos podían regresar a buscar.
Al principio anotaba los números.
Después dejó de hacerlo.
Leandro apareció poco después del amanecer. Traía su cuaderno.
Se acercó al capitán.
—Necesito saber cuántos...
El capitán levantó una mano.
Leandro se detuvo.
—Todavía no.
El cronista cerró el cuaderno.
Y esperó.
Unas semanas atrás habría escrito primero. Esta vez observaba.
Cuando el último bote regresó, el sol ya estaba sobre el horizonte. La tormenta se alejaba hacia el este.
Desde lejos parecía mucho menos terrible.
Las tragedias tienen esa indecencia. Vistas desde suficiente distancia, pueden parecer serenas.
El contramaestre bajó del bote.
No traía a nadie.
El capitán lo esperaba.
—¿Más supervivientes?
El hombre negó con la cabeza.
—¿Seguro?
—No podemos volver a acercarnos. El casco está cediendo.
El capitán miró hacia el naufragio.
—¿Cuántos?
El contramaestre sacó un papel húmedo del bolsillo.
—Cuarenta y tres rescatados.
Esperó.
—¿Y los demás?
El hombre tardó en responder.
—Según uno de los supervivientes, viajaban ciento doce.
El capitán permaneció inmóvil.
Hizo la resta.
Todos la hicimos.
El muchacho también.
Durante un rato nadie supo qué hacer con aquella cifra.
Sesenta y nueve.
Hasta entonces habían sido personas. Ahora eran una resta.
Me pareció obsceno.
El capitán reunió a los oficiales.
No hubo plataforma.
Ni música.
Ni banderas.
Habló desde la cubierta, al mismo nivel que todos.
—Hoy hemos perdido personas.
Nadie se movió.
—Algunas viajaban en otro barco. Una era de los nuestros.
Miró hacia la cuarta cubierta.
—Samuel Esteban Rivas.
Pronunció el nombre completo.
Recordé que había preguntado por él durante la noche.
—No voy a decir que la tormenta fue imprevisible.
El primer oficial levantó ligeramente la cabeza.
El capitán continuó.
—Fuimos advertidos.
El silencio se hizo más pesado.
—Tampoco voy a decir que todo podía haberse evitado. No lo sé.
Miró hacia Jacobo.
Después hacia mí.
—Pero sí sé que algunas cosas pudieron hacerse antes.
Nadie aplaudió.
—Y no se hicieron.
El primer oficial dio un paso hacia él.
—Capitán, quizá este no sea el momento...
El capitán lo miró.
—Es exactamente el momento.
El oficial retrocedió.
—Había botes sin reparar. Había bombas cuyo rendimiento nadie había comprobado en años. Había informes que fueron archivados. Había personas capaces de advertirnos sobre el mar a las que dejamos de escuchar.
Hizo una pausa.
—Y había mapas que convertimos en piezas históricas antes de asegurarnos de haber aprendido lo que contenían.
Sentí que el muchacho me miraba.
Yo seguí mirando al capitán.
—No sé todavía qué parte de lo ocurrido pertenece a la tormenta y qué parte nos pertenece a nosotros.
Respiró profundamente.
—Pero voy a averiguarlo.
◆◆◆
Aquella tarde comenzó el recuento.
No de muertos.
De decisiones.
El capitán ordenó reunir todos los informes de mantenimiento de los últimos cinco años: bombas, mamparos, velas, botes, instrumentos y provisiones.
Después pidió los registros de la biblioteca. Luego los informes de los vigías.
Finalmente pidió las crónicas oficiales.
Leandro colocó varios volúmenes sobre la mesa.
El capitán tomó el primero.
—Quiero los originales.
Leandro dudó.
—Estos son los originales.
—No. Estas son las crónicas.
Lo miró directamente.
—Quiero aquello de donde salieron.
Leandro entendió.
Informes.
Notas.
Quejas.
Advertencias.
Cartas.
Todo aquello que alguna vez había sido reducido a una frase antes de entrar en la historia.
—Tardaremos días.
—Tenemos días.
—Quizá semanas.
—Entonces semanas.
Leandro asintió.
Antes de marcharse, el capitán añadió:
—Y esta vez no resuma nada.
El cronista casi sonrió.
—Entendido.
◆◆◆
Regresamos al taller cuando comenzaba a amanecer.
El cilindro seguía sobre la mesa.
Vacío.
El muchacho lo tomó y buscó con el pulgar la pequeña marca triangular junto a la tapa.
—Sabemos que llegó al depósito.
—Sí.
—Y sabemos que cuando lo encontramos el mapa ya no estaba dentro.
—Sí.
—Entonces tuvo que desaparecer entre una cosa y la otra.
Lo miré.
Parecía evidente cuando lo decía de aquella manera.
—O antes.
Frunció el ceño.
—¿Antes?
—Sabemos dónde encontramos el cilindro. No sabemos cuándo dejó de contener el mapa.
Lo dejó nuevamente sobre la mesa.
Aquella era la diferencia entre tener una pista y tener una respuesta.
Durante años yo había sabido exactamente dónde estaba aquel mapa.
Lo había tenido entre mis manos.
El muchacho también lo había visto.
Después alguien decidió trasladarlo.
A partir de ahí, solo teníamos fragmentos: una orden de reorganización, unas cajas, un depósito inferior, una biblioteca inundada.
Y un cilindro vacío.
—Entonces tenemos que averiguar quién lo movió —dijo.
—No solo quién.
—¿Qué más?
—Quién dio la orden, quién hizo el inventario, dónde lo llevaron, cuándo llegó al depósito y quién decidió que un mapa podía almacenarse allí.
El muchacho guardó silencio.
—Son muchas personas.
—Probablemente.
—¿Cree que alguien lo robó?
Miré el cilindro.
Era una posibilidad.
Quizá la más sencilla.
—No lo sé.
—¿Y si nadie lo robó?
Aquella pregunta me hizo levantar la vista.
El muchacho continuó
—¿Y si simplemente lo perdieron?
No respondí.
Hasta entonces había pensado en la desaparición del mapa como un hecho.
Empecé a verla como una cadena.
Tal vez nadie había decidido destruirlo. Nadie había decidido esconderlo.
Quizá cada persona había hecho únicamente una pequeña parte de su trabajo: mover una caja, cambiar una etiqueta, firmar una orden, dejar algo para después.
Y quizá había bastado con eso.
Tomé el cilindro y lo dejé frente a mí.
De pronto ya no parecía vacío. Estaba lleno de preguntas.
No tenía sentido seguir haciéndolas allí.
◆◆◆
Fuimos a buscar al capitán poco después.
Seguía despierto.
Sobre su mesa había montañas de documentos.
Al vernos, su mirada fue directamente hacia el cilindro que llevaba bajo el brazo.
—¿Alguna noticia del mapa?
Negué.
—Todavía no.
—¿Se perdió en la inundación?
—No lo sabemos.
Dejé el cilindro sobre la mesa.
—Sabemos dónde terminó esto. No sabemos dónde terminó lo que contenía.
El capitán tomó el cilindro. Lo hizo girar entre sus manos.
—¿Puede haber sido destruido?
—Sí.
—¿Robado?
—También.
—¿Trasladado a otro sitio?
—Es posible.
—Entonces no sabemos nada.
El muchacho intervino.
—Sabemos algo.
El capitán lo miró.
El muchacho pareció arrepentirse por un instante de haber hablado, pero continuó.
—Sabemos que nadie sabe dónde está.
El capitán sostuvo su mirada.
Después dejó el cilindro sobre la mesa.
—Tiene razón.
Se reclinó lentamente en la silla.
El cansancio le había borrado algo del rostro que hasta entonces parecía inquebrantable.
—Necesitábamos ese mapa.
—Sí.
Miró hacia el mar.
El cielo comenzaba a aclararse.
—¿Sabe qué es lo peor, Ezequiel?
Esperé.
—Que durante años probablemente estuvo exactamente donde debía estar.
Miró los documentos que cubrían su mesa.
—Y nosotros fuimos quienes decidimos que ya no lo necesitábamos.
No intenté corregirlo.
Había momentos para distinguir responsabilidades.
Aquel no era uno de ellos.
El capitán bajó la mirada.
—Samuel tenía dos hijos.
No respondí.
—El bote que tardamos en preparar llevaba seis meses esperando reparación.
Guardé silencio.
—La biblioteca había informado tres veces de la filtración.
Asentí.
—Jacobo advirtió la tormenta.
—Sí.
—Y yo decidí no cancelar el festival.
Aquella era la frase que llevaba toda la mañana evitando.
Me senté frente a él.
—También ordenó preparar el barco.
—Discretamente.
—Sí.
—Porque no quería preocupar a la gente.
—Sí.
Se quedó mirando sus manos.
—Parecía razonable.
—Lo era.
Levantó la cabeza.
—Murió un hombre.
—También podrían haber muerto muchos más.
—Eso no devuelve a Samuel.
—No.
El capitán permaneció largo rato en silencio.
Finalmente dijo:
—Entonces dígame para qué sirve tomar decisiones razonables si también pueden terminar causando daño.
Era una pregunta difícil.
No porque careciera de respuesta, sino porque ninguna respuesta podía aliviarlo.
—Para disminuir la posibilidad de tomar decisiones peores —respondí.
No pareció satisfecho.
—Eso es muy poco.
—A veces es todo lo que tenemos.
El capitán se levantó y caminó hasta el ventanal.
El mar estaba tranquilo otra vez.
Siempre me ha parecido una crueldad que el mar pueda parecer inocente después de una tormenta.
—Quiero saber qué hicimos mal.
—Lo sabremos.
—Todo.
—Todo lo que podamos.
—No quiero un informe que diga «deterioro progresivo».
Comprendí.
—Entonces tendrá que permitir que aparezcan cosas que no le gusten.
Se volvió hacia mí.
—Especialmente esas.
Algunas decisiones ya no podían corregirse.
Otras, en cambio, tenían nombres.