CAPÍTULO XII
El mapa que no estaba
Corrimos... A mi edad, correr por un barco en mitad de una tormenta es una excelente manera de descubrir cuántas partes del cuerpo pueden doler al mismo tiempo.
El muchacho iba delante. Bajaba los escalones de dos en dos, sujetándose del pasamanos cada vez que el barco se inclinaba.
Yo lo seguía como podía.
A nuestro alrededor, todo se movía.
Hombres cargando cabos. Marineros subiendo hacia las cubiertas superiores. Otros descendiendo con herramientas.
Órdenes que llegaban desde lugares que no podía ver.
El barco protestaba bajo la tormenta.
No como aquella mañana en mi taller, cuando las vigas parecían conversar entre ellas.
Ahora gritaba.
Otra ola golpeó el casco.
La pared me recibió antes de que pudiera sujetarme. Sentí el impacto en el hombro.
El muchacho se volvió.
—¿Está bien?
—Sigue.
No preguntó otra vez.
Llegamos al taller.
Abrí la puerta y fui directamente hacia los estantes. Sabía exactamente dónde buscar.
Tercera sección. Mapas de corrientes. Registros antiguos. Rutas orientales.
Pasé los dedos sobre los cilindros. Uno. Dos. Tres.
Me detuve.
Volví a empezar.
El muchacho esperaba detrás de mí.
—¿Cuál es?
No respondí.
Revisé otra vez.
Después una tercera.
El espacio estaba allí.
Una pequeña franja más clara sobre la madera mostraba el lugar donde un cilindro había descansado durante años.
Pero el cilindro no estaba.
—No está.
El muchacho se acercó.
—¿Está seguro?
Lo miré.
—Llevo cuarenta y ocho años ordenando estos mapas.
No volvió a preguntar.
Busqué en el estante inferior. Después en el superior. Abrí cajones que sabía que no tenía sentido abrir.
Revisé la mesa.
El armario.
Los cilindros que había utilizado durante las últimas semanas.
Nada.
Otra sacudida recorrió el barco. Esta vez escuchamos algo caer en alguna parte del corredor.
El muchacho seguía mirando el espacio vacío.
—Tal vez lo movieron.
No respondí.
—Cuando reorganizaron el Archivo —continuó—. Le dije que habían trasladado mapas.
Lo recordaba. Cajas. Instrumentos. Cilindros. Parte de aquello había terminado en el depósito inferior.
Sentí que algo dentro de mí se hundía antes que el barco.
—La biblioteca.
El muchacho entendió. No hizo falta decir nada más.
Volvimos a correr.
Descendimos una cubierta.
Después otra.
El agua aparecía ya en lugares donde aquella mañana no estaba.
Primero fueron pequeños hilos bajando por las paredes.
Más abajo encontramos charcos.
En el siguiente tramo un marinero intentaba cerrar una escotilla que se negaba a encajar.
—¡Necesito ayuda!
El muchacho se detuvo.
Yo también.
Durante un instante miré hacia abajo. Después hacia el marinero.
El mapa podía esperar unos segundos.
El agua, no.
Entre los tres empujamos.
La escotilla cedió finalmente con un golpe metálico. El marinero aseguró el cierre.
—Gracias.
Seguimos.
Aquellos segundos me parecieron eternos.
La biblioteca inferior estaba peor que la última vez.
El agua que había cubierto nuestros zapatos ahora nos llegaba bastante más arriba.
Algunas cajas que habíamos dejado ordenadas junto a la pared se habían desplazado. Una de las telas utilizadas para secar documentos flotaba en el corredor.
Entré.
—¿Qué buscamos exactamente? —preguntó el muchacho.
Intenté recuperar el aliento.
—Un cilindro de cuero oscuro. Dos correas. Una marca triangular cerca de la tapa.
Miró alrededor.
Había decenas.
Algunos sobre estantes. Otros dentro de cajas. Varios en el suelo.
—Eso puede tardar.
—Lo sé.
Comenzamos.
Abríamos.
Mirábamos.
Cerrábamos.
Uno tras otro.
Mapas de estrellas. Planos del casco. Cartas de navegación que no veía desde hacía décadas.
Registros de corrientes. Islas que ya no figuraban en ningún mapa moderno.
Nada.
—¿Qué tiene ese mapa? —preguntó mientras abría otro cilindro.
—Una ruta.
—¿Hacia dónde?
—Ahora mismo, hacia ningún sitio.
Me miró.
—No entiendo.
Saqué otro pergamino.
Tampoco era.
—Hay rutas que sirven para llegar a un lugar. Otras sirven para no pasar por determinados lugares.
El muchacho dejó de buscar durante un instante.
—¿Qué hay delante de nosotros?
Otra ola golpeó el barco. Las lámparas oscilaron.
—Eso intento recordar.
Continuamos.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Cinco minutos.
Quince.
En una emergencia el tiempo deja de comportarse como tiempo.
Algunos segundos duran demasiado. Algunas horas desaparecen.
Entonces el muchacho gritó:
—¡Aquí!
Me volví.
Sostenía un cilindro oscuro, sujeto por dos correas de cuero.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Se acercó y me lo entregó. Junto a la tapa había una pequeña marca triangular.
Lo tomé entre las manos. Era más liviano de lo que esperaba.
Lo supe antes de abrirlo.
Aun así, solté las correas y retiré la tapa.
Estaba vacío.
El muchacho se inclinó para mirar dentro. No dijo nada.
Cuando levantó la vista, ya había entendido.
—¿Es ese?
Asentí.
—¿Dónde está el mapa?
No tenía respuesta.
Examiné el interior. Estaba húmedo. Una de las correas había sido reemplazada recientemente. En la parte inferior quedaban pequeños restos de papel adheridos al cuero.
Muy pocos. Demasiado pocos para saber qué había ocurrido.
El muchacho pasó un dedo por el borde.
—¿Se destruyó?
—No lo sé.
—Pero estaba aquí.
—El cilindro estaba aquí.
—Entonces el mapa también.
—No necesariamente.
Me miró, frustrado.
—¿Cómo que no necesariamente?
—Pudo ser retirado antes. Trasladado. Clasificado en otro lugar. Alguien pudo abrirlo durante la reorganización.
—O pudo mojarse.
Miré los restos de papel.
—Sí.
Aquella posibilidad quedó entre nosotros.
No quise asumirla todavía.
El muchacho comenzó a buscar alrededor del estante.
—Tiene que estar aquí.
—Puede que no.
—Entonces buscamos en las otras cajas.
—No tenemos tiempo.
Se volvió hacia mí.
—Pero el capitán lo necesita.
—Precisamente.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
—Tenemos que volver.
Vi rabia en sus ojos.
—¿Sin el mapa?
—Sí.
—¿Y qué va a hacer?
No respondí.
Porque aquella era exactamente la pregunta que yo también me estaba haciendo.
El muchacho miró otra vez el cilindro vacío.
—¿Quién lo trajo aquí?
—No lo sé.
—¿Quién sacó el mapa?
—No lo sé.
—¿Quién decidió moverlos?
—No lo sé.
Golpeó el cilindro contra el estante.
—¡Entonces nadie sabe nada!
Su voz resonó por toda la biblioteca.
Después llegó el silencio.
Solo agua.
Agua entrando en algún lugar.
Agua moviéndose alrededor de nuestras piernas.
Lo dejé respirar.
—Eso parece.
—¿Cómo puede desaparecer algo y que nadie sepa quién lo movió?
Miré las cajas.
Recordé los comunicados.
El Archivo Histórico.
La reorganización.
Los objetos destinados a exposición.
El depósito provisional.
La filtración.
Los informes.
Las prioridades.
Ninguna de aquellas decisiones había parecido especialmente importante cuando fue tomada.
Juntas habían conseguido que un mapa que durante décadas había permanecido exactamente en el mismo lugar desapareciera justo cuando más lo necesitábamos.
Un golpe estremeció la sala.
Esta vez las lámparas casi se apagaron.
Desde el corredor llegó un grito.
—¡Hay que subir! ¡El agua está entrando por la cuarta!
Guardé el cilindro vacío bajo el brazo.
—Vamos.
El muchacho no se movió.
—Un minuto.
—No tenemos un minuto.
—Treinta segundos.
Antes de que pudiera detenerlo comenzó a revisar los pergaminos mojados acumulados junto a una estantería.
Uno.
Otro.
Otro.
Los abría apenas lo suficiente para mirar las primeras líneas.
—No está.
—Tenemos que irnos.
—Espere.
Sacó otro.
Una parte se desprendió entre sus manos.
Se quedó mirando el fragmento. La tinta había desaparecido casi por completo.
Incluso si encontraba el mapa, podía no quedar nada que leer.
Dejó el papel.
No insistió.
Subimos.
◆◆◆
El camino de regreso fue más difícil. El barco se inclinaba de forma extraña. Ya no recuperaba completamente la vertical después de cada ola.
Eso me preocupó más que la tormenta.
En la tercera cubierta encontramos gente transportando cubos. En la segunda, dos marineros llevaban a un hombre herido entre los hombros.
El muchacho disminuyó la marcha al verlo.
Yo también.
Había sangre en su camisa, pero estaba consciente. Uno de los marineros le hablaba mientras avanzaban.
Seguimos.
Hasta entonces la tormenta había sido viento, agua, madera rota.
Ahora tenía rostros.
Cuando llegamos al puente, el capitán estaba inclinado sobre una mesa junto a Jacobo y otros tres hombres.
Levantó la cabeza al verme.
Su mirada bajó hasta mis manos.
Vio el cilindro.
Durante una fracción de segundo apareció alivio en su rostro.
Lo coloqué sobre la mesa.
El capitán lo abrió.
Estaba vacío.
No dijo nada.
Jacobo tampoco.
El muchacho permaneció detrás de mí, empapado.
Finalmente, el capitán levantó la vista.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
La respuesta pareció golpearlo con más fuerza que cualquier ola.
—¿Se perdió?
—No lo sé.
—¿Puede estar en otro lugar?
—Sí.
—¿Dónde?
Guardé silencio.
El capitán entendió.
Se pasó una mano por el rostro.
—Necesito saber qué tenemos delante.
Jacobo se acercó a la mesa.
—Puedo decirle algunas cosas.
—¿Cuáles?
—La corriente está empujándonos hacia el sureste. El viento debería llevarnos al oeste, pero no lo está haciendo.
—¿Por qué?
—Porque debajo de nosotros hay algo más fuerte que el viento.
El capitán miró hacia el ventanal.
No podía verse nada.
—¿Una corriente?
—Sí.
—¿Adónde lleva?
Jacobo tardó demasiado en responder.
—No lo recuerdo.
El capitán se volvió hacia mí.
—¿Usted?
Cerré los ojos.
Había dibujado aquella zona muchos años atrás.
Recordaba fragmentos. Una línea. Una advertencia. Una curva que descendía hacia el sur.
Pero no era suficiente.
—No con la precisión que necesitamos.
—¿Qué ocurre si seguimos así?
Jacobo y yo nos miramos.
Fue él quien respondió.
—Depende de dónde estemos exactamente.
El capitán apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Eso ya lo sé.
Nadie habló.
Afuera el viento rugió contra los cristales.
El capitán respiró hondo.
—Bien.
Esperé.
—Entonces trabajaremos con lo que sabemos.
Miró a Jacobo.
—Quiero todo lo que recuerde de esa corriente.
Después a mí.
—Ezequiel, dibuje lo que pueda. Aunque no esté seguro. Marque las dudas. No quiero certezas inventadas.
Miró al primer oficial.
—Necesito profundidad cada diez minutos.
Después señaló a otro marinero.
—Quiero saber cuánto agua está entrando y cuánto podemos expulsar. Datos reales. No estimaciones tranquilizadoras.
Tomé una hoja.
Jacobo se colocó a mi lado.
Comencé a dibujar.
Una línea. Después otra. La memoria regresaba en fragmentos.
El muchacho observaba desde detrás de nosotros.
—Aquí —dijo Jacobo.
Marqué el punto.
—No. Más al sur.
Corregí.
—Había una desviación —murmuré.
—Sí.
—¿Antes o después de la corriente fría?
Jacobo cerró los ojos.
—Después.
Dibujé otra línea.
El capitán observaba.
—¿Qué estamos buscando?
No levanté la cabeza.
—Un lugar que espero recordar antes de que lleguemos a él.
Nadie hizo otra pregunta.
Entonces apareció un marinero en la puerta. Estaba empapado.
—Capitán.
—¿Profundidad?
El hombre negó con la cabeza.
—No, señor.
Intentó recuperar el aliento.
—El agua de la cuarta cubierta sigue subiendo. Las bombas no consiguen sacarla al mismo ritmo que entra.
El capitán permaneció inmóvil.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo saben.
—Averígüelo.
El marinero salió.
Volví al dibujo.
Mi mano temblaba.
No por la edad.
Recordaba aquella línea. Sabía que la había visto. Muchísimas veces.
Cerré los ojos.
Un mapa extendido sobre mi mesa. Tinta azul. Una corriente que descendía. Una anotación en el margen. Y después...
Abrí los ojos.
—Jacobo.
El anciano me miró.
—¿Qué?
—Había bajos.
Su expresión cambió.
El capitán se acercó.
—¿Qué significa eso?
Jacobo no respondió.
Yo tampoco quería hacerlo.
Pero ya no era momento para proteger a nadie de las palabras.
—Que esta corriente no termina en mar abierto.
El capitán miró el dibujo incompleto.
—¿Dónde termina?
Apoyé el dedo sobre la parte de la hoja que todavía estaba en blanco.
—En algún lugar por aquí.
—¿Qué hay?
Esta vez lo recordé.
No la posición. No la distancia.
Solo el nombre que los antiguos habían escrito junto a aquella parte del mapa.
Levanté la vista.
—Arrecifes.
Nadie se movió.
El capitán miró el papel.
Después el mar negro detrás de los cristales.
—¿A qué distancia?
Negué lentamente con la cabeza.
—Eso estaba en el mapa.
Entonces comprendimos que el problema ya no era hacia dónde íbamos, sino cuánto tiempo nos quedaba antes de llegar.