CAPÍTULO XIII
A ciegas
Hay decisiones que se toman porque uno sabe qué hacer. Las difíciles son las otras. El capitán permaneció inclinado sobre el dibujo durante varios segundos.
—¿A qué distancia?
Nadie respondió.
—Necesito una estimación.
Jacobo miró el mapa incompleto.
—Podrían ser veinte millas.
—¿Podrían?
—También diez.
El capitán levantó la vista.
—¿Y cinco?
Jacobo no respondió.
No hacía falta.
Otra ola golpeó el costado del barco.
Esta vez la inclinación duró más de lo habitual. Sobre la mesa, una taza comenzó a deslizarse lentamente.
El muchacho la detuvo antes de que cayera.
El capitán siguió mirando el dibujo.
—¿Podemos cambiar de rumbo?
Jacobo negó con la cabeza.
—Podemos intentarlo.
—No le he preguntado eso.
El anciano sostuvo su mirada.
—Entonces no lo sé.
Aquella respuesta habría resultado intolerable unas semanas atrás.
Ahora era exactamente la que necesitábamos.
El capitán se volvió hacia el primer oficial.
—¿Estado del timón?
—Operativo.
—¿Velas?
—Las principales aseguradas. Podemos recuperar superficie si necesitamos maniobrar.
—¿Bombas?
El oficial dudó.
—Funcionando.
—Eso tampoco responde mi pregunta.
El hombre bajó la mirada hacia unas hojas.
—Estamos sacando menos agua de la que entra.
—¿Cuánto menos?
—No tenemos una medición fiable.
El capitán cerró los ojos. Otra vez apenas un instante.
—Entonces averígüenlo.
El oficial asintió.
—Y no vuelva a decirme que algo funciona si no sabe si está funcionando lo suficiente.
No hubo reproche en su voz. Eso lo hizo peor.
El primer oficial salió.
El capitán volvió hacia nosotros.
—Opciones.
Jacobo señaló el dibujo.
—Si la corriente continúa llevándonos hacia los arrecifes, debemos salir de ella.
—¿Cómo?
—Hacia el oeste.
—El viento viene del oeste.
—Sí.
—Entonces tendríamos que navegar contra él.
—Sí.
El capitán me miró.
—¿Hay otra salida?
Intenté reconstruir el mapa en mi memoria.
La corriente. Los bajos. Una línea quebrada. Había algo más.
Lo sabía.
Pero cada vez que intentaba acercarme al recuerdo, desaparecía.
—Quizá hacia el sur.
Jacobo negó lentamente.
—No.
—¿Por qué?
—No me gusta el agua.
El capitán miró hacia la oscuridad.
—Explíquese.
—Está cambiando.
—Todo está cambiando.
—Esto no está cambiando como lo demás.
Jacobo tomó el catalejo, aunque allí dentro no servía de nada.
Era una costumbre.
—Las olas están regresando demasiado rápido.
El muchacho frunció el ceño.
—¿Regresando?
Jacobo lo miró.
—Cuando una ola encuentra poca profundidad, cambia.
—¿Estamos cerca de los arrecifes?
—Estamos cerca de algo.
El capitán apoyó ambas manos sobre la mesa.
Tenía tres posibilidades: continuar, girar al oeste contra el viento o intentar el sur sobre una ruta que ninguno de nosotros podía recordar con suficiente precisión.
Ninguna era buena.
Elegir significaba decidir qué riesgo estábamos dispuestos a aceptar.
Un marinero apareció en la puerta.
—Capitán.
—Hable.
—Cuarta cubierta. El nivel sigue subiendo.
—¿Las bombas?
—Al máximo.
—¿Cuánto tiempo hasta que comprometa la siguiente sección?
El marinero tragó saliva.
—Una hora. Quizá menos.
El capitán miró el dibujo.
Después el ventanal.
Finalmente, a Jacobo.
—Oeste.
El anciano no reaccionó.
—¿Está de acuerdo?
—No importa.
—A mí sí.
Jacobo respiró profundamente.
—Es la opción que elegiría con lo que sabemos.
El capitán asintió.
—Entonces oeste.
Se volvió hacia la puerta.
—¡Preparar virada!
La orden recorrió el barco.
Primero como una voz.
Después como campanas.
Luego como movimiento.
Nunca había visto trabajar a tantas personas al mismo tiempo.
Las velas que podían utilizarse fueron desplegadas parcialmente. Los marineros ocuparon posiciones. Los cabos se tensaron. El timón comenzó a girar.
El barco respondió con lentitud.
Demasiada.
La proa intentó buscar el oeste.
El viento la rechazó.
Volvieron a intentarlo.
Los mástiles crujieron.
Un cabo se rompió con un sonido parecido a un disparo. Dos hombres cayeron.
Uno consiguió levantarse.
El otro no.
El muchacho dio un paso hacia él.
Lo sujeté del brazo.
—Ya van.
Tres marineros corrían hacia el hombre. No necesitaban un cuarto.
El muchacho se quedó quieto.
Aquello le costó.
A mí también.
La maniobra continuó.
—¡Más timón!
La voz del capitán se abrió paso entre la lluvia.
La proa giró unos grados. Después otros. Durante un instante pareció que lo conseguiríamos.
Jacobo observaba el agua.
No el barco.
El agua.
De pronto negó con la cabeza.
—No.
Apenas pude escucharlo.
—¿Qué?
—Nos está devolviendo.
Miré hacia la proa.
Parecía estar girando.
—Estamos cambiando de rumbo.
—El barco sí.
Señaló el agua.
—Nosotros no.
Comprendí.
La proa apuntaba hacia otro lugar, pero la corriente seguía desplazando todo el casco lateralmente.
Estábamos mirando al oeste mientras continuábamos viajando hacia los arrecifes.
El capitán también lo comprendió.
—¡Más vela!
Jacobo se volvió.
—No.
—Necesitamos fuerza.
—No tenemos mástiles capaces de soportarla.
Durante una fracción de segundo se miraron.
El capitán tomó la decisión.
—Mantengan superficie. No desplieguen más.
Fue correcta.
Lo supimos casi inmediatamente.
Una ráfaga golpeó el barco.
El mástil mayor se dobló hasta un punto que nunca debería alcanzar una pieza de madera.
Después regresó.
Sobrevivió.
Nadie celebró.
La tormenta no daba tiempo.
◆◆◆
La siguiente hora fue una sucesión de pequeñas derrotas.
Ganábamos unos grados. Perdíamos otros.
Sacábamos agua. Entraba más.
Asegurábamos una sección. Otra comenzaba a fallar.
El barco seguía vivo.
Entonces comprendí que estar vivo y estar a salvo son cosas muy distintas.
El muchacho ayudaba donde podía. Transportaba herramientas. Llevaba mensajes. Sujetaba lámparas.
Aprendía nombres de piezas que unas horas antes ni siquiera sabía que existían.
En algún momento dejó de seguirme.
No me di cuenta hasta mucho después.
Lo encontré junto a la entrada de la cuarta cubierta, ayudando a formar una cadena de cubos.
—¿Qué haces aquí?
—Faltaban manos.
Iba a ordenarle que regresara conmigo.
No lo hice.
Había cosas que uno solo podía aprender acompañado. Otras exigían algo distinto: que alguien decidiera quedarse.
Tomé un cubo.
Me coloqué detrás de él.
Trabajamos.
El agua pasaba de mano en mano. No preguntábamos de dónde venía.
Ya lo sabíamos.
Un grito llegó desde el fondo. Después otro.
La cadena se detuvo.
Un marinero apareció corriendo.
—¡Fuera!
Nadie se movió.
—¡Todos fuera de la sección!
Esta vez obedecimos.
Subimos por la escalera mientras detrás de nosotros varias personas cerraban una compuerta.
El último hombre pasó.
Empujaron.
La puerta comenzó a cerrarse. Entonces escuchamos golpes al otro lado.
Tres.
Rápidos.
Todos nos congelamos.
—¡Esperen!
Un marinero intentó abrir de nuevo.
El contramaestre lo sujetó.
—No.
—¡Hay alguien dentro!
Volvieron a escucharse golpes.
El muchacho me miró.
El contramaestre tenía ambas manos sobre la rueda de cierre.
—Si abrimos ahora, perdemos el corredor.
—¡Hay alguien ahí!
—Lo sé.
Los golpes volvieron.
Más débiles.
Nadie se movió.
El contramaestre giró la rueda.
Una vuelta. Después otra. La compuerta quedó sellada.
El silencio que siguió fue peor que cualquier ruido de la tormenta.
El muchacho permaneció mirando la puerta.
—¿Quién era?
Nadie respondió.
El contramaestre apoyó la frente contra el metal durante un instante.
Después se apartó.
—A sus puestos.
Y todos volvieron a trabajar.
Todos menos el muchacho.
Me acerqué.
—Tenemos que irnos.
—Lo dejamos ahí.
No supe qué responder.
—Lo escuchamos.
—Sí.
—Estaba vivo.
—Sí.
Me miró.
Esperaba algo de mí.
Una explicación. Una razón.
Quizá una de esas frases con las que los adultos intentamos hacer soportable aquello que no lo es.
No encontré ninguna.
El muchacho bajó la cabeza.
Después siguió caminando.
Cuando regresamos al puente, el capitán ya conocía lo ocurrido.
No pregunté cómo.
Las malas noticias siempre encuentran los caminos más rápidos.
Estaba de pie junto al ventanal.
—¿Quién? —preguntó.
El contramaestre respondió detrás de nosotros.
—Samuel.
El capitán no se volvió.
—¿Apellido?
El hombre se lo dijo.
El capitán repitió el nombre completo.
Despacio.
Como si quisiera asegurarse de recordarlo.
Después preguntó:
—¿Familia?
—Esposa. Dos hijos.
El capitán asintió.
Nada más.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente volvió a la mesa.
—¿Rumbo?
Jacobo consultó sus anotaciones.
—Seguimos desplazándonos al sureste.
El capitán apretó la mandíbula.
—Entonces la maniobra no funcionó.
—No lo suficiente.
Aquellas tres palabras quedaron sobre la mesa.
No lo suficiente.
Pero tampoco era lo mismo que no haber hecho nada.
Habíamos trabajado, nos habíamos preparado, habíamos maniobrado y habíamos tomado decisiones razonables.
Y aun así, un hombre estaba muerto.
El capitán miró el dibujo que habíamos hecho de memoria.
—¿Qué hicimos mal?
Jacobo negó con la cabeza.
—Todavía no sabemos si hicimos algo mal.
—Un hombre acaba de morir.
—Eso no convierte automáticamente una decisión en equivocada.
El capitán levantó la mirada.
—No me consuele.
—No lo estoy haciendo.
Jacobo señaló el mapa incompleto.
—Le estoy diciendo que no confunda una consecuencia terrible con una explicación sencilla.
El capitán permaneció en silencio.
El muchacho se acercó a la mesa. Tenía las manos temblorosas.
—¿Qué hacemos ahora?
El capitán lo miró.
No pareció preguntarse por qué un muchacho estaba participando en aquella conversación.
La tormenta había eliminado muchas formalidades.
—Encontrar otra opción.
Jacobo volvió al dibujo.
Yo también.
El capitán se inclinó junto a nosotros. Nadie habló durante varios minutos.
Entonces el muchacho señaló el papel.
—¿Y si no tenemos que salir de la corriente?
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
—Todos estamos intentando salir.
—Porque nos lleva hacia los arrecifes.
—Sí.
Se quedó pensando.
—Pero si no podemos salir... ¿podemos usarla?
Jacobo levantó lentamente la cabeza.
—Continúa.
El muchacho tragó saliva.
—No sé.
—Eso ya lo sabemos. Continúa.
Señaló la curva que habíamos dibujado.
—Usted dijo que las corrientes cambian.
—Sí.
—Y que los mapas antiguos registraban esos cambios.
—Sí.
—Entonces esta corriente tiene que ir hacia algún sitio.
Jacobo y yo nos miramos. Algo se movió en mi memoria.
No una imagen.
Una palabra.
Después otra.
Busqué una hoja nueva. Dibujé la curva otra vez. La prolongué hacia el sur.
Mi mano se detuvo.
—Había una bifurcación.
Jacobo se acercó.
—¿Dónde?
—No lo recuerdo.
—¿Antes de los bajos?
Cerré los ojos.
El viejo mapa apareció durante una fracción de segundo.
Una línea gruesa.
Después dos.
Abrí los ojos.
—Sí.
—¿Está seguro?
Miré al capitán.
Semanas atrás habría sentido la tentación de decir que sí.
Ahora sabía cuánto podía costar una certeza inventada.
—No.
El capitán asintió.
—Bien.
Señaló el dibujo.
—Entonces averigüemos si existe.
Jacobo tomó el catalejo.
—No podremos verla.
—¿Cómo se encuentra una corriente que no puede verse?
El anciano miró hacia la cubierta.
—Preguntándole al barco.
El muchacho frunció el ceño.
Yo no.
Sabía exactamente a quién se refería: los invisibles.
Bajamos otra vez.
No hacia los mapas. Hacia las personas.
Los hombres de las bombas sabían cuánto había cambiado la inclinación del casco.
Los calafates sabían de qué lado estaba aumentando la presión.
Los marineros de las cubiertas inferiores podían sentir bajo los pies diferencias que ningún instrumento del puente registraba.
Los pescadores conocían el comportamiento del agua.
Los encargados de las bodegas sabían qué objetos habían empezado a desplazarse antes que otros.
Durante años aquellas personas habían trabajado sin que nadie les preguntara qué sabían.
Aquella noche el capitán empezó a preguntar.
Uno por uno.
No todos tenían razón.
Algunos se contradecían. Otros confundían experiencia con intuición.
Pero poco a poco apareció un patrón.
El agua estaba cambiando.
No mucho.
Lo suficiente.
Jacobo escuchó todos los testimonios. Después volvió a mirar el mar.
—Está ahí.
—¿Qué? —preguntó el capitán.
—La bifurcación.
—¿Está seguro?
El anciano sonrió.
—No.
El capitán casi sonrió también.
—Empiezo a odiar esa palabra.
—Eso significa que empieza a entenderla.
El capitán miró hacia el timón.
—¿Qué necesitamos?
Jacobo señaló a un grupo de marineros.
—A ellos.
Después a los calafates.
—A ellos.
Luego a los hombres de las bombas.
—Y a ellos.
Finalmente me miró.
—Y un poco de suerte.
El capitán respiró hondo.
—La suerte no depende de mí.
—Por eso he dejado lo más importante para el final.
—¿Qué cosa?
Jacobo señaló el barco entero.
—Conseguir que todos hagan lo correcto al mismo tiempo.
El capitán observó durante unos segundos a las personas que trabajaban bajo la lluvia.
Después asintió.
—Eso sí depende de mí.
Y comenzó a dar órdenes.
La maniobra empezó poco antes del amanecer.
No sabíamos si funcionaría. No sabíamos siquiera si aquella corriente secundaria seguía existiendo.
Solo sabíamos que continuar como estábamos terminaría llevándonos hacia los arrecifes.
El barco entero trabajó como si cada oficio importara.
Y aquella noche importaban todos.
El capitán daba órdenes. Jacobo corregía. Los marineros ejecutaban. Los calafates escuchaban el casco. Los hombres de las bombas informaban cada cambio.
Yo intentaba reconstruir un mapa que ya no tenía.
Y el muchacho corría de un lugar a otro llevando información.
Nadie aplaudía.
Nadie necesitaba hacerlo.
Entonces el barco giró.
Muy poco.
Quizá dos grados.
Después tres.
Jacobo levantó la mano.
—Esperen.
Todos esperamos.
El agua golpeó el casco de una manera diferente.
El anciano cerró los ojos.
Una ola.
Otra.
Abrió los ojos.
—Otra vez.
El capitán dio la orden.
El timón giró.
Las velas cambiaron.
El casco protestó.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después sentí algo bajo mis pies.
Un desplazamiento suave. Casi imperceptible.
Jacobo también lo sintió.
Sonrió.
—Nos tiene.
El capitán se volvió.
—¿La corriente?
—La otra.
Nadie celebró.
Todavía no.
El barco comenzó a desplazarse hacia el sur.
Lentamente.
Muy lentamente.
Pero por primera vez en horas ya no avanzábamos directamente hacia los arrecifes.
El capitán apoyó ambas manos sobre la borda.
Cerró los ojos.
Quizá agradeció.
Quizá simplemente estaba agotado.
Entonces llegó un sonido desde la oscuridad. Uno que ningún marinero confunde.
Piedra contra madera.
Lejano.
Pero no lo suficiente.
Jacobo abrió los ojos. La sonrisa desapareció.
El capitán lo miró.
—¿Qué fue eso?
Nadie necesitó responder.
A babor, en algún lugar que la lluvia todavía ocultaba, algo enorme acababa de golpear contra un arrecife.
No éramos nosotros.
Todavía.