CAPÍTULO XI
El mar no improvisa
El primer golpe no fue una ola. Fue el viento. No llegó con violencia. Al principio fue apenas una ráfaga larga y sostenida que hizo tensar las banderas y arrancó un gemido de las velas.
Los marineros veteranos levantaron la cabeza casi al mismo tiempo.
Reconocían aquel lenguaje.
—¿Empieza? —preguntó el muchacho.
Negué.
—No. Empieza lo que podemos ver.
El cambio fue inmediato.
Las cubiertas comenzaron a vaciarse y los corredores quedaron libres para la tripulación.
Los marineros aseguraron puertas, recogieron objetos sueltos. Revisaron cabos y cierres mientras los pasajeros eran conducidos hacia las zonas protegidas.
En pocos minutos, el barco recuperó ese aspecto que solo aparece cuando algo importante está a punto de suceder.
Quedaron las cuerdas, la madera, el hierro y las personas que sabían qué hacer con ellos.
Desde el puente, el capitán daba instrucciones breves.
No gritaba.
Cada orden tenía un destinatario y, por el momento, cada destinatario parecía saber exactamente qué hacer.
Sentí un alivio que no esperaba.
Había temido encontrar improvisación. Encontré disciplina.
El primer oficial se acercó al capitán.
—La tripulación empieza a inquietarse.
El capitán siguió mirando el horizonte.
—Es normal.
—Convendría transmitir calma.
—La transmitiremos trabajando.
El oficial dudó.
—Quizá sería conveniente reunir a todos y...
El capitán lo interrumpió.
—No. Ahora no necesitan palabras. Necesitan sentir que todo estará bien.
Aquella respuesta me hizo observarlo de otra manera.
Quizá lo había juzgado demasiado deprisa. O quizá todavía no lo comprendía.
La pared gris continuaba acercándose. El horizonte había desaparecido detrás de ella.
En las cubiertas inferiores seguía el trabajo iniciado el día anterior.
Los calafates terminaban de asegurar las juntas. Los herreros reforzaban cierres. Los marineros comprobaban los cabos una vez más.
Las bombas de achique, revisadas apenas unas horas antes, funcionaban ahora todas al mismo tiempo. El ruido del agua expulsada resonaba en las entrañas del barco como un corazón gigantesco.
Vi a la anciana del taller de los calafates trabajando arrodillada junto a una unión del casco. Seguía golpeando y sellando con la misma serenidad con la que la habíamos visto días atrás.
El muchacho se acercó.
—¿Necesita ayuda?
Ella no levantó la vista.
—Sí. Trae más estopa.
Nada más. No preguntó quién era ni perdió tiempo detallando instrucciones.
El muchacho corrió a buscarla.
El viento aumentó.
Esta vez sí.
Las cuerdas comenzaron a vibrar. Los mástiles respondieron con un crujido que recorrió toda la estructura.
Sonó una campana.
Tres golpes.
Los marineros cambiaron de posición. Las velas superiores comenzaron a recogerse mientras las inferiores se ajustaban para mantener el control del barco.
El muchacho regresó cargando la estopa y se quedó observando las maniobras.
—¿Quién decidió todo esto?
—Muchísima gente.
Frunció el ceño.
—¿Quién?
Señalé a los marineros.
—Cada maniobra fue aprendida de alguien anterior. Cada generación corrigió algo. Una cuerda que debía tensarse antes. Una vela que convenía recoger después. Una orden que había llegado demasiado tarde durante otra tormenta.
Miró alrededor.
Personas que apenas se conocían trabajaban como si hubieran ensayado juntas toda la vida.
—Entonces... ¿esto también es un mapa?
Sonreí.
—Sí. Un mapa hecho de personas.
◆◆◆
La primera ola golpeó poco antes del anochecer. No fue especialmente grande.
Pero bastó.
El casco se inclinó con violencia y varias personas cayeron al suelo.
Una mesa que nadie había terminado de asegurar atravesó la cubierta y chocó contra la borda.
Los gritos duraron apenas unos segundos.
Desde el puente llegó la voz del capitán.
—¡Mantengan posiciones!
La segunda ola fue diferente.
Vi cómo se levantaba por encima de la borda antes de caer sobre nosotros.
El agua barrió la cubierta.
Por un instante perdí de vista al muchacho.
Me sujeté de un cabo y sentí como mis pies abandonaban el suelo. Algo pasó golpeando junto a mi pierna. No supe qué era.
Cuando conseguí incorporarme lo busqué.
—¡Muchacho!
Nada.
Había personas arrastrándose entre el agua.
Un marinero ayudaba a levantarse a una mujer. Otro intentaba asegurar una caja que se había soltado.
—¡Muchacho!
Entonces apareció una mano detrás de un barril volcado.
Corrí hacia allí.
Estaba en el suelo, empapado, aferrado a una argolla de hierro.
—Estoy bien.
—Eso lo decidiré yo.
Lo ayudé a levantarse.
Tenía miedo y no intentaba disimularlo.
Yo tampoco.
Un estruendo nos hizo girar.
La grúa de carga de estribor acababa de partirse. El brazo de madera cayó sobre la cubierta y arrastró consigo varias cuerdas.
Varios marineros corrieron para apartarse.Uno no llegó a tiempo.
Los demás se precipitaron hacia él. No pude ver qué había ocurrido.
Tampoco quise acercarme.
En una emergencia hay momentos en los que la curiosidad se convierte en un estorbo.
Entonces alguien gritó desde abajo:
—¡Agua en la cuarta cubierta!
Otro marinero apareció casi inmediatamente.
—¡Las bombas tres y cuatro no responden!
Aquello sí me hizo detenerme.
—¿No las habían revisado?
El hombre que estaba junto a mí negó con la cabeza.
—Las probaron.
—¿Y?
Bajó la mirada.
Una cosa era comprobar que una máquina podía encenderse. Otra muy distinta era descubrir si podía funcionar cuando realmente se la necesitaba.
Bajamos.
El agua ya recorría uno de los corredores inferiores.
No era mucha.
Todavía.
Pero avanzaba.
La anciana de los calafates había bajado con los demás y sellaba una de las juntas del casco.
A su alrededor, los hombres trabajaban contra el tiempo mientras dos marineros intentaban poner en marcha una de las bombas.
—¡Otra vez!
Giraron la rueda.
Nada.
—¡Otra vez!
El mecanismo respondió con un golpe metálico y volvió a detenerse.
La anciana de los calafates levantó la cabeza.
—Déjenla.
Uno de los marineros la miró.
—Podemos repararla.
—¿Cuánto tardarán?
Nadie respondió.
Ella señaló el agua.
—El mar no va a esperar.
Utilizaron las bombas que seguían funcionando.
Comprendí cuánto podía pesar una decisión tomada meses antes por alguien que jamás imaginaría aquel momento.
Una reparación aplazada. Una pieza que podía esperar. Una inspección considerada innecesaria.
Ninguna parecía importante cuando se decidió.
Ahora el agua estaba sumando todas aquellas pequeñas decisiones.
Una tras otra.
◆◆◆
La noche cayó demasiado deprisa.
La lluvia borró los límites del barco. Las lámparas apenas iluminaban unos metros y cada orden tenía que repetirse para atravesar el viento.
Entonces llegó otro golpe. Mucho más fuerte.
Todo el casco se estremeció.
Las luces de una de las cubiertas se apagaron. Después otra.
Durante unos segundos solo escuchamos agua, madera y voces en la oscuridad. Alguien gritó que faltaban dos hombres.
Otro respondió que estaban buscando.
Nadie volvió a mencionarlos.
No había tiempo.
El muchacho permanecía junto a mí. Ya no preguntaba.
Observaba.
Cada orden.
Cada maniobra.
Cada error.
Cada persona que parecía conocer exactamente su trabajo y cada una que buscaba desesperadamente a alguien que le dijera qué hacer.
Después de un largo rato habló.
—Ahora entiendo por qué existían los mapas.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque nadie puede aprender esto en medio de una tormenta.
Esperé.
—Todo lo importante tenía que haberse aprendido antes.
No respondí. No hacía falta.
◆◆◆
Cerca de medianoche conseguimos recuperar una de las bombas. La otra quedó inutilizada.
Había agua en tres cubiertas.
Una sección de la borda estaba dañada. Dos velas se habían perdido y varios camarotes tuvieron que ser evacuados.
También había heridos.
No pregunté cuántos.
Todavía no.
El barco seguía a flote. Por aquella noche, eso era suficiente.
El capitán continuaba en el puente. Empapado, agotado.
Ya no tenía el aspecto del hombre que había hablado ante la multitud unos días antes.
Parecía más viejo.
Quizá algunas noches envejecen a los hombres más que los años.
El primer oficial permanecía cerca de él. Ya no proponía comunicados.
Trabajaba.
Jacobo observaba la oscuridad desde la borda.
Lo vi levantar el catalejo. Permaneció inmóvil durante varios segundos.
Lo bajó.
Volvió a mirar.
Esta vez durante más tiempo.
Después buscó al capitán.
Algo en su rostro hizo que todos los que estábamos cerca dejáramos de movernos.
El capitán caminó hasta él.
—¿Qué ocurre?
Jacobo señaló hacia la oscuridad.
—Estamos derivando.
El capitán tomó el catalejo.
—¿Hacia dónde?
Jacobo no respondió.
Me miró.
Aquello me inquietó más que cualquier respuesta.
—Hacia una corriente que ya no aparece en nuestros mapas.
El capitán se volvió hacia mí.
—¿En los suyos?
Durante unos segundos solo pude escuchar la lluvia.
Pensé en mi taller.
En la habitación oculta.
En los miles de pergaminos acumulando polvo.
Y recordé una línea azul serpenteando sobre un mapa amarillento.
La misma que el muchacho había señalado días atrás.
¿Desapareció?
No lo sé.
Entonces podría seguir ahí.
Sentí que se me helaban las manos.
—Sí.
El capitán dio un paso hacia mí.
—¿Sabe dónde está ese mapa?
Asentí.
Otra ola golpeó el barco.
Esta vez algo cedió en las cubiertas inferiores. El sonido fue profundo.
No sonó como madera rompiéndose. Sonó como algo mucho mayor.
Un marinero apareció corriendo desde la escalera.
—¡Capitán!
Todos nos volvimos.
El hombre apenas podía respirar.
—Ha cedido uno de los mamparos de la cuarta cubierta.
El capitán cerró los ojos durante una fracción de segundo.
Solo una.
Cuando volvió a abrirlos, me miró.
Ya no había discursos. Ni símbolos. Ni pasado. Ni futuro.
Solo un barco herido en mitad de una tormenta.
—Necesito ese mapa.
El muchacho me miró.
Nos entendimos sin decir nada.
Después echamos a correr.